Reflexión sobre el Evangelio

 

La Transfiguración

 

El Evangelio de hoy nos presenta el pasaje de la Transfiguración del Señor.  Jesús se llevó a Pedro, Santiago y Juan, y en un contexto de oración se transfiguró. Es decir, se mostró la gloria plena de Jesús, el enviado del Padre. Los discípulos pudieron acceder a una visión más profunda de lo que significaba aquel Jesús humilde que les acompañaba "como uno de tantos".

 

El cansancio del camino

Jesús y los discípulos están pasando momentos difíciles. Se acusa el cansancio del camino. Jesús prevé que su misión va a acabar en la cruz, y anuncia su muerte a los discípulos. Ellos, desconcertados, se resisten a aceptarlo. No acaban de entender qué tipo de Mesías  es Jesús. Son  momentos de miedo, de duda, de tensión. Y en estos momentos acontece la Transfiguración, que es como una inyección de ilusión y de moral, la confirmación, por Dios Padre, de que Jesús es su Hijo amado y de que su misión pasa por la entrega de su propia persona. La transfiguración manifiesta el destino glorioso de Jesús, que fortalece la fe de sus discípulos, pero manifiesta que el camino que conduce a ese destino de gloria, es el camino de entrega. Destino de gloria y camino de entrega no se pueden separar.

La transfiguración es una confirmación de la identidad y de la misión de Jesús.

 

La pasión camino de la resurrección.

Pedro se fija solamente en el destino de gloria. Pretende llegar a ese destino glorioso sin recorrer el camino de entrega. Pretende hacer “tres tiendas”  y quedarse en la gloria, sin recorrer el camino de entrega.

Pedro, los apóstoles, y nosotros con ellos, hemos de comprender mejor, y por eso la voz del cielo nos recomienda escuchar a Jesús: Escucharle en el monte Tabor donde se transfigura y se manifiesta su destino de gloria, y escucharle en el monte de los Olivos donde asume su camino de entrega que culmina en el monte Calvario. Los mismos Apóstoles (Pedro, Santiago y Juan) que hoy quieren quedarse en él.

 Tabor, monte de la gloria, son los que le dejan solo en el monte de los Olivos y en el Calvario, montes de la entrega.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros?

Nosotros también, en nuestra vida, sobre todo en nuestra vida cristiana, pasamos a menudo por momentos de desaliento, de dudas, de cansancio. Nos cuesta  seguir a  Jesús porque vemos que, además de ser difícil, nos complica mucho la vida, nos pide la vida misma, la entrega no de cosas, sino de nuestra persona.

 

Necesitamos la transfiguración.

-Necesitamos ponernos en contexto de oración, donde se produce esa "transfiguración".

-No dispersarnos en los quehaceres, no vivir volcados en las posesiones, no diluirnos en las funciones que ejercemos.

-Hay que iniciar el camino de la conversión: "Sal de tu tierra”, de tus afanes, de la agitación. Haz silencio y camina hacia tu interior, recógete y ábrete a la Presencia que habita “de tu alma en el más profundo centro”.

-Escucha. Escucha al Hijo amado, no para saber más de Él, para satisfacer la curiosidad, sino para seguirle. Confíate a su amor. Él te mostrará su gloria, refirmará tu camino, fundamentará tu vida y tu muerte.

- Pero hay que estar alerta ante el peligro de quedarnos extasiados y querer disfrutar el destino glorioso ahorrándonos el camino de entrega.

-Recuperados por el recogimiento en nuestro interior, donde escuchamos al Hijo amado, hemos de volver a la realidad, al mundo, a la historia, a la vida, pero ahora contemplada de modo nuevo, llena de sentido, salvada, transfigurada.