Moniciones y Homilía

 

3º Domingo de Cuaresma / A

MONICIÓN DE ENTRADA

Poco a poco nos vamos acercando a la Semana Santa. ¿Tenemos ganas de subir con el Señor a la cruz? ¿Tenemos interés por escuchar su Palabra?

En este Domingo, Jesús, nos ofrece un agua muy especial para calmar, no solamente nuestra sed, sino además para vivir mejor: es El mismo.

El agua que nosotros tomamos nos sirve para aliviarnos en un determinado momento. Pero, el agua que nos ofrece Jesús –que es AGUA DE VIDA ETERNA- nos servirá para entrar un día en el Cielo.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de este tercer domingo de cuaresma nos invitan a poner a Dios en el centro de nuestra vida. Pero, además, nos harán caer en la cuenta que, el Señor, viene a recuperar a las personas que, tal vez, no son bien consideradas o tratadas por la sociedad. Jesús, que es la fuente de agua viva, nos invita a tener sed de Dios.

 

PETICIONES

1. Para que la Iglesia sea siempre una fuente donde podamos beber los sacramentos, la Palabra de Dios y el silencio que nos lleva hasta El. Roguemos al Señor.

2. Para que nada ni nadie nos engañen cuando nos ofrezcan actividades que nos alejen del amor de Dios. Roguemos al Señor.

3. Para que seamos reposados. Para que, como la Samaritana, escuchemos al Señor y nos dejemos llevar por El. Roguemos al Señor.

4. Para que abramos nuestros cántaros, que son nuestros corazones, y Dios pueda llenarlos de su agua viva que es su presencia, su Palabra y su Espíritu Santo. Roguemos al Señor.

5. Para que también nosotros sepamos llevar la alegría de nuestra fe, que es el agua que recibimos por nuestro Bautismo, a nuestra familia, amigos y conocidos. Roguemos al Señor.

6. Por las Jornadas Mundiales de la Juventud con el Papa en Agosto. Para sepamos acoger y disfrutar de la fe de tantos jóvenes que se reunirán para manifestarla públicamente. Roguemos al Señor.

 

Homilía 3º Domingo de Cuaresma / A

El encuentro de Jesús con la Samaritana rompe muchos esquemas. En primer lugar religiosos, porque los judíos y los samaritanos no se trataban, ya que los primeros consideraban a los otros como paganos, o alejados de Dios. Y en segundo lugar rompe esquemas de género, ya que una mujer de aquella época no debía acudir sola a un pozo y tampoco hablar con un hombre que no fuera de su familia. Pero a Jesús lo que le importa es aprovechar aquel encuentro para acercar a aquella mujer a Dios. Y lo hace utilizando el elemento del agua, como escusa y como símbolo del Agua Viva que lleva a la Vida Eterna.

La Samaritana es una mujer con muchas carencias, necesita más profundidad en su vida, no tiene un agua que la satisfaga, tiene que recorrer un largo camino para recogerla y eso le impide dedicar más tiempo a otras cosas más importantes. Jesús elimina eso que tanto tiempo le ocupa para que pueda mirarse en su interior y profundizar en su vida. Cuando la Samaritana lo hace descubre una sed mayor, la sed de Dios, y pide el Agua Viva que calme esa sed. Jesús se la da. Y la Samaritana pasa a ser una audaz misionera que da testimonio de lo que el Mesías ha hecho con ella. Aquel testimonio de aquella mujer y la predicación posterior de Jesús hacen posible que muchos más crean y se acerquen a Dios en aquellos dos días que Jesús pasó con aquella gente.

La Cuaresma sigue siendo ese camino donde acercarnos más a Dios y a los hermanos más necesitados. Ese ejercicio calmará nuestra “sed” y nos ayudará a descubrir en Dios el Agua Viva. Pedimos a Dios su Espíritu Santo, que hace de las personas seres capaces de comprender, discernir y orientar su existencia según el proyecto que Él nos ofrece. Miramos al crucificado y descubrimos ese “amor de Dios que se ha derramado en nuestros corazones”, como decía San Pablo en la segunda lectura. Y sigue diciendo: “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. Cristo amó a aquella mujer Samaritana, siendo ella pecadora, y dio su vida por ella. Dios amaba a su pueblo y le daba lo que necesitaba, a pesar de sus continuas infidelidades y desconfianzas. Jesús nos ama, da su vida por nosotros, nos ofrece lo que necesitamos en cada momento para vivir en profundidad, para descubrirle cerca de nosotros. La Cuaresma es una oportunidad, una gran oportunidad para acercarnos a ese Dios y para dejar que Él se acerque a nosotros a través de nuestros hermanos y sus necesidades. Aprovechémoslo y convirtámonos, como aquella mujer Samaritana, en valientes misioneros que testimonian al Dios Vivo y Resucitado con su vida de cada día. Que la Eucaristía sea también alimento de vida eterna. Y como decía San Juan de la Cruz: “Aquesta viva fuente que deseo, en este pan de vida yo la veo”.

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1.- Y el Señor se sentó cansado en el brocal del pozo, como si hubiera sentado cansado en el bordillo de la fuente de la Puerta del Sol, junto a un barbudo vagabundo, y tal vez una pobre mujer de las que se pasean por la calle Montera… o por Carretas.

**Cansado, abrumado por toda esa multitud que pasa deprisa o vende chucherías o compra lotería.

**Abrumado porque esa multitud anónima para nosotros tiene cara, tiene rasgos muy conocidos, tiene su propia historia para Él, abrumado por el cariño hacia cada uno.

**Cansado porque quisiera tener una conversación individual con cada uno y cada una, como con la samaritana, samaritanas muchas de esas que se sientan junto a Jesús en la fuente de la Puerta del Sol

¿Cansado porque no llega a todo? ¿Porque es demasiado trabajo para uno solo? No. Cansado porque la mayoría de ellos y ellas llevan tapados los oídos, por la necesidad de ganarse el pan día a día, por no tener más expansión que tomar el sol en plena plaza, al lado de la fuente, destrozados por la droga o el alcohol y viviendo sin rumbo en la vida.

Y sin embargo el Señor sabe que mientras queda un poco de lucidez en aquellas cabezas que se agitan hay esperanza de que se den cuenta de su presencia allí sentado en la fuente.

--Él sabe que esos ellos y ellas que alardean, tal vez, de no creer en sus soledades acuden a un Dios… por si acaso.

--Él sabe que en esa multitud anónima para nosotros, pero con cara para Él hay rincones de cariño y bondad hacia los demás, que son otras tantas lucecitas de esperanza, son muestras de la presencia del Dios del amor.

2.- ¿Con cuántas samaritanas y samaritanos de nuestros días quisiera el Señor tener una larga conversación? Ellos y ellas que han visto roto su primer matrimonio más o menos culpablemente por su parte. Hombres y mujeres a los que Él tendría que decir: “bien dices que no tienes marido o mujer… porque con quien ahora vives no lo es”.

--Samaritanas y samaritanos aprehendidos en las redes de la vida, a los que Jesús no les negaría el agua que salta hasta la vida eterna, como no se la negó a la del Evangelio.

--Samaritanas y samaritanos que no han podido continuar un camino imposible de espinas y han rehecho sus vidas, doliéndoles el alma porque les dicen que su cantarillo ya no recoge el agua viva.

Y Jesús les diría, les pediría por favor, que sea como sea no rompan el cántaro contra el suelo, sino que sigan viniendo al pozo cada día, que allí estará siempre Él… abrumando y esperando. Todos somos samaritanos o samaritanas ante el Señor, pase lo que pase, vengamos al pozo con el cántaro entero por si algún día el Señor nos lo llena.

3.- En la escena hay cuatro personajes: Jesús, la samaritana, los apóstoles y el cántaro. Y yo quiero ser el cántaro, Señor, un cántaro de arcilla humana con corazón, de arcilla enrojecida por la vergüenza de lo que de mi se podría decir y si no se dice. Cántaro que traen a Ti vacío de buenas obras, traído y llevado cada día por la inseguridad de mis propósitos, pero sobre todo quiero que mi dueña se olvide de mí, dejándome a tus pies junto al brocal del pozo.

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Hay encuentros que, lejos de olvidarse, dejan una huella impresa en nuestra memoria o en el corazón: aquella primera vez en que se cruzaron los ojos de los enamorados; el retorno o la recuperación de un amigo que lo dábamos por perdido; el abrazo de un hijo con los padres después de una prolongada ausencia… Y, como en todo, hay encuentros superficiales (agua que se evapora) y golpes que llegan hasta el fondo del alma (agua fecunda y viva).

1.- Metidos de lleno en la Santa Cuaresma nos encontramos con una de las primeras de las tres catequesis bautismales. Nos vendrán, pero que muy bien, para renovar nuestra fe en la gran noche de la Santa Pascua. Como la samaritana, tal vez, caemos en el riesgo de quedarnos en lo superficial: agua para calmar la sed del momento y poco más. ¿Es eso lo que espera el Señor de nosotros? ¿Venimos a la Eucaristía, fuente de vida y de entrega, a cumplir el expediente o a fortalecer y reavivar nuestra vida cristiana con todas las consecuencias?

Conocer el don de Dios, en eso somos un poco como la samaritana, debiera de ser nuestro empeño y nuestra aventura.

Con ese regalo, entre otras cosas, sabríamos que nuestra fe (lejos de ser exigencias morales) es una experiencia en carne viva, en lo más hondo de nuestras entrañas con Aquel que tanto nos ama. ¿Sentimos esa presencia de Jesús como gracia y algo sensible en nuestro vivir cotidiano?

2.- A la samaritana, aquel encuentro fortuito con Jesús, la parecía ilógico. ¿Cómo podía dirigirse con tanta humanidad y respeto un judío a una mujer que, además, era samaritana? Ella sólo buscaba agua para colmar la sed y, un nazareno, le cuenta –con pelos y señales-- lo bueno y lo malo de su vida.

Aquella mujer se dio, sin quererlo ni pretenderlo, de bruces con Cristo. A partir de ese momento su vida, sus hechos y sus palabras no serían las mismas. Su cántaro, ahora, era su corazón abierto a Jesús.

Lo contrario ocurre en muchos de nosotros. Como cristianos tenemos una experiencia más o menos profunda de Jesús (por el Bautismo, la Comunión, el Matrimonio, la participación puntual en una procesión o en una cofradía) pero ¿hemos llegado al fondo del misterio? ¿Hemos descendido al fondo del pozo de la salvación que es Cristo? ¿No nos quedaremos al borde de ese misterio?

Ojala diéramos con la fórmula para que aquellos hermanos nuestros que un día fueron felices encontrándose con Jesús, y que lo han dejado por el camino, volviesen a vibrar en ellos las cuerdas de sus almas y sentir la presencia del Salvador.

3.- Si muchos cristianos abandonan su fe (muchas veces con excusas sobre la coyuntura eclesial o por simple dejadez) ¿no será en el fondo porque no saborearon a Dios con la misma intensidad que lo gustó en carne viva la samaritana?

Siempre habrá resistencias y contradicciones. El hombre propone y Dios dispone (dice un viejo refrán) pero también es verdad que, Dios, propone (sin imposición alguna) y el hombre está en su libertad de responder “sí" o “no” para beber de esa agua de eternidad que ofrece a través de la fuente de Cristo.

¡Si conociéramos quien habla cada domingo! Llegaríamos puntualmente al encuentro donde, el Señor, con su Palabra dignifica nuestra vida

¡Si conociéramos quien nos escucha! Nos olvidaríamos de asesores de imagen o la cita con psicólogos para no perdernos la entrevista con Aquel que nos conoce desde dentro hacia fuera

¡Si conociéramos quién se ofrece en la mesa del altar! Como la samaritana creceríamos, en ese encuentro personal con Jesús, en gracia, amor, fe y verdad.

¡Si conociéramos quién nos pide algo de nuestra vida! Sabríamos que, Cristo, es un oasis, un pozo de agua cristalina y limpia donde podemos rejuvenecer interna y externamente toda nuestra vida.

 

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Título: El que calma nuestra sed

Tema: Jesús satisface nuestra sed. (Tercer domingo de Cuaresma)

Objeto: Una botella de agua o bebida apropiada para deportes

Escritura: "Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, respondió Jesús, pero el que beba del agua que yo le dare, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna". (Juan 4:13-14 -NVI)

Estoy seguro que la mayoría de ustedes juegan algún deporte y saben que cuando  se están ejercitando es muy importante el tomar bastante líquido. La pregunta es: ¿Qué clase de líquidos debes tomar?  El agua, naturalmente, es una buena alternativa, pero cuando vas a la tienda, las estanterías están llenos de todo tipo de bebidas para los deportes, bebidas energéticas y agua con sabor.  Es difícil saber cuál es la mejor.

Uno de los anuncios de bebidas para los deportes dice: "Es mejor que el agua, jugo o cualquier otra bebida.  ¡Le dá a tu cuerpo lo que está pidiendo! Puedes seguir y seguir".

¡Caramba! Me tienen convencido excepto por una cosa: en todas los anuncios hechos por esas bebidas, nunca he visto que digan: ¡Si tomas de este producto nunca más tedrás sed! Si alguien dijera que tiene un producto así, eso sería tremendo, ¿verdad? Bueno, ¡Jesús sí dijo eso!

                                                                                      
Un día Jesús estaba caminando por un pueblo llamado Samaria. Estaba acalorado y cansado así que se sentó al lado de un pozo a descansar. Una mujer vino a sacar agua del pozo y Jesús le pidió que le diera agua. La mujer se sorprendió de que Jesús le hablara, pues los judíos normalmente no le hablaban a los samaritanos. Ella le preguntó: "¿Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana?"

Jesús le respondió: "Si supieras lo que Dios puede dar y conocieras al que te está pidiendo agua tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua que da vida."

 

La mujer dijo: "Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo; ¿de dónde, pues, vas a sacar esa agua que da vida?"

Jesús le contestó: "Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás."

¡Qué tremendo! ¡Agua que te satisfacerá de tal manera que nunca más sentirás sed! Jesús no estaba hablando de la sed que se calma con agua de un pozo, él estaba hablando de nuestra sed de Dios. La Biblia nos enseña que sentimos sed en nuestro corazón por el Dios viviente, y que Jesús es el único que puede calmarla.

Así que cuando tenemos a Jesús en nuestro corazón, él satisfacerá nuestra sed de Dios y no tendremos esa sed jamás. ¡Jesús es vida! ¡Tómale!

 

LA RELIGIÓN DE JESÚS

            Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob, en las cercanías de la aldea de Sicar. Pronto llega una mujer samaritana a apagar su sed. Espontáneamente, Jesús comienza a hablar con ella de lo que lleva en su corazón.

            En un momento de la conversación, la mujer le plantea los conflictos que enfrentan a judíos y samaritanos. Los judíos peregrinan a Jerusalén para adorar a Dios. Los samaritanos suben al monte Garizim cuya cumbre se divisa desde el pozo de Jacob. ¿Dónde hay que adorar a Dios? ¿Cuál es la verdadera religión? ¿Qué piensa el profeta de Galilea?

            Jesús comienza por aclarar que el verdadero culto no depende de un lugar determinado, por muy venerable que pueda ser. El Padre del cielo no está atado a ningún lugar, no es propiedad de ninguna religión. No pertenece a ningún pueblo concreto.

            No lo hemos de olvidar. Para encontrarnos con Dios, no es necesario ir a Roma o peregrinar a Jerusalén. No hace falta entrar en una capilla o visitar una catedral. Desde la cárcel más secreta, desde la sala de cuidados intensivos de un hospital, desde cualquier cocina o lugar de trabajo podemos elevar nuestro corazón hacia Dios.

            Jesús no habla a la samaritana de «adorar a Dios». Su lenguaje es nuevo. Hasta por tres veces le habla de «adorar al Padre». Por eso, no es necesario subir a una montaña para acercarnos un poco a un Dios lejano, desentendido de nuestros problemas, indiferente a nuestros sufrimientos. El verdadero culto empieza por reconocer a Dios como Padre querido que nos acompaña de cerca a lo largo de nuestra vida.

            Jesús le dice algo más. El Padre está buscando «verdaderos adoradores». No está esperando de sus hijos grandes ceremonias, celebraciones solemnes, inciensos y procesiones. Lo que desea es corazones sencillos que le adoren «en espíritu y en verdad».

            «Adorar al Padre en espíritu» es seguir los pasos de Jesús y dejarnos conducir como él por el Espíritu del Padre que lo envía siempre hacia los últimos. Aprender a ser compasivos como es el Padre. Lo dice Jesús de manera clara: «Dios es espíritu, y quienes le adoran deben hacerlo en espíritu». Dios es amor, perdón, ternura, aliento vivificador..., y quienes lo adoran deben parecerse a él.

            «Adorar al Padre en verdad» es vivir en la verdad. Volver una y otra vez a la verdad del Evangelio. Ser fieles a la verdad de Jesús sin encerrarnos en nuestras propias mentiras. Después de veinte siglos de cristianismo, ¿hemos aprendido a dar culto verdadero a Dios? ¿Somos los verdaderos adoradores que busca el Padre?

           

                                                                                                                                     3 Cuaresma (A) Juan 4, 5-42