Obrar como Dios manda (Octubre 2011)

 

Nuestro trabajo de cada día, realizado como Dios manda, nos eleva, nos humaniza; realizado por pura inercia y sin entrega, nos rutinariza y nos vuelve mediocres. Realizado con el alma despierta y el corazón encendido se convierte en fuente de luz y calor; realizado a regañadientes, de mala manera, amarga, degrada, más bien, intoxica.

¿Qué condiciones han de tener nuestras tareas de cada día para que tengan fuerza humanizadora y sean la contribución que Dios espera de nosotros en la construcción del Reino, en el mejoramiento de nuestro mundo y en nuestro enriquecimiento interior?

 

1. Hacer "lo que" Dios quiere

Esto es básico, por supuesto. En la gran mayoría de las situaciones nuestra condición de casados, de padres, nuestra condición de trabajadores nos ahorran discernir cuál es el querer de Dios en gran parte del día: la voluntad de Dios es que esté durante ocho horas en mi puesto de trabajo; la voluntad de

Dios está en que conviva en el hogar.

En cambio, hay que discernirla en la distribución de los tiempos libres. ¿He de estar en casa compartiendo la vida de familia o en alguna asociación prestando algún servicio?, ¿paseando por el campo o metido en el bar?, ¿en la parroquia colaborando o en tertulia de amigos?

Mi contribución al Reino de Dios en el servicio a la sociedad se llama, sobre todo, responsabilidad profesional. Si estoy en horario laboral, no puedo buscar excusas para soslayar el trabajo, quedarme en casa o ir de viaje. Si me corresponde estar en casa realizando tareas domésticas, conviviendo con la familia, defraudo a Dios y a los demás gastando el tiempo en encuentros callejeros o en el bar.

Si tengo la "manía del trabajo", y me olvido de la convivencia, de la oración, de mi formación humana, estoy defraudando a los demás y mi tarea no puede ser grata al Señor. Lo mismo ocurre si gasto en trabajos de parroquia o de vecindad el tiempo que habría de dedicar a la familia.

Por eso, la primera condición para que nuestra ocupación sea fecunda para nosotros, para los nuestros y para el Reino es que discernamos, que nos preocupemos de conocer la voluntad de Dios en cada momento, que le preguntemos al Señor, como

Pablo: "Señor, ¿qué quieres que haga?" (He 22,10).

¿Dónde me quieres, Señor, aquí y ahora?

Es lo que expresaba santa Teresa en sus conocidos versos-plegarias: "Vuestra soy, por Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí? Si queréis que huelgue, holgaré; si queréis que trabaje, trabajaré" ... ¿Me quieres, Señor delante de la TV o en conversación familiar?, ¿leyendo una novela o visitando a un enfermo?, ¿en el bar o en una reunión comunitaria o humanitaria?, ¿dónde? ..

Lo mismo ha de preguntarse el discípulo de Jesús a la hora de tomar otras opciones: a la hora de utilizar su dinero, hacer una inversión o un donativo hacer una opción laboral, adquirir un compromiso: programar las vacaciones, elegir las relaciones y amistades que resulten fecundas. El discípulo de Jesús, como él lo hizo en todo momento con todo esmero, ha de buscar afanosamente la voluntad de Dios para realizarla puntualmente.

"Le dices a un muchacho -anota Descalzo-:

"Aprovecha el verano para leer. Y te contesta: "Y eso, ¿para qué sirve?" Después añade: "La vida es corta y hay que aprovecharla para divertirse". Con lo que, naturalmente, no consigue alargarla, pero logra que sea, además de corta, estrecha".

Lo importante en la vida es esforzarse en realizar la voluntad de Dios, sea la que sea. A Dios Padre tanto le agradó la vida humilde y sencilla de Jesús en su pequeño taller de Nazaret, como cuando evangelizaba por las poblaciones de Palestina o realizaba signos y prodigios.

Es realmente esclarecedora la anécdota que se cuenta de san Luis Gonzaga. Es el momento de la recreación en el noviciado jesuítico. Está jugando con sus compañeros; uno de ellos, motivado por la fama de santidad de su connovicio, le pregunta:

"Luis, si supieras que dentro de un par de horas habrías de morir, ¿qué harías?" "Seguiría jugando"

-contesta rápidamente el santo-. Es natural; para Dios tan agradable es jugar como trabajar, siempre que se haga lo que se ha de hacer, como se debe hacer y por motivaciones generosas.

Pemán pone en boca de san Ignacio de Loyola unos versos certeros dirigidos a Francisco de Javier:

 

"La santidad más eminente

es hacer sencillamente

lo que tenemos que hacer ...

el encanto de las rosas

es que, siendo tan hermosas,

no conocen que lo son".

 

Si el Señor nos pide un cambio radical en nuestra vida, en nuestras ocupaciones, en la orientación de nuestra actividad o que nos embarquemos en una vida más comprometida, habrá que hacerla si es que queremos contribuir eficazmente a la historia de la salvación; de otro modo, hay que seguir realizando en cada momento las actividades, poco brillantes quizá, pero eficaces para el Reino, por humildes que sean. Pero, en todo caso, es imprescindible discernir.

 

2 Hacerlo "como" Dios quiere

Los evangelios ofrecen de vez en cuando algunos dichos muy cortos en los que se refleja de una manera muy densa la opinión que al mismo evangelista o a la gente les merecía la actuación de Jesús.

Son frases-resumen muy expresivas. Al ver la gente el mucho bien que hacía Jesús y al ver la fidelidad y esmero con que realizaba sus tareas liberadoras, exclama: "¡Qué bien lo hace todo!" (          ).

Estamos en unos momentos en que todo son quejas. Nos quejamos de los médicos de la Seguridad Social porque son unos chapuceros; de los profesores porque están por el sueldo nada más; de los gobernantes porque nos malgobiernan. La gente se queja de los padres, de los hijos, de los curas ... "Todos lo hacen mal".

Claro que las quejas no siempre son ciertas ni desinteresadas. Pero lo cierto es que resulta liberador poder decir de alguien: "Todo lo hace bien."

En el ritmo de la vida trepidante que llevamos, resulta difícil hacer las cosas bien; por el afán de hacer muchas cosas perdemos la belleza de lo bien hecho.

Muchas veces la vida pierde sabor por la falta de pequeños detalles; por miedo a perder tiempo, empobrecemos nuestra experiencia. Un beso bien dado al final de la jornada puede compensar un día lleno de fatiga; un "¡gracias!" de corazón da sentido a un trabajo que de otro modo no habría quien lo pagase.

Es preciso advertir que hacer las cosas bien, hacerlas como Dios manda, no quiere decir que necesariamente debamos limitar nuestro esfuerzo moral a cumplir bien nuestras tareas.

Esto puede incluso ser peligroso. Porque" nuestras tareas" muchas veces están encerradas dentro de un funcionamiento incorrecto de la sociedad.

Se trata de la calidad de nuestras tareas, de que la obra esté bien hecha, que el trabajo profesional esté bien realizado, que la atención al cliente en la ventanilla, en la oficina, se haga con calidad y esmero.

Si soy profesor, tengo que impartir la clase o dar la conferencia bien impartida o bien dada, con pedagogía, con amenidad; si soy artista, mi obra de arte ha de tener calidad; si soy ama de casa, he de realizar las tareas con profesionalidad, la comida ha de resultar exquisita por su preparación, la vivienda ha de estar atrayente, cómoda.

Caminando san Ignacio por un convento de la Compañía, se encontró con un religioso lego que estaba barriendo un pasillo, y lo barría mal, dejando suciedad detrás de sí. El fundador le pregunta:

"Hermano, ¿por quién barres?" "Por Dios -le contesta resueltamente el lego-. Pues, si barres por Dios, ya podías hacerlo mejor, que Dios bien se lo merece" -le replica enérgicamente el padre Ignacio.

Ni a Dios ni al prójimo se les puede ofrecer una chapuza. Ni lo debería consentir nuestra propia dignidad de personas responsables y respetuosas para los demás y para nosotros mismos.

Desgraciadamente, España tiene fama, creo que bien ganada, del país de la "chapuza", del "tente mientras cobro".

Caín y Abel ofrecían los dos sus primicias a Dios; pero Caín ofrecía los peores frutos de la cosecha, mientras que Abel ofrecía las mejores crías del rebaño; por eso el humo de los sacrificios de

Caín no ascendía a Dios sino que iba a ras de tierra, mientras que el humo de las víctimas de Abel ascendía verticalmente como incienso en honor del Dios soberano.

Me temo que esa dignidad de la obra bien hecha, porque es obra amada, sea algo que se está muriendo en nuestro tiempo. La vida se nos ha vuelto monetarista, de modo que al final ya cuenta únicamente su rendimiento y no su perfección y plenitud. Hasta el arte (¡qué contradicción!) se ha vuelto comercial, realizado en función del éxito y del rendimiento económico. Quien más quien menos, todos trabajamos porque ése es nuestro oficio, porque de eso vivimos o, tal vez, porque no tenemos otra cosa de qué vivir. Pero, ¿dónde está el amor a la propia obra, al esfuerzo por hacer bien el oficio, aunque nadie aprecie su calidad? El demonio de la prisa ha hecho presa en nosotros. "La chapuza -escribió Descalzo- se ha vuelto el ideal de la obra perfectamente cómoda".

 

3° Hacerlo "por lo que" Dios quiere

La tercera condición para que nuestro trabajo sea humanizador, fecundo y liturgia grata a Dios, es que realicemos nuestras tareas por motivaciones generosas, que las realicemos, en definitiva, impulsados por el amor.

Recordemos la transcendencia de la intencionalidad generosa de nuestras acciones para que ellas puedan contribuir a nuestro hacernos personas.

Cuando alguien actúa por pura obligación, por mera rutina, por un activismo temperamental, por exhibición, por ganar el aplauso y la admiración (Mt 6,1-4), sólo por dinero, está perdiendo tiempo y esfuerzos con respecto a su propio crecimiento interior. Su acción es agua que, quizá, riega abundantemente la huerta de los vecinos, el campo del Reino, pero él se queda en sequía.

Repito: nuestras acciones y tareas, generalmente, salen de nuestras manos como el metal de las entrañas de la tierra; sale oro, pero mezclado con barro, con cascajo, con adherencias. Las impurezas le restan valor en la misma proporción en que le acompañan. Nuestra tarea es verificar la purificación hasta que lleguen a salir como salen de las manos de los santos, como oro puro.

El párrafo de J. L. Martín Descalzo es grávido de verdad.

El viajero -relata- se acerca a aquel grupo de canteros y pregunta al primero: "¿ Qué estás haciendo?" "Ya ves -responde-, aquí, sudando como un idiota y esperando a que lleguen las ocho para largarme a casa". "¿Qué es lo que haces tú?",-pregunta al segundo-o "Yo -dijo- estoy ganándome mi pan y el de mis hijos". "¿Y tú?" -pregunta al tercero-. "Yo estoy construyendo una catedral" -le responde orgulloso y exultante.

He pensado muchas veces en esta vieja historia, porque realmente los hombres no hacemos lo que materialmente realizan nuestras manos, sino aquello hacia lo cual camina nuestro corazón. Y así es como los tres canteros pueden picar las mismas piedras, pero mientras uno las convierte en sudor, otro las vuelve pan y un tercero eternidad".

Por eso pienso que habría que reivindicar mucho más el sentido de las cosas que las cosas mismas; habría que preguntarse mucho más por la dignidad interior del trabajador que por el mismo valor material del trabajo.

Si los canteros pensasen más en la catedral que construyen que en el sudor que les cuesta ... ; si todo eso pasase, ya no tendríamos motivo para quejarnos de lo mal que va el mundo, porque tres mil millones de hombres orgullosos de lo que hacen habrían vuelto habitable la tierra. Y todos serían más felices. Porque, en la historia con que inicié estas palabras no he señalado que el viajero descubrió que el único cantero que sonreía era el que construía la catedral, sin preocuparse del sudor y olvidado del pan".

Para que nuestro quehacer tenga valor humano y divino es preciso que lo realicemos, si no "por gusto", al menos "con gusto". Se ha dicho certeramente: "Si no haces lo que quieres, por lo menos quiere lo que haces".

Pablo nos anima a que nuestro quehacer tenga un talante de alegría. "Dios se lo agradece a quien da de buena gana, con alegría" (2 Cor 8,8). Alguien ha dicho más poéticamente: "Dios ama al que trabaja cantando". Las cosas que se hacen por amor y con amor, siempre se hacen con alegría, porque el que ama, según san Agustín, hace lo que quiere: "Ama y haz lo que quieras".

Pablo invita a los miembros de sus comunidades a verificar su tarea con sentido litúrgico. Exhorta, por ejemplo, a los colosenses: "Cualquier actividad vuestra, de palabra o de obra, haced la en honor del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él" (Col 3,17).

Y a los corintios: "De todas formas, hagáis lo que hagáis, comer, beber o lo que sea, haced lo todo para honra de Dios; no seáis impedimento para judíos ni griegos ni para la Iglesia, no buscando mi provecho, sino el de la mayoría, para que se salven" (1 Cor 10,31-33).

A los romanos, por su parte, les exhorta: "Por la misericordia de Dios os suplico, hermanos, que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico; y no os amoldéis a este mundo, sino dejaos transformar por la nueva mentalidad, para ser vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable y lo acabado" (Rm 12,1-2).

Al realizarlas, es preciso tener en cuenta que estamos ejerciendo nuestro sacerdocio que nos permite convertir toda nuestra vida en ofrenda eucarística.

Proclamamos poéticamente en Vísperas de las santas mujeres:

 

"Supo trenzar con lino los amores

del cielo y de la tierra, y santamente

hizo altar del telar de sus labores

oración desgranada lentamente."

 

Y, asimismo, en las Vísperas de un mártir:

 

"Martirio es el dolor de cada día

si en Cristo y con amor es aceptado,

fuego lento de amor que, en la alegría,

de servir al Señor, es consumado."

 

Hay que hacer lo ordinario en forma extraordinaria.

Hay que hacer lo de siempre como nunca.

Hay que hacer las cosas pequeñas con corazón grande.

 

Caminos de purificación

¿Cómo podremos realizar el proceso de purificación para que la motivación del amor y del servicio tengan cada vez más fuerza determinante en nuestro quehacer?

+ En primer lugar, mentalizándose más y más sobre la transcendencia que esto tiene para nuestra vida. Lo que hacemos personaliza, nos hace crecer, se convierte en vida acumulada en la medida en que esté animado por el amor. ¿Cómo podemos tomar a la ligera el riesgo de ir perdiendo la vida en la continua hemorragia de nuestro actuar? Sería como si a un empleado, al final del mes, se le dijera: "En realidad usted sólo tiene la mitad, un tercio o ninguna hora trabajada. ¿No sería trágico? ¿Y si eso fuera verdad nada menos que con respecto a la vida entera? Sería catastrófico tener que escuchar de labios del Señor: "Recibiste ya tu paga" (Mt 6,2). Hemos de volver constantemente sobre la seriedad de esto que tenemos entre manos. En segundo lugar, es, sin duda, un medio eficaz el comenzar cada jornada en presencia del Señor. Hacer nuestro ofertorio del día a la luz de la Palabra de Dios leída, meditada y orada, pensando en lo que Dios nos pide en cada jornada que nos espera.

Ratificar en la oración del comienzo del día nuestro compromiso de realizar todas nuestras tareas con motivaciones limpias y generosas.

+ Es también sumamente eficaz ratificar antes de cada acción u ocupación nuestro deseo de realizarla desde la generosidad y de acuerdo con el querer del Señor. Se trata de hacer un acto reflejo, explícito, una oración antes de emprender cada tarea; de ofrecerla litúrgicamente al Señor. Pedirle que purifique nuestro corazón antes de empezarla. Esta oración ayuda eficazmente a eliminar el egoísmo y a hacer crecer el impulso del amor.

Confieso que a mí me resulta eficaz. Cuando cambio de actividad, le consagro y ofrezco al Señor la que empiezo y le pido que libere mi corazón de posibles motivaciones egoístas.

+ Es, asimismo, eficaz para la purificación de las motivaciones de nuestro actuar la revisión al final de la jornada reconociendo lealmente lo positivo que ha habido en ella para dar gracias al Señor por fuerza del Espíritu que nos ha impulsado. Y también para reconocer lo negativo para pedir perdón por lo que ha habido de motivaciones mezquinas en nuestras tareas.

Ayuda indeciblemente a actuar desde la generosidad la absoluta convicción de que es inútil esperar la paz y encontrar la felicidad actuando desde motivaciones egoístas. La felicidad no puede venir de la satisfacción de caprichos ni antojos, sino del vivir reconciliados con la propia conciencia, con el querer de Dios y el servicio a los demás, desde un sentido generoso de la vida.

Es preciso realizar cabalmente lo que hacemos, no porque de este modo capitalicemos ahorros espirituales en el banco del cielo, sino porque lo que no nace del amor no personaliza, no ayuda a crecer, no es vida acumulada sino perdida. Esto sí que es perder realmente la vida.

Juan recibe orden del Señor: "Escribe: ¡Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor (los que han actuado impulsados por el amor), porque sus obras los acompañan" (Ap 14,13).

Es ésta una advertencia que, si queremos ser sensatos, no podemos olvidar jamás".