Moniciones y Homilía Domingo 3º Pascua A

 

3º Domingo de Pascua / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes  /  Buenos días…  

Seguimos celebrando, con los cantos y las flores, la luz y el agua, la Palabra y nuestra alegría, el triunfo de la VIDA sobre la muerte a través de la resurrección de Cristo. ¿Nos damos cuenta de lo qué supone? También nosotros, por si lo hemos olvidado, resucitaremos.

Mientras tanto ¿qué podemos ofrecer al Señor? Ni más ni menos que nuestra fe. Para ello venimos a la Eucaristía: para fortalecer nuestra amistad con El, para que desaparezcan nuestros interrogantes, nuestras dudas.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Vamos a escuchar las lecturas de este tercer Domingo de la Pascua. En la primera, Pedro, nos habla de lo esencial de este tiempo: Dios ha resucitado a Cristo de entre los muertos.

En la segunda, San Juan, nos recuerda que –a pesar de nuestros pecados- tenemos un gran abogado, un gran defensor (JESUS) que intercede ante Dios y que ha pagado con su vida por nosotros.

Finalmente, en el Evangelio, escucharemos uno de los encuentros sorprendentes de Cristo Resucitado con los apóstoles. Que también nosotros sintamos la presencia de Jesús diciendo: ¡ES EL SEÑOR!

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que nos haga vivir con alegría desbordante este tiempo de la Pascua. Roguemos al Señor

2. Por los que tienen dudas. Por los que han perdido al Señor y viven tristes. Roguemos al Señor

3. Por los pobres. Por los que no tienen lo imprescindible para vivir o ser felices. Roguemos al Señor

4. Por los que se preparan para la primera comunión. Para que vivan este tiempo ilusionados por conocer más y mejor a Jesucristo. Roguemos al Señor

5. Para que no olvidemos nunca la misa de los domingos. Sin ella nos debilitamos. Dejamos que muera nuestra fe. Roguemos al Señor

6. Para que, en este mes de mayo, recemos más a la Virgen María. Para que, todos los días, le hagamos la ofrenda de nuestra oración y de nuestras buenas obras. Roguemos al Señor

 

Homilía 3º Domingo de Pascua / A

 

Cuando todavía muchos cientos de miles de peregrinos –al igual que los de Emaús—tienen sus corazones enardecidos por el encuentro personal con Jesucristo en el marco de la Canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, seguimos intentado también nosotros descubrir a ese Jesús que nos sorprende, que marcha en paralelo a nosotros, que nos seduce y nos muestra claras señales de que, su presencia, es garantía y esperanza para creer firmemente en su resurrección.

1.- En multitud de ocasiones, la soledad y el pesimismo, nos agobian y se convierten en una pesadilla en nuestro vivir. Alguien, con cierta razón, ha llegado a decir que “el hombre mira más hacia el suelo que hacia el cielo”.

Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.

2- . Lo mismo, en distintas ocasiones y con muchos matices, nos ocurre al hombre de hoy: pensábamos que todo estaba a nuestro alcance y el reciente terremoto (con sus consecuencias posteriores en Japón) nos desestabiliza; creíamos dominar la naturaleza y, cualquier tsunami, pone patas arriba años y años de progreso y hasta las más atrevidas edificaciones. ¡Pensábamos que…y resulta que…!

¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo? Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos.

3.- Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y….seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Que, el Señor, tal vez murió y….nunca resucitó.

Necesitamos regresar hacia aquellas situaciones y gestos que hicieron grande nuestra fe; la eucaristía y la oración, la confesión personal y los momentos de piedad sincera. El mes de mayo, dedicado a María, nos puede ayudar –con su mano intercesora- a encontrarnos cara a cara con Jesucristo Resucitado.

4.- No es necesario anhelar signos extraordinarios para dar con el Señor. En el camino, allá por donde discurre nuestra vida, podremos alcanzar, sentir y palpar la presencia de Jesús. Sólo una cosa es necesaria: nos fiemos de El. Para que Jesús camine junto a nosotros es necesario que le hagamos sitio y, cuántas veces, reducimos tanto el espacio para las cuestiones de la fe que a duras penas Cristo puede hablarnos y recordarnos el inmenso amor que siente por nosotros.

 

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Hoy nosotros somos los discípulos de Emaús. Nosotros somos los dimisionarios tristes y ofuscados. A nosotros se nos regalan estos mensajes:

¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? El Resucitado es un terapeuta que quiere ayudarnos a viajar hasta nuestras raíces. Jesús quiere saber lo que nos traemos entre manos. ¿Cuáles son nuestras preocupaciones actuales? ¿A qué estamos prestando atención? ¿Qué o quién ocupa nuestros intereses, nuestro tiempo? ¿De qué solemos hablar con las personas de nuestro entorno? ¿Por qué razón nos levantamos cada mañana?

¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Ese “era necesario” nos trae de cabeza. ¿Cómo puede ser “necesario” el sufrimiento”? ¿Qué valor puede tener la muerte? Cuando llegamos a estos límites, se alza siempre la señal que parece decirnos: “Callejón sin salida. Dé la vuelta”. Y, sin embargo, en este misterioso “era necesario” se esconde el proyecto de amor de Dios hacia el mundo, la razón que da sentido a nuestras noches oscuras.

¿Cómo podemos reaccionar ante las palabras del Resucitado? Tal vez haciendo nuestras las de los discípulos de Emaús:

Quédate con nosotros. El Resucitado siempre aparece en el camino de nuestra vida, pero siempre hace ademán de seguir adelante.

Este estar sin ser visto, esta presencia ausente, esta cercanía distante, alimenta nuestro deseo, provoca nuestra búsqueda. Sólo puede decir “quédate” quien ha sido tocado y anhela la posesión total: “¿A dónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Hay algo en nuestra fe que es siempre un “no sé qué que queda balbuciendo”.

¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Las brasas de nuestras vida están, a menudo, cubiertas con las cenizas del cansancio, el aburrimiento, la desesperación.

 ¿Cómo encender lo que parece completamente extinguido? ¿Cómo podemos poner en danza nuestra vida? ¿De dónde brota el fuego interior? ¡De la palabra de Jesús!

Cada día, cuando nos acercamos al evangelio, somos como ese mendigo que estaba sentado junto a la puerta Hermosa del templo. Pedimos la limosna de la luz, de la alegría.

Quizá no aspiramos a grandes destellos.

Nos conformamos con la ración diaria que puede mantener el fuego interior. Jesús nunca la niega a quienes la piden con fe.