Domingo XV del Tiempo Ordinario / C

Domingo XV del Tiempo Ordinario / C

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes / Buenos días… ¡sed bienvenidos a esta fuente en la que, el Señor, nos alimenta con su fuerza para que nunca nos falten fuerzas para hacer el bien!

La Eucaristía de los domingos, por si olvidamos, es una presencia real y misteriosa a la vez con la que, el Señor, hace que seamos sensibles a su llamada y, además, sensibles a los problemas de los demás. Hoy, en el evangelio, se nos interpelará a no “pasar” de los problemas de los demás. En definitiva a cuidar el lado más agradable de nuestra fe y de nuestro corazón: el amor a los semejantes.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que vamos a escuchar, nos dicen en este domingo, que amar a Dios y a los prójimos debe ser lo novedoso de nuestra vida cristiana. ¿De qué sirve cumplir los mandamientos, si luego, olvidamos el amor que Dios nos tiene y el amor que hemos de ofrecer a los demás?... Escuchamos atentamente.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que sea siempre una escuela del amor de Dios. Para que nos enseñe el valor del amor que se da sin esperar nada a cambio. Roguemos al Señor.

2. Por los enfermos; por aquellos que necesitan atención de los demás. Por aquellos que son olvidados en las cunetas de las residencias de ancianos, de los hospitales. Roguemos al Señor.

3. Por los médicos y enfermeros. Por los que se dedican a curar y a cuidar a los demás. Para que vean en los enfermos el rostro dolorido de Cristo. Roguemos al Señor.

4. Para que, en los caminos de la vida, pensemos que Cristo sale a nuestro encuentro y nos lleva a la Iglesia para curar nuestras heridas y paga un alto precio por nosotros. Roguemos al Señor.

Homilía Domingo XV del TO / C

Avanzamos en el camino de nuestra vida cristiana, y cuando miramos a nuestro alrededor, tenemos dos peligros: detenernos en aquello que nos conviene o mirar hacia otro lado. Es fácil creer en un “Dios a nuestra manera” pero, lo más evangélico, es preguntarnos si como cristianos hacemos lo que debemos en nuestra agenda diaria.

1.- Amar al prójimo es la gran pancarta del cristianismo. Cuando amamos como Jesús desea, aunque nos parezca lo contrario, se convierte en el testimonio más eficaz para dar a conocer el rostro del Dios vivo. ¡Dime que haces que, pronto te diré, a quién sirves! Salir de nosotros mismos, sin medida, a tiempo y deshoras, es una muestra de la calidad de nuestra vida cristiana y sobre todo de hacer frente a algo que nos debiera de preocupar: el Evangelio no es para ser conocido ni aprendido (aunque también) es para ser vivido y, desde ahí, transmitido con palabras y con obras. La fe, por ello mismo, siempre será operativa y practica. Dicen que, muchos ciudadanos, están desencantados de las teorías políticas y económicas y que exigen coherencia, austeridad y verdad.

2.- Con la Iglesia, y aunque digan lo contrario algunos, no podemos subirnos al carro de la demagogia: “las riquezas que tiene que las venda” (sería pan para hoy y hambre para mañana y, además, un atentado contra el patrimonio y la cultura que es acerbo conquistad y plasmado por el cristianismo en el transcurso de los años. La Iglesia, hoy y ahora, sigue en guardia y en retaguardia intentando llevar adelanta una ingente obra social, caritativa y asistencia. Cerrar los ojos a esa realidad, obviarla, silenciarla…no nos hace daño a los que lo practicamos, más bien, a aquellos que no ven las consecuencias de una falta de incomprensión y minusvaloración a los que la comunidad eclesial lleva a cabo en tantos lugares del mundo. Eso sí; aún no contando con el aplauso de muchos, y especialmente de muchos aparatos mediáticos, la Iglesia ha de salir al camino para socorrer a tantas personas, hombres y mujeres, que son asaltados por tantos bandidos de nuestro tiempo (el SIDA, la pobreza, la depresión, el abandono, la ancianidad, el aborto, hospitales…)

3.- Hacer el bien, y sin mirar a quién. Buscar realizar el bien, sin mirarse así mismo, e intentando recuperar al necesitado debe de ser la máxima de nuestra vida, el orgullo de nuestra Iglesia. Es verdad que, nunca como hoy, a través de los medios de comunicación social se nos cuelan en nuestros hogares imágenes de pobreza de los cinco continentes del mundo que nos llevan a pensar que “es imposible que podamos hacer nosotros más”. ¡Si podemos! No perder la sensibilidad. No cejar en el empeño de que, nuestras parroquias, como laicos y sacerdotes, trabajemos incesantemente para que nadie nos pueda decir que nos hemos ido por el camino cómodo. Que hemos vuelto la cabeza hacia el otro lado para no comprometernos con situaciones que nos incomodan o que, en la práctica, nos hacen perder tiempo.

Hoy, con el evangelio en el mano, detenernos en el sendero de nuestra vida, ofrecer tiempo del minutero de nuestro reloj, apuntar en la agenda de nuestra ruta momentos de dedicación personal para que alguien sonría, sea más feliz o resurja de sus cenizas…..es la mejor forma de agradar al Señor y de demostrarle que, lejos de ser una teoría, es algo que nos empuja a vivir como hijos de Dios. Siendo como El quiere. Haciendo lo que El desea. Poniendo el corazón allá donde ciertas situaciones, tristes y humillantes, echan en falta una mano amiga.

--Prójimo es aquel que me exige salir de mí mismo para medir si, en verdad, la fe es operativa y práctica o se quedó en simple teoría

--Prójimo es, tal vez, el que menos entra dentro de mis esquemas. Aquel que queda lejos de mis dominios y distante de los caminos por los que yo avanzo

--Prójimo es quien constantemente me pregunta, con aquellas interpelaciones de San Ignacio, “qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo y qué debo hacer por Cristo”

--Prójimo es quien me ayuda a pasar de una fe de conocimiento a una fe practicada y volcada en los demás

--Prójimo es quien me invita a no instalarme en una piedad fría y bajar al sufrimiento del hombre

--Prójimo es aquel que, sin darse cuenta, es acorralado por la sociedad opulenta robándole la riqueza interior

--Prójimo es aquel que es vapuleado por la materialidad de las cosas y, una vez utilizado, es arrinconado en el olvido

--Prójimo es aquel que inconscientemente se deja atacar en su dignidad antes que llevar o posicionarse en contra de las ideologías dominantes

--Prójimo es aquel que ha sido arrastrado por las corrientes de lo inmediato, de lo pragmático y luego ha quedado sin respuestas tirado en el suelo

--Prójimo es aquel que espera un detalle por nuestra parte y no sólo teorías o lecciones magistrales

--Prójimo es aquel que nos corta el camino que habíamos emprendido para hacernos entender que a Dios se le gana con la misericordia y no con la razón

--Prójimo es aquel que necesita de nuestro compromiso y de nuestra palabra, de nuestro consejo y de nuestra presencia. Lo contrario y lo más fácil, a veces, es dar un rodeo a las personas y a los acontecimientos, a los problemas y a las cruces que salen a nuestro encuentro: “ojos que no ven...corazón que no siente”

--Prójimo es aquel que creyendo vivir en la verdad ha sido asaltado por los delincuentes de la mentira y de la farsa.

--Prójimo es aquel que no puede o no sabe sostenerse por sí mismo; el zarandeado por el ladrón poderoso don dinero o el humillado por los usurpadores de conciencias y de las grandes verdades

--Prójimo es aquel que, de la noche a la mañana, ha sido arrojado en el abismo de la incredulidad o de la desesperanza, de la tristeza o del desencanto por la vida

--Prójimo es aquel que ha sido despojado de lo que era resorte y apoyo en su existencia por aquellos que cabalgan en el caballo del poder y del “todo vale” para que la sociedad se quede sin moral ni ética alguna

--Prójimos son, en definitiva, las personas que salen a nuestro paso en mil circunstancias y con mil nombres y apellidos.

Si Jesús, el Buen Samaritano de primera división por excelencia, salió al borde del camino para recogernos a los que estábamos perdidos. Si cargó con nosotros y pagó con la moneda de su propia sangre por nosotros… ¿No debiéramos de interpelarnos si en nuestro cristianismo no nos atrincheramos en la doctrina olvidando su trasfondo?

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1.- La palabra “prójimo” se deriva directamente del la palabra latina “proximus”, que se refiere a lo inmediato, lo más cercano. En este sentido, el mandamiento del amor al prójimo se referiría al amor a las personas que están cerca de nosotros, se trate de una proximidad geográfica, o social. Parece ser que para muchos de los judíos amar al prójimo era, sobre todo, amar a los judíos. Jesús de Nazaret, en su mandamiento del amor al prójimo, rompe las barreras étnicas y geográficas y nos manda amar a todas las personas, incluso a nuestros enemigos. Este sentido de la palabra “prójimo” está clara y bellamente expresado en la parábola del samaritano. Los samaritanos no sólo no se consideraban judíos, sino que eran enemigos de los judíos. Sin embargo, el samaritano que se encontró en el camino a un judío herido de gravedad le atendió generosa y delicadamente, cosa que no habían hecho ni el sacerdote, ni el levita que habían encontrado antes al herido en el camino de Jerusalén a Jericó. El levita y el sacerdote sí eran judíos. ¿Quién se portó realmente como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? La respuesta del letrado define muy bien lo que Jesús de Nazaret entendía por la palabra “prójimo”: el que practicó la misericordia con él. Para Cristo amar al prójimo es atenderle misericordiosamente, sea un prójimo cercano o amigo, lejano o hasta enemigo. El mandamiento del amor al prójimo es un mandamiento universal, que no conoce barreras, ni fronteras, ni límites.

2.- Pero yo creo que el sentido primero de la palabra “prójimo” también es muy digna de ser tenida en cuenta. Porque las personas que están más cerca de nosotros, con las que convivimos, deben ser las primeras receptoras de nuestro amor. Por poner un ejemplo, no podemos decir que amamos mucho al prójimo porque nos preocupamos muchísimo de los que mueren en Afganistán, si después no sabemos amar a los que viven en nuestra propia casa, o en nuestra empresa, o al vecino de al lado. El amor de cada día, el que debemos manifestar continuamente, es el amor que manifestamos a los más cercanos, a los más “próximos”. Este amor es, por lo demás, el más difícil de practicar, porque es el que nos compromete durante la mayor parte del tiempo de nuestra vida. En muchos casos es incluso el único amor eficaz que podemos y debemos realizar.

3.- El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo. Los preceptos que nos manda el Señor, nos dice el libro del Deuteronomio, son preceptos que podemos conocer y que podemos cumplir. No son preceptos difíciles de conocer o inalcanzables. Basta con que sepamos escuchar a nuestro corazón, que seamos consecuentes con lo que el buen pensar y el buen sentir nos aconsejan. Lo que hay que tener siempre es una voluntad decidida de hacer el bien, aunque para eso tengamos que sacrificar algunos intereses personales o de grupo. La persona que es buena de verdad busca siempre, por encima de todo, hacer el bien a las personas, sembrar paz, amor, justicia y verdad. Para esto no hace falta estudiar mucho o tener muchos títulos; basta con escuchar a nuestro propio corazón, escuchar la voz de Dios en nuestra alma.

4.- Cristo Jesús es imagen de Dios invisible. San Pablo les dice a los fieles de Colosas que a Dios no pueden verle, porque es invisible, pero que pueden ver a Cristo Jesús, la imagen visible del Dios invisible. Esta es la ventaja que tenemos todos los que creemos en Cristo, que sabemos cuál es el comportamiento humano que agrada a Dios: el que más se parezca al comportamiento de su hijo Cristo Jesús. No es necesario que seamos doctores en teología para saber que agradamos al Dios invisible siempre que agradamos a Cristo, imagen visible del Dios invisible.

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Hay cosas que uno creía olvidadas y que de cuando en vez vuelven a la memoria. Por ejemplo, recuerdo que, cuando era niño, era bastante frecuente escuchar que a los niños se les decía: “no mires, mira al otro lado”. Esto, cuando no se quería que el niño viese algo inconveniente. Pero ahora me doy cuenta de que hemos aprendido muy bien la lección. Porque, ¡vaya si hemos aprendido a mirar “para otro lado”!

Cuando vemos los niños de la calle que nos piden para un pan, nosotros miramos para otro lado. Cuando vemos esa basura de nuestras calles, nosotros miramos para otro lado. Cuando vemos a alguien necesitado, nosotros miramos para otro lado.

Cuando vemos que los hijos nos quieren hablar de algo, nosotros miramos para otro lado.

Cuando la esposa quiere compartir algún problema, nosotros miramos para otro lado.

Cuando alguien nos quiere pedir algún servicio, nosotros miramos para otro lado.

Cuando vemos a ese anciano que necesita que alguien le ayude a pasar la calle, nosotros miramos para otro lado.

 

Cuando hay que dar cara por la verdad, nosotros miramos para otro lado.

Cuando hay que defender la justicia, nosotros miramos para otro lado.

 

Cuando es preciso defender al ausente porque están rajando de él, nosotros miramos para otro lado.

Cuando los hijos comienzan a salirse del camino, nosotros miramos para otro lado.

Cuando la familia se está destruyendo, nosotros miramos para otro lado.

Cuando la sociedad se está hundiendo en la cultura de la vulgaridad, nosotros miramos para otro lado.

Incluso cuando Dios comienza a hablarnos al corazón, nosotros preferimos mirar para otro lado.

 

Porque eso de “mirar para otro lado” es una manera muy diplomática de no comprometerse con nada.

Quedar bien porque nosotros no hemos visto nada.

Y tener suficientes razones para que nadie nos fastidie.

Lo que todavía no me explico es cómo todos seguimos teniendo una cara que mira de frente y no para un lado.

Todavía no me explico cómo tenemos dos ojos que miran de frente y no para un lado.

Como tampoco logro explicarme cómo es que caminamos de frente y no como los borrachos para un lado.

 

Mirar la realidad “mirando para otro lado”, puede ser algo muy sencillo para desentendernos de las cosas. Pero que así no se soluciona nada, también es cierto.

Además, ¿no sería mucho más noble mirar las cosas de frente, como son, aunque luego nos desentendiésemos de ellas?

 

El sacerdote y el levita de la parábola no sólo “miraron al otro lado”, estos fueron más listos. Se dieron un rodeo, así ni necesitaban correrse el peligro de quedar bizcos. Quien mira “al otro lado”

siempre le queda la curiosidad. Pero cuando te das un rodeo no te enteras de nada. Claro que quien “da un rodeo” es porque algo ya vio. Pero ni siquiera sintieron la curiosidad de ¿qué había

pasado?

 

Tú te imaginas a Jesús “mirando al otro lado” o “dando un rodeo”:

Cuando se le cruza un ciego en su camino. Cuando se encuentra con un leproso que le grita desde la acera. Cuando le ponen por delante a un paralítico. Cuando pasa delante de Mateo sentado a la

mesa de los impuestos. Cuando pasa delante de los pescadores en el lago.

 

¡Claro que miró al otro lado!

Miró al lado donde estaban los hombres. Miró al lado donde estaba el enfermo. Miró al lado donde estaba el publicano. Miró al lado donde estaban la barca y las redes y los pescadores.

 

Lo más fácil sería seguir adelante, “mirando al otro lado”:

No perdiendo el tiempo con los demás. No perdiendo el tiempo en su camino. No distrayéndose de sus preocupaciones. Pero, para Jesús, el hombre que tiene en su camino: Es más importante que

el tiempo que se cree perder con él. Cuando se trata del hombre Dios tiene todo el tiempo. Porque el hombre es más importante que todas las prisas de llegar. Es más importante que sus propias preocupaciones.

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¿Pasar de largo o parar a ayudar? ¿Alguna vez os habéis planteado esa pregunta? ¿Os ha ocurrido alguna vez el tener que decidir ante una situación? Es muy probable que sí. No os voy a preguntar qué hicisteis, no se trata de eso hoy en el evangelio, aunque parezca que va por ahí la cosa. Un “maestro” de la ley se acerca a preguntar a Jesús. Y la pregunta que le hace es sobre el “hacer”. ¿Qué tengo que hacer? ¿Cuál es la “fórmula” para alcanzar la vida eterna? ¿Cuántos “padrenuestros” tengo que rezar para salvarme? Hacer, hacer, hacer…

2.- No se trata de “¿qué tengo que hacer?”. Así se lo plantea el maestro de la ley a Jesús. Y Jesús tampoco le contesta “tienes que hacer…”, sino que le dice que mire lo que está escrito en la ley, que mire cual es el mandamiento principal, que no es otro que el AMOR. Entonces, cuando el maestro de la ley se lo dice, es cuando le contesta: “Haz esto –es decir, ama– y tendrás la vida”. Jesús remite a la ley, a los mandamientos más importantes, y acabará invitándole a SER misericordioso, más que a hacer cosas. Los principios están claros: el amor a Dios, que se manifiesta visiblemente en el amor al prójimo. Y el amor no es propiedad de nadie, porque hasta un samaritano, uno que no es de nuestra religión, ni de nuestro grupo, puede amar, y de hecho lo hizo con aquel hombre tirado en el camino.

3.- Jesús ha venido a decirnos más de cerca que Dios es y será siempre amor. Por tanto, la misión de todo cristiano es AMAR. Jesús le dice al maestro de la ley que amando se cumplen todas las leyes. ¿Sabría el Samaritano cuál era la ley más importante de la religión judía? Seguramente no, porque los samaritanos eran paganos y por eso los judíos no se trataban con ellos. Pero sin embargo la cumplió porque amó, porque “practicó la misericordia” con aquella persona. ¿Sabrían el sacerdote y el levita, que pasaron de largo, cuál era el mandamiento más importante? Seguramente sí, pero no lo pusieron en práctica, se quedaron sólo en la teoría, en un cumplimiento “fariseo” de la ley, sólo por aparentar. Es bonito recordar como Moisés, 1.800 años antes de Jesús, ya les dice al pueblo de Israel que lo que Dios quiere de ellos lo llevan en el corazón: “el mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”. Para hacer lo que Dios quiere, les dice Moisés, no hay que subir al cielo o cruzar el mar, no es algo inalcanzable, sino que está dentro de nosotros. Dios nos ha creado con la capacidad de amar. Está en nosotros desarrollar esa capacidad.

4.- El Samaritano la desarrolló más y mejor que los otros dos. Cualquier persona que la desarrolle, sea del grupo que sea, merece nuestra alabanza. Y una vez más, al escuchar de nuevo la parábola del buen Samaritano, me reafirmo en que los sujetos de nuestra acción y de nuestro amor han de ser, preferentemente, los más pobres, los “apaleados” por el sistema, los que andan “tirados” en el camino de la vida.

5.- A esos, a los que nadie quiere, ni nadie defiende, nos invita Jesús a querer para poder alcanzar la vida eterna. Pero no a quererles de cualquier manera, no a quererles con “migajas” de nuestro amor, sino con un amor verdadero, un amor que nos lleve a implicarnos con ellos, a acercarnos, a montarlos sobre nuestros hombros, si es necesario, a darles nuestro tiempo y nuestro dinero, y si hace falta más “te lo pagaré a la vuelta” (le dice el Samaritano al Posadero). La misericordia del Samaritano devuelve al pobre hombre apaleado la dignidad que los bandidos le han quitado a base de golpes.

6.- La misericordia nace del amor y toca el corazón de la persona, lo transforma, lo convierte. “Conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma”, hemos escuchado en la primera lectura. Eso es lo que Jesús intento decirle a aquel maestro de la ley: “deja que las personas te toquen el corazón, así serán tus prójimos, tus hermanos”.

7.- Al venir a la Eucaristía vemos como Jesús desarrolló su capacidad de amar hasta el extremo, de manera generosa, gratuita y desinteresada. Así nos invita Dios a amar a los demás, nuestros hermanos y hermanas. Cada vez que venimos a la Eucaristía vemos cómo lo tenemos que hacer. Cada vez que venimos a la Eucaristía escuchamos: “anda, haz tú lo mismo”. Ese es nuestro mandato, nuestro envío, nuestra misión. Pongámoslo en práctica.

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1.- Os figuráis la cara de una madre de familia numerosa a la que un hijo sabiondo la preguntara: “¿Mamá, quiénes son mis hermanos?” Y la madre se preguntaría: “¿Es que este hijo está ciego? ¿No ve los rasgos parecidos de todos? ¿No los está viendo sentados todos los días alrededor de la misma mesa? ¿Es que no lo dice el corazón y la sangre?”

Pues aquella frase, “y quien es mi prójimo”, del letrado que quería aparecer justo, raspó las cuerdas más íntimas del Corazón de Dios

-- Dios que ha creado a todos los hombres en apretado racimo de fraternidad...

-- Dios que llueve sobre justos y pecadores...

-- Dios que hace salir el sobre buenos y malos

-- Dios que se hace llamar Padre Nuestro y nos sienta a todos alrededor de una misma mesa familiar

* * Ese Dios nos está diciendo que a gritos que todos somos igualmente hijos ante sus ojos

* * Que esa frontera de “justos y pecadores”, “buenos y malos” la hemos creado nosotros

* *Que el “Nuestro” que Él nos ha enseñado tiene su equivalencia en un “Todos”

* *Que ese nuestro no se parece en nada a ese nuestro canijo y escuchimizado que nos hemos fabricado nosotros cuando hablamos de “ese es de los nuestros” o “no es de los nuestros”

* * Que el “Nuestro” de Dios no excluye a nadie. Y que el que nos hemos hecho nosotros excluye a los que no nos caen bien. A los que piensan distinto. A los que no nos son simpáticos. A los que no huelen bien... Por cosas tan nimias excluimos de nuestro corazón a un hermano.

2.- Jesús evita dar una definición de “prójimo”, porque siempre quedaría alguien excluido. Lo que parece decirnos es que lo que está equivocado es el punto de partida. Al hablar de “mi prójimo” partimos de “nosotros”, cuando lo importante en esta escena es “el que cayó en manos de los bandidos.

No podemos poner nuestro punto de vista. Tenemos que ponernos en el punto de vista del necesitado. Él es el importante.

¿Si yo fuera el que tiende la mano pidiendo ayuda, si yo fuera el herido no el enfermo, que esperaría de las personas que pasan a mi lado? ¿A quién consideraría yo mi prójimo?

Lo importante no es quien es mi prójimo, quien es ese “cercano” a quien tengo que ayudar, sino quien quisiera yo tener cercano en mi necesidad.

3.- Nos ha dicho la primera lectura que el mandamiento que Dios nos da no es algo difícil que está en el cielo. No es algo lejano. Es algo que brota de nuestro corazón. Si tenemos corazón humano, corazón de carne, sabremos escuchar la voz de la sangre, sabremos reconocer en el otro los rasgos comunes entre hermanos.

Ahí en el corazón tenemos la norma que nos ha de llevar a hacernos cercanos a los que nos necesitan. Es una cuestión de amor, de humanidad.

4.- “Anda haz tu lo mismo”. No te quedes en amores platónicos, en conmiseraciones etéreas. “Anda y haz”... obras son amores y no buenas razones.

--No pasemos de largo como los leguleyos y los moralistas, midiendo nuestra estricta obligación.

--No busquemos razones para ayudar, siempre encontraremos muchas más para no hacerlo.

--Sepamos que hay amor sino estamos dispuestos a perder nuestro tiempo y nuestro dinero.

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La parábola del buen samaritano nos pone ante los ojos un ejemplo clásico de lo que Jesús considera un buen modelo de comportamiento. Esa parábola tenía, además, una segunda lectura, pues el protagonista era “samaritano”, un hombre perteneciente a una raza despreciada por los que se consideraban el “pueblo elegido”. La lección es sencilla: se es “pueblo elegido” sólo si se ama. El amor no puede ser sustituido ni siquiera por la

oración y los sacramentos, cuando lo que Dios pide en un momento concreto es que se ayude al prójimo. Rezar, comulgar o confesarse son una manifestación de ese amor, pero no pueden considerarse como las únicas expresiones del amor, sobre todo a costa de olvidar las que hacen referencia a las necesidades del prójimo.

Pero hay otra enseñanza más en la parábola, y va dirigida a aquellos que analizan su conciencia desde la perspectiva de no cometer pecados, de no hacer el mal. Suelen olvidar que hay un pecado muy sutil pero muy frecuente: el de omisión. Ni el sacerdote ni el fariseo le habían hecho nada malo a aquel hombre apaleado. Sin embargo, el Señor no los puso como modelo de comportamiento para sus discípulos. El que puede hacer el bien y no lo hace, comete un pecado, tanto mayor cuanta más grande es la necesidad de ayuda que tiene el prójimo. Cristo no nos pide que resolvamos los problemas del mundo, pero sí que pongamos nuestro grano de arena, incluso con esfuerzo, para que esos problemas sean resueltos. Amar, no hay que olvidarlo, es un mandamiento, un deber para el cristiano.