Moniciones y Homilía Ascensión del Señor A

Ascensión del Señor / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

¡Bienvenidos en este Día del Señor! Hoy, por si no lo recordamos, es la fiesta de la ASCENSIÓN DE JESÚS A LOS CIELOS.

Hoy, aquel hombre que nació Niño en Belén; Aquel que curó a enfermos y acompañó a los tristes; Aquel que curó heridas y que subió a la cruz; Aquel que, al tercer día resucitó… ¡HOY SUBE A LOS CIELOS!

Esta fiesta es una fiesta de gran alegría. Jesús, al entrar en el cielo, deja una puerta abierta por la que, nosotros también, entraremos a formar parte de esa otra gran fiesta y alegría eternas que existen junto a Dios.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que se van a leer en este día, parece que nos están diciendo: ¡ahora os toca a vosotros! Y es que, la Ascensión del Señor nos invita a mirar al cielo para alcanzar la sabiduría, la confianza y la alegría del Señor: quiere que compartamos este Misterio con El. ¿Seremos capaces? Que nos sintamos hijos de Dios. Y que la Buena Noticia que Cristo nos ha traído, sea un motivo para creer y esperar en ese cielo al que estamos llamados.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia que pregona y anuncia a Cristo muerto, resucitado y hoy ascendido a los cielos. Para que sea un recinto de paz, de justicia, un lugar donde los hombres descubran la presencia de Dios. Roguemos al Señor.

2. Decimos que Dios es amor. ¿Pero amamos a los demás? ¿Sirve de algo decir “Dios es amor” si, luego, no nos ven que damos y ofrecemos cariño? Para que nos tomemos en serio las palabras de Jesús. Roguemos al Señor.

3. Los grandes deportistas, cuando ganan, suben al podium, al estrado del triunfo. Jesús no solamente salió triunfador sobre la muerte, además, hoy es colocado junto a Dios por lo bien que hizo todo y, sobre todo, por cumplir el plan de Dios. Que Él nos ayude a nosotros. Roguemos al Señor.

4. Ha comenzado el mes de Junio dedicado al Corazón de Jesús. Que, desde el cielo, nos ayude a tener los mismos sentimientos que Él tuvo mientras estuvo con nosotros en la tierra. Roguemos al Señor.

5. El Señor se va pero no se olvida de nosotros. Le pidamos que nos envíe pronto su Espíritu Santo. Que no nos deje huérfanos. Le necesitamos para seguir amando y descubriendo el rostro de Dios Padre. Roguemos al Señor.

 

Homilía Ascensión del Señor / A

Cuarenta días atrás celebrábamos aquel día santo en el que –Cristo- saltó de la muerte a la vida y, con El, todos nosotros. Fueron horas de vigor en nuestra fe, de ganas por seguir adelante, de renovación en nuestra existencia bautismal y… de optar por Aquel que, subiendo del sepulcro, nos enviaba a dar razón y testimonio de su presencia.

1.- Hoy, con esta solemnidad de la Ascensión, caemos en la cuenta de que –al fin y al cabo- lo que esperaba a Jesús al final de su paso por la tierra era el abrazo con el Padre. De alguna manera se cierra el contacto visual y físico entre el Señor y los discípulos y comienza la etapa del Espíritu Santo, la llamada a la madurez eclesial y la invitación a no perder la esperanza: el Espíritu marchará junto a nosotros recordándonos lo qué tenemos que hacer, dónde y cómo.

Es duro ver partir a un buen amigo. Y, en la Ascensión del Señor, a buen seguro que los ojos de los apóstoles se humedecieron ante tal prodigio con sabor agridulce: el Señor, nuestro amigo y Señor, se nos va. ¿Qué vamos hacer? ¿Quién nos dará el pan multiplicado? ¿Quién nos saciará en la hora del hambre? ¿Quién calmará nuestras tormentas? ¿Quién pondrá paz cuando, por las ideas, nos distanciemos del evangelio?

Ante estas interpelaciones, aquellos entusiastas del apostolado, se responderían a sí mismos: el Señor se va pero, pronto, marcharemos también con El nosotros. Su suerte, la del cielo, será la nuestra; y por la puerta que El deje abierta, entraremos nosotros.

2.- Los sentidos, de aquellos discípulos, se quedaron contemplando aquel suceso pero, pronto, se dieron cuenta de que los pies los tenían en la tierra. Que estaban obligados a llevar al mundo lo que, Jesús, en tres años escasos les había transmitido: el amor de Dios.

En ese cometido, también nos encontramos nosotros. Con toda la Iglesia seguimos proclamando el Reino de Cristo (el que podemos construir ya en nuestro entorno) pero que culminará y se visualizará en todo su esplendor al final de los tiempos. No podemos detenernos en este empeño. Aunque nos parezca mentira, hay sed de Dios, ganas por conocerlo y amarlo. Mirando al cielo (exclusivamente) no se nos da garantía de seguir anunciando todo el legado que Jesús nos dejó mientras estuvo con nosotros. Fiándonos solamente de nuestras fuerzas, de las seducciones del mundo tampoco es que sea un seguro de vida para conseguir una humanidad sin odio ni rencor, sin injusticias ni maldades. Como siempre, en el término medio, oración/acción, encontraremos la clave para servir a Dios (como el merece) y para no olvidar las contrariedades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo (obligados estamos desde el mandamiento del amor).

3.- Dejemos marchar al Señor al cielo. Crezcamos ahora con aquello que El nos confió como vitamina eterna (la eucaristía); como presencia y seguridad (su Palabra); como aliento en nuestro caminar (su Espíritu Santo).

Un bebé, cuando ha de caminar por sí mismo, llora, tiene miedo, vértigo…va buscando los brazos de sus padres o los de aquellos que le rodean. Luego, al tiempo, comprende que el mundo es otra cosa cuando lo descubre por propia experiencia. Que también por nuestros propios senderos, podamos avanzar sin olvidar que –Jesús primero- los recorrió antes que nosotros.

¡Vete, Señor, al cielo! ¡Deja huella para que un día tus amigos podamos también encontrarlo!

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La Ascensión del Señor al cielo supuso, sin duda, un enorme pesar para los apóstoles. Cierto que el dolor de la separación quedaba mitigado por las "presencias" de Cristo en la tierra -la Eucaristía, la Palabra, los Apóstoles, el prójimo necesitado, su presencia en medio de los discípulos-, así como por la asistencia maternal de la Virgen y por la esperanza en volverse a encontrar con él en la vida eterna.

 

Pero, además del dolor, la ausencia de Cristo representaba un vacío que ahora eran ellos, los apóstoles, los discípulos, los que habían de llenar.

 

Es como cuando muere una de esas grandes personalidades que lo han sido todo en la vida de muchos, en la empresa o en la familia; da la impresión de que, con su partida, todo se vendrá abajo, pues parece inimaginable que se pueda llenar el hueco que ha dejado tan importante personaje. Si los que le rodean piensan así, inevitablemente se producirá la crisis y la ruina.

 

Si, en cambio, conscientes de su pequeñez pero sin acobardarse por ella, intentan imitar al gran personaje, quizá no logren las cotas que él alcanzó, pero todo irá adelante. Además, esta lucha les hará crecer, lo mismo que crecen los árboles pequeños cuando el gran árbol que les daba sombra desaparece.

 

Cristo está en el cielo y nosotros en la tierra. Debemos luchar por Él y por su Reino. Con la ayuda del Espíritu Santo, de la Virgen, de los santos. Con el alimento de la Eucaristía.

 

Es la hora de nuestra mayoría de edad. Es la hora de demostrarle al Señor que puede contar con nosotros, que hemos asimilado sus enseñanzas, que -con la ayuda de su gracia, sin la cual no podemos hacer nada- estamos dispuestos a llevar a cabo la tarea evangelizadora que nos confió.