Moniciones y Homilía 4º Domingo Cuaresma A

 

4º Domingo de Cuaresma / A

MONICIÓN DE ENTRADA

Estamos ya en el cuarto domingo de cuaresma. Todos los días, sin miramos con atención a nuestro alrededor, nos podemos encontrar con muchas cosas que nos hablan de Dios. Pero para verlas, hay que tener los ojos bien abiertos y, sobre todo, que sean sensibles al amor de Dios.

¡Cuántas personas que dicen verlo todo, y no ven lo esencial! ¡Cuántas personas que dicen saberlo todo, y desconocen lo más importante!

Que nosotros, camino hacia la Pascua, pidamos a Jesús que nos abra los ojos a la fe, a su presencia y, sobre todo, que nos cure de las cataratas que nos impiden caminar con El y verle en medio de nosotros.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy nos hablan de un Dios que nos quiere tal y como somos. Pero, para ello, es necesario descubrir que sólo EL es la luz y la salvación. Que el Evangelio de hoy, además, nos ayude a ponernos delante del Señor y a descubrir aquellas enfermedades que no nos dejan verle, amarle, confesarle o defenderle. Escuchemos atentamente.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que a pesar de las dificultades siga llevando la luz a aquellos hombres y mujeres que viven en la oscuridad y no se dan cuenta de ello. Roguemos al Señor.

2. Por los ciegos. Por aquellos que no tienen la suerte de ver lo que nosotros disfrutamos. Para que sepamos valorar su riqueza interior, su vida espiritual. Roguemos al Señor.

3. Por nosotros. Que no nos dejemos engañar por la apariencia. “No todo lo que reluce es oro”. Que sepamos descubrir a Dios en las cosas de cada día. Roguemos al Señor.

4. Por las Jornadas Mundiales de la Juventud con el Papa en España. Para que demos gracias a Dios por este acontecimiento de fe y abramos nuestras puertas y nuestros corazones al Evangelio. Roguemos al Señor.

5. Por todos los que nos estamos preparando para la Semana Santa. Para que en la oración, la limosna, la eucaristía y el esfuerzo personal encontremos vitaminas para ver cara a cara a Jesús. Roguemos al Señor.

Homilía 4º Domingo de Cuaresma / A

1.- Renovar nuestro compromiso bautismal. Hoy es el domingo “laetare”. Dios nos dice: “alegraos”. Toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua. Las lecturas de los domingos de Cuaresma del ciclo A tienen un marcado carácter bautismal. Nosotros somos consagrados, ungidos como lo fue el rey David. Debemos abandonar las tinieblas y vivir como hijos de la luz, nos pide la segunda lectura de la Carta a los Efesios. Las palabras del apóstol san Pablo nos estimulan a recorrer este camino de conversión y renovación espiritual. En virtud del bautismo, los cristianos somos «iluminados»; ya hemos recibido la luz de Cristo. Por tanto, estamos llamados a conformar su existencia con el don de Dios: ¡a ser hijos de la luz! Abandonar las obras estériles es producir frutos de luz.

2.- Cristo es nuestra luz. Como ocurrió el domingo pasado con la samaritana, el ciego de nacimiento nos representa a todos. Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. Cristo es nuestra luz. ¡Qué necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen where can i buy zithromax. Todo eso supone conversión y crecimiento en el amor, especialmente en este tiempo de Cuaresma.

3.- Es necesario, en primer lugar, querer ver. Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, es el desamor, el querer vivir lejos de la luz del Señor. La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. Jesucristo nos da su medicina, el barro de su gracia, pero necesita nuestra colaboración: «Vete, lávate», nos dice Jesús…Nos invita a lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Reconciliación. Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua. “Al hombre que busca la vida, Cristo -nos dice San Agustín- se le presenta como verdad y vida; y una vida que conseguiremos en plenitud cuando le veamos cara a cara. Hasta entonces, Cristo es el camino; por esa senda todos podemos caminar y él mismo está dispuesto a ayudarnos de mil maneras.

Hemos sido creados para la vida y todos, de un modo u otro, la buscamos. Pero, en medio de esa búsqueda, podemos equivocar la senda, equivocar la libertad. Y en esta situación de posible ruina, él se nos propone como camino. Nos corresponde a nosotros emplear «el colirio de la fe» para no equivocar la senda. Sin ella nos hallaremos habitualmente inmersos en nuestros planes de ciudadanos de la torre de Babel”. La Cuaresma es un tiempo idóneo para renovar nuestra condición de ciudadanos del cielo. Reconozcamos nuestra ceguera y dejémonos guiar por “el Buen Pastor”, que nos lleva por sendas de luz y de vida.

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Agua, luz y vida son tres nos llevan hacia el Domingo de Ramos. El domingo, la Samaritana comenzó a caminar en su interior en espíritu y verdad y, hoy, con el ciego de nacimiento vemos que a pesar de la oscuridad se encontraba externamente, una luz imponente y poderosa brotaba desde lo más hondo de su humanidad. Supo reconocer al que era Luz sobre toda luz y… su vida cambió de color y mudó de la tiniebla a la claridad.

¡Creo, Señor! Supo ver, aún sin ver, en dónde estaba el remedio a su mal físico y también postrarse reconociendo el señorío de Dios. Por el contrario, muchos de los que asistían a aquel prodigio, veían con nitidez los acontecimientos pero por dentro seguían sin ver nada en absoluto. Sus corazones permanecían obstinados.

1.- En este domingo, las lecturas, nos invitan a tomar posiciones. ¿Estamos del lado de la tiniebla o de la luz? ¿Al lado de Jesús o en su contra? Como a los dos ladrones que serán clavados a la izquierda y a la derecha de Jesús, en medio de la ceguera física de un hombre, el Señor ofrece lo que tiene. Unos, los más pobres, lo descubrieron pronto. Otros, los más sabios, intentaron por todos los medios silenciarlo.

Al ciego, el Señor, le hace renacer en doble sentido: física y espiritualmente. Responderá, y no por egoísmo sino por convencimiento, con un límpido: ¡CREO, SEÑOR!

También a nosotros nos puede hacer falta ese último toque, esa última respuesta con la que descubrió sus entrañas el que hasta entonces no veía. ¿Creemos con todas las consecuencias que Jesús es el Señor? ¿Lo ponemos en el lugar que le corresponde? ¿No corremos muchas veces el riesgo de catalogarlo como un personaje histórico pero sin trascendencia en nuestro crecimiento y descubrimiento espiritual?

Qué bien ilustra, en este sentido, una anécdota ocurrida a un sacerdote. Se presentaron unos padres en su despacho con la intencionalidad de bautizar a su hijo recién nacido. El sacerdote les preguntaba: ¿Y sabéis lo qué significa estar bautizado? ¿Por qué pedís el bautismo para el niño? La respuesta, aún rápida, era sincera: bueno a nosotros nos importa muy poco la vida cristiana, pero queremos seguir la tradición familiar. Gran reto el que tenemos actualmente: que las nuevas generaciones descubran al Señor cara a cara. Que lo experimenten a flor de piel.

2.- Siglos después, ese mismo Cristo, sigue pasando a nuestro lado. Nos ve ciegos con muchas cosas. Tanto que, a veces, confundimos lo divino con lo humano, el ver con el tocar, el placer con el amor, el tener con la felicidad, el sensacionalismo con la verdad.

Necesitamos, siglos después, que Jesús nos toque por dentro. Que despierte nuestro apetito por El y por las cosas de su reino.

Hoy muchos de nuestros contemporáneos, muchos niños que nacen a este mundo, vienen “ciegos de nacimiento” para la fe. Nacen en un mundo donde los valores eternos son puestos en jaque; en unas familias donde rezar, bendecir la mesa o llevar una vida medianamente cristiana es lo excepcional. ¿Y eso no produce ceguera espiritual? ¿Cómo van a ver si nadie les enseña? ¿Cómo van a descubrir si nadie les abre a otras realidades invisibles pero reales?

3.- Que el Señor, en esta Santa Cuaresma, nos ayude a recuperar la vista espiritual. Que nos empuje a reflexionar sobre esa penumbra que se abre como un inmenso paraguas sobre tantas almas (a veces sobre la nuestra). Que no deje de pasar por nuestro lado, para que cuando lo escuchemos, sepamos reconocerle y recuperar la luz por el don de la fe en Cristo: es la LUZ sobre toda luz.

Pidamos al Señor que la percepción de todo lo que acontece a nuestro alrededor no sea causa de nuestro abandono y de nuestra ceguera espiritual, de tiniebla en nuestra vida interior.