Domingo XVI del Tiempo Ordinario / C

Domingo XVI del Tiempo Ordinario / C

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes / Buenos días… Queridos amigos y hermanos: El evangelio de este día es una invitación a reposar. A no pasar de largo frente a un Jesús que siempre nos fortalece y nos reconforta.

En cada eucaristía, como María –la hermana de Marta- nos ponemos a los pies de Jesús para recibir de El una palabra de aliento y de vida.

Iniciemos esta celebración dando gracias y alabanza al Señor.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

La hospitalidad debe de ser distintivo de una casa cristiana. Como Abraham, en la primera lectura, y a pesar de los sufrimientos –como nos dice San Pablo en la segunda- o como la acogida que Marta y María hacen a Jesús en su hogar, también nosotros hemos de manifestar que, en nuestra cercanía y brazos abiertos, es donde testimoniamos nuestra vida de fe. Escuchemos atentamente.

 

PETICIONES

a) La Iglesia es una casa de acogida. El Señor, como anfitrión, nos escucha, nos perdona y nos alimenta. Para que valoremos la Eucaristía como fuente de gracia y de vida. Roguemos al Señor.

b) Un problema de nuestro mundo es el individualismo: cada uno va a lo suyo. Para que la Palabra nos ayude a ser más comprometidos con los problemas de los demás. Roguemos al Señor.

c) La rapidez de los acontecimientos, las prisas, los agobios…hacen que olvidemos nuestro trato personal e íntimo con Dios. Para que caigamos en la cuenta que, un corazón sin fondo, es un corazón a la deriva. Roguemos al Señor.

d) En estos días se celebra en muchos lugares la festividad de San Cristóbal, protector de los conductores. Para que también nosotros nos dejemos guiar en los caminos de la vida, por la mano de Jesús de Nazaret. Roguemos al Señor.

 

Homilía Domingo XVI del TO / C

1.- Dicho sea con perdón, pero este evangelio no me gusta, como a muchas Martas que estáis aquí: madres de familia, amas de casa, que no tenéis tiempo para tomaros unos días de retiro que os vendrían a las mil maravillas. Yo participo mucho de vuestra vida y creo que os comprendo porque siempre me ha tocado ser “la gobernanta” de nuestras residencias jesuíticas.

Yo creo que para entender este evangelio hay que mirarlo desde dos puntos de vista. Uno es el de la primera lectura en que se alaba y premia la hospitalidad de Abrahán, que conlleva hacer el pan, sacar el agua, matar el cordero y asarlo. La Escritura alaba a Abrahán haciendo de Marta. Bueno, en realidad los que hicieron de Marta fue Sara que hizo el pan y el sirviente que mató y asó el cordero. Abrahán da la impresión de dar órdenes y escurrir el hombro.

Si Dios bendice la hospitalidad de Abrahán, Jesús no puede por menos que alabar la hospitalidad de Marta. Y el otro punto de vista es la familiaridad especial que existió entre Marta y Jesús, especial aun comparada con el cariño y amistad con María y Lázaro.

Es notable que en los evangelios, fuera de los discípulos, sólo se dice que Jesús amaba a estos tres hermanos, pero los cita en este orden. Dice: “amaba Jesús a Marta, a su hermana María y a Lázaro”. El primer objeto del cariño del Señor es Marta.

Y si leéis con detenimiento la narración de la resurrección de Lázaro os daréis cuenta de que la primera que sale corriendo al encuentro de Jesús, que llega, es Marta. Y Marta es la primera es la primera en decirle, como dirá María: “Si hubieses estado aquí no hubiera muerto mi hermano”. Y con una fe que no muestra María añade: “pero aun ahora sé que todo lo que le pidas a Dios te concederá”, que es decirle ya sé que para ti no es tarde.

Marta muestra aquí una profundidad de conocimiento y cariño semejante al de la Virgen Madre, que en Caná no pide sino que propone: “no tienen vino”: Y es Marta, no María, la que oye la maravillosa promesa de Jesús, que todo en el crea en Él, como ella, tiene vida eterna.

2.- Marta se sabía muy querida por Jesús y por eso se atreve a decirle: “pero no te has dado cuenta que María me ha dejado sola con el servicio. Es que no te importa. ¿Dila que me ayude? La respuesta de Jesús suena a repulsa: “Marta está agitada con muchas cosas, una sola es necesaria”. Pero a quien no le suenan a repulsa las palabras de Jesús es a la Madre, en Caná. “Que nos va a ti y a mi que no tengan vino. Aun no ha llegado mi hora…” Y hubo vino hasta emborracharse.

Las palabras de Jesús a mi me suenan a “mira, Marta, tú sabes lo que os quiero a los tres (y especialmente a ti) y vengo a estar un rato con vosotros, y charlar y oíros charlar porque todo eso me descansa. Ven aquí, siéntate, y cuéntame de tu vida y luego, chica, con un par de huevos fritos tenemos bastante.

3.- Una cosa sí nos quiso avisar el Señor, y es que si es verdad que el trabajo es el amor hecho visible, pero cuando nos absorbe demasiado es cuando se convierte en droga. Workcohilics dicen los norteamericanos… adictos al trabajo.

Que el trabajo nunca produce estrés ni “depre” cuando nuestro corazón está allá en lo hondo sentado, sentado a los pies del Señor, cortando aristas de la ansiedad.

Ese aviso le vino bien a Marta, y nos viene bien a nosotros. Pero estoy seguro que después de su contestación, Jesús se dirigió a María y la dijo que ayudase a su hermana, acordándose de su Madre bendita que en su vida tuvo pocos momentos para estar sentada, porque tenía que cuidar de Él día y noche.

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Para los que nos encontramos inmersos en pleno verano, es bueno detenernos en este sugerente texto que en exclusividad, San Lucas, nos presenta. Merece la pena hacerlo por dos razones fundamentales:

-Porque, en el camino de la vida, necesitamos escuchar, detenernos y suministrar un poco de oxígeno al espíritu

-Porque, en un contexto social donde se echan en falta amigos o una mano que anime, el evangelio pone el acento en la acogida. Acoger es también un color fundamental en el cuadro de la vida cristiana.

1.- No podemos caer en la tentación, al escuchar el evangelio de hoy, de confrontar acción y contemplación. Las dos son necesarias para un cristiano. Siempre es bueno recordar la hazaña de un enamorado de los automóviles y de las carreteras. Viajaba, no se detenía ante nada ni para nadie; sólo pensaba en sí mismo y en su coche. Hasta que, en cierta ocasión, un consejero –de esos que saben aconsejar oportunamente y en el momento preciso- le dijo: tarde o temprano, amigo, tendrás que detenerte a repostar gasolina o no llegarás donde pretendes. Combustible y horizonte (lejos de oponerse) se complementan. Contemplación y acción (lejos de enemistarse) son necesarias para vivir con más calidad de vida, para preguntarnos sobre las grandes verdades de nuestra existencia.

2.- ¿Somos Marta o María? Podría ser el interrogante de este domingo. Por experiencia, también los sacerdotes, sabemos que el activismo no es bueno. Que, el exceso de trabajo, nos puede aislar de lo fundamental. Incluso, las prisas, los agobios, el hacer por hacer, nos puede transformar en simples autómatas. Recientemente el Papa Benedicto XVI, al dirigirse a los sacerdotes sobre el Sacramento de la Penitencia, nos decía que “no practicar este sacramento, nos puede convertir en meros funcionarios”. Es verdad. Cuesta recluirse en el silencio, en lo que aparentemente no da fruto o, incluso en aquello que no nos gusta o que más sacrificio conlleva para nuestro modo de vivir. No siempre lo que produce satisfacciones inmediatas es algo que asegure la felicidad permanente.

3.- En el término medio, casi siempre, está la virtud. Jesús no desprecia, ni mucho menos, la entrega de Marta. Le indica que afanarse tanto, no merece la pena.

Que con menos basta. Que, María, se ha detenido un momento para recuperar fuerzas y volver con más ímpetu a la vida. Jesús no ensalza a María porque no haga nada sino porque, siendo tan trabajadora como su hermana, ha sido inteligente y ha dicho “hasta aquí he llegado” es necesario contenerme para escuchar palabras de vida; un encuentro con Aquel que me va a dar luz para seguir adelante. En las dos hay algo en común: las dos se brindan: una, materialmente, y la otra espiritualmente. Y, por cierto, las dos cosas son recibidas por el Señor.

Que allá donde nos encontremos, y especialmente cuando nos encontremos sobrepasados por las circunstancias, responsabilidades u obligaciones, seamos capaces de romper con todo ello (por lo menos momentáneamente) y, buscando aquellos oasis de paz, de fe y de silencio, podamos reinsertarnos después pero con otro sentido y con otra amplitud de miras. Dios nos quiere inmersos en el mundo pero sin dejarnos comer o anular por él. ¿Lo intentamos?

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Continuando con el tema de la semana anterior, el Evangelio, y con él la “palabra de vida”, nos propone ahora no una parábola sino el hermoso relato de la estancia de Jesús en casa de Marta y María. Este texto nos muestra no sólo dos modelos de mujer, sino dos maneras diferentes de comportarse ante Dios y ante sus exigencias, así como ante la vida misma.

Uno de esos modelos es la Marta inquieta y activa, y el otro es la María que reza y escucha. Desde nuestra espiritualidad del agradecimiento, precisamente por que está basada en la imitación de la Virgen María, tenemos que intentar unir los dos modelos, porque lo que de verdad nos importa es amar para expresarle el Señor nuestra gratitud. Lo que pasa es que amar significa en unas ocasiones rezar e ir a misa y, en otras, trabajar y hacer obras de caridad o de apostolado.

Por amor habrá que ser diligente y laborioso, como lo fue Marta. a la vez, también por amor, habrá que ser contemplativo, como María. El que ama, reza. Pero, a la vez, el que ama trabaja. Nuestra vida tiene que transcurrir en la búsqueda del equilibrio entre ambas cosas, escuchando lo que Dios nos pide en cada momento e intentando aplicar aquel “ora et labora” de San Benito.

Por otro lado, suele suceder que el que reza también trabaja, mientras que no siempre ocurre lo contrario. Así, vemos a personas, incluso representativas de la Iglesia como algunos sacerdotes, que son muy activos pero que no tienen tiempo para la oración.

Orar, por lo tanto, es el paso primero en nuestro movimiento. Sabiendo, eso sí, que el paso segundo es el servicio al prójimo. Y siempre y en todo, el amor.

Porque rezar es amar y cumplir con nuestros deberes y ayudar al necesitado también lo es.

 

 

Jesús está en casa de sus amigos. Pero Marta da más interés a preparar el almuerzo y poner la mesa, que escuchar y hablar con Jesús. En tanto que, María se olvida del almuerzo, de pelar las patatas o limpiar el arroz o lavar los platos o de buscar el mantel nuevo y prefiere escuchar a Jesús. Prefiere la conversación y la intimidad de la relación personal. Prefiere compartir la compañía del amigo de familia. Y eso en una cultura donde normalmente como dice Felipe F. Ramos en sus meditaciones sobre el Evangelio de Juan, “la mujer se consideraba como un creyente de segunda categoría; no tomaba parte oficial en el culto de la sinagoga ni se podía dedicar a la escucha y el cultivo de la ley”. ¿Y no ha sucedido algo parecido en la Iglesia? Sólo los curas podíamos leer la Sagrada Escritura. Y por supuesto, sólo nosotros seguimos teniendo la exclusiva de anunciarla y predicarla. El Pueblo de Dios nos escuchaba a nosotros, que con frecuencia decíamos cuatro generalidades que no siempre respondían a lo que Dios les quería decir. Pero no escuchaban directamente la Palabra de Dios. Es decir, los cristianos estaban bien ocupados en la cocina, pero no disponían de tiempo para escuchar a Dios. Y la verdadera experiencia de Dios sólo se hace escuchándole a El y no a nosotros. Pero lo mismo puede suceder entre las personas. Viajamos juntos, pero sin conocernos. Vamos juntos en el mismo autobús, y cada uno baja en su parada sin saber quién se había sentado a su lado. Cada uno vamos ocupados y metidos en nuestro silencio o incluso llevamos las orejas ocupadas escuchando música. Juntos pero sin escucharnos. Juntos pero sin hablar ni escuchar a los otros. Y no digamos lo que con frecuencia pasa con las parejas. Viven juntas en la misma casa. Pero no tienen tiempo de sentarse la una junto a la otra para escucharse. Y hasta solemos acudir a truco de encender nuestra Televisión para que no vengan a fastidiarnos. La mujer metida en sus cosas y el marido en las suyas. Los dos sin tiempo para escucharse. Los dos sin tiempo para hablarse y decirse cosas. A lo más charlan del problema de los hijos, de las notas del Colegio. Pero escuchar el corazón del otro eso ya es otra música. Escuchar los sentimientos del otro, las alegrías y las penas del otro, no es el momento. Estoy cansando. Bastante tengo con los problemas de la oficina. Vivimos juntos, sin conocernos. A lo más nos conocemos por fuera. A lo más conocemos su rostro alegre o triste. Pero no llegamos a escuchar el corazón del otro ni escuchamos con el nuestro. Para Marta las cosas eran más importantes que la persona de Jesús. Para María, lo más importante era Jesús mismo. Lo más importante en la vida no son las cosas. Lo más importante en la vida somos las personas.

¿Cuánto tiempo dedicamos a las cosas? ¿Y cuánto tiempo nos dedicamos como personas? Las cosas son necesarias. Pero las personas son indispensables. Adán tenía todas las cosas a su disposición. Y no era feliz. Estaba solo cuando todo el mundo era suyo. Adán comenzó a vivir cuando se encontró a su lado a la mujer, a la persona.

No hace mucho tiempo, visitando a un enfermo que se encontraba rodeado de toda su familia, observé cómo sus hijos se afanaban en agasajarle con todo lo mejor. En un momento dado una hija le preguntó: “¿padre, estas bien? ¿Quieres algo más?” Después de una breve pausa y con voz débil, el padre, les contestó: “simplemente quiero estar con vosotros; no me hace falta nada más”. A aquel hombre le importaba muy poco o nada lo material; lo que de verdad quería y necesitaba era a ellos.

1.- El evangelio de este domingo es una llamada a permanecer en la presencia del Señor. Con cierta frecuencia (en nuestras celebraciones y en nuestra pastoral) ponemos tanto empeño en tener todo a punto que puede más la inquietud que la serenidad, la perfección que la espontaneidad, el estrés que el afán por acoger con sencillez a Dios.

Tal vez sobran medios e inventos en nuestras iglesias, consejos y grupos, dinámicas y reuniones en otras tantas comunidades (aunque sean importantes) y, por el contrario, brillan por su ausencia y hacen falta adoradores: hombres y mujeres que se sienten, al calor de un sagrario o a la sombra de un crucifijo, hablando o dejando que diga algo el silencio de Dios; cristianos que saquen chispa y jugo al paladar leyendo o masticando la Palabra de Jesús. Como anillo al dedo viene esa indicación del Papa Francisco a los seminaristas: “la evangelización se hace de rodillas, sin caer en el activismo y sin confiar demasiado en los recursos”.

2.- Frente a la inquietud es bueno el saber pararse con uno mismo. Preguntarse por el fondo y el porqué de tantas cosas que uno realiza en el día a día sin ton ni son. Frente al nerviosismo es saludable la tranquilidad. Lo cierto que, no por hacer mucho, se es feliz ni los frutos son más y mejores que allá donde, tal vez, no hace tanto pero no se olvida lo esencial.

En cierta ocasión un sacerdote se puso delante del Señor y comenzó a enumerar el completo programa de actividades cumplido en ese día:

*Señor he madrugado y he bajado al despacho para atender a numerosos feligreses

*Señor, he visitado cuatro enfermos que necesitaban auxilio

*Señor, he puesto en orden la biblioteca parroquial

*Señor; tu sabes que, durante toda la tarde, he estado atendiendo a catequistas y padres

*Señor, he estado al frente de algunas decisiones para las obras que tengo pendientes en tu templo

*Señor, me he cansado en las sucesivas reuniones con los sacerdotes y grupos

*Señor, he tenido que acudir a las entidades bancarias para interesarme por la caridad de mi parroquia

*Señor, he planteado programas que serán de vanguardia y rompedores en mi acción pastoral para el próximo curso

Y así, después de una larga lista de pequeñas o de grandes acciones, el sacerdote clavó los ojos en el crucificado preguntándole; ¿qué más quieres que haga, Señor? Jesús, desde la cruz, le contestó: “Has olvidado lo más importante; el estar un momento conmigo…te has olvidado de mí” "¿Cuánto hace que no rezas?”.

Más razón que un santo tiene el Señor cuando nos dice; “sólo una cosa es necesaria”. Me quedo con aquella que Jesús propone: sentarnos frente a El de vez en cuando y dejar que repose, refrescándose, el alma que todos llevamos dentro.

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Continuando con el tema de la semana anterior, el Evangelio, y con él la “palabra de vida”, nos propone ahora no una parábola sino el hermoso relato de la estancia de Jesús en casa de Marta y María. Este texto nos muestra no sólo dos modelos de mujer, sino dos maneras diferentes de comportarse ante Dios y ante sus exigencias, así como ante la vida misma. Uno de esos modelos es la Marta inquieta y activa, y el otro es la María que reza y escucha. Desde nuestra espiritualidad del agradecimiento, precisamente porque está basada en la imitación de la Virgen María, tenemos que intentar unir los dos modelos, porque lo que de verdad nos importa es amar para expresarle el Señor nuestra gratitud.

Lo que pasa es que amar significa en unas ocasiones rezar e ir a misa y, en otras, trabajar y hacer obras de caridad o de apostolado.

Por amor habrá que ser diligente y laborioso, como lo fue Marta. a la vez, también por amor, habrá que ser contemplativo, como María. El que ama, reza.

Pero, a la vez, el que ama trabaja. Nuestra vida tiene que transcurrir en la búsqueda del equilibrio entre ambas cosas, escuchando lo que Dios nos pide en cada momento e intentando aplicar aquel “ora et labora” de San Benito. Por otro lado, suele suceder que el que reza también trabaja, mientras que no siempre ocurre lo contrario. Así, vemos a personas, incluso representativas de la Iglesia como algunos sacerdotes, que son muy activos pero que no tienen tiempo para la oración. Orar, por lo tanto, es el paso primero en nuestro movimiento.

Sabiendo, eso sí, que el paso segundo es el servicio al prójimo. Y siempre y en todo, el amor. Porque rezar es amar y cumplir con nuestros deberes y ayudar al necesitado también lo es.