Domingo XII del Tiempo Ordinario / C

Domingo XII del Tiempo Ordinario / C 

 

Monición de entrada 

Bienvenidos, amigos, al encuentro dominical con el Señor, con la Iglesia, con los hermanos y con la Palabra. ¿Hay algo más grande que pregonar al mundo que es posible ser feliz?  

Ojala que, después de salir de esta Eucaristía, nos vayamos más convencidos de lo que creemos y, sobre todo, que anunciemos con alegría que Jesús es el Señor y que, por lo tanto, los valores del evangelio pueden inundar de paz y de justicia todos los rincones de la tierra.  

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS 

¿Quién ha dicho que creer sea cómodo? Las lecturas que vamos a escuchar nos hablan precisamente de eso: comprometerse con Dios es saber que nos espera alguna prueba, alguna zancadilla o incomprensión. Pero es bueno saber que Dios se ocupa de nosotros, va por delante guiándonos en el camino de la vida.  

Escuchemos con atención. 

 

Peticiones 

1. Por la Iglesia. Por el Papa Francisco. Por nuestro obispo Jesús. Para que proclamen sin miedo la Buena Noticia del Evangelio. Roguemos al Señor. 

2. Por nosotros. Por todos los cristianos. Para que no dejemos en las manos de nuestros sacerdotes la bonita labor de evangelizar. Para que nos tomemos más en serio nuestra fe. Roguemos al Señor. 

3. Por los cristianos perseguidos. No hay día en que, en algún rincón del mundo, muera un cristiano por seguir a Jesús. Para que cuenten con nuestro recuerdo, oración y ayuda. Roguemos al Señor. 

4. Por los países que piden respeto a sus creencias y no respetan las de los demás. Para que los gobiernos luchen para que en todas las naciones se pueda practicar la vida cristiana. Roguemos al Señor. 

5. Por los que son valientes en la evangelización; por todos los que mueren por ser fieles a Cristo. Roguemos al Señor. 

Homilía Domingo XII del TO / C 

Si la pregunta nos la dirigiera Jesús a nosotros, muy probablemente la mayoría contestaríamos con la prontitud de quien sabe contestar a una pregunta de examen de Religión: “el Hijo de Dios, Dios y hombre verdadero, redentor y salvador, ante que el doblamos la rodilla cosa que no hacemos ante nadie. Y hasta nuestro hermano y amigo. ¿Es esta respuesta sabida de memoria la que espera Jesús? 

Como Jesús ve que nadie atina con la respuesta, Él se define a Si mismo con palabras poco agradables, hablando de sus sufrimientos, de su muerte y de su resurrección, que si nosotros fuéramos discípulos aventajados, ante semejante insinuación hubiéramos sacado la respuesta. 

Porque es lo mismo decirnos: Yo soy el tanto amo a los demás que no me importan sufrimientos, ni muerte, y que como dice San Pablo, me he vaciado de mi misma divinidad para hacerme esclavo por amor. 

¿Y por qué no llegamos a nosotros a dar de Jesús esa definición? Porque como al inquisidor y al hereje nos falta corazón. Porque hay que tener mucho corazón para saber calibrar lo que significa el amor de todo un Dios, que se vacía de Si mismo y a través del sufrimiento y de la muerte llega a la posesión de la vida sin fin para dárnosla a los demás. ¡Nos falta corazón! 

Y porque nos falta corazón y saber amar es por lo que las frases siguientes de Jesús: “niéguese a si mismo” se nos hacen incomprensibles (que San Francisco Javier decía que el latín de esa frase se le obscurecía hasta no entenderlo). Y nos liamos con muchos pretextos… ¿Negarme? ¿Y donde queda mi personalidad? ¿Y dónde todo lo positivo y bonito del mundo? 

Negarse NO es negarse, es afirmarse desde las mismas raíces del ser humano, imagen de Dios-Amor y, por tanto, difusivo de sí, y entrega a los demás.  

Nunca es el hombre más hombre y se realiza más que cuando dejándose a sí mismo en la penumbra, comienza a vivir para los demás, se entrega a los demás, llevando por un amor que es participación del amor de Dios que se lanzó a los demás y se entrego por ellos. 

Si esto no lo entendemos es que nos falta corazón, ¡y sin corazón no podemos entender la infinita grandeza de nuestro Dios que está en darse sin límites! 

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Ahora que termina el curso pastoral, que nos encaminamos ya hacia el verano, la vacación y el descanso, es el momento de poner nuestra fe encima de la mesa, encima de esta mesa de la Eucaristía y pedirle al Señor que la haga más fuerte. Que nunca nos falte la fuerza de su Espíritu Santo para ser sus testigos. Que vivamos nuestra fe en comunidad, como una gran familia. Y que sintamos la presencia del Señor en todos los momentos de nuestra vida, acompañándonos, animándonos, consolándonos, como un buen Padre. 

Hagamos nuestras las palabras de Pedro en el evangelio y confesemos juntos nuestra fe en Jesús, el Mesías de Dios. 

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Han quedado atrás aquellos años en los que, a Jesús, se le veía como liberador; estandarte de valores humanos o, simplemente, como un hombre con “toque divino” pero “de los nuestros” 

1. ¿Qué y quién es para nosotros Jesús? Es difícil y fácil contestar a esta pregunta. Delicado por cuanto que, muchos de nosotros, puede que acostumbrados a una religión cómoda, incluso a la carta, puede que no hayamos tenido una experiencia enérgica que, luego, evidencie la presencia de Jesús en nuestras vidas. 

Posible porque, por transmisión oral o escrita, familiar o social, sabemos que Jesús es Alguien que no deja indiferente a millones y millones de personas (creyentes o no creyentes) 

Lo cierto es que, participar en una bonita celebración, no siempre nos descubre el rostro auténtico de Jesús. No siempre, lo estético, contribuye a una adhesión personal, radical o comprometida con la causa de Jesús. ¿Qué es Jesús para ti? ¿Quién es Jesús para nosotros? Debe de ser, ante todo, el Hijo de Dios. El Hombre que, cuando se le sigue, cambia la vida del hombre; el Enviado que, cuando nos envía, nos sentimos llamados a ser otros cristos en medio de realidades donde, Dios, estorba o es marginado. 

2.-Como cristianos, además de amar profundamente a Jesús, hemos de dar un segundo paso: defender su figura frente a aquellos que, a costa de herir los sentimientos católicos, la distorsionan, la mancillan o la presentan como objeto de burla o como atractivo taquillero. ¿Os imagináis que, otras sensibilidades orientales, fueran tratadas con la misma impunidad con la que es utilizada la imagen de Jesús en algunas proyecciones cinematográficas? ¿No os parece que, en el fondo, esto ocurre porque, Cristo, no cuenta con entusiastas de su persona que la sepan defender, con todas las consecuencias, de tanto ultraje y humillación a lo que para muchos de millones de cristianos representa? ¡Hay que despertar! ¡Tenemos que despertar! ¿Ya es Alguien y algo, Jesús, para nosotros? Interpelación seria y necesaria. 

3.- Un predicador les decía a sus fieles: “no hace falta que digáis quién es Jesús para vosotros; por vuestra forma de ser y de vivir, los demás lo notarán”. Conformarnos con ligeras respuestas “Jesús es mi amigo” “Jesús nació en Belén” o “Jesús murió en la cruz” no es suficiente. El día en que, nuestros deseos, actitudes, trabajos e ideales, estén traspasados por la figura y la Palabra de Jesús podremos descubrir que, Cristo, es ante todo lo que modela y da esencia a nuestra vida. Y, eso, no se dice…primero se vive. 

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Siempre hay una pregunta flotando en el aire dirigida hacia nosotros: “¿Quién soy yo para ti?. No me importa -añade el Maestro- lo que digan tus vecinos o tus familiares, sino que quiero saber qué puesto ocupo yo en tu corazón”. 

Ante esta pregunta sólo cabe una respuesta: “Tú eres Dios y, por eso, tienes derecho a ocupar el primer lugar en mi vida, en mi corazón”. Entonces, el Maestro nos dice. “En ese caso, haz lo que yo hice: coge tu cruz como yo cogí la mía. Coge tu cruz por amor a mí como yo cogí la mía por amor a ti. Coge tu cruz y ven tras de mí. Si de verdad me amas, acepta tu cruz por mí como yo hice por ti”. 

La cruz que Cristo nos invita a aceptar no es la que nosotros nos hemos buscado, sino la que Él, aunque no entendamos el por qué, ha permitido que cayera sobre nosotros. Entonces, cuando estamos en la cruz, no se trata de discernir el por qué estamos sufriendo sino de saber que, aunque no lo parezca, Dios está detrás y lo ha permitido. Aprovechemos la ocasión para unirnos con Él, convirtiéndonos en corredentores y ofreciendo nuestro sacrificio por la conversión de los nuestros.  

Aprovechemos también la ocasión para dar el mejor de los ejemplos, para mostrar a los que nos contemplan cómo se puede sufrir sin desesperarse, sin dejar de amar, sin replegarse sobre uno mismo convirtiéndose en un egoísta. De este modo atraeremos hacia Cristo a los que nos miran, que quedarán sorprendidos al ver que no renegamos de nuestra suerte y que incluso somos felices en medio del sufrimiento. La cruz, incluso la que menos entendemos, si hacemos así, será, como la de Cristo, fuente de vida para nosotros y para muchos. 

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Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: « ¿Quién dice la gente que soy yo?» 

El Evangelio nos presenta a Jesús en oración. En oración a solas. Aunque los discípulos lo acompañan, él ora a solas. En la vida, a veces, nos pasa así, hay cosas que tenemos que hacerlas solos, situaciones que tenemos que resolverlas solos. Mucho más cuando de lo que se trata es de la muerte que nos anda rondando. Allí la soledad es absoluta, la compañía de los que nos aman no pierde sentido, pero no nos resuelve la situación. La muerte se tiene que experimentar en soledad. Es uno mismo quien debe asumirla. Y Jesús va viendo que tal como se están poniendo las cosas la muerte asoma por el horizonte.  

Jesús aprovecha la situación para preguntar: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. ¿Qué opinan de mí? A Jesús no le interesa la “opinión” de los demás sobre su persona, no le interesa “el qué dirán”; le interesa saber hasta dónde se acepta su mensaje, como capta la gente su ser Mesías, como reciben su evangelio. 

 

Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.» 

La gente –según dicen los apóstoles– compara a Jesús con lo antiguo. La presencia de Jesús es asociada a la de dos grandes profetas (Juan el Bautista y Elías) Tanto Juan como Elías, sufrieron persecución del poder político de su época. Para la gente Jesús es un profeta marginal,  rechazado por los poderosos. Lo que decíamos: la muerte en el horizonte 

 

Él les preguntó: - «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.»  

Jesús quiere saber también la opinión de los más cercanos, los que más lo conocen. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías de Dios”. Pedro no hizo prevalecer sus propias ideas, sentimientos, afectos, sino que dejó que la docilidad a Dios provocara esta respuesta. Pedro conoce bien a Jesús, independientemente de sus dudas y temores, de sus equivocaciones y desaciertos, Pedro responde con la verdad. 

 

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. » 

En un resumen Jesús muestra toda su obra de salvación. No quiere engañar, no quiere mentir, no quiere ser el Mesías liberador revolucionario, un destructor de opresiones mundanas. Rompe el molde, no es uno más, es el único. Para que no haya confusiones muestra a sus discípulos que el Mesías viene a “sufrir mucho”, a morir y a resucitar. No hay falsos triunfalismos, no hay imágenes gloriosas, no es la exaltación del héroe. Es el mismo Dios que se hace tan humanidad, tan “nosotros”, asumiendo tanto nuestra naturaleza débil y pecadora, que prefiere pasar por el sufrimiento para que no suframos, transitar la muerte para que no muramos, resucitar glorioso para que su gloria nos resucite a nosotros. Jesús tomará el camino inverso, a contrapelo de un mundo que exalta el poder como modo de atropellar a los demás utilizando el poder y la gloria que su Padre le da para servir.  

 

«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.» 

Imagen 

Jesús hace una oferta, de aceptación libre: El que quiera venir detrás de mí. No se trata de obligarnos, se trata de aceptar nuestra libertad, y desde ella unirnos a la de Él. Jesús apela a nuestra libertad para que renunciemos a nosotros mismos., para que carguemos con nuestra cruz, y lo sigamos. El valor supremo no es la libertad, no es la renuncia, no es la cruz. El valor supremo es seguirlo, ser como Él, salvar el mundo por el poder del servicio, renunciar a nosotros para darnos totalmente a los demás. Perder la vida, para salvarla. 

 

 

 

 

 

 "El les preguntó: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?". Aquella pregunta que Jesús dirigió a sus discípulos hace dos mil años, nos la vuelve a hacer a nosotros: ¿Quién decís que soy yo?. Una pregunta a la cual podemos responder como tantas otras veces, diciendo que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios que ha venido al mundo para salvarnos. Pero quizás esta respuesta no vale, no vale si lo hacemos sólo de palabra, porque nos lo han enseñado, o porque hemos nacido en un pueblo y en un país cristiano. Todo eso no es suficiente.  

   La única respuesta que vale es la que se da con la vida, en la vida de cada día, confesando de palabra y de obra que Jesús es el Señor de nuestras vidas. ¿Qué significa pues seguir a Jesús para nosotros hoy y aquí?... Quizás habría que comenzar por recordar qué es lo que Jesús nos ofrece. Aquellos primeros discípulos estaban esperando como nosotros un Mesías, alguien que les ayudase a salir de sus problemas, alguien que les diese ilusión y les guiase en la vida, alguien que en definitiva les diese felicidad y un camino para realizarse como personas. Jesús era consciente de todo esto, y también sabía que las esperanzas de sus discípulos tenían mucho de egoísmo y violencia. Jesús no sólo les ofreció colmar sus esperanzas, sino mucho más, colmar todo lo que el hombre puede esperar y desear: la felicidad, la libertad, la vida plena y eterna, y sobre todo la amistad con Dios. 

 
     El problema no está pues en lo que Jesús ofrece sino en el camino que enseña para conseguirlo. Un camino que a nosotros, como a aquellos primeros discípulos nos repugna y escandaliza. El camino de la humillación, del servicio, del compartir, del amor y del perdón incondicional. Este es el camino elegido por Dios para vivir en este mundo, y este es el camino que nos ofrece a nosotros.  

 
      Esta es en realidad la causa por la que muchos abandonan la religión o la fe. Es difícil negarse a sí mismos y abnegarse por los demás hasta dar la vida. Es difícil perdonar y superar las diferencias que nos separan. Es muy difícil compartir aquello que nos ha costado tanto conseguir. Es muy difícil ver en el otro un hermano más que un competidor o un enemigo. Todo esto es difícil es cierto, pero aún lo hacemos más difícil porque hemos olvidado lo fundamental, lo único que puede posibilitar el ser cristiano. Porque el secreto está en la última frase de Jesús en el evangelio de hoy: Coger la cruz, negarse a sí mismos, sí, pero todo eso para irse con El, para seguirle. Y esto significa vivir con, para y desde El. Dejar que Cristo entre de lleno en nuestras vidas.  

      El es el amigo fiel que siempre está a nuestro lado. Con El a nuestro lado, sí que podemos aceptar el camino que nos ofrece. Sí que podemos superar la repulsa a negarnos a nosotros mismos y a cargar con la cruz de cada día. Porque con El, el yugo se hace suave y la carga se aligera. El secreto del cristiano está pues en vivir una relación estrecha con el Señor. Contar con El para todo, para lo bueno y para lo malo. Y dejar que su Espíritu nos inunde cada día del amor de Dios, que nos haga capaces de ver la vida de otro modo, superar nuestros odios y rencores, nuestras manías, y abrirnos a la vida de hijos y hermanos que Dios nos ofrece.  

 
     Hoy podemos responder a Jesús con toda propiedad, sin esperanzas vanas como las tenía Pedro. Hoy sabemos que la vida para el discípulo de Jesús pasa por la cruz, el sufrimiento y la muerte.  

     Pero hoy sabemos también que es el único camino posible que nos puede realizar como personas y alcanzar la vida que no acaba nunca, regalo de Dios para los seguidores de su Hijo.  

 
     Que nuestra respuesta sea hoy clara, al menos en la intención y en el deseo: Señor, Tú eres el Señor de mi vida, ayúdame a seguirte.  

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1.- Jesús quiso hacer un sondeo de opinión, y como no pudo acudir a ningún organismo oficial, ni privado, que se lo hiciese, lo hizo Él personalmente con las dos preguntas que acabamos de leer en el evangelio: ¿Quién dice la gente que soy yo? y ¿Quién decís vosotros que soy yo? 

Quien dice la gente, o más bien ¿qué es Jesús para la gente? 

--esa gente que abarrota nuestras calles, que se apiña en autobuses y metro, que se empuja en bares y cafés o llena el Estadio Bernabéu o la plaza de toros de Las Ventas (**) 

--¿qué les dice Jesús a esa multitud? Lo conocen todos, ¿pero qué les dice? 

--¿qué opinión se tiene de Jesús en chiringuitos y discotecas? 

--¿qué piensan esos chicos y chicas con las litronas (**) y sentados en las aceras? 

--¿qué es Jesús en las abigarradas playas de nuestros veraneos? 

Y preguntando de puertas para dentro:  

--¿qué es Jesús en esas parejas que se casan por la Iglesia, pero que ni siquiera en día tan señalado comulgan? Bautizan a los niños y celebran la Primera Comunión… ¡Digo, sin primera…! porque en muchos casos no hay segunda hasta un funeral lejano por los abuelos o los padres… 

--¿qué pueden decir de Jesús, esos jóvenes que llegan tarde a misa y se van temprano, y durante la misa aguantan el peso de las columnas de la Iglesia con sus espaldas? ¿Les dice Jesús algo? ¿Ven a Jesús en todo ello…? ¿O cumplen con la Iglesia, con los curas, con la familia? 

2.- ¿Y quién decimos nosotros qué es Jesús? Respuestas teológicas más o menos memorizadas no nos faltarán, ni a vosotros ni a mí. Hijo de Dios, Dios y Hombre verdadero, etc., etc. Hasta llegaremos a reconocerle como el gran amigo, el único que ha dado su vida por mí. 

3.- Jesús no se deja apantallar por palabras. Va más allá. Quiere saber hasta qué punto influye en nuestra vida. Si la fe, el amor y la gratitud que suponen esos títulos que sinceramente afirmamos de Él, impregnan de tal modo nuestra vida diaria que se vea que somos seguidores de Cristo… 

++ ¿de tal forma que el primer punto de referencia de mis decisiones en la vida entera sea Jesús? 

++ ¿seguimos a Jesús por su camino, o nuestro camino como por casualidad se cruza de vez en cuando con el de Jesús? 

++ ¿vamos paso a paso tras las huellas de Jesús o salimos festivamente los domingos a ver pasar a Jesús, y después de vitorearle y alabarle nos volvemos a casa, a nuestros caminos? 

++ ¿estamos siempre a la escucha de las ondas y frecuencias por las que Jesús nos expresa sus deseos?... ¿O divertidos con otros programas radiofónicos, por una casual interferencia de ondas, nos llegan las palabras del mensaje de Jesús? 

3.- El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo… 

** ¿supone tanto Jesús para nosotros que seamos capaces de “entregarnos a nosotros mismos? 

** ¿en el empeño por seguirá Jesús seremos capaces de negar a ese hombre, a esa mujer, que somos? 

--No conozco a este hombre egoísta y centrado en mí mismo que soy 

--No conozco a este hombre que siempre encuentra una disculpa para sí mismo y condena siempre a los demás. 

--No conozco a este hombre que sólo vive para pasarlo bien cerrando los ojos a los problemas ajenos. 

El que quiera salvar del naufragio todo lo que constituye nuestra vida y al tiempo aferrarse al salvavidas de Cristo se hundirá con todo, pero el que por aferrarse a Cristo suelta todo lo que llena de su vida, ese se salva del naufragio. 

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Cuando Benedicto XVI convocó el Año de la Fe, lo hacía desde un convencimiento: la falta de conocimiento por parte de muchos católicos de la persona de Jesucristo y, por supuesto, una forma de revitalizar, recuperar, consolidar y llegar al fondo de las verdades más fundamentales de la vida cristiana. Para ello, si recordáis, nos dejaba como sugerencia e himno para este Año de la Fe, el Credo y el acercarnos a la lectura del Catecismo de la Iglesia Católica. 

1.- En un mundo que avanza, técnica y racionalmente a un ritmo de vértigo, los católicos hemos de dar respuesta no tanto a los interrogantes que la ciencia nos plantea (aunque también) sino más bien, primero, testimonio de lo que creemos. Para ello el Papa Francisco, al iniciar su pontificado, nos indicaba como pistas de actuación aquello de caminar, edificar y testimoniar (o confesar). 

Es aquí donde, a muchos católicos, nos dan por goleada –no tanto porque no sepamos responder a muchos retos que la sociedad nos plantea- sino porque, en realidad, existe un desconocimiento o desinterés por aquello en lo que creemos o en Aquel en el que hemos sido bautizados. 

Posiblemente si en una encuesta, a pie de calle, nos preguntasen ¿Quién es para usted este o aquel político? ¿Qué significa para su vida éste o aquel cantante, artista o deportista? ¿Qué supone para su forma de pensar este escritor o aquel filósofo? ¿Por qué admira a ese presentador o divo televisivo….? Tal vez, digo yo, enseguida brotarían decenas de respuestas.  

¿Ocurriría lo mismo si nos preguntasen qué es para ti Jesús de Nazaret? El silencio, la timidez o el bloqueo mental y verbal, posiblemente, sería la única respuesta. 

 

2.- Hoy, en este Año de la Fe, es Jesús quien nos interpela: ¿Quién y qué soy yo para ti? ¿Ya significo algo? ¿Se nota en tu forma de pensar, ver y actuar? El peligro, como siempre, son las respuestas fáciles y hechas: Tú eres el Hijo de Dios; Tú naciste en Belén o, como mucho, Tú moriste en la cruz.  

Jesús, además de réplicas de cortesía, quiere conciencia y consciencia de lo que llevamos entre manos. Nosotros no creemos en algo, sino en Alguien. Un Alguien que, en los momentos más aciagos o felices de nuestra existencia, aporta valor, coraje o gratitud. Alguien que, con el nombre de Jesús, necesita adhesiones firmes y no simples verdades memorizadas (aunque en esto también estamos muy deficientes) que denote que, nuestra fe y confianza en Él, no sólo es un cumplir un expediente con bautizo, comunión, confirmación o boda por la Iglesia….sino que, a la hora de la verdad, es decisivo cuando estamos en el trabajo, en el ocio o en la familia. 

 

3.- ¿Quién es Jesús para nosotros? Si bendecimos la mesa al mediodía, podremos decir que es Aquel que nos invita a dar gracias al Padre por los alimentos recibidos. Si perdonamos y amamos, concluiremos que es Aquel que nos exige hacer lo que Él hizo. Si la eucaristía de cada domingo es necesidad (y no obligación) podremos contestar que, Jesús, es la cita más deseada y añorada de la semana. Si en nuestra casa, además de la caja tonta que es la televisión, conectamos con la Palabra de Dios o nos asomamos a alguna revista cristiana…podremos concluir que, además de las cosas del mundo, nos interesa todo lo relativo a Jesús. 

Con la espontaneidad a la que el nuevo Papa nos tiene acostumbrados recientemente decía que, los cristianos, después de descubrir a Cristo no podíamos vivir con “cara de pepinillo de vinagre”. Tal vez porque, entre otras cosas, no es cuestión de decir con palabras “quién es Cristo para mí” sino, con el semblante, las obras y el rostro esperanzado…demostrar que, Cristo, es ALGUIEN importante y esencial en nuestra vida.