27º Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

 

  27º Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

 
   Si la fe, fuese conquista, tarea exclusiva del hombre, no existiría problema: la ciencia y la técnica se encargarían, con ingenio y medios, de que fuera algo inmediato, real, decisivo, convincente o que llenase de seguridad al ser humano. Pero, en la realidad, vemos que no es así. 
 
La fe es un don. Un regalo que hay que ir cuidadosamente descubriéndolo. Y, por cierto, hay que descubrirlo de una forma atípica: desde dentro hacia fuera. 
 
Y qué bien lo expresaba el Papa Francisco a los catequistas el día 29 de septiembre en San Pedro de Roma: “Hay que custodiar y alimentar la memoria de Dios”

 

1.- La fe, como regalo, no se compra, se oferta ni se vende en la tienda de la esquina. No se anuncia en grandes pantallas ni en las principales plataformas comerciales. Ese, justamente, es el camino contrario para dar con ella.

Para conseguirla hay que aprender a mirar en el horizonte del cielo. Lo contrario, el escaparate del mundo, nos la quita. O, por lo menos, nos dificulta llegar y pensar en esa otra fe que es aventura, amor por lo invisible y confianza por lo que aun no viéndose se palpa y se guarda en el corazón. Todos tenemos fe en algo o en alguien; el niño en sus padres; el estudiante en sus profesores; el científico en sus experimentos, etc. Pero, la fe de la que nos habla el Evangelio, es una fe que rebasa con creces los límites caducos de esas otras pequeñas confianzas que tenemos en las personas o en las cosas. La fe de los apóstoles es una fe mucho más amplia y rica que la fe en las pequeñas cosas.

¿Pedimos a Dios que nos aumente la fe? ¿Sentimos necesidad de ella? ¿Por qué el hombre vaga sin esperanza, cabizbajo y perdido? Pues, entre otras cosas, porque todo aquello que ha dado por válido, como definitivo para montarse en el tren del bienestar ha resultado ser una “anestesia” de la auténtica fe y hasta de la misma vida. Lo que cuenta y suena, lo que se impone por moda resulta ser, muchas veces, anestesia permanente de la verdadera fe que conduce al encuentro personal con Jesús y a una paz consigo mismo.

 

2.- Hoy, como los apóstoles, reclamemos al Señor que nos envíe unas buenas vitaminas para que, nuestra fe, sea valiente, convencida, entusiasta. La Eucaristía de cada día o de cada domingo, la escucha o la lectura personal y pausada de la Palabra de Dios, la contemplación o –incluso en este mes de octubre- el rezo y la reflexión del Santo Rosario pueden servirnos, perfectamente, para fortalecer y aumentar nuestros deseos de seguir a Jesús Maestro con más fuerza que ayer. Y, cómo no, los catequistas (siguiendo las palabras del Papa Francisco) contribuyen a recuperar esa fe, esa memoria de Dios en medio del mundo.

 

--Que el Señor, en este domingo –en este mes del Rosario- nos haga desgranar las cuentas de nuestros pensamientos, deseos, obras y sentimientos (auténticos misterios de gozo y de dolor, de gloria y de luz). Y, al finalizarlas, según sean nuestras pretensiones, comprobaremos si Dios ocupa el centro o el lateral de nuestra vida. Si nuestra fe aumenta o disminuye. Si nuestro vivir cristiano es una realidad o quedó en un papel mojado.

 

--Que el Señor nos haga descubrir y proteger –volviendo al principio- ese gran obsequio y don de la fe. Sólo de esa manera podremos vivirla con intensidad, sin rutina y con una convicción: Dios nos acompaña.