Agua que calma la sed de Infinito

Los 3 últimos domingos de Cuaresma

 

RENOVAMOS LA GRACIA DE NUESTRO BAUTISMO

 

La Iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación Eucaristía

 

El Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el Espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión.Este Sacramento recibe el nombre de “Bautismo” en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar, que viene del griego, significa “sumergir”, “introducir dentro del agua”; este contacto con el agua, que ahora hacemos normalmente derramándola sobre la cabeza del bautizando, simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo, de donde sale por la resurrección con Él como “nueva criatura”.  (Catecismo nn. 1213-1284).

 

Con el Bautismo y la Eucaristía, el Sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los “Sacramentos de la Iniciación cristiana”, cuya unidad debe ser salvaguardada. Es preciso concienciar a los fieles que la recepción de este Sacramento es necesaria para la plenitud de la gracia bautismal. En efecto, a los bautizados “el Sacramento de la Confirmación” los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma quedan obligados aún más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras. (Catecismo nn. 1285-1321)

 

El Sacramento de la Eucaristía culmina la Iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.La Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida cristiana”, nos dice el Concilio. Los demás Sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua.

 

II. Renovamos la gracia de nuestro Bautismo: Agua, Luz y Vida

            Los tres últimos domingos de Cuaresma tienen un profundo sabor iniciático: nos recuerdan la gracia de nuestro Bautismo. Son tres catequesis sobre el Bautismo, desde tres signos: Agua, Luz y Vida. El evangelista Juan nos deja tres bellos textos: la samaritana, el ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro. 

23 de marzo de 2014. IIIº Domingo de Cuaresma: Agua que calma la sed de Infinito

30 de marzo de 2014: IVº Domingo de Cuaresma: Claridad en los ojos, Luz en el corazón

6 de abril de 2014. Vº Domingo de Cuaresma: Un derroche de Vida

 

            Hagamos de estos tres domingos un Tiempo de Gracia del Señor en nuestras vidas. Y demos gracias a Dios por ser sus hijos y recordemos y pidamos por aquellos que nos han dado a conocer a Jesucristo y nos han  presentado a la Iglesia para recibir por el Bautismo la gracia de ser “hijos de Dios y miembros de su Iglesia”.

23 de marzo de 2014; IIIº Domingo de Cuaresma

TEXTOS: Ex 17,3-7; Sal 94; Rm 5,1-2.5-8; Jn 4,5-42.

 

                             Agua que calma la sed de Infinito

 

“Era alrededor de mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber”. Así narra el evangelio de hoy el inicio de un encuentro entre una mujer, a la que conocemos como la samaritana, y Jesús.

 

Podemos sorprendernos con la precisión del evangelio: el encuentro ocurre a mediodía. ¡Por qué va la mujer a coger agua a mediodía y no al caer de la tarde, cuando el calor se ablanda y como hacen las demás mujeres? Ella, algo tiene que esconder, pero quizás Dios tiene planes para este fortuito encuentro. 

 

Jesús y la mujer se encuentran. Jesús suplica: ¡Dame de beber!La mujer queda sorprendida: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Es un judío quien le pide de beber; y narra el evangelio, como en una nota a pie de página, que los samaritanos y los judíos no se hablaban. Y Jesús prosigue: “Si supieras quien soy Yo, tú me pedirías de beber a mí y yo te daría agua viva”. Jesús tira un guante para el diálogo. Si aquella mujer esconde un secreto, Jesús le propone desvelar el suyo.

 

La mujer, mirando al hombre le recrimina: ¿Señor, si no tienes cubo, cómo sacarás agua? Es la pura lógica humana, que mide antes que nada los propios recursos, los medios al alcance. Es la observación de la realidad: un pozo con agua al fondo; y solo está al alcance de quien tenga un cubo y una cuerda. Pero Jesús traslada el diálogo a la lógica divina: hay otra agua, que no necesita ni cubo ni cuerda, que no está en el fondo de la tierra sino en lo profundo del corazón: “quien bebe de mi agua se convertirá él mismo en un surtidor que salta hasta la vida eterna”.La mujer, desde su lógica humana acepta la oferta. “Dame de ese agua y así no tendré que venir a sacarla”. Es una mujer práctica. Jesús vuelve a la lógica de lo divino: hay que buscar el auténtico y único pozo que calma la sed de Infinito.

 

El pueblo judío es un pueblo sediento, pues vive en pleno desierto. Por eso el pozo es una riqueza. Pero sobre todo, el pueblo judío es un pueblo sediento de salvación. Se trata de una sed histórica, enraizada en los hombres: es la sed del Mesías esperado;  Él es el agua anhelada, que colmará la esperanza de los hombres. Jesús se presenta como el Mesías deseado. Le ofrece a la mujer cambiar su sed de agua por una sed de salvación. Lo fácil se consigue con un cubo, lo realmente importante es sólo gracia de Dios. ¡Dame de ese agua! exclamó  la samaritana; o lo que es lo mismo: ¡Sálvame, Señor, si realmente eres el Mesías!

 

Hoy ante nosotros, también se repite el diálogo del pozo. Al brocal de nuestra vida se acerca el Señor, y nos pide el agua de nuestra amistad. A veces se la ofrecemos con cuentagotas. Y, lamentablemente, muchos perdemos la oportunidad de decirle: ¡Dame tú, Señor, de esa agua que brota hasta la vida eterna!

 

Seguimos el camino de la Cuaresma. Y todo camino da sed. ¡Ojala que nuestra sed no se contente el propio cubo de mis pequeñas satisfacciones, sino que sea una sed de Dios, de infinitud, de salvación. Ello, provocará en nosotros una oración suplicante: ¡Dame de beber, Señor! Dame, Tú, el agua que calma la inquietud de mi corazón, esa pasión de Infinito que has puesto en cada corazón.