Domingo XIII del Tiempo Ordinario / C

Domingo XIII del Tiempo Ordinario / C

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes / Buenos días…

Hoy, el Señor, nos reúne de nuevo; comparte su pan; es nuestra salvación. Pero, a cambio, hemos de ser vehículos que lleven al mundo el amor de Dios, el amor que Cristo nos tiene. ¿Seremos capaces? …

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que vamos a escuchar en este día nos hablan de la misión que, todos, estamos llamados a realizar como creyentes, como religiosos o como cristianos.

Sería un error el pensar que, sólo los sacerdotes, obispos o el Papa, han de seguir con radical entrega a Jesús. Intentemos, como nos dice el Evangelio, preguntarnos sobre la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. ¿Qué querrá el Señor de nosotros?...

 

PETICIONES

1 Pidamos por la Iglesia. Para que no se acobarde ante los corazones duros y obstinados para Dios. Roguemos al Señor.

2. En este domingo tengamos un recuerdo especial por el Papa. Que nos mantenga unidos. Que veamos en él un padre en la fe que busca la unidad y la fortaleza de todos los cristianos en Dios. Roguemos al Señor.

3. Pidamos al Señor que seamos respetuosos. Que no busquemos caminos de violencia cuando nos encontramos con personas que no piensan o no son como nosotros. Roguemos al Señor.

4. Pidamos al Señor que tengamos experiencia de El. Que nos haga descubrir su presencia en la oración, en la eucaristía, en el amor a los más necesitados. Roguemos al Señor.

Homilía Domingo XIII del TO / C

1.- Al leer el Evangelio de hoy y ver las respuestas que da Jesús a los que quieren ser discípulos suyos me ha surgido una pregunta: ¿qué hace falta para seguir a Jesús? A cada uno de los tres le da una respuesta, como si les pusiera un “pero”. Ellos le dicen: “Señor, queremos seguirte”. Y Él les contesta como diciendo: “vale, pero…”. Al primero le dice que Él no tiene casa, no tiene un sitio fijo donde quedarse, sino que va de aquí para allá, y si quiere seguirle, que no busque estabilidad. Al segundo y al tercero les dice que en algunas ocasiones tendrá que primar el Reino de Dios por encima de los deberes familiares o las relaciones con la propia familia. ¿Qué es lo que les está pidiendo Jesús, en el fondo?

2.- Si hiciéramos una encuesta a la salida de la Iglesia y preguntáramos ‘¿qué hace falta para seguir a Jesús?’, imagino que las respuestas serían de lo más variado. Yo creo que la Palabra de Dios hoy dice que para seguir a Jesús hace falta ser libres. Puedes pensar que es una respuesta muy simple, porque a nadie nos obligan a ser cristianos, y si estamos aquí es porque queremos. Pero me gustaría que os fijarais en dos expresiones de las lecturas de hoy que nos pueden ayudar a entender esta respuesta. La primera está en la primera lectura. El profeta Elías escucha a Dios que le dice que elija a Eliseo como sucesor suyo. Elías se marcha a buscarlo y “le echó encima el manto”, signo de la elección de Eliseo como nuevo profeta. En seguida Eliseo, que está arando con los bueyes, suelta el yugo y le pide que le deje despedirse de sus padres. Y la respuesta de Eliseo es: “ve y vuelve, ¿quién te lo impide?”. Con esa frase Elías le da a entender a Eliseo que la respuesta que ha dado a la elección como profeta nace de su propia libertad. Dios no nos quiere con Él obligados, sino libres, muy libres. Eres libre, responde con fidelidad a tu vocación, a lo que has descubierto que Dios quiere de ti, no porque nadie te lo imponga, sino porque sabes que esa respuesta te va a hacer feliz. ¿Y qué hay más importante en esta vida que ser feliz?

3.- La segunda expresión es de San Pablo en la segunda lectura. Continuamos leyendo la Carta a los Gálatas, a través de la cual Pablo quiere evitar que los cristianos de esa comunidad, que antes eran gentiles, provenientes del paganismo, sucumban a la presión de aquellos que pretenden someterles a la ley judía. San Pablo les dice y nos dice: “para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado… no os sometáis a ningún yugo… vuestra vocación es la libertad”. Y la libertad hace que seamos “esclavos unos de otros por amor”. Y ahí está el elemento fundamental de la cuestión, una vez más EL AMOR.

No podemos querer ni a Dios ni a nadie por obligación. Si decimos que le queremos es por amor y el amor siempre nace unido a la libertad. “Sólo desde el amor la libertad germina” dice un himno de la liturgia de las horas que rezamos los sacerdotes, y “sólo desde la fe va creciéndole alas” al amor. La fe en Dios, el seguimiento de Jesús, hunde sus raíces en el amor de un Dios que nos amó primero, de manera libre, generosa y gratuita, sin nosotros pedirlo, ni merecerlo. Por ese amor primero nace también nuestra respuesta libre y generosa de amor, que se convierte en COMPROMISO.

4.- Si todo lo que hacemos en la iglesia, o por los demás, o en nuestras casas, o en los espacios donde empleamos nuestro tiempo diario, no nace del amor, en lugar de compromiso será una “carga insufrible” que acabaremos por dejar y que no nos habrá ayudado a crecer y madurar como personas y como cristianos.

Seremos como esos Gálatas que cedieron ante la presión de someterse a una ley, la judía, que no les decía nada, pero con la que había que “cumplir”. De ahí las respuestas de Jesús a los que querían seguirle. Porque a uno que se siente amado no le importa necesitar y no tener donde reclinar la cabeza, si comparte con Jesús la piedra como almohada. A uno que se reconoce amado no le escandaliza estar obligado y no poder cumplir con un compromiso social, si se compromete por una sociedad nueva, por el reinado de dios en el mundo. El amor de Dios, manifestado en Jesucristo de forma plena, libera “esclavizando” por amor.

Amor, libertad y compromiso son tres pies que sostienen nuestra fe, o por lo menos así ha de ser. La Eucaristía semanal deja de ser una carga, o un mandato, o una obligación, y se convierte en un momento celebrativo, de fiesta, de agradecimiento a Dios y de encuentro con los hermanos. Todo lo que queráis hacer por Dios, ofrecerle o entregarle, que sea por amor y desde la libertad. Y también con valentía, porque “el que echa mano al arado y sigue mirando para atrás no vale para el reino de Dios”.

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1.- Contaba el P. Martín Descalzo de un niño al que preguntaron si rezaba y contestó: “Todos los días”. Y a la pregunta: “Y qué le pides a Dios” contestó con naturalidad: “Nada. Le digo si puedo ayudarle en algo”. ¿Es que puede un niño ayudar al Dios omnipotente? ¿Es que necesita Dios nuestra ayuda?

El evangelio de hoy nos dice que sí, que ese Jesús, cuando llegaba el tiempo de ser subido al cielo, es decir, en su última subida a Jerusalén, cuando sabe que se mete en la boca del lobo, que va a enfrentarse con los que le odian y que lo van a encarcelar y matar, va por el camino diciendo a los que se encuentran:

--“Sígueme”, que es una contestación al “si puedo ayudarte en algo”, ¿y que si no le podemos ayudar para que nos llama?

--“Sígueme”, “te necesito para que mi obra no se acabe conmigo, necesito que tu seas mis manos y mis pies, porque a mi me van atar los pies y manos a la cruz y así me voy a quedar para siempre…” “Sé mis manos y mis pies”.

2.- “¿Si puedo ayudarte en algo…? Este niño no pedía nada. No se quejaba a Dios. No le lloraba. No había hecho de Dios como una tienda grande, como El Corte Inglés. Este niño no pertenecía a la Iglesia como a un club deportivo. Sin saber formularlo, sabía que la religión es un compromiso de ayudar a Dios y a los hombres, de dar y darse, de echarle una mano a Dios en su obra, de estar con el incondicionalmente.

3.- En las memorias de Julián Marías –ese gran escritor católico español del siglo XX—hay una frase escrita después de su boda. “Siempre he creído que la vida no vale la pena más que jugándosela a una sola carta, sin restricciones, sin reservas…”. Jugarse la vida a una sola carta, a la carta de Dios.

Si seguimos a Dios en la esperanza de que eso influya en nuestras cuentas corrientes, o en nuestros apartamentos o pisitos, esas dos cartas no nos valen, porque “El Hijo del Hombre no tiene donde apoyar su cabeza”. O jugamos la carta irrevocable de Dios o perdemos la partida.

4.- Hay que quemar las naves, bueno lo que según la primera lectura quemó Eliseo fueron nada menos que doce yuntas de bueyes. Esperemos que no se le quemasen… sino que quedasen bien asados para la comida de despedida de los suyos. Se despidió, pero quemando las naves de manera irrevocable.

El Señor parece más tajante aún. Parece decir: “Ni te despidas…”. “Porque el que pone mano al arado y echa la vista atrás no vale para el Reino de los cielos”. Aunque la nota dominante en esta comparación sería: “el que agarra el volante de su coche y anda mirando atrás se desgracia. Una vez sentado al volante y puesto el cinturón de seguridad lo único razonable es mirar adelante.

Las añoranzas de otros tiempos, la nostalgia de lo pasado, ¿a dónde nos lleva? ¿A lloriquearle al Señor? ¿A quejarnos de Él? ¿A exigirle que venga a arreglar las cosas que nosotros deberíamos mejorar?

La oración del niño es mucho más razonable: “Señor, en qué te puedo ayudar, ahora, mirando al futuro, que es lo único que está en nuestras manos, porque el pasado, pasado está”. Ojalá nos decidamos a jugarlo todo a la sola carta de Dios y que nuestra oración sea siempre: “¿en qué te puedo echar una mano, Señor?”. O sentados al volante: “a donde te llevo, Señor”.

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Lo decía recientemente una declaración de un cristiano: “en mi trabajo, ciertos puestos, me son vetados por mi visión sobre la vida, la familia o la política”

1.- No le recibían a Jesús porque se encaminaba hacia Jerusalén. Poco importaba el bien que, a enfermos y necesitados, realizaba. A El, y a los suyos, en Samaria se les cierran las puertas. Aplicación interesante para la situación de la Iglesia, por ejemplo, en España; involucrada de lleno, asistencial y caritativamente, en tiempos de crisis (Cáritas, hospitales, congregaciones, enfermos, educación, etc.) y, por el contrario, constantemente, diversos poderes mediáticos, buscando sus imperfecciones más que aquello que la hace grande e inigualable: su deseo de servir y sin contraprestación alguna. Una Iglesia que no se cansa de entregarse, donde muchos no pueden o no quieren, y que –en respuesta- recibe hoy sí y mañana también, incomprensiones o críticas injustas.

¡En cuántas ocasiones, como los discípulos de Jesús, quisiéramos justicia frente a tanta injusticia! Pero, el Señor, nos llama a la paz, a la valentía y a ser fuertes, como El lo fue, cuando no todo son aplausos o reconocimientos. Y es que, como Iglesia, sabemos que también nosotros nos encaminamos hacia la Jerusalén celeste, por un camino no exento de dificultades o murmuraciones. Cuesta pero, Jesús Maestro, nos indica la respuesta: frente a la injusticia del injusto, se impone la justicia o el amor del que se tiene por justo ¡Casi nada!

2.- Estamos en pleno Año Santo Jacobeo. Son muchos, miles, las personas que en ese camino se encuentran consigo mismo y que, llegando a la tumba del Apóstol Santiago, comprenden que vivir la fe conlleva no detenerse en la orilla. Tampoco, el Evangelio, ha de enmudecer por las circunstancias negativas que salgan a nuestro paso. Un peregrino que esté pendiente exclusivamente del paisaje, difícilmente puede llegar a su meta: correrá el riesgo de entretenerse demasiado en aspectos secundarios.

3.- Con los amigos de Jesús, y nosotros lo somos, ocurre algo parecido: no podemos vivir esclavos de las circunstancias ni de la imagen. Tenemos que proponer, sin miedo y con apasionamiento, aquello que creemos puede beneficiar a nuestro mundo, a las personas, a nuestros pueblos y ciudades: la fe en un Dios que se encarnó en Jesucristo.

--Jesús no tuvo un lugar donde reclinar la cabeza y, en muchas ocasiones, nosotros pretendemos un cómodo almohadón o, incluso, esconder nuestro rostro antes que dar nuestra cara por El.

--Jesús, en su intento de indicar una nueva ciudad, sufrió en propias carnes un rechazo social y, nosotros, a veces pretendemos poco menos que calles alfombradas y llenas de altavoces para el evangelio.

Acogedores y comprensivos, frente a los que no lo son, nos hemos de manifestar aquellos que creemos e intentamos vivir según la Palabra del Señor.

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La actitud de Cristo ante la familia o ante los otros grandes valores humanos que reclaman un puesto importante en el corazón del hombre, no es fácil de entender, ni de explicar. De hecho, mientras unos caen en un extremo -el de cortar con todo y no querer a nadie como si a Dios le dieran celos los amores humanos-, otros caen en el extremo contrario y anteponen esos legítimos amores al amor a Dios, que pasa así a ocupar un lugar secundario.

Dios tiene derecho a reinar en nuestro corazón. Exige el primer puesto. Merece ser amado más que a nadie: familia, patria, trabajo, salud. Pero no quiere ser el único. Hay que conciliar todos los amores legítimos, lo cual sólo será posible si Dios es el primero. La primacía de Dios en nuestro corazón pone el resto de los amores o de los intereses en su puesto justo.

Cuando esto no sucede, todo se descoloca y se desordena: se ama exageradamente al trabajo, o se idolatra el cuerpo, o se adora la diversión o incluso se ama tanto a la familia que se está dispuesto a cometer cualquier delito para favorecerla.

Dios es el primero y, como tal, nos estará diciendo en cada momento en qué nos estamos extraviando. A veces oiremos su voz que nos dice que hemos olvidado la familia, mientras que en otras ocasiones nos llamará la atención por no haber atendido lo suficiente a nuestro trabajo, a nuestros amigos, a la patria o al bien colectivo.

Además, con frecuencia, cuando a Dios se le relega en función de otras cosas, con la excusa de que éstas son más importantes porque son buenas, lo que termina por pasar es que a esas cosas también se les termina relegando por otras que no son tan buenas.

 

 

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Y TÚ ¿QUÉ QUIERES?

1.- Yo quisiera que…

La Palabra de Dios (y no la mía por supuesto) moviera de tal manera el interior de los oyentes que les hiciera saltar de un antes tortuoso a un después lleno de felicidad

La Eucaristía (aquella que se necesita y a la que no se asiste con el piloto automático o por simple obligación) fuera la presencia real y misteriosa de un Jesús que alimenta los deseos de vivir según El.

Las catequesis se convirtieran en encuentros personales y comunitarios con la vida del Resucitado. Trampolines de un descubrimiento impresionante de Aquel que dio el todo por los hombres y no pasos obligados para comulgar, confirmarse o casarse por o en una iglesia.

Yo quisiera, como nos recuerda el Papa Francisco, que anunciásemos la misericordia del Señor más allá de códigos de conducta moral.

2. Yo quisiera que…

Los sacerdotes fuésemos juglares y heraldos de un evangelio que ni se compra ni se vende sino que, a favor y en contra, se presenta tan y cual es. Que pregonásemos con convencimiento, y sin rubor alguno, un mensaje que desata reacciones de pasión y de odio, de interés e indiferencia, de vida o de sufrimiento. Que huyésemos de aquellas seguridades que, a veces, nos convierten en simples funcionarios o dispensadores de servicios.

La religiosidad popular (esa que expresamos exteriormente empujada por una fuerza interna) no se quedase reducida a los parámetros de la cultura, identidad, folclore o de las características de un pueblo.

El mundo (mi parroquia y mi pueblo, mi familia y mis amigos, mis compañeros y mis amistades, etc.,) acogieran a Jesús con la misma alegría y el mismo encanto que aquellos primeros apóstoles que dejaron todo por seguirle.

3.- Yo quisiera que…

Los medios de comunicación social se hicieran eco del mensaje del Evangelio como la mayor novedad para sus audiencias

Yo quisiera, como decía Santa Teresita del Niño Jesús, que este mundo fuera un pedazo de cielo. Porque a veces, también yo pienso en recurrir a esas “llamaradas” que pedían los entusiastas y cabreados amigos de Jesús ante la dureza y cerrazón de los samaritanos… y de nuestro propio mundo.

¿Cómo puede vivir este mundo tan de espaldas a lo que le podría hacer feliz?

¿Cómo pueden vivir en permanentemente ceguera los que intentan dirigir?

¿Cómo con tanto esfuerzo y trabajo no vemos aparentemente fruto?

Esta es nuestra misión; descubrir y hacer descubrir que JESUS sigue siendo vital para un nuevo orden y una nueva situación de la humanidad. ¿Qué lo tenemos difícil? ¡Cuando ha sido fácil presentar sin fisuras e íntegramente su proyecto!

Este es nuestro empeño; hacer llegar a nuestras asambleas que, aquello que oyen y comen, rezan y practican, tiene una causa y un efecto, un poder y una realidad, un fin y un futuro: CRISTO

El Señor, aunque nos parezca todo lo contrario, nos sigue llamando. ¿Cómo le respondemos?

Que este verano, recién estrenado lejos de empujarnos a ser pirómanos de situaciones complicadas nos haga recuperar el sentido del evangelio como el mejor tonificante y refresco para tantas personas y almas quemadas.

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Los cristianos, o por lo menos todos para los que aún significa algo ser cristiano, estamos preocupados por los cambios que se dan en la sociedad y cómo han repercutido en nuestra fe y en la Iglesia. Hemos dejado atrás tiempos en que la religión era algo impuesto desde que nacíamos, algo que se mamaba desde pequeño y se respiraba en todos los momentos de la vida.

Se era cristiano porque habíamos nacido en un país cristiano. Bastaba con aprender el catecismo de pequeño y cumplir con unas normas y unos mandamientos. La sociedad y la cultura eran monolíticas, un único pensamiento en lo moral y religioso regía las mentes de todos, la cultura estaba impregnada de cristianismo... Aquellos tiempos han pasado y han venido otros nuevos. Ya nadie es cristiano por haber nacido en este pais, aunque todavía pesa la tradición sobre todo en el acceso a los sacramentos. Nuevos tiempos en los que la fe y las creencias tienen que convivir con otras muchas, en una sociedad plural, cambiante, desenraizada, que evoluciona a ritmos frenéticos.

Por otra parte, afortunadamente, hoy nadie es mal visto por no ser cristiano, por no venir a misa, por no cumplir con las normas de la Iglesia. Afortunadamente digo, porque la religión no se puede imponer ni hacer que sea obligatoria para nadie. La religión se ofrece, se anuncia y sobre todo se enseña con la vida. Cuando ha sido impuesta desde el poder político, social, o eclesial, es precisamente cuando más débil ha sido. Porque sí, en otros tiempos mucha gente iba a misa y a las procesiones, mucha gente se confesaba y comulgaba, pero ¿quién era realmente cristiano? ¿quién había asumido en su vida las actitudes y el estilo de vida de Jesús?.

Personalmente soy de los que creo que la sana secularización de nuestro mundo, esa secularización que busca la libertad y autonomía del hombre y se pregunta el porqué de las cosas, ha hecho un gran favor a la fe, a la Iglesia y a la causa de Jesús. De entrada, ahora, los cristianos tenemos que dar razón de nuestra fe. Dar razón de nuestra fe a los demás y a nosotros mismos. ¿Para qué y porqué soy yo cristiano?, ¿qué significa eso?, ¿en qué se diferencia un cristiano del que no lo es?. Y para responder a esta pregunta ya no basta con lo que nos enseñaron de pequeños, no basta con venir a misa, no basta con cumplir los mandamientos. Ser cristiano hoy es mucho más, mucho más difícil, porque ser realmente cristiano es hoy como siempre, seguir a Jesús. Y seguir a Jesús, es ir a donde El va, en búsqueda constante de los pobres y marginados; hacer lo que El hace: curar, sanar y ayudar; tener sus mismos sentimientos y preferencias: compasión por los pecadores y ternura por los más desfavorecidos, y adoptar su estilo de vida, pobre, humilde y libre sin apegos de ninguna clase.

El evangelio de hoy nos da dos grandes enseñanzas: primero que la causa de Jesús no se impone. Jesús regaña a sus discípulos que le piden que extermine a los habitantes de aquella aldea de Samaría que no les habían acogido. La fe no se impone, se ofrece como don y como regalo. Segundo, vemos lo difícil que es ser discípulo de Jesús, muchos se le acercaron, pero pocos estuvieron dispuestos a dejarlo todo. Para seguir a Jesús, hay que quemar las naves, entregarse por completo a su persona, desechando los miedos al presente y al futuro. No hay seguimiento si no hay desprendimiento de lo que tenemos y ruptura con lo que nos ata. Hermanos, demos gracias a Dios en esta eucaristía por estos tiempos nuevos, llenos de problemas pero tambien llenos de su llamada a ser mejores cristianos, más conocedores de lo que tenemos entre manos y más convencidos de lo que somos, tiempos en los que su llamada puede sonar más limpia y diáfana en nuestro corazón. Que el Señor nos ayude a ser buenos discípulos suyos.

 

La violencia que todos llevamos dentro (Domingo 13º del tiempo ordinario (C)

Hace unos meses contemplaba uno de esos programas del Discovery. La verdad que me encanta la naturaleza y sobre todos los animales. Ese día trató sobre las mascotas. Esos lindos animalitos que, con frecuencia, sólo les falta hablar. Y cuál fue mi sorpresa cuando el comentarista decía: “Cuidado con los gatos mascotas.

Son maravillosos. Pero nunca olviden que en el fondo son unos tigrillos domesticados. Fíjense en sus posturas y actitudes cuando quieren cazar algo. Las mismas del tigre”.

Me viene a la memoria esta experiencia, al leer el evangelio de este domingo 13 del ordinario del año, al ver la reacción de los discípulos contra aquellos samaritanos que se negaron a recibir a Jesús.

¿Alguien se imagina a Juan o Santiago llenos de rabia? ¿A caso no es Juan el discípulo bueno, el amado y preferido de Jesús, el que parece todo corazón y el que tanto nos hablará luego del amor? Y sin embargo son ellos dos los que se acercan a Jesús a preguntarle: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con todos ellos?”. “Jesús se volvió y les regañó”.

El corazón humano está lleno de misterio. Misterio de amor y de odio. De bondad y de maldad. De mansedumbre y de rabia. De generosidad y de tacañería. Incluso el corazón de los buenos.

¿Quién no lleva dentro un corazón lleno de violencia?

¿Quién no lleva dentro un corazón capaz de destruir?

¿Quién no lleva dentro un corazón capaz de matar?

 

Y lo curioso es que no dicen nosotros vamos a incendiar el pueblo. Piden que sea el cielo quien envíe ese fuego destructor. Y esto con el asentimiento del mismo Jesús al que tratan poner de su parte.

 

¡Cuantas cosas se han hecho en la historia en nombre de Dios!

¡Cuántos crímenes a título de fidelidad a Dios!

¡Cuántas marginaciones a título de fidelidad a la verdad!

¡Cuántas esperanzas marchitas en nombre de Dios!

¡Cuántas divisiones en la Iglesia a título de fidelidad!

 

En el fondo, no dejamos de ser también nosotros, creyentes y todo, gatos y mascotas domesticadas, que en cualquier momento, damos un zarpazo y herimos al hermano. Y no lo hacemos por malos. Lo hacemos como expresión de nuestro celo por Dios y por el Evangelio. Lo hacemos pensando que nuestro fuego no es fruto de los fósforos sino que es un fuego divino, fuego “del cielo”. ¡Al mismo Cristo lo crucificaron en nombre de Dios!

A Dios le hacemos mucho más daño haciendo de él una falsa presentación, que negándolo como ateos. El ateo no deforma a Dios. Sencillamente lo niega. Pero cuando los creyentes presentamos un Dios que justifica los disparates que hacemos, que justifica nuestras injusticias, o justifica nuestras segregaciones raciales, o incluso nuestras enemistades, o mandamos callar al que busca la verdad y el cambio, le estamos haciendo un muy pobre favor, porque estamos cerrando el camino a muchos que lo andan buscando con sinceridad. Tendríamos que recordar lo que dice el Concilio Vaticano II: “Por eso, en esta génesis del ateísmo puede muy bien suceder que una parte no pequeña de la responsabilidad cargue sobre los creyentes, en cuanto que, por el descuido en educar su fe o por una exposición deficiente de la doctrina , o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión, se ha de decir que más bien lo velan”. (GS n 19) Jesús les regañó porque: Jesús es invitación, no obligación. Jesús es llamada, no imposición. Jesús es gracia, no ley. Jesús es libertad, y no coerción. La fe no se impone por la fuerza. El seguimiento no se impone por la violencia. La aceptación no se impone por la amenaza. El camino de Jesús es diferente: “no se trata de hacer sufrir a los demás, sino de asumir de una manera salvadora el propio sufrimiento; no se trata de arrancar lo malo, sino transformarlo por la cruz en bueno”. “Y se marcharon a otra aldea”. Jesús ya les dio su oportunidad. Era su misión. Jesús ya les dejó la semilla. Era su quehacer. El verdadero celo por Dios y por el Evangelio no es imponerlo por la fuerza. Es ofrecerlo. Es dar oportunidades. Es respetar libertades. Y luego saber esperar.