SANTISIMA TRINIDAD

SANTÍSIMA TRINIDAD

 

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenas tardes a todos). (Buenos días a todos)…  La Pascua, en el día de Pentecostés, finalizó. Pero, a partir de este momento, estamos llamados a meditar, a pensar y a dar testimonio de lo mucho que Dios significa para nosotros. Y, por supuesto, de los gestos, las palabras y la vida de Jesús de Nazaret.

Hoy, en este domingo, cantamos a Dios que es Padre, a Dios que es Hijo y a Dios que es Espíritu Santo. Es un gran misterio que queda resuelto o, por lo menos, iluminado por EL AMOR que existen entre las tres personas.

Hoy, al mirar a la TRINIDAD (Dios Padre, Hijo y Espíritu) vemos la amistad, la comunión, el amor que existe entre ellos.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que vamos a escuchar en este día de la Santísima Trinidad tienen un objetivo: ayudarnos a descubrir que, la locura de Jesús, fue meternos en el corazón de Dios y alimentarnos con la fuerza del Espíritu Santo. Ojala que vivamos esta experiencia con la escucha de la Palabra y con el silencio que nos habla de Dios.

ORACIÓN DE LOS FIELES

1) Por la Iglesia. Para que, su música y su liturgia, sus celebraciones y su fin, sea dar un gloria y alabanza al Padre y al Hijo y al Espíritu. Roguemos al Señor.

2) Por las comunidades contemplativas. Es decir; por las religiosas que, en los monasterios, viven dedicadas a Dios y, sobre todo, ofreciendo a Dios nuestras preocupaciones, deseos y desvelos. Roguemos al Señor.

3) Por los que viven enfrentados. Por los que no encuentran razones para el perdón ni para la comunión. Para que el Espíritu Santo les inspire actitudes de reconciliación y de paz. Roguemos al Señor.

4) Finalmente pidamos al Señor por los más desfavorecidos. Por los que tienen rotas sus vidas por la pobreza, la tristeza, la depresión, la angustia. Para que la Santísima Trinidad sea un motor que les anime y les levante. Roguemos al Señor.

Homilía  Stma. Trinidad  /  C

1.- Un Dios Amor es necesariamente un Dios Trinitario, porque el amor es esencialmente relación entre dos o más personas. El Amor, con mayúscula, es en sí mismo una realidad maravillosa, una realidad que, por definición, no puede quedarse en sí misma, sino que necesita otra realidad a la que inundar y plenificar. Aplicado esto al misterio de la Santísima Trinidad podemos decir que el Padre es un Dios Amor que se derrama e inunda al Hijo, que queda así constituido en un Hijo- Dios Amor. El Amor que nace en el Dios Padre e inunda al Dios Hijo es una Amor eterno, un Espíritu Santo, que se identifica con el Padre y con el Hijo.

2.- Pero lo importante no es tratar de encontrar una explicación inexplicable de un misterio como el de la Santísima Trinidad; lo importante para nuestra vida de cristianos, seguidores de Cristo, es entender el mensaje de esta fiesta y llevarlo a la práctica. Si nuestro Dios Padre es Amor y nuestro Dios Hijo es Amor y el Espíritu Santo es Amor, está claro que nosotros sólo podemos participar de Dios y vivir en Dios si vivimos nuestra vida en el Amor. Pero no olvidemos que San Juan, San Agustín, santa Teresa y todos los santos siempre nos dijeron que el amor a Dios sólo se puede realizar en este mundo amando al prójimo. El amor a Dios es lo primero que se nos manda, pero es el amor al prójimo el que nos dice dónde empieza y dónde termina el amor que Dios nos manda. La fiesta de la Santísima Trinidad está gritándonos un mensaje de Amor, un mandamiento nuevo de amar al prójimo como Cristo nos amó. Si no practicamos el mandamiento nuevo del amor que Cristo nos dio, no sólo no podremos entender nada del misterio de la Trinidad, sino que, lo que es peor, nunca podremos vivir el mensaje y el mandamiento que esta fiesta nos grita.

3.- La fiesta de la Santísima Trinidad también nos habla de comunicación, de comunión, de comunidad. El cristianismo no es una religión que se pueda vivir a solas, encerrándose en uno mismo; el cristianismo, porque es Amor, es una fuerza, un espíritu, que necesita expandirse, concelebrarse, vivirlo en familia, en Iglesia, en comunidad fraterna y universal. El que quiera vivir desentendido de los demás, preocupado sólo de sí mismo, que lo haga, pero que no se llame cristiano, seguidor de una Persona Amor, hijo de un Dios Padre Amor, lleno de un Espíritu Santo Amor. La Iglesia de Cristo o es una Iglesia misionera, evangelizadora, o no es la Iglesia de Cristo. Se puede y se debe evangelizar también con la palabra, pero no se puede renunciar nunca a evangelizar con el ejemplo. Con un ejemplo de amor, del amor de Cristo, que no ha nacido ni de la carne, ni de la sangre, sino del espíritu, del espíritu de Cristo, que es un Espíritu Santo, un Espíritu Amor.

4.- Cristo manifestó su amor al Padre amando al prójimo más necesitado. Cristo se rigió en este caso por lo que hoy se llama una discriminación positiva. El espíritu de Cristo, un Espíritu Santo, sintió una especial predilección por los más necesitados: los enfermos, los pobres, cualquier persona marginada, despreciada o injustamente ofendida. Así debemos hacer los cristianos: amar a todos con el amor de Dios, tratando de dar a cada uno lo que más necesite, dando más al que necesite más y menos al que menos necesite. Éste, creo yo, que puede ser un buen propósito para celebrar con dignidad cristiana la fiesta de la Santísima Trinidad.

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¿Nos hemos preguntado alguna vez cómo es Dios? ¿Hemos intentado plasmarlo mediante un dibujo en un papel? ¿Hemos soñado con El? ¿En dónde tenemos puestos nuestro pensamientos y nuestros sueños? Estamos celebrando la Solemnidad de la Santísima Trinidad: el Dios Trinitario, la gran familia del Señor. ¡Demos gloria y alabanza a la Trinidad!

1.- Puede que al Dios de la Trinidad, le compongamos bellas melodías o canciones; que lo hayamos reflejado en las mejores pinacotecas o esculpido en retablos de buena mano. Pero, la Trinidad de Dios, es inabarcable, inalcanzable. Siempre, en la grandeza de Dios, existirá un secreto indescifrable, algo que nos descoloque, algún misterio que nos recuerde –una y otra vez- que Dios ante todo y sobre todo es amor. Ese el secreto de su ser trinitario. Otra cosa, muy distinta, el cómo lo hace, el cómo vive, el cómo siente y el cómo puede ser que –tres personas tan distintas- habiten en tan única e indefectible familia. ¡Gloria a la familia trinitaria! ¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu!

No es cuestión de descifrar este Misterio. Nuestra fe nos invita a aceptarlo. A reconocerlo en las múltiples manifestaciones que Dios ha tenido a lo largo de la historia de la humanidad. El Padre, hablo por el Hijo. Se encarnó y ha compartido con nosotros su humanidad (pequeño y hombre en Belén); hemos visto su cara solidaria, ha curado enfermos, levantado muertos de su fosa, devuelto la vista a los ciegos y el oído a los sordos.

No podremos descifrar la Trinidad pero, pensándolo bien, Dios nos ha dado unas pistas para descubrir la razón de su ser trinitario: DIOS ES AMOR.

2.- Dios, desde el cielo, pronunció y envió una palabra encarnada: Jesucristo y, Jesús, antes de marcharse al cielo nos dejó otra no menos reveladora: Espíritu Santo. Los tres, como familia, viven en armonía a pesar de ser distintos y actúan con en un común proyecto: atraernos a todos hacia la gloria. ¿Seremos capaces de vivir, aquí y ahora, dando gloria a Tres Personas divinas? ¡Merece la pena intentarlo! A Dios no podemos descubrir totalmente pero, a Dios, lo podemos intuir en las pequeñas cosas, en aquellas pistas que Jesús nos dejó muy claras en el Evangelio.

3.- Nuestra fe, hoy más que nunca, contempla a un Dios comunitario. A un Dios familia. A un Dios que disfruta siendo Padre, Hijo y Espíritu. Un Dios que, entre otras cosas, nos promete un final feliz donde brillarán nuestros ojos al contemplar –entonces sin secretos, acertijos o laberintos- la inmensidad de su rostro divino.

Pidamos al Dios que no nos deje de sorprendernos. Que, en cada amanecer, en cada eucaristía, en la lectura de su Palabra, en la práctica de los sacramentos, en la próxima procesión del Corpus Christi se nos vaya revelando y, a la vez, velando para que nunca dejemos de tener apetito de El, curiosidad por El y amor por El.

Creer en Dios Padre, Hijo y Espíritu es tener la feliz seguridad de que existe siempre una ternura inquebrantable, un último regazo y una especie de útero infinitamente fecundo en el que puede uno refugiarse y encontrar la paz, la vida y el amor.
Leonardo Boff

Entiende la Trinidad, quien ofrece amistad, quien construye humanidad, quien cultiva el perdón, quien promueve solidaridad, quien lucha por la justicia, quien acompaña en procesos de liberación, quien no vive para sí mismo, quien se gasta por los demás, quien es capaz de dar vida y dar la vida.

El Espíritu nos va iluminando para entender “la verdad completa” de la palabra y la obra de Jesús.

Es necesario estar abiertos a la acción del Espíritu, a lo que continua y progresivamente nos revela y comunica, por medio de las personas, de lo que nos va trayendo la vida...

Considerarse en posesión de la verdad completa es no escuchar al Espíritu, tergiversar el mensaje y la misión de Jesús y manipular a Dios. El Espíritu no habla por su cuenta y al margen de Jesús, hace vivo, aquí y ahora,  el mensaje que el Padre encomendó a Jesús.

Nosotros tampoco hemos de hablar por nuestra cuenta,  sino estar atentos y abiertos a la vida, a la historia y a la voz del Espíritu que la interpreta.

El Espíritu, memoria viva de Jesús, hace que seamos colaboradores del proyecto liberador de Dios, siempre a favor del ser humano. Celebrar la Trinidad no es tratar de explicar o entender un embrollo teológico.  Celebrar la Trinidad es descubrir con alegría que estamos hechos a imagen y semejanza de un Dios que es don total, diálogo y comunicación permanente, amor compartido y, por eso, nos sentimos llamados a buscar nuestra verdadera felicidad en el compartir y en la solidaridad. Nos invita e impulsa a implicarnos en la tarea de vivir desde la relación, desde la comunión, desde un amor que, haciéndonos más humanos, nos diviniza.

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Celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. La verdad, Señor, que te han puesto un nombre bien raro y extraño. ¡Con lo fácil que sería decir “Día de papá Dios”, o también “Onomástico de Dios”. 
Y que nosotros debiéramos celebrar con la misma alegría y felicidad con que celebramos cada año el “Día del padre o de la madre” o nuestro mismo “cumpleaños”. 
Porque me imagino que también hoy en el Cielo tiene que haber algún extra especial.
Y lo celebramos en un momento en el que diera la impresión de que muchos lo consideran ya como algo pasado de moda. Como si Dios perteneciese también a la cofradía de “los jubilados” o de la “tercera edad”, de esos que nosotros recluimos en los “asilos de ancianos” o en alguna residencia para viejos.

Sin embargo, si queremos ser sinceros y no engañarnos a nosotros mismos, hemos de reconocer que Dios sigue siendo joven y goza de muy buena salud felizmente. Es posible que hayamos sido nosotros quienes lo hemos hecho demasiado viejo. Porque, con frecuencia, tenemos una idea de él como de algo antiguo, de mucho valor sí, pero que ya no está de moda. Que tuvo su momento, pero que hoy ya nosotros tenemos otros gustos. Una especie de antigüedad muy valiosa que hoy está quedando en desuso.

Dios es viejo para quienes ya no tienen ojos para ver hoy. Lo que sucede es que nosotros mismos cuando hablamos de él, hablamos como de una especie de recuerdo de un pasado que quisiéramos revivir, pero sin demasiadas convicciones. Hablamos de él muy poco convencidos. Recuerdo haber leído en una Revista, creo que de Liturgia, aquel encuentro de un hombre de teatro con un sacerdote. El hombre de teatro le decía: “Mire usted, Padre: nosotros en el mundo del teatro presentamos las mentiras de tal modo que parecen verdades, mientras que ustedes, en sus predicaciones presentan la verdad como si fuese mentira”. ¿Querría decir que hablamos de Dios como si fuese mentira lo que decimos? ¿Así nos ven? ¡Andamos muy mal entonces! ¡Y le dejamos muy mal a El!

Ya sabemos que de Dios podemos decir muy pocas cosas o casi ninguna. A lo más, podemos decir de él lo que él mismo nos ha contado de sí mismo. Como a él no le podemos ver termina manifestándose en nosotros. Y así terminamos siendo cada uno el mejor y casi único lenguaje sobre él. Somos su rostro visible. Jesús mismo dijo de sí mismo: “Quien me ve a mí ve al Padre”. ¿Tendremos que decir también nosotros hoy: “quien nos ve a nosotros le ve a El?” Ya veis un Dios bien confianzudo que se atreve a correr este riesgo de ser deformado por nosotros, pero también revelado y manifestado.

A poco que nos miremos a nosotros mismos y miremos en torno nuestro podremos darnos cuenta de que presentamos un Dios muy poco atractivo. Y hasta me atrevería a decir muy poco guapo, poco bonito. Es decir, muy poco Dios. Porque Dios es belleza. Dios es amor. Dios es ternura. Dios es bondad. Dios es gratuidad. Dios es comprensión. Dios es perdón. Dios es vida. Pero, cuando luego traducimos todo esto en el lenguaje de nuestras vidas, Dios parece cualquier otra cosa.

Porque si Dios es belleza, debiéramos admirarle más. Debiéramos quedarnos sorprendidos, absortos contemplándole. Y nuestra oración tendría que ser un momento de relajación de nuestro espíritu y nuestras celebraciones todo un canto de fiesta.

Porque si Dios es amor, debiéramos sentirnos los más amados y los más felices del mundo. Y debiéramos sentirnos atraídos por la confianza que nos inspira. Y sentir su cercanía y su confianza como para divertirnos con El como los hijos se divierten con sus padres. Me encanta la oración de aquel niño que, cada noche, al acostarse, le decía: “Diosito, ¿en qué puedo ayudarte mañana?”

Porque si Dios es gratuidad, ¿qué sentido tienen todos esos miedos que nos han metido en el alma? ¿Y ese sentido terrible de su justicia que nos escarapela y nos estremece? ¿Qué sentido puede tener la gratuidad de Dios con ese concepto, tan común entre nosotros, de un Dos “comerciante”, “banquero”, “negociador”, al que tenemos que comprárselo todo con nuestras penitencias, nuestros sacrificios, nuestras promesas de novenas y oraciones?

Porque si Dios es ternura, comprensión, perdón, ¿tendremos que seguir recordando toda la vida nuestro pasado que El ya perdonó y olvidó hace tiempo? ¿Recuerdan aquella devota que tenía visiones en las que el cura no creía mucho? Un día le dijo para probarla que cuando Dios volviese a aparecérsele le preguntase cuáles eran “mis pecados de juventud”. Pasado un mes regresó la vidente. ¿Le has preguntado algo? “Sí, padre, pero me ha dicho que los olvidó”. 

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Siempre, el algún momento de nuestra vida, hemos pensado en cómo puede ser Dios. ¿Cómo es Dios? Y, ante esta pregunta, vienen miles de respuestas: Dios es así pero… es mucho más que así. La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos pone frente a una realidad: Dios Trinitario (a simple vista incomprensible) pero cercano por el amor y el amor entre las tres personas.
1.- La vida de la humanidad, es distinta desde que Dios se encarnó. Desde entonces, los pasos del hombre, han sido seguidos muy de cerca por un Dios que, siendo desconocido, adquiere la hechura de hombre para que entendamos que –su objetivo- no es otro que recuperarnos y rescatarnos definitivamente. Por supuesto, siempre habrá una intimidad, un “as” que Dios guarda debajo de su manga y que, a la mano del hombre, es imposible alcanzar. ¡Y qué importa! Nosotros, al celebrar este Misterio nos quedamos sobrecogidos por el “buen rollo” que existe entre las tres personas. Sólo por amor, y desde el amor, este Misterio es capaz de sostenerse en sí mismo. Sólo, desde la contemplación, podremos por lo menos asomarnos a este trípode divino que desciende, una y otra vez, al encuentro de la humanidad y que, una y otra vez, corre serios riesgos de ser dividido al antojo y capricho del cristiano de hoy:
-Unos se conforman con pensar en Dios y sin caer en la cuenta de que, Dios, se encarnó en el seno virginal de una nazarena. ¡Qué pena! Han dejado a Dios perdido entre las nubes. ¿Tal vez para llevarlo a su propio terreno? ¿Tal vez para que no resulte tan molesto o profético como un Dios encarnado?
-Otros, por otro lado, se han olvidado del Dios del cielo y se han aferrado a Jesús de Nazaret. A un Señor sin referencia a lo divino. Quieren un Jesús sin más trascendencia que la historia que le acompañó: hombre comprometido con los pobres, defensor de los oprimidos y en contra del sistema establecido. ¿Tal vez porque, el Señor Divino, les molesta ante un mundo que pretende sólo un discurso humanizante, sólo terreno y pagano?
-Y finalmente, los terceros, se quedan en el sentimentalismo de la fe. Una fe sin más referencia que aquello que el momento exige. Los sentimientos son buenos siempre y cuando vayan acompañados del depósito íntegro de la fe. Un Espíritu, sin referencia a Aquel que lo envía, se convierte en secta, en sensiblería o lágrimas que brotan más desde el corazón afectado que desde las entrañas conmovidas por la Palabra de un Dios que habló por Cristo y actúa por el Espíritu Santo.
2.- ¿Cómo es Dios? A San Juan Evangelista, cuando le preguntaban: ¿Nos dices algo sobre Dios? Él, siempre, respondía: ¡DIOS ES AMOR! Este el imposible de un mundo que, lejos de ser trinitario (adorando, amando y contemplando al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo) prefiere regirse por múltiples dioses que, a su vez, se propagan como mala peste y confunden el amor con el placer, la unidad con la imposición de ideología o la caridad con unos gestos inconstantes e inconsistentes. Frente al individualismo, la Santísima Trinidad, nos presenta un impresionante icono de familia, complicidad, cercanía y fusión: ¡SON TRES EN UNO! Cada uno con su personalidad pero, cada uno, con su propio color. Cada uno diferente, pero los tres, mirando en la misma dirección. 
3.- Damos gloria a la Trinidad y, en este Año de la Fe, un gran reto: recuperar ciertos signos cristianos que por tibieza (como decía el Papa Francisco recientemente), vergüenza apostólica, timidez evangélica o por seguir los parámetros de lo políticamente o socialmente correcto hemos dejado de lado. 
-Santiguarnos al pasar por delante de una iglesia (Dios habita sacramental mente en el sagrario)
-Potenciar estos signos visibles en nuestros catequistas, catequizandos, alumnos e incluso entre nosotros mismos. 
-Comprometernos, cuando nos encontramos como católicos frente alguna institución deportiva, educativa, recreativa, económica….en recordar que realizar “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” nos lleva a hacer visible el mensaje de lo que llevamos dentro: ¡DIOS TRINIDAD!

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Todas las religiones intentan decirnos cómo y quién es Dios, para que conociéndole, el ser humano pueda relacionarse con El.  Y si hemos de hacer caso a lo que dijo el Concilio Vaticano II, en todas ellas, en todas las religiones late la presencia del misterio del verdadero Dios, y cada religión expresa parte de ese misterio a su manera.  Nosotros,  los cristianos hemos conocido a Dios como Padre por la revelación que nos ha hecho de El, su hijo Jesucristo.  Una revelación que además, se va actualizando en cada generación de cristianos gracias al Espíritu Santo que, como nos decía el evangelio, nos va guiando hacia la verdad plena. Pues bien, ninguna religión ha revelado el misterio de Dios de una manera tan original y plenificante como el cristianismo: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Tres personas y solo Dios verdadero. Esto nos decía el catecismo que aprendimos de chavales.  Se nos decía que la Trinidad es un misterio, que no se puede comprender como tres pueden ser uno.   Pero eso no tiene demasiada importancia, no deja de ser un mero problema intelectual.  Lo importante es lo que se deriva de ello.  Nuestro Dios no es un Dios solitario, sino que es un Dios COMUNIDAD, y resalto lo de comunidad. Nuestro Dios es una comunidad de iguales unidos inseparablemente por el amor.  Un amor tan grande que se ha desbordado en la Creación derramándose en todas las criaturas, especialmente en el ser humano.   Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, y si Dios es comunidad, esto significa que Dios nos ha hecho para que convivamos, coexistamos, compartamos, colaboremos, confraternicemos. 

        Dios Trino nos invita a participar de esa comunidad divina, siendo hijos y hermanos. Por eso un cristiano no puede ser individualista, no puede desentenderse de los problemas de los demás,  no puede vivir sólo para sí.  Un cristiano deberá buscar siempre el crear comunidad, el superar las diferencias, el trabajar por la unidad.
        Este es, hermanos el gran mensaje de hoy.  Nos alegramos al contemplar hoy a este Dios, que se nos está revelando como amor y misericordia que se entrega. Un Dios que por amor nos creó, por amor nos redimió y salvó, y por amor nos dió su Espíritu para que día a día podamos construir la comunidad humana y así poder participar del gozo y de la plenitud que sólo Dios Uno y Trino tiene.  A El la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos...

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La Santísima Trinidad sirve como permanente modelo de comportamiento al cristiano. Es un modelo que nos enseña a trabajar por la unidad, pero con el sello típico de la familia trinitaria. Dios es unidad, es uno, pero a la vez es diferencia, ya que son tres personas distintas. La esencia misma de Dios -el que sea uno y diferente a la vez-, nos enseña a respetar las legítimas diferencias que existen mientras que procuramos alcanzar la unidad entre nosotros.
         Esta “palabra de vida”, por lo tanto, no está invitando a hacer todo lo posible por conseguir la unidad en lo esencial mientras respetamos la pluralidad en lo accidental. Eso debe conducirnos a ceder en todo lo que no sea verdaderamente esencial antes que romper. Porque, por desgracia, la mayor parte de los conflictos no suceden porque estén en juego cuestiones fundamentales, ni en casa ni en la Iglesia, sino por los pequeños egoísmos, por los deseos de figurar, por el orgullo de no reconocer que nos hemos equivocado, por la negativa a perdonar o a pedir perdón. Con frecuencia, las cuestiones grandes y esenciales son puestas como pantalla, como excusa, para justificar las luchas que son llevadas a cabo por sentimientos innobles y ruines.  Debemos ser, pues, conscientes de que la unidad es un gran tesoro que hay que defender a toda costa y que, precisamente, para que no se rompa hay que aprender a respetar las legítimas diferencias, a aceptar que el otro sea distinto porque tiene derecho a serlo e incluso que ese mismo hecho -el ser distinto- es un don para todos los demás, porque así nos podemos complementar. Dios mantuvo la unidad respetando las legítimas diferencias y ese debe ser nuestro modelo.



 

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