La familia, esperanza del mundo

 

La familia, esperanza del mundo

 

Introducción

                Cuando entramos en casa y cerramos la puerta, afuera queda el mundo, dentro el verdadero mundo, la familia; cuando salimos de casa y cerramos la puerta, vamos al mundo para hacerlo verdadero, para convertirlo en familia.

                Es la familia la que tiene que hacer el mundo, renovarlo, transformarlo, enriquecerlo y hacerlo progresar, no viceversa.

Recordemos dos afirmaciones centrales del Concilio (Gaudium et spes):

 

La familia es la escuela del más rico humanismo […] constituye el fundamento de la sociedad

 

“52. La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso a un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. […]

Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamento de la sociedad

[…]

Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo (GS 52).

 

1._La familia, cuna, escuela y taller de formación de la persona

En la familia cada uno es igual en dignidad… también si es menos inteligente… más torpe… más pequeño…

Cada uno es diferente y es aceptado, querido y requerido como tal. El padre tiene una misión y la madre otra, y no se espera del padre lo que únicamente puede dar la madre, y viceversa, y así los demás.

Cada uno valora y agradece la aportación de los demás.

Cada uno encuentra en los otros y es para ellos como un espejo, en el que nos vemos como somos y cómo podemos llegar a ser: vemos nuestras cualidades, aptitudes y actitudes positivas y el cauce por donde se pueden desarrollar, y nos sentimos alentados y estimulados por los demás a acrecentar todo lo bueno; vemos también nuestras limitaciones, defectos y actitudes negativas, sin sentirnos acusados, sino recibiendo de los demás la confianza segura de que todas nuestras limitaciones, con el propio esfuerzo y la ayuda de los demás, se podrán superar, rectificar o reciclar para nuestro crecimiento.

En la familia se comparten y acrecientan las tres grandes riquezas que una persona puede poseer: la verdad, la bondad y la felicidad.

Pues en la familia se aprende a ser sincero, transparente y leal. No tenemos miedo de aparecer como somos, pues sabemos que seremos comprendidos, acogidos y respetados.

En la familia experimentamos que los demás nos desean y hacen el bien, y aprendemos a buscar el bien de los demás, desinteresadamente, sin calculadora, sin facturas.

De la verdad y bondad –amor— nace la felicidad, que en la familia dura siempre, incluso en medio de pruebas y adversidades.

En la familia se forman personas que actuarán siempre conforme a verdad: rectas, honradas, coherentes, transparentes, responsables, leales; personas que actuarán buscando el bien de los demás por encima de los propios intereses, capaces de sacrificarse por los otros, de colaborar, de construir la paz o de restablecerla mediante el perdón y la reconciliación; personas afables, comprensivas, acogedoras, esperanzadas, que irradian felicidad a su alrededor.

 

 

2._Las personas formadas en la familia, llamadas a convertir el mundo en una familia

                Quien ha sido formado en una familia, lleva en sí grabada la imagen de la dignidad de la persona: ser una encarnación de la verdad, la bondad y la felicidad. Esta imagen es visible para los demás, es viviente y activa sobre los demás. Esta persona no puede no irradiar la riqueza que lleva dentro y los demás no pueden impedir que su radiación saludable y beneficiosa les alcance. Así, por una especie de contagio o radiactividad, el estilo, forma y esencia de la familia se difunden e implantan, con fuerza humilde y a la vez asombrosamente arrolladora, allí donde se hace presente una persona formada en una verdadera familia.

                En la oficina o fábrica donde se soportaba malamente el trabajo ahora se trabaja de forma constructiva y responsable: puntualidad, camaradería, colaboración, servicio y atenciones mutuas, superación, emulación (no competitividad).

                La amistad entre personas comienza a creerse posible y hacerse real cuando en un grupo se hace presente una persona capaz de crear espacios de confianza con su sinceridad y lealtad, con su capacidad de pedir y dar perdón; que sabe apagar fuegos de discusiones, rencores y venganzas; que vence la ambición con el servicio; que responde al orgullo y prepotencia poniéndose siempre al nivel del más débil. Todo esto lo logra esta persona escuchando con el oído y corazón a los que se relacionan con ella, sabiendo callar, confiar ilimitadamente en el otro, esperar sin cuenta de tiempo el momento oportuno; lo consigue con su lealtad y fidelidad, respondiendo con el bien al mal que puede recibir de los otros; lo mantiene con los pequeños servicios de cada día, con las palabras oportunas y los silencios prudentes, con la mirada y los gestos que transmiten disponibilidad y graban en los demás la convicción de poder contar con alguien que no fallará.

                La relación de enseñanza y aprendizaje en el colegio y la universidad se transforma en comunicación de información y valores, en colaboración en el descubrimiento de la verdad, en la paciencia y constancia en enseñar y aprender. Esto comporta: preparación de temas… tutoría… disponibilidad… respeto al ritmo de cada uno… capacidad de animar…

                En política, la persona formada en familia imprime otro estilo. No buscará éxito, votos, ventajas, sino el bien común. Cree en la fuerza de la verdad y del bien más que en la astucia del juego de lo “políticamente correcto”; por ello, busca conocer lo que es bueno y justo para actuar en consecuencia. No entiende el bien común como el bien de la mayoría en prejuicio de algunos, muchos o pocos, sino como el bien de todos y cada uno, como en la familia(mientras alguien sea excluido o marginado, el bien no será común). No cede a presiones ni a halagos. El término oposición no existe en su diccionario (en la familia nadie está en la oposición); en la realización de sus proyectos no hay vencidos. Tampoco esta persona formará nunca una oposición,y mirará a los que así se autodenominan (y son) como los que tienen otra manera de ver y resolver los problemas. Una persona así es fiel a la palabra, a los pactos… (en la familia no se engaña a nadie); sabe disolver las tensiones, atrae por el poder de convicción que da el testimonio de coherencia.

                En situaciones y lugares de dolor y dificultad, esa persona imprime otro estilo. Sabe estar al lado del que sufre, como médico, enfermera, amigo; lleva a medias la carga con el que sufre, “com-padece” de verdad; infunde esperanza; busca soluciones. No pasa de largo junto al que padece de una u otra manera, no considera a nadie inútil porque ya no puede rendir; reconoce en el enfermo yel que sufre al que tiene más derechos y méritos ante los demás. Así, inyecta sentido, esperanza y felicidad en el que parecería que no puede tenerla.

 

3._La crisis de la familia es crisis de la humanidad (Evangelii gaudium, 66s)

 

“La familia atraviesa una crisis cultural profunda…” (EG 66 ).

66. La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total».[60]

67. El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales. Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga 6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.

[Esta crisis fue anunciada por Vat. II, GS 47]

En la medida que la familia se ha ido debilitando, se ha pasado a pensar que el ideal que ha sostenido a la familia ya no es posible, se quiere difundir la convicción de que no es en sí mismo válido, no debe necesariamente ser recuperado, mejor será buscar nuevos modelos. Sucumbiendo la familia, sucumbe la persona y cuanto hace.

La respuesta del Concilio a la gran crisis que entonces empezaba sigue válida hoy:

  • La familia cristiana “arguye al mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad”… (LG 35)
  • Lo cual no se hará sin sufrimiento, pues el mundo argüido de pecado no se conformará; Juan Pablo II decía que “la familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal” (Carta a las familias, 2-2-1994, núm. 23).

 

 

 

4._La crisis es superable, y a la familia cristiana se le asigna esta tarea

                Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5, 20), para Dios todo es posible (Lc 1, 37), si tuvierais fe como un grano de mostaza… (Mt 17, 20), todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 13).

                También la familia cristiana está herida por el pecado, envuelta en la crisis general, contagiada del nuevo modo de pensar y vivir. Pero posee el antídoto para resistir, mantenerse, regenerarse y crecer en humanidad.

                El concilio Vaticano II, después de recordar el plan original de Dios sobre el matrimonio, añade que Cristo lo ha elevado a una dignidad superior, y termina diciendo que tanto el antiguo y nuevo ideal son posibles porque Jesús está con los esposos, por la gracia del sacramento:

 

“Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios” (GS 48).

 

El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad” (GS 49)

 

                A los esposos cristianos corresponde la hermosa misión de que amarse con un amor pleno, exclusivo, estable y perenne es posible, más aún fascinante e incluso relativamente fácil. El Concilio no duda de que el testimonio de los esposos llegará a cambiar la opinión pública:

 

 “Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia”(GS 49).

 

 

 

5._La familia, fruto y escuela de vida interior

                Vida interior no es vivir ensimismado, encerrado en el castillo del propio yo. Es vivir en permanente cita con quien sabemos que nos ama o tenemos que amar. Es llevar a Dios en nuestro interior o estar metidos en la intimidad de Dios, y llevar a cada uno de los miembros de la familia en nuestro corazón vivir por el amor en el corazón de los demás. Vida interior es esencial apertura a los demás.

                Intimidad de cada miembro con Dios, en diálogo permanente: Señor, dame luz para ver lo que tengo que hacer, dame fuerza para hacerlo; escuchar la voz de Dios para responder con palabras y obras. Es necesaria, esencial, la oración personal de cada uno, sobre todo de los esposos, con Dios.

                Y luego, intimidad de los esposos entre sí.

                Finalmente, relación de confianza mutua entre todos: que el corazón hable siempre al corazón, en los diversos temas de diálogo y las variadas  vivencias de la jornada.

                Así, en la familia se crece acompañado, se adquiere –recibida— una natural seguridad y confianza en uno mismo, se gana fuerza para grandes empresas.

                El amor mutuo de los esposos fructifica en nuevas vidas; ampliado a toda la familia, este amor desborda finalmente hasta derramarse fuera de la familia, en la escuela, trabajo, vecindad.

 

6._La familia, forja de hombres para el mundo

                Es la familia la que ha de formar los hombres que guíen el mundo. En ninguna parte se formarán si no se forman en la familia. Como ley ordinaria, los grandes hombres han aprendido a serlo durante la infancia, en la familia. Al revés, los grandes desquiciados que han hecho grandes daños, suelen haber aprendido de niños en familias “no familia”.

 

Formar grandes hombres significa:

                Ser y sentirse muy amados: que los hijos puedan ver que es imposible que los padres no les amen.

                Descubrir y valorar la propia misión, sin envidiar la de otros… En la familia cristiana se vive con conciencia vocacional… estamos llamados, invitados a hacer algo grande… cado uno tiene una misión  que es siempre, por humilde que sea, a la medida del mismo don de Cristo…

                Cultivo de las “virtudes de ir por casa” de la vida diaria (las de la carta de S. Pablo, lectura de bodas): paciencia… pensar bien… sinceridad… perdón recibido y dado…

 

El Papa no deja de predicar, exhortar, invitar a la Iglesia a salir de sí misma hacia los demás, hacia las periferias… Pero no omite que esa salida ha de ser fruto de una unión… identificación con Cristo… De otra manera, con su lenguaje propio, el papa actual repite la enseñanza de Pablo VI: el apostolado es un fuego interior de caridad que se hace don exterior de caridad.

                La familia es una pequeña Iglesia (Vat. II), y la Iglesia es una gran familia (los que escuchan mi voz y la practican, estos son mi madre y mis hermanos). Dos misterios que mutuamente se esclarecen. Concretamente, vemos que la familia tiene una dimensión de intimidad: cuando uno de los miembros entra en la casa y cierra la puerta, deja fuera un mundo para sumergirse en el mundo verdaderamente real del amor que hace un solo corazón y una sola alma a todos los miembros de la familia. Y al día siguiente, cuando cada uno sale de casa y cierra la puerta, va al colegio, trabajo, compra con nuevas fuerzas. En casa todos han comido –el pan y el amor que mutuamente se han servido unos a otros— y han descansado –físicamente mediante el sueño y psíquicamente mediante la comprensión y apoyo que se da y recibe.

La puerta del hogar se cierra para hacer posible la comunidad de vida y amor que es toda familia. La puerta del hogar se abre para derramar vida y amor y hacer del mundo una familia.

 

 

 

 

Ejemplos

                Juan XXIII: lo que aprendí en casa hasta los 7? años, vale más que todo lo que aprendí después.

                Juan Pablo II… el Padre… Detrás de ellos está la familia que los ha formado… los padres…

                Ejemplo de La familia que alcanzó a Cristo: aquellos padres que no hacían sino educar a sus hijos, estaban educando Europa.