Moniciones y Homilía Domingo 6º de Pascua A

6º Domingo de Pascua / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

¡Bienvenidos a la celebración de la Eucaristía!  La proximidad de la gran fiesta de Pentecostés se hace patente en el mensaje de las lecturas que nos ofrece la liturgia de este sexto domingo de Pascua.

La vida de los cristianos en medio de nuestro mundo es compleja y nada fácil, es decisivo abrirse  al Espíritu Santo para que ilumine nuestro caminar en la oscuridad y gracias a su presencia podamos comprender mejor el mensaje de Jesús.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy tienen sabor a Espíritu Santo. Dentro de pocos días celebraremos la gran PASCUA DE PENTECOSTÉS. Es decir; la venida del Espíritu Santo. Los primeros cristianos confiaron, aunque nunca habían escuchado que existía, en la presencia del Espíritu. Todo lo que hicieron y dijeron, fue confirmado por lo que Jesús les prometió: LA AYUDA Y LA DEFENSA DEL ESPÍRITU SANTO. Escuchemos con mucha atención.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Por el Papa Francisco. Por nuestro Obispo Jesús. Para que cuenten siempre con el aliento del Espíritu Santo y puedan llevar a cabo la misión que Jesús ha confiado a sus Apóstoles. Roguemos al Señor.

2. Por todos nosotros. Para que tengamos una fe más auténtica. Para que no nos conformemos con estar bautizados. Roguemos al Señor.

3. Para que leamos con más constancia la Biblia. ¿Quién de nosotros ha leído todo el Nuevo Testamento? ¿Cómo podemos conocer a Jesús si preferimos cualquier película a ver o leer su vida? Roguemos al Señor.

4. Por los que reciben estos días la primera comunión. Por los jóvenes que se van a confirmar. Para que sus familiares les ayuden con el ejemplo de sus vidas a ser buenos cristianos. Roguemos al Señor.

5. Por todos nuestros seres queridos que ya han muerto. Para que nunca les olvidemos. Para que guardemos lo que ellos nos dejaron. Especialmente su fe y su amor a Dios. Sus mandamientos y la misa de cada domingo. Roguemos al Señor.

 

 

Homilía 6º Domingo de Pascua / A

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Fácil, relativamente cómodo nos lo puso el Señor: “Un mandamiento nuevo os doy” (Jn 13:34). Y hasta nos parece posible el cumplirlo. Pero cuando, Jesús, añade “como yo os he amado” vemos que, amar como El exige, entre otras cosas, vivir de cara y no de espaldas a su deseo antes de marchar hacia el cielo: ¡Guardad mis mandamientos! Y, esos mandamientos, no son otros que los del Padre.

1.- Nos acercamos a la solemnidad de la Ascensión del Señor. Y, porque el Señor se va, nos deja sugerentes palabras en el evangelio de este domingo. ¿A qué mandamientos se refiere Jesús? ¿A los la Antigua Alianza? ¿Al resumen de todos ellos basados en el amor a Dios y al prójimo?

No estamos huérfanos para llevar a cabo esa pretensión de Jesús. El Espíritu nos acompaña para que, lejos de elegir el atajo para dar rienda suelta a nuestra propia voluntad, podamos dar aquel camino con el cual poder agradar a Dios y –sobre todo- aguardando sus promesas.

No estamos solos, aunque muchos se empeñen en recordarlo, a la hora de defender con la Iglesia y dentro de ella que el amor a Dios es el motor que nos impulsa a miles y miles de católicos a trabajar por los demás.

¿Qué diferencia hay entre el amor humano y el amor divino? Preguntaba un párroco a sus fieles. Y, una anciana, al finalizar la misa le respondió: “que el amor humano es limitado, sirve a quien quiere y pronto se agota; el amor divino no mira a quien se hace el bien y, cada vez que lo hace, tiene necesidad de seguir haciéndolo aunque no sea recompensado”.

2.- Necesitamos un poco de ardor en nuestra acción apostólica, un poco más de ilusión y hasta de coraje. A veces nos quejamos demasiado de que no nos comprenden a los católicos o que ser cristiano es algo poco menos que imposible en una sociedad en la que todo ya está diseñado, pensado y acotado de cara a la galería, con multitud de leyes nacidas como setas para satisfacer la sociedad del bienestar.

Es en esas situaciones, donde tanto cuesta “ver al Invisible”, donde como amigos de Jesús, hemos de optar por El, fiarnos de El y saber que sigue vivo en medio de nosotros:

-cuando salimos al encuentro de alguien que se encuentra perdido y sin horizonte

-cuando miramos a nuestro alrededor y ayudamos a superar dramas y vacíos, miserias y complejos.

3.- El Señor, lejos de ser talla de madera que desfila en una procesión, es Alguien vivo y operativo en lo más hondo de nuestras entrañas. Alguien que, en el día a día, lo vamos descubriendo en multitud de signos que nos hablan de su presencia y, al cual, amamos en otros tantos símbolos que aun siendo misterios sabemos que nos llevan a Él, que nos hablan de Él y que nos hacen estar en permanente apertura hacia Él.

Teniendo las palabras de Jesús, sus promesas y su garantía de que está a nuestro lado…no tenemos derecho al desencanto ni a la duda, a la desesperanza o al abatimiento.

**El Señor, desde el sagrario, nos acompaña

**El Señor, en la adoración eucarística, nos consuela

**El Señor, en la oración, nos habla

**El Señor, cuando amamos, doblemente nos acompaña: porque nos ama y porque amamos como Él amó.

 

San Anselmo, uno de los grandes pensadores cristianos de la Edad Media, acuñó una frase que resume muy bien la actitud del creyente en la búsqueda de la verdad, en el estudio de la filosofía: "Creer para entender".

La fe, según San Anselmo, abre a nuestra inteligencia nuevos horizontes; nuestra razón, cuando llega a su límite, recibe la ayuda de la fe y puede así otear nuevas perspectivas.

Sin embargo, eso no es suficiente, porque el hombre no es sólo razón, no es sólo inteligencia. O, mejor dicho, hay una sabiduría que se aprende de un modo distinto al estudio y a la reflexión. Es la sabiduría del corazón. Aquella de la que dijo Pascal: "El corazón tiene razones que la razón ignora".

Se trata de disponer de ambas fuentes de conocimiento: la razón, y el corazón, es decir, el amor. Es el amor el que nos hace entender o por lo menos aceptar ciertas cosas. Así lo enseñó Jesús cuando dijo: "Al que me ama... me revelaré a él". No dijo: "Al que piensa en mí", ni tan siquiera "al que cree en mí" -aunque ya la fe es una forma de amor-.

Hace falta amar a Jesús para entenderle del todo, del mismo modo que una madre entiende al hijo más que nadie, precisamente porque le ama. Ama, pues, y entenderás.

De este modo, la “palabra de vida” de esta semana nos invita a ser hombres completos, que no usen sólo una parte de sus cualidades o capacidades. Nos invita a utilizar la cabeza, pero también el corazón.

Nos invita a amar, sabiendo que el amor es la puerta de la fe, la puerta del entendimiento de las cosas de Dios y también de las cosas de los hombres.

Cuando amamos, y sólo cuando amamos, es cuando nos damos cuenta de la sabiduría, de la razón, que tiene la Iglesia para mandar ciertas cosas y prohibir otras.