Domingo 11 del Tiempo Ordinario ciclo C

Domingo 11 del Tiempo Ordinario  ciclo C

MOCIÓN DE ENTRADA
Buenos días a todos. Venimos, en este marco del mes de junio dedicado al Corazón de Jesús, necesitados de esta eucaristía que nos alimenta y empuja a ser mejores cristianos.
¿Os habéis parado a pensar alguna vez en qué no somos fieles a Dios? Hoy, en el evangelio, vamos a escuchar una lectura muy sugerente: una mujer tenía muchos fallos, pero supo amar con pequeños detalles a Jesús. Eso, amigos, le trajo el perdón del Señor.
Iniciemos esta eucaristía y pidamos al Señor que nos ayude en la vida a seguir derramando el perfume de nuestras buenas actitudes allá donde estemos.
 
MONICIÓN A LAS LECTURAS
Hoy, las lecturas, tienen un denominador común: el arrepentimiento, la fe y el amor de Dios, son tres notas que aparecen en ellas. Pidamos al Señor que, su Palabra, nos ilumine y descubramos el gran corazón perdonador de Dios.
 
PETICIONES
 
1. Para que la Iglesia sepa presentar el perdón de los pecados como una liberación de las personas y como un don y regalo de Dios. Roguemos al Señor.
2. Por todos nosotros. Para que como cristianos seamos una imagen clara de acogida, comprensión y paz. Roguemos al Señor.
3. Por todos los que ostentan el poder. Por los gobiernos. Para que sean servir con humildad, y no con humillación, a todos los ciudadanos. Roguemos al Señor.
4. Por todos los que tienen defectos y no se dan cuenta; por aquellos que pecan y no sólo ven los pecados de los demás. Para que Cristo les haga ver la luz verdadera. Roguemos al Señor.
5. Por los que estamos aquí reunidos; Para que hablemos con respeto; para que no ofendamos con nuestras palabras; para que nos corrijamos con amor y no con odio o venganza. Roguemos al Señor.
 
Homilía Domingo XI del TO / C
 
El amor y el perdón cristianos son dos caras de una misma moneda. Frecuentemente se dice que el perdón es la cara humilde del amor. Hay personas que dicen que ellas no pueden perdonar algunas ofensas graves que les han hecho. ¿Cómo van a perdonar unos padres el asesinato vil y alevoso de un hijo, al que mataron únicamente por tener unas ideas políticas distintas de las de sus asesinos? Yo creo que en estos casos se confunde perdón cristiano con olvido psicológico. Y no es o mismo: el perdón cristiano es no querer devolver mal por mal, es desear de verdad que la persona que nos ha ofendido se arrepienta de su pecado y empiece a ser buena y feliz. Claro que psicológicamente nunca podremos olvidar el mal profundo que nos han hecho, pero sí podemos perdonarles cristianamente.
Muchas personas lo han hecho y han dado públicamente un ejemplo de perdón cristiano. Porque si amas cristianamente a una persona no puedes desear para ella ningún mal y Cristo nos dijo que deberíamos amar a todas las personas, incluso a nuestros enemigos. El verdadero amor cristiano busca siempre el bien de las personas a las que ama cristianamente. El amor psicológico es otra cosa y nadie podrá nunca obligarnos a amar psicológicamente a todas las personas, sencillamente porque esto es algo humanamente imposible. Nadie está obligado a hacer lo que no puede hacer. El amor cristiano y el perdón cristiano sí pueden convivir y realizarse al mismo tiempo. Este amor y este perdón es el que nos pide Dios que tengamos con todas las personas, hasta con nuestros enemigos.
2.- “El Señor ha perdonado ya tu pecado”. El pecado del rey David fue realmente un pecado horrendo y monstruoso. No tanto por haberse enamorado de Betsabé y haberla hecho su mujer, sino por los medios inicuos de los que se valió para conseguirlo. Fue un pecado repugnante y así se lo hizo saber al rey el profeta Natán. Pero el rey David se arrepintió con el propósito de ser durante toda su vida cantor de las grandezas del Señor y defensor de la Ley y el templo. Cualquiera de nosotros en un momento determinado puede cometer un pecado, pero si sabemos arrepentirnos con el propósito de cambiar de vida Dios siempre nos perdona.
3-. “Tus pecados están perdonados”. La pecadora del evangelio amaba mucho a Jesús, a juzgar por el comportamiento que tuvo cuando se vio delante de Jesús de Nazaret. Le amaba bastante más que Simón, el fariseo que había invitado al Maestro a comer en su casa. Jesús no la juzgaba por los pecados que hubiera cometido antes, la juzgaba por las muestras de amor y arrepentimiento que le estaba dando en aquel momento. El perdón de Jesús y el amor de la pecadora aparecen aquí íntimamente relacionados. Porque la pecadora amaba mucho, Jesús le perdonó mucho y porque Jesús le había perdonado mucho, la pecadora le amaba aún con más intensidad. Al que poco se le perdona, dice Jesús, poco ama, mientras que al que tiene mucho amor se le perdona todo. El amor y el perdón se alimentan mutuamente.
Cuando somos conscientes de que hemos ofendido gravemente a una persona y vemos que, a pesar de todo, esa persona nos ama y nos perdona, nos sentimos impulsados a amar aún más a la persona a la que previamente habíamos ofendido. El que sabe amar y perdonar como nos mandó Jesús puede vivir en paz con Dios y con el prójimo.
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Han quedado atrás, la Pascua, con su mensaje de Vida y de Resurrección, o las solemnidades de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi. Ahora, inmersos en la liturgia del Tiempo Ordinario, seguimos de cerca a Jesús meditando sus palabras, observando sus signos y –sobre todo- estando atentos a su programa: ¡Dios es amor! ¡Dios es perdón!
1.- En dos ocasiones, Jesús, fue ungido: por la mujer pecadora (cuyo relato hemos escuchado en este Domingo) y en Betania, poco antes de que Jesús fuera detenido.
El fondo del evangelio de hoy, entre otras cosas, nos anima a cambiar de modo de vida. Es posible, ante la presencia del Señor, mudar de actitudes, superar situaciones anómalas que pueden existir en nuestra conducta. Superar aquellos puntos oscuros que, tal vez, no nos dejan dormir o vivir en paz.
Dios, que es amor y perdón, se nos revela con su comprensión. El mejor perfume, el supremo aroma que podemos derramar sobre Jesús es precisamente ese: el replanteamiento o la renovación de nuestras personas, de nuestros corazones. ¿Qué puede más en nosotros? ¿El pecado o la gracia? ¿La mediocridad o el deseo de perfección? ¿El arrepentimiento o los torreones de la arrogancia?
Tal vez, como cristianos, tendríamos que ser más afectuosos y cercanos con los que nos rodean. Empujados por un ambiente racional e individualista se nos invita a la distancia y a las dudas, a la desconfianza y al ¡sálvese quien pueda! Pero, cuando alguien nos sonríe o nos echa una mano, enseguida sale la parte más positiva de nosotros mismos. A la mujer pecadora le ocurrió lo mismo: mucho se le perdonó y mucho amó. O dicho de otra manera; fue tan grande su expresión de cariño y de adhesión a Jesús que, el Señor, le ofreció aquello que más necesitaba esa mujer: su perdón, su reconocimiento, la recuperación total de su dignidad.
2.- No podemos consentir que nuestra religión (relación con Dios) sea fría o caiga en posturas distantes. Nuestra relación con Dios no es la de aquel funcionario situado detrás de una ventanilla que, sin mirar a los ojos del cliente, atiende por obligación y sin delicadeza.
Tenemos que recuperar en nuestra vida cristiana algunos elementos típicos y sustanciales de los principios cristianos: la comprensión y el perdón, la alegría y la solidaridad, la sinceridad y la corrección fraterna. Ir en la dirección contraria no es bueno para nuestra Iglesia.
Obviar el perdón y la elegancia con los demás no es la mejor fotografía de un buen cristiano. Podemos cambiar de vida, de modales y hasta de actitudes. Todo será posible si, en el centro de lo que somos y vivimos, colocamos al Señor. El nos hará sentir su fuerza y su valor. Su perdón y su gracia. Su mano y su Espíritu.
4.-Vivir con Jesús es comprender como el comprende; amar como El ama; juzgar como El juzga; salir al encuentro de las personas como El lo hace: anteponiendo siempre el bien de las personas.
No es cuestión, por supuesto, de jactarnos de nuestros errores. Mucho menos de estar orgullosos por nuestras fragilidades. Es cuestión de ubicar al Señor de la Luz en la oscuridad de nuestra noche y, en esa noche, dejar que Cristo ilumine nuestro futuro.
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Esta mujer, definida como pecadora por la sociedad, no puede relacionarse ni con los demás ni con Dios. Pero su acercamiento a Jesús y sus atrevidos gestos nos dejan ver su arrepentimiento y su gran agradecimiento, porque Jesús, con su acogida y con su trato, le ha hecho sentirse una persona nueva. La mujer responde agradecida porque ha conocido el verdadero rostro de Dios, que libera y levanta a las personas que están hundidas. “Sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor –dice Jesús-; pero al que poco se le perdona, poco ama”. El que no es capaz de reconocer su pecado, no puede sentirse agradecido por el perdón y amar con todas sus fuerzas. Esta es la gran lección que Natán le da a David y Jesús al fariseo.
El perdón, el amor, la acogida, el respeto, la dignidad de las personas, no se pueden adquirir a base de “cumplir”. La fe nos da algo más. La fe es la que nos ayuda a reconocer que Dios está en nosotros: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi”. Es ese Dios el que nos ha amado primero, nos ha perdonado, nos ha acogido tal y como somos, nos respeta y valora nuestra dignidad por encima de todas las leyes. Esa es la experiencia que nos lleva a la acción. Esa es la fe que nos lleva al compromiso. Y lo demás son sucedáneos.
¿Por qué venimos a la Eucaristía cada domingo? ¿Para “cumplir”? Más bien para dar gracias, que eso es lo que verdaderamente significa la Eucaristía. Damos gracias a Dios por su Hijo Jesús que entregó su vida por nosotros sin esperar nada a cambio. Damos gracias a Dios porque nos ha amado desde el primer momento de nuestra vida y lo seguirá haciendo durante toda la eternidad. Damos gracias a Dios por lo que somos y tenemos, por su amor, su perdón, su acogida, su respeto, porque nos hace libres, porque somos su mejor obra, porque no consentirá nunca que nuestra dignidad sea menospreciada. Tenemos tantos motivos para darle gracias a Dios… Por eso venimos a la Eucaristía, por eso la celebramos en comunidad, y por eso nos sentimos enviados y comprometidos a extender esta Buena Noticia allá donde estemos. ¿Son esas tus motivaciones para estar hoy aquí?
En el Evangelio de este domingo hay que distinguir la acción que se narra, de la parábola de los deudores que se intercala. La enseñanza última es que Cristo perdona los pecados. Aquí también, como en la primera lectura, hay un encuentro personal entre Dios y el pecador que se arrepiente de su pecado como respuesta-amor al don amoroso de Dios: “Le quedan perdonados muchos pecados, porque tiene mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.
Hablar del pecado hoy día, a más de uno le parecerá trasnochado. Se dice, y parece una verdad irrebatible, que el hombre moderno ha perdido el sentido del pecado. Sin embargo, el hombre de nuestros días, lo mismo el creyente como el que no lo es tanto, no ha perdido sino cambiado la atención o centro de gravedad sobre lo que a la gente le preocupa, incluso le angustia. La gente protesta instintivamente ante las injusticias sociales, las inmoralidades administrativas, el desamor en la convivencia humana, la especulación del suelo y de la vivienda, la opresión del debil, y la miseria injustificada de tantos semejantes.
El pecado, más que como una acción o un acto aislado en la vida del ser humano, hay que verlo como una actitud personal y responsable. El pecado radica en una opción personal contra Dios y contra los hermanos.
El pecado es el gran obstáculo en el seguimiento de Cristo; es la pérdida de la salvación y la pérdida de Dios, es la oposición a la voluntad de Dios manifestada en su Ley de Amor, es la mentira radical de la propia vida, es la alianza con las tinieblas y la potencia maligna que se oponen al Reino de Dios. Pero en la vida de toda persona es posible la victoria sobre el pecado, porque Cristo fue el primero que lo venció con su muerte y resurrección de la que participamos los cristianos. Para celebrar dignamente la Eucaristía y participar del cuerpo del Señor necesitamos estar libres de pecado. El Bautismo, el sacramento de la penitencia y el acto penitencial con el que iniciamos cada Eucaristía purifican nuestra conciencia; pero no basta una pureza legalista. Es necesaria una actitud de profunda humildad y conversión, de amor a los demás, de guerra incondicional al pecado a todos los niveles, hasta lograr la victoria sobre el mismo con Cristo resucitado.
 

NO APARTAR A NADIE DE JESÚS
 
                Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios.
                Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso.
                Simón contempla la escena horrorizado. ¡Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartar rápidamente de Jesús.
                Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego le invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús sólo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
                Todos los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios: prostitutas, recaudadores, leprosos... Su mensaje es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es sólo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.
                Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia como si para nosotros no existieran.
                No son pocas las preguntas que nos podemos hacer: ¿dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús? ¿a quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él? ¿qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente? ¿con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad? ¿quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones?
 
Todos los domingos, nos traen algo nuevo. Y, también, todos los domingos, nosotros debiéramos de llevar, en respuesta y como compensación, algo al Señor. Hoy, el evangelio, tiene aroma de perfume. ¡Cuánto valora Jesús cuando, lo que hacemos, lo hacemos con y desde la fe!
1.- Todos somos deudores. No sé con quién, de quién… ni de cuánto. Del Señor sí que lo somos. Nuestra deuda no la hemos saldado del todo con El: ¡Ha hecho tanto por nosotros! El evangelio de hoy, nos habla del perdón de los pecados y, hay que reconocerlo, hablar hoy del pecado es poco menos que “provocador”. ¿Pecar? ¿Qué dices? ¡Eso está pasado de moda! ¿Pedir perdón? ¿Por? ¡Yo no he pecado!….nos contestan en cualquier círculo donde se debate el vértice religioso. ¿Es el hombre consciente de que peca? ¿De que rompe con ciertas normas, morales y éticas, que han sido el código de seguridad de nuestra fe y de nuestra sociedad? Posiblemente no.
2.- Hoy, como ayer, todos seguimos estando en deuda con Jesús. Algunos pensarán que no. Su autosuficiencia, o su religión a la carta, les hacen llegar a pensar que, en todo caso, como Dios es tan bueno ya comprenderá los deslices o contradicciones del ser humano.
Al reflexionar el evangelio de este XI domingo del Tiempo Ordinario, podríamos preguntarnos cada uno de nosotros:
-¿En  qué estamos en deuda con el Señor?
-¿Por  qué estamos con cuentas pendientes con el Señor?
-¿Por  qué no hacemos algo más para que se denote nuestro cariño a Jesús?
El movimiento se demuestra andando. Hoy, con esta sugerente lectura, el Señor nos pone en alerta: sólo cuando uno se siente perdonado, acogido, abrazado y querido es capaz de amar con todas las consecuencias.
Por el contrario, el rechazo, el alma solitaria, los recelos o las envidias, las murmuraciones o las críticas destructivas, los cortijos –en los que a veces caen instituciones, servicios y departamentos- producen deserción, frialdad y desconfianza. El Papa Francisco lo recordaba recientemente: muchos entienden su vida religiosa como un trepar y no como un servicio.
Al retomar el Tiempo Ordinario, es bueno entrar en la casa del Señor y derramar sobre El, el perfume de nuestra oración, el beso de nuestra adoración y las lágrimas de nuestro agradecimiento al Señor por permitirnos acercarnos a su mesa a pesar de arrastrar tantos kilos de contradicciones.
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La maravillosa escena de la pecadora que perfuma los pies del Maestro es de un gran consuelo para nosotros. También nosotros somos pecadores y también podemos aspirar a escuchar de Jesús esas esperanzadoras palabras: “mucho se te ha perdonado, porque mucho has amado”. Se trata de amar para ser perdonado. Se trata de no pecar, por supuesto, pero también de tener las manos llenas de obras buenas y el corazón rebosante de gratitud hacia alguien que, sin merecerlo, nos quiere, nos perdona, no nos abandona.
         El problema hoy en día está, sin embargo, en una condición previa que puede hacer inútil el regalo del perdón: los pecadores no son conscientes de que lo son y si alguien se atreve a decirles que lo que hacen está mal, se indignan y atacan al que les corrige. Si esto hubiera sido así entonces, habríamos visto a la pecadora levantarse airada y decirle a Jesús que Él no tenía nada de que perdonarla, porque ella no había hecho nada malo.
         El agradecimiento por el perdón, el agradecimiento por la misericordia divina, ya no se producen y no porque no se crea en esa misericordia, sino porque no se cree que se necesite, ya que no hay nada que perdonar porque no se ha hecho nada malo. Por lo mismo, la búsqueda del perdón ya no sirve de estímulo para hacer el bien, a fin de conseguir que el Señor te dé lo que necesitas (“mucho se le ha perdonado porque mucho ha amado”). No tengo que conseguir de Dios nada porque no necesito de Él nada; o, en todo caso, no necesito que me perdone porque no he pecado. Si fuera verdad, sería estupendo, pero no es así: somos pecadores y lo mejor que podemos hacer es reconocerlo.
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        El evangelio siempre nos pone delante el espejo en el que podemos ver reflejada nuestra imagen real.  No esa ensoñación que a menudo entretejemos sobre nosotros mismos, echa de deseos insatisfechos, fobias y filias, rencores y heridas no asumidas.    Ahí estamos con nuestra verdad, cruda y dura.  No hay posibilidad de engaño, porque ante Dios, ante Jesús nuestras máscaras se deshacen.   El evangelio de hoy nos presenta a dos personajes que viven en la mentira de su propia identidad.  El fariseo que se cree justo,  lleno su corazón de leyes, normas, y argumentos.  Todo eso le permite tener al mundo perfectamente identificado, ordenado, cada uno y cada quien con su etiqueta, todo lo tiene medido y codificado.  Ha invitado a Jesús a su casa, porque después de todo, siente que algo no acaba de funcionar en ese entramado, algo le dice desde lo más profundo de su ser que quizá ese hombre que tanto está dando que hablar, le pueda confirmar en sus ideas....
En el lado contrario, la pecadora, también tiene su propia identidad, hecha de lucha, abandono, supervivencia, indignidad, soledad y lágrimas.  Una mujer que ha vendido su alma y su cuerpo.  Una mujer que sin embargo, como el fariseo, siente en lo más profundo de su corazón que quizá ese hombre del que ha oído tanto hablar, un hombre tan distinto a los que conoce, tenga para ella una palabra también distinta...
Y ahí está Jesús, que mira, oye y observa.  Y obra el milagro de arrancar a cada uno de su ensimismamiento y de su mentalidad, para devolverles a ambos la imagen de hijos de Dios, que por orgullo el uno, y por desesperanza la otra, habían perdido.
Con Jesús recuperamos la verdad de nosotros mismos y de nuestra vida, una verdad que se nos da y que no produce temor, sino alegría y paz.  Somos Hijos de Dios, ¡lo olvidamos tan a menudo!...