Domingo XVIII del Tiempo Ordinario / C

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario / C

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes / Buenos días… En variados momentos creemos que la vida, el trabajo y los proyectos que tenemos entre manos, dependen exclusivamente de nosotros. Pero, la vida, nos enseña que –en el momento menos pensado- todo se nos esfuma entre nuestros dedos.

Hoy, en este día del Señor, damos gracias a Dios por todo lo que nos da y, a la vez, hacemos un propósito: ponerlo todo al servicio de su Reino y al servicio de una sociedad mejor.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy tienen una interpelación muy seria al cómo vivimos nuestra existencia. Es decir; ¿qué es de nuestra vida? ¿Qué valor tiene? Los bienes ayudan a la felicidad pero, la lectura de la Palabra de Dios nos lo recuerda, no lo son el todo. Escuchemos con atención.

 

PETICIONES

1. Por toda la iglesia extendida por el mundo. Para que su centro, su locura y su alegría sea el anuncio de Cristo muerto y resucitado. Roguemos al Señor.

2. Por los contrastes que existen en la tierra; pobres y ricos, altos y bajos, desarrollo y pobreza; para que sea posible una justa distribución de la riqueza. Roguemos al Señor.

3. Pidamos por aquellos que sólo piensan en ganar y acaparar. Para que piensen que, la humanidad, necesita personas y no tesoros. Roguemos al Señor.

4. Por todos los que estamos aquí reunidos. Para que sepamos utilizar bien todas las comodidades que poseemos. Roguemos al Señor.

Homilía Domingo XVIII del TO / C

1.- En la Palabra de Dios de hoy aparecen la vanidad, la codicia, la necedad, el “tener”, el buscar seguridades, el acumular bienes… En algún sitio leí esta semana que el autor de la primera lectura, un tal Qohélet, era “un posmoderno en la antigüedad”. ¡Qué sabia y rica es la Palabra de Dios que, habiendo sido escrita hace miles de años, sigue siendo actual y una respuesta válida a la vida de hoy! Porque todas estas actitudes, que son más bien negativas (ya lo sé) siguen vigentes en nuestro día a día, y ya aparecían como actitudes a cuidar en los textos sagrados.

2.- Pero también podemos encontrar luz y actitudes positivas, por supuesto. Si la Palabra de Dios es respuesta lo ha de ser desde lo positivo. La Palabra nos habla de unirnos a Cristo resucitado, de valorar nuestro bautismo, de que somos hombres y mujeres nuevos, de vivir en libertad, de entregar la vida, en definitiva de la sabiduría de aquel que sabe ponerse en las manos de Dios Padre. En el fondo se trata de una apuesta, de jugarnos “toda la vida a una carta”, y que esa carta sea la de centrar nuestro corazón creyente en Cristo resucitado, y hacerlo desde una opción libre, porque como decía San Pablo, nuestra vocación es la libertad y, aunque parece algo muy obvio, resulta fundamental para nuestra opción de fe y para vivir nuestra vida cristiana.

4.- Hoy nos quedamos con el mensaje de Jesús de “atesorad tesoros en el cielo”, o lo que es lo mismo, “ser rico ante Dios”, evitando codicias y egoísmos. También con el mensaje de San Pablo de “despojaos del hombre viejo… y revestíos del nuevo” y lo que eso supone de formar parte de un “orden nuevo” de una “sociedad nueva” en la que “no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos”. En ese “orden nuevo” fundamentado en Cristo resucitado, nos justifica la gracia de Dios y no la ley, nuestra libertad queda “liberada” de pretensiones egoístas, y el mayor acto de libertad que podemos hacer es entregar la vida para que otros tengan VIDA, la vida nueva del resucitado. Y que todo esto no sea por puro voluntarismo, sino por libertad interior, esa que nace del corazón y que es fundamental para vivir la fe.

5.- Al acercarnos a la Eucaristía, de manera libre, sin presiones ni ataduras, Cristo nos da una lección de amor y libertad entregando su vida, una vez más, por nosotros, por ti y por mí, con nuestras limitaciones y calamidades. Esa lección se convierte en tarea: “amaos como yo os he amado”. Y la Eucaristía nos devuelve a la vida, nos ENVÍA a ser testigos de ese amor tan grande, capaz de entregar la vida.

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1.- Pienso ser tan breve que no os va a dar tiempo ni a sentaros. Siempre he dicho medio en serio medio en broma que cuando hace más de cincuenta años entré en la Compañía de Jesús lo único a lo que renuncié fue a mi bicicleta de carreras, pues a los cincuenta años una sobrina mía se va al convento y renuncia a un coche, ¿quién deja más?

Todo depende de lo cerrado y apretado que yo tuviera el puño sobre esa única posesión mía. Lo importante no es la cosa, no importa si es una cosecha abundante o un solo vaso de agua, tan solo y aislado de Dios y de los demás se queda el que se agarra neciamente a lo que no se puede llevar consigo.

El hombre del evangelio no tiene familia, no tiene amigos, no tiene nombre, no tiene un rostro, no tiene más que el número de su cuenta corriente, en ese número cifra toda su vida, y con ese número, como número de una lotería de la mala suerte, pierde la vida.

2.-No volamos, libres, hacia Dios, lo mismo por cosas que llamamos grandes que por cosas pequeñas, no vuela libre el pájaro atado por una maroma marinera o por un hilo de coser. Ese enorme granero del evangelio puede ser el dinero, pero también puede ser una pasión, un amor indebido, una excesiva preocupación por la salud, una obsesión por el futuro.

Navegamos por el mar de la vida hundida la quilla, llena la bodega de lastre, sin libertad de movimientos, sin la ligereza de la alegría, sin verdaderos amigos, sin capacidad de admiración por las maravillas pequeñas que nos rodean, sin agradecimiento a Dios por un maravilloso paisaje (que no es nuestro) por la obra de arte (que no nos pertenece), por una mata de tomillo (que es de todos), por una cerveza fría compartida por los demás.

Nunca nos aislamos para echar cuentas, como el innominado del evangelio, porque los hombres llevamos una contabilidad compartida, y no me puede salir a mí las cuentas sino les salen a los refugiados de África.

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El retorno de las estaciones, con todos los fenómenos que les acompañan, nos recuerdan entre otras cosas lo que la primera lectura expresa: ¡todo es vanidad! La primavera, que reviste a los campos con bellos mantos, da lugar al verano que los amarillea, al otoño que los desnuda o al invierno que los adormece. Y, el hombre, aun asistiendo a esta realidad… le parece que, su existir, va a ser eterno. Qué razón tenía un ponente cuando afirmaba que “a las nuevas generaciones se les incita a vivir pero no se les enseña a morir, y cuando lo descubren, les resulta traumático el seguir adelante como si, con ello, fueran a detener el paso del tiempo”.

1.- El vivir al día, además de incentivar el alma creativa de las personas, nos hace sentirnos vivos y, sobre todo, disfrutar con todo su colorido e intensidad la misma vida. Pero, cuando el ser humano se empeña en acaparar con las armas de la codicia o la avaricia, se transforma en una cosechadora de bienes en detrimento de su propia felicidad. Ya sabemos, y muy bien, que el dinero ayuda. Pero ¿lo es el todo? ¿Por qué –entonces-cuando surge la enfermedad, el llanto, las pruebas o los sufrimientos, se queda tan corto y ofrece tan pocas respuestas? Siempre es bueno recordar aquello del famoso millonario neoyorkino: “la mayor de mis fortunas no me ha servido, frente a un cáncer, para alargar mi vida ni un solo año”. Y es que, no siempre la opulencia o la avaricia, son soluciones que nos proporcionen bienestar. En más de una ocasión todo lo contrario: insatisfacción.

2.- Desde siempre, en el hombre se ha dado ese deseo de tener, de acaparar, de posesión y que, San Juan, ya lo define como “codicia de los ojos”. ¿Qué hacer, en este momento en que en gran parte del mundo, sentimos los latigazos de una crisis que se ceba especialmente con los más pobres? Ni más ni menos que, desde nuestras posibilidades, compartir aquello que podamos tener de más con aquellos que lo necesitan para seguir viviendo. En tiempos de dificultades, son muchos los hermanos los que –desde la orilla de la pobreza- rezan y miran a Dios exclamando: “¡diles a los cristianos que no se olviden de nosotros!”.

3.- El Señor, al hilo del Evangelio de hoy, no está para custodiar nuestras riquezas. Entre otras cosas porque, El en persona, ha venido a proclamar otros bienes que están muy por encima de los materiales.

Que el Señor nos haga descubrir la verdad o la mentira de nuestra fe. Un medidor, auténtico y fiable, será el si somos capaces de ver como polilla aquello que nuestros ojos contemplan como preciado capital y observar como un auténtico tesoro aquello que, la pantalla del mundo nos hace creer que vale poco o nada.

Dios no es ningún aguafiestas ni mucho menos. Simplemente nos alerta de una gran realidad: la codicia, el consumo, la apariencia, la riqueza…no son garantes de una vida feliz ni eterna. ¿O no?

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Hoy están de moda los estrenos de todo lo nuevo. Todos queremos el auto último modelo, la computadora último modelo o lo que llaman de “ultima generación” etc. Sin embargo, aún no han perdido actualidad las cosas que solemos llamar de “segunda mano”. Carros de segunda mano, ropa de segunda mano, motos de segunda mano. No. Lo de “segunda mano” no está fuera de circulación. Incluso tenemos que reconocer que la mayoría de nuestras ideas que “creemos nuestras”, siguen siendo de segunda mano.

El Evangelio de hoy nos presenta una realidad también “de segunda mano”. En vez de solucionar nosotros nuestros problemas, preferimos que sea un tercero el que se meta en el lío. “Dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”.

¿A caso no eran ellos capaces de hacer el reparto? ¿No eran hermanos? ¿No tenían suficiente confianza para repartirse la herencia ellos mismos? Prefieren un “reparto de segunda mano”. Prefieren la justicia que viene de un tercero.

Prefieren no sus propias soluciones y respuestas sino las que vienen de otro.

 

A mí, esto de “soluciones de segunda mano” siempre me ha creado una cierta inquietud y preocupación. Es que esto de “segunda mano” se ha generalizado tanto que ya nadie quiere asumir sus propios retos y dificultades.

 

Que Dios solucione los problemas del mundo.

 

¿Se han dado cuenta de eso que llamamos Preces de los fieles” en nuestras misas? Personalmente siento la impresión de peticiones de “soluciones de segunda mano”.

Oremos para que Dios traiga la paz a los pueblos y no haya guerras. Pero, ¿es que le toca a Dios hacer callar los cañones o los fusiles o hacer aterrizar esos aviones cargados de muerte? ¿No somos nosotros los responsables de la paz en el mundo?

 

Oremos a Dios para que no haya hambre en el mundo. El deseo está muy bien.

¿Pero tendrá que hacer Dios de panadero universal para que todos tengan pan?

¿No somos nosotros los que podemos y tenemos que repartir de nuestro pan para que otros coman?

 

Si ustedes se fijan, cada domingo, podrán ver que difícilmente le decimos “Señor convierte nuestro corazón para que sepamos compartir lo nuestro para que aunque tengamos poco otros tengan algo más”. No. Preferimos que sea El quien siembre, quien muela el trigo, quien amase la harina y quien haga el pan en el horno. Y luego que sea El quien lo reparta.

Siempre soluciones de “segunda mano”, como si nosotros no tuviésemos dos manos para repartir y dos pies para acercarnos al que está necesitado.

Que Dios solucione los líos de la pareja Resulta curioso. ¿Que la pareja tiene problemas? “Señor, cambia a mi marido que ya no le aguanto más sus infidelidades o sus tardanzas”. “Señor, por favor cambia a mi mujer que con ese genio endiablado ya me tiene hasta la coronilla”. Es decir, que sea Dios quien se mete a arreglar matrimonios, parejas rotas o parejas que no se hablan. Y si se da el caso: que sea el sicólogo, o el cura o hasta la suegra. Pero que sean siempre los otros quienes solucionen nuestros líos y problemas. Recuerdo a un amigo mío que era lo más simpático. Y un día comentando esto les decía a las parejas: ¿Y saben ustedes cuál suele ser la respuesta de Dios a sus oraciones? “Imbéciles, hablen entre ustedes, que para eso les he dado la lengua y la cabeza”. Dios no se mete en líos Felizmente Jesús no quiso meterse en líos de herencias. Y se lo dice claramente: “Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?” Lo único que hace Jesús es darle la clave para que entre ellos busquen la solución y la respuesta. “Mirad, guardaos de toda clase de codicia”. Jesús no es de los que regala analgésicos para bajarnos la fiebre por un momento. Al contrario, Jesús trata de que cada uno busque y encuentre ese virus que lleva dentro y que es la causa de todos los líos y conflictos en el reparto de los bienes. Es que, al fin y al cabo, el problema no está en la herencia misma. El problema lo lleva cada uno dentro de su corazón. Su “codicia”, su “avaricia”. Y por buen reparto que Jesús quisiese hacer, ninguno de los dos quedaría satisfecho, en tanto no sanase la codicia y avaricia de su corazón. Creo que fue Séneca quien escribió que “los pobres siempre quieren algo, los ricos, mucho y los avarientos lo quieren todo”. Y mientras cada uno lleve dentro esa sed de “tener más o más que los demás” seguiremos luchando, no solo por herencias, sino por la posesión de las cosas. Y cuando esa codicia ya se hace “avaricia” entonces nada nos satisface sino que lo “queremos todo”. Recuerdo el caso de una mamá, preocupadísima de su hija de ocho años. Un día llegó del Colegio llorando sencillamente porque se enteró de que su amiguita tenía quince muñecas y ella solo tenía doce. ¿Y cómo y por qué tener tres muñecas menos que la amiga? Porque eso de la codicia ya el Catecismo nos decía que era uno de los pecados capitales, que lo llevamos metido dentro de nosotros ya desde niños. No le metamos a Dios en lo que nosotros podemos hacer. No le pidamos a Dios que haga lo que nosotros tendríamos que hacer. No le hagamos a Dios responsable de nuestras enemistades de hermanos.

 

¡DIOS! ¡TESORO A LA VISTA!

1.- En cierta ocasión murió un hombre profundamente creyente. Durante toda su existencia intentó llevar una vida sencilla y sin estridencias. Cerró los ojos al mundo con la misma serenidad con la que los mantuvo abiertos ante los muchos acontecimientos que se le presentaron en su caminar.

Desde siempre le preocupó querer y disfrutar aquello que hacía. Y, por ello mismo, antes de presentarse ante Dios les dijo a los suyos: “temo que Dios pueda decirme que no estuve suficientemente pendiente de Él”.

Cuando se presentó ante Dios, el hombre creyente, dijo: “perdóname si mis fuerzas las dediqué más a lo material que hacia lo espiritual”. Dios le contestó: “¿Cómo puedes decir eso amigo mío?”. “Cada mañana cuando despertabas me ofrecías tu trabajo. Después de realizarlo me dabas las gracias por la fuerza que yo te inspiraba. Cuando, a final de mes, te correspondían con el sueldo, supiste dejar una parte aunque fuera muy pequeña, para las necesidades de los otros. En varias ocasiones, y por tu posición en la empresa, tuviste oportunidad de haberte convertido en un pequeño ladronzuelo y, por si fuera poco, nunca pudo contigo el afán de poseer o de aparentar lo que no podías alcanzar. Entra amigo y disfruta de este gran paraíso”.

Estamos metidos de lleno en este verano del 2013 y, cuando leo el evangelio de este domingo de agosto, concluyo que la vida entera es un prolongado tiempo estival (en unos, dura más, que en otros) donde tenemos dos opciones:

a) O dedicarnos a un simple y caduco bronceado del cuerpo (el sol achicharrante del materialismo puro y duro)

b) O procurar un bronceado más profundo que afecte también al alma que llevamos dentro (la brisa que de diversas maneras Dios nos sopla)

2.- ¿Cómo se broncea el cuerpo?

-Con el gel de “la codicia” nos creemos administradores y dueños de todo. Luego, cuando discurre el tiempo, vemos que con el dinero no puede añadir ni un día más a nuestra vida o a la salud del cuerpo.

-Con el bronceador de “la ambición” olvidamos que somos caducos y hasta nos puede producir ceguera para lo espiritual. Pasan los años y nos damos cuenta que no llena de felicidad el mundo de las cosas sino el mundo de Dios

-Con la loción del “trabajo como ganancia” tendremos más pero, tal vez, perderemos muchas sensaciones necesarias para ser de verdad felices.

-Con la crema de “la riqueza” conseguiremos prestigio y relevancia social pero, cuando nos visite la ruina, ¿nos acompañarán los que nos aplaudieron siendo ricos?

3.- ¿Cómo se broncea el alma?

-Con el gel de “la conformidad”. Amando y disfrutando de los bienes materiales que uno tiene y, siendo consciente, que el origen de todo está en una fuerza superior: DIOS

-Con el bronceador de “la libertad” nos protegeremos del virus de la ambición de ser dioses y de sentirnos prepotentes frente a los demás. Nos daremos cuenta que uno anda mejor por la vida cuando sabe valorar sus propias limitaciones

-Con la loción del “trabajo como perfección” sabremos que nunca podrá más la ocupación que el cultivo de la amistad, la oración, la fe, la espiritualidad personal, etc.

-Con la crema de “la sobriedad” no estaremos expuestos al sol del egoísmo o de la insolidaridad. Siendo sobrios es como se consigue un camino para dar con la auténtica riqueza de los hijos de Dios.

Todos, desde el momento en que nacemos, tenemos abierta una cuenta corriente en la gran caja de ahorros que existe en el cielo. Una cuenta donde los ángeles administrativos van apuntando los esfuerzos y los intentos que los creyentes vamos haciendo en la tierra para darle brillo y bronceado celestial a nuestra vida cristiana.

Y también todos, desde el instante en que fuimos bautizados, vamos restando a esa cuenta con la ambición y el afán de poseer, el aparentar, el acaparar o el olvido de Dios por dejarnos arrastrar por la seducción de la riqueza.

Qué ilustradora es aquella sentencia: “no es rico quien más tiene sino quien menos necesita”. O también aquella otra: “La avaricia es un constante vivir pobremente por miedo a la pobreza” (San Bernardo de Clairvaux)

 

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Necesitamos renovar nuestra fe en la vida eterna. Es una verdad importantísima, una de las claves de nuestra religión. Sólo ella nos da la verdadera medida de las cosas y nos ayuda a relativizar tantos problemas a los que damos excesiva importancia. Es con esta dimensión eterna con la que podemos afrontar las dificultades del presente, sin perder la paz y la esperanza. Todo pasa en este mundo, pero en cambio el mundo venidero, la eternidad con Dios, no pasa nunca. Con esta perspectiva debemos afrontar también la caridad con el prójimo necesitado. Aunque el primer motivo de nuestro amor a Dios y al prójimo sea la gratitud hacia el Señor, que tanto nos ha amado, no hay que olvidar otro, que el Señor nos recuerda en la parábola de este domingo: el premio por las buenas obras. Cristo nos advierte de que hay un “más allá”, cruzando la estrecha puerta de la muerte, en el que seremos juzgados por el amor que hayamos tenido en esta tierra.

Si tuviéramos delante esa medida, ese juicio, no dudaríamos en servir a los pobres, pues lo consideraríamos una magnífica inversión de cara al futuro, una inversión que nos va a proporcionar los más elevados intereses justo cuando más los necesitaremos. Por lo tanto, primero por agradecimiento y en segundo lugar para poder recibir de Dios el regalo de la vida eterna, guardémonos de toda clase de codicia.

Está claro que tenemos necesidades materiales y que es aconsejable ser prudente y guardar para posibles malas épocas. Pero ¿hay que guardar tanto, mientras otros no pueden ni siquiera llegar al día de mañana?.


 

 

Tu eres mi respirar


Quien ha encontrado un amigo ha encontrado un tesoro