Moniciones y Homilía 2º Domingo de Cuaresma

2º Domingo de Cuaresma / A

MONICIÓN DE ENTRADA

Poco a poco vamos caminando hacia la Pascua. ¿Cómo la estamos preparando? ¿Rezamos más? ¿Intentamos ser mejores? ¿Escuchamos la Palabra de Dios?

Hoy, en este segundo domingo de Cuaresma, vemos a Jesús como el Hijo Amado de Dios. Por eso mismo, todos los domingos, aquí, en este lugar, como si fuera el Monte Tabor, venimos a escucharle, a verle y a pedirle que nos ayude para ser buenos cristianos y hacer frente a las dificultades. ¡No es fácil serlo en estos tiempos, pero merece la pena!

Que esta celebración haga que, todos los que participamos en ella, nos vayamos pareciendo más a Cristo. ¿Lo intentamos?

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que vamos a escuchar nos hablan de, cómo el creyente, ha de ponerse en camino. Lo mismo que Abraham, San Pablo, Santiago, Juan o Pedro. Y es que, poniéndonos en camino, es como colaboramos con el Señor para que su Reino sea conocido y anunciado. Que el Evangelio de hoy nos ayude a tomarnos en serio la Palabra de Jesús.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Por el Papa Benedicto y por nuestro Obispo (Jesús) Para que nos ayuden a descubrir siempre el secreto del amor de Dios que está en Jesús. Roguemos al Señor.

2. Por los que nos ayudan en nuestra educación. Para que nos empujen también a descubrir los valores de Dios que habitan en lo alto. Roguemos al Señor.

3. Por los que no hacen nada por los demás. Por los que piensan que, con creer, ya es suficiente. Para que se conviertan y tengan un corazón más abierto para los demás. Roguemos al Señor.

4. Por los que blasfeman. Por los que se burlan de la persona de Jesús. Para que vuelvan al buen camino y sean respetuosos con las creencias de los demás. Roguemos al Señor.

5. Por las próximas jornadas mundiales de la juventud con el Papa en España. Para que contribuyan al testimonio y vida de fe en los más jóvenes de todo el mundo. Roguemos al Señor.

 

Homilía 2º Domingo de Cuaresma / A

LA GLORIA DEL DOLOR.- Jesús, como en otras ocasiones, se queda sólo con Pedro y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Estos tres apóstoles serán testigos cualificados de su gloria en la Transfiguración del Tabor y también de su poder cuando resucitó a la hija de hache personaje principal en Israel. Pero lo mismo que estos tres apóstoles contemplaron el esplendor de su gloria, también estos tres predilectos de Cristo contemplarán la humillación extrema del Maestro en Getsemaní. En efecto, verán cómo el Señor será abatido por el temor, escucharán su oración dolorida, descubrirán cómo su humanidad se quebranta ante el peso aplastante de la pasión.

El Señor los había elegido con el fin de fortalecer su fe, pues había de ser fundamento para la fe de los demás. Ellos podrían decir, cuando llegase el momento de la prueba y del abandono de Jesucristo, que habían contemplado el esplendor de su poder y de su gloria. Cuando Jesús quedara atravesado en la cruz, colgado entre el cielo y la tierra, ellos podrían confesar que a pesar de todo, aquel condenado a muerte era el mismo Hijo de Dios.

La de ellos es una situación que se puede repetir en nuestras vidas. A veces la prueba es dura, insoportable. Entonces hay que recordar los momentos en los que Dios ha estado cerca de nosotros, mostrándonos en cierto modo el fulgor de su grandeza. Podemos afirmar que también nosotros hemos sido testigos del poder y la gloria de Dios, y sentirnos fuertes cuando llegue el momento del dolor y de la contradicción.

Qué hermoso es estar aquí, exclama Pedro en la cima del Tabor, con la espontaneidad que le caracteriza. El resplandor de la figura de Jesucristo le embarga el corazón, le embelesa los sentidos. Aquello fue un pequeño adelanto de la "visión beatífica" que gozan los que ya están en el Cielo, visión que colma todos los deseos y anhelos del hombre y lo hace intensamente feliz. Es ese bien sin sombra de mal alguno que constituye la posesión de Dios, esa dicha inefable que el Señor tiene preparada para quienes sean fieles hasta el fin. Ojalá que el convencimiento de que vale la pena alcanzar ese bien, sostenga nuestra esperanza y estimule nuestro afán de lucha.

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Orar es escuchar a Dios. Puede que cada uno tengamos una imagen distinta de Dios; quizá ese rostro de Dios nos hable de temor, de amenaza o de castigos. Hoy la palabra de Dios nos urge para que descubramos el verdadero rostro divino: rostro de vida y solamente de vida. Subir a la montaña es el proceso simbólico de acercamiento a Dios. En la montada surgen las Teofanías. Y subir es costoso, hace falta ascesis, dejar el peso que nos estorba. El que ora descubre quién es de verdad Dios. El ámbito de la divinidad --lo blanco, la luz-- inunda al hombre. Descubre cómo culmina la ley y los profetas en Jesús. El gozo del Espíritu trastorna a Pedro. El momento crucial de la oración está en escuchar a Dios. Él ya sabe qué nos apremia. No intentemos marearle con nuestras voces. Más bien oramos para escucharle, para afinar nuestro oído. Elías lo oyó en la brisa que apenas movía las hojas. En la oración vamos percibiendo la voluntad de Dios, crecemos en ganas de construir el Reino, logramos dar paso a los gritos de los pobres, como Moisés. Ellos dos, Moisés y Elías, están presentes en la transfiguración porque supieron escuchar la voz de Dios. Representan la ley los profetas, es decir la palabra de Dios anunciada al pueblo.

Bajar a la vida. ¡Qué hermoso! A uno le gustaría estar siempre así. La tentación de evadirse del mundo acecha. Menos mal que Jesús se acercó, y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis. Las palabras de ánimo en el coloquio final son necesarias en toda nuestra vida. Ten confianza, no temas. Pero, ¿dónde, en qué país de la tierra se encuentra hoy este monte bendito? No es ya un lugar geográfico. Es un lugar humano. Donde quiera se reúne la comunidad creyente, hay un Tabor.

Hay también otra clase de montes santos. Son los miembros dolientes de la humanidad, los pobres y pequeños, en quienes Cristo te espera para transformarte y para transfigurarlos. Y son los grupos humanos que luchan por la paz y la justicia. Si el movimiento primero fue subir, el que cierra el tiempo de oración es bajar del monte. Bajar a la vida a encontrarnos con el parado, con el enfermo, el necesitado, el compañero que sufre de soledad o que, sin más, quiere pasar un rato charlando con alguien

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Quien dice “sí” a Dios, está emplazado a configurar su vida conforme a la voluntad del Señor. En cuántos momentos hemos sentido el fracaso del mundo y ha sido en la oración, en la reflexión o en la búsqueda de las cimas de la fe donde se ha sentido nuestro corazón sobrecogido, nuestra alma edificada y nuestra existencia más serenada.

1.- Ha quedado atrás el primer domingo de la Santa Cuaresma: la lucha entre el bien y el mal. Hoy damos un paso más y, camino hacia Jerusalén, el Señor se transfigura delante de nuestros ojos. Brilla con nuevo resplandor su persona. Sabemos que, Jesús, no es aquel “Niño” que nació en Belén y que ha crecido solamente en estatura y dignidad humana: es el Hijo de Dios. Una vez más, como en su Bautismo en el río Jordán, se abren los cielos y Dios de nuevo ilumina su sendero. Un camino que no estará exento de cruz y de sufrimiento.  Recientemente en una estadística se reflejaba que las generaciones jóvenes están siendo dispuestas a nivel técnico o de conocimientos sobre la ciencia, el arte o la astronomía (entre otras muchas cosas) pero que queda pendiente una asignatura: ayudarles a disponerse para sufrir. No porque haya que se masoquistas, ni mucho menos, sino porque cuando se toman medidas ante una eventualidad (y el sufrimiento es una realidad antes o después) las personas podemos estar a la altura para hacerles frente y sacar, de esas situaciones de prueba, lecciones para nuestro propio crecimiento personal, espiritual o eclesial.

2.- Necesitamos transfigurarnos para que, cuando llegue el momento, podamos en toda circunstancia y lugar dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Si no nos dejamos tocar por el dedo de Dios, aconsejar por su voz y arrastrar por su resplandor, no será posible. Necesitamos la fragancia de Dios, signos de su presencia y de su poder. Pero ¿cómo lo vamos a tener sino lo buscamos? ¿Cómo vamos a percibir su voz si andamos sumergidos y perdidos en mil valles infectados de ruidos y de contiendas? ¿Cómo vamos a descubrir su apariencia si preferimos otros destellos más artificiales y sin contenido alguno? Caminaba un peregrino en busca del “Dios perdido”. Se afanaba escudriñarlo en las azoteas de los grandes rascacielos y en las cumbres de los más altos montes. Un buen día una voz sonó en su interior: “A Dios lo tienes muy cerca de ti, en el asfalto por donde pisas”.

En nuestro personal viacrucis (a veces con muchas caídas y contradicciones) el Señor se nos revela como fuerza. En nuestro avance hacia la Jerusalén que nos aguarda (cuando cerremos los ojos a este mundo) el Señor nos habla y se nos muestra de mil modos y maneras. Sólo es cuestión de creer en El, de esperar en El y de fiarnos de El. La gloria de Dios no nos espera más allá de las nubes y del sol; hay que descubrirla y saber encontrarla junto a nosotros. Como les ocurrió a aquellos discípulos: no entendían, no comprendían…pero veían con sus ojos totalmente asombrados que Jesús era mucho más de lo que pensaban y que, Dios, andaba mucho más cerca de lo que ellos podían imaginar.

3.- Disfrutemos en esta cuaresma con la presencia de Jesús; en la Eucaristía, en el sacramento de la confesión, por la visita a un enfermo o con el silencio tan necesario y urgente para nuestra salud física, mental o espiritual. Miremos un poco nuestro ayer, o nuestro hoy, y ojala seamos capaces de encontrar muchos momentos en los que hemos podido decir “Señor, qué bien he estado aquí”. Y no olvidemos, que en el ascenso hacia una gran montaña, todo se mezcla: el sufrimiento y el gozo, la tristeza y la alegría, la fuerza y la debilidad. Todo es necesario y….por todas su fases se pasa.