Homilías Primeras Comuniones 2014

 

Homilías Primeras Comuniones 2014

 

Vosotros sois los predilectos de Jesús: "Dejad que los niños vengan mí —decía el divino Maestro— y no se lo prohibáis" (Lc 18, 16).

¡Vosotros sois también mis predilectos

Queridos niños y niñas: Os habéis preparado para la primera comunión con mucho interés y mucha diligencia, y vuestro primer encuentro con Jesús ha sido un momento de intensa emoción y de profunda felicidad. ¡Recordad siempre este día bendito de la primera comunión ¡Recordad siempre vuestro fervor y vuestra alegría purísima!

Ahora habéis venido aquí para renovar vuestro encuentro con Jesús. ¡No podíais hacerme un regalo más bello y precioso!

¡Y ésta es una alegría inmensa para mí y para vosotros, que no la olvidaremos jamás! Al mismo tiempo quiero dejaros algunos pensamientos que os puedan servir para mantener siempre límpida vuestra fe, fervoroso vuestro amor a Jesús Eucaristía, inocente vuestra vida.

1. Jesús está presente con nosotros.

He aquí el primer pensamiento.

Jesús ha resucitado y subido al cielo; pero ha querido permanecer con nosotros y para nosotros, en todos los lugares de la tierra. ¡La Eucaristía es verdaderamente una invención divina!

Antes de morir en la cruz, ofreciendo su vida al Padre en sacrificio de adoración y de amor, Jesús instituyó la Eucaristía, transformando el pan y el vino en su misma Persona y dando a los Apóstoles y a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes, el poder de hacerlo presente en la Santa Misa.

 

 

¡Jesús, pues, ha querido permanecer con nosotros para siempre! Jesús ha querido unirse íntimamente a nosotros en la santa comunión, para demostrarnos su amor directa y personalmente. Cada uno puede decir: "¡Jesús me ama! ¡Yo amo a Jesús!".

Santa Teresa del Niño Jesús, recordando el día de su primera comunión, escribía: «¡Oh, qué dulce fue el primer beso que Jesús dio a mi alma!...

Fue un beso de amor, yo me sentía amada y decía a mi vez: Os amo, me entrego a Vos para siempre... Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en el seno del océano. Quedaba sólo Jesús: el Maestro, el Rey» (Teresa de Lisieux, Storia di un'anima; edic. Queriniana, 1974, Man. A, cap. IV, pág. 75).

Y se puso a llorar de alegría y consuelo, entre el estupor de las compañeras.

Jesús está presente en la Eucaristía para ser encontrado, amado, recibido, consolado. Dondequiera esté el sacerdote, allí está presente Jesús, porque la misión y la grandeza del sacerdote es precisamente la celebración de la Santa Misa.

Jesús está presente en las grandes ciudades y en las pequeñas aldeas, en las iglesias de montaña y en las lejanas cabañas de África y de Asia, en los hospitales y en las cárceles, ¡incluso en los campos de concentración estaba presente Jesús en la Eucaristía!

Queridos niños: ¡Recibid frecuentemente a Jesús! ¡Permaneced en El: dejaos transformar por El!

 

2. Jesús es vuestro mayor amigo.

He aquí el segundo pensamiento.

¡No lo olvidéis jamás! Jesús quiere ser nuestro amigo más íntimo, nuestro compañero de camino.

Ciertamente tenéis muchos amigos; pero no podéis estar siempre con ellos, y ellos no pueden ayudaros siempre, escucharos, consolaros.

 

En cambio, Jesús es el amigo que nunca os abandona; Jesús os conoce uno por uno, personalmente; sabe vuestro nombre, os sigue, os acompaña, camina con vosotros cada día; participa de vuestras alegrías y os consuela en los momentos de dolor y de tristeza. Jesús es el amigo del que no se puede prescindir ya más cuando se le ha encontrado y se ha comprendido que nos ama y quiere nuestro amor.

Con El podéis hablar, hacerle confidencias; podéis dirigiros a El con afecto y confianza. ¡Jesús murió incluso en una cruz por nuestro amor! Haced un pacto de amistad con Jesús y no lo rompáis jamás! En todas las situaciones de vuestra vida, dirigíos al Amigo divino, presente en nosotros con su "Gracia", presente con nosotros y en nosotros en la Eucaristía.

Y sed también los mensajeros y testigos gozosos del Amigo Jesús en vuestras familias, entre vuestros compañeros, en los lugares de vuestros juegos y de vuestras vacaciones, en esta sociedad moderna, muchas veces tan triste e insatisfecha.

 

3. Jesús os espera.

He aquí el último pensamiento.

La vida, larga o breve, es un viaje hacia el paraíso: ¡Allí está nuestra patria, allí está nuestra verdadera casa; allí está nuestra cita!

¡Jesús nos espera en el paraíso! No olvidéis nunca esta verdad suprema y confortadora. ¿Y qué es la santa comunión sino un paraíso anticipado? Efectivamente, en la Eucaristía está el mismo Jesús que nos espera y a quien encontraremos un día abiertamente en el cielo.

¡Recibid frecuentemente a Jesús para no olvidar nunca el paraíso, para estar siempre en marcha hacia la casa del Padre celestial, para gustar ya un poco el paraíso!

Esto lo había entendido Domingo Savio que, a los 7 años, tuvo permiso para recibir la primera comunión, y ese día escribió sus propósitos:

 

 

«Primero: me confesaré muy frecuentemente y haré la comunión todas las veces que me dé permiso el confesor. Segundo: quiero santificar los días festivos. Tercero: mis amigos serán Jesús y María. Cuarto: la muerte, pero no el pecado».

Esto que el pequeño Domingo escribía hace tantos años, 1849, vale todavía ahora y valdrá para siempre.

Queridísimos, termino diciéndoos, niños y niñas, ¡manteneos dignos de Jesús a quien recibís! ¡Sed inocentes y generosos! ¡Comprometeos para hacer hermosa la vida a todos con la obediencia, con la amabilidad, con la buena educación! ¡El secreto de la alegría es la bondad!

Y a vosotros, padres y familiares, os digo con preocupación y confianza: ¡Amad a vuestros niños, respetadlos, edificadlos! ¡Sed dignos de su inocencia y del misterio encerrado en su alma, creada directamente por Dios! ¡Ellos tienen necesidad de amor, delicadeza, buen ejemplo, madurez! ¡No los desatendáis! ¡No los traicionéis!

Os confío a todos a María Santísima, nuestra Madre del cielo, la Estrella en el mar de nuestra vida: ¡Rezadle cada día vosotros, niños! Dad a María Santísima vuestra mano para que os lleve a recibir santamente a Jesús.

Y dirijamos también un pensamiento de afecto y solidaridad a todos los muchachos que sufren, a todos los niños que no pueden recibir a Jesús, porque no lo conocen, a todos los padres que se han visto dolorosamente privados de sus hijos, o están desilusionados y amargados en sus expectativas.

 

¡En vuestro encuentro con Jesús rezad por todos, encomendad a todos, pedid gracias y ayudas para todos!

 

¡Y rezad también por mí. vosotros que sois mis predilectos!

 

 

Homilía Primera Comunión 2014 (2)

Queridos niños y niñas de primera comunión. Voy a dirigirme a vosotros, porque sois los importantes en esta celebración. Desde luego que os saludo también a vosotros, queridos padres, familiares y amigos, pero me vais a permitir que mis palabras se acomoden a nuestros protagonistas de hoy.

Os he llamado «importantes» y «protagonistas». Y lo sois: porque el Importante y el Protagonista con mayúsculas, Jesús, os sienta hoy a su lado, os hace comulgar con él y os reviste de toda su categoría al daros su vida misma y su misma persona.

Pero, ¿sabéis lo primero, lo primero que nos da cuando nos reunimos aceptando su invitación? Su saludo. Y la seguridad de su presencia; de que está con nosotros. ¿Cuándo comienza la presencia de Jesús?... ¡Eso es!... Cuando nos reunimos en su nombre. Lo aseguró él: «Donde estéis reunidos dos o más en mi nombre,, allí estoy yo». Es decir, que desde que entramos en la Iglesia y formamos un grupo unido, una comunidad de fe, ya está el Señor con nosotros, saludándonos y acogiéndonos.

Y además de darnos el saludo con su presencia, y antes de, fijaos bien, «antes de» darnos su cuerpo y su sangre, ¿qué otra cosa importantísima nos da?... Su Palabra. Esta Palabra del Señor que hemos escuchado y que es algo así como planificar con nosotros lo que vamos a hacer durante el día y durante la semana. «¡Qué! ¿Dónde vais a pasar el fin de semana? ¿Qué vas a hacer esta tarde?... Pues ya puedes tener cuidado con..., o: si te hace falta tal cosa». ..

 

 

Así como preparamos nosotros nuestros planes, prepara el Señor los suyos con nosotros: «Me gustaría que estos días hiciéramos mejor..., o nos portáramos mejor con..., o amáramos más a...». Eso es lo que pretende el Señor al darnos el mensaje de su Palabra.

Cuando uno ama de verdad no deja que el otro pase hambre mientras a él le sobra, ni se guarda lo suyo al grito de: «¡Es mío, es mío!», mientras ve que otra persona lo necesita. Y cuando uno participa de la comunión, sabe que es común-unión, unión común con Jesús y con los hermanos, especialmente con los más necesitados. Un estilo de vida así es el que intentaban con todas sus fuerzas aquellos primeros cristianos.

Nosotros caminamos tan tranquilos con nuestra marcha: clases, recreos, tele, amigos, fines de semana, padres, hermanos, estudios, rollos... Y de pronto, va y nos sale al encuentro: «Que los que queramos, nos apuntemos a la preparación de primera comunión... Que los padres que lo deseen, formen parte del grupo de catequistas, porque nos hacen mucha falta y porque son los que mejor lo pueden hacer... Que hay que participar en unas reuniones para padres... Que hay unos grupos de actividades pastorales muy interesantes...».

En fin, de un modo u otro, lo cierto es que Jesús nos sale al paso y comienza a caminar a nuestro lado. Y nos plantea muchas cosas..., y nos re-plantea multitud de cuestiones. ¡La vida misma es lo que replantea Jesús, el nuevo compañero de viaje!

Te da qué pensar: «¿Por qué soy así, por qué no cambio esta manera de ser mía tan especial, por qué no soy un poco más amable? Si, además, va y resulta que se pasa mucho mejor..., se tienen más amigos de verdad».

Pero, sobre todo, Jesús, el amigo inseparable, te explica la vida. El evangelio decía que les «interpretó las Escrituras», que es lo mismo que decir que les enseñó a saber descubrir que Jesús ha resucitado, que vive para siempre y que merece la pena hacerse amigo suyo y meterlo en la vida, no como uno más, sino como el mejor de todos. Esa ha sido la labor de la catequesis y la de los catequistas, los compañeros de camino, en los que Jesús se ha hecho presente.

Con sus más y sus menos, lo cierto es que le hemos cogido cariño al Señor. ¡A que sí! ¡Ya lo creo! Y nos pasa también como a los dos de Emaús: que nos da pena que al final de la jornada, nosotros a nuestras casas y Jesús, camino adelante. ¡No, hombre, no! ¡Quédate con nosotros! ¡De verdad, en serio! Deseamos seguir siendo tus amigos.

Y va y se queda. ¡Naturalmente! Y repite con nosotros la misma maravilla que realizó con aquellos dos discípulos. De invitado pasa a ser el que invita. Sentado a la mesa, toma el pan en sus manos, reza la acción de gracias, lo bendice, lo parte, y nos lo da. Entonces le reconocieron: «¡Pero si es el Señor!». Nadie parte el pan así, partiendo en él su vida. Nadie da el pan así, entregando en el pan su cuerpo y su persona. Nadie comparte su pan así, rompiéndose a sí mismo en bien de los demás: «¡Es el Señor!, ¡es el Señor!, y "lo reconocieron al partir el pan"». Eso significa «fracción del pan»: partir el pan. Por eso decíamos que a la Eucaristía se le denominó «Fracción del Pan».

Bueno pues, amigos míos, en esas estamos. Con el Señor. Sentados a su mesa. Nos cuenta entre sus mejores amigos y va a repetir su gesto con nosotros. Va a partir el pan y, convertido en su cuerpo, nos lo va a repartir, nos lo va a dar como comida. Comiendo ese pan, comulgando ese pan, comulgamos con el Jesús que se rompe, se entrega y se da por amor.

Termina el evangelio diciendo: «Se les abrieron los ojos y le reconocieron». Y añade inmediatamente: «Pero Jesús desapareció».

¿Cómo se entiende eso: le reconocieron y desapareció? Sí, amigos míos; y atendedme bien porque precisamente aquí se encierra la parte importante que nos toca desempeñar a los que comulgamos. «Jesús desaparece» no quiere decir que «Jesús se va». No, Jesús permanece: más cerca que nunca, más dentro que nunca. Lo que pasa es que no lo vemos con los ojos de la cara.

Es la hora de verlo con los ojos de la fe. De descubrirlo en aquellos que pasan a nuestro lado y necesitan algo de nosotros. Necesitan que les partamos nuestro pan: el pan de nuestra ayuda, de nuestro cariño, de nuestro amor.

Lo resumimos en una frase que ojalá la recordéis siempre como mensaje de vuestra primera comunión.

Es la letra de una canción de comunión:

 

«Te conocimos, Señor, al partir el pan. Tú nos conoces, Señor, al partir el pan».