Homilías y meditaciones en torno a Pentecostés

 

Dinámica sobre el Espíritu para la Catequesis (niños o jóvenes)

 

Material: Un ventilador con interruptor y que sea giratorio

Mensaje: Debemos dejar que el Espíritu Santo actúe en nosotros.

Texto: Diálogo entre el sacerdote y un catequista.

 

S. Vamos a celebrar la fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo.

Por Jesús sabemos que Él envió a sus discípulos y a todos los cristianos el Espíritu Santo. Jesús, más que decirnos quién es el Espíritu Santo, nos dice qué es lo que hace en nosotros. Nos dijo Jesús que es un regalo de Dios para que vivamos alegres, para que seamos valientes y nos atrevamos a hacer una cosa que no todo el mundo se atreve a hacer: amar a los demás.  Vamos a poner un ejemplo para entenderlo bien.

 

C. La corriente eléctrica. Con ella podemos hacer muchas cosas. Tener luz, calor, hacer funcionar muchos aparatos. Y lo curioso es que no la vemos, pero sabemos todo lo que puede hacer.

 

S. Así es el Espíritu Santo. No le vemos, pero notamos todo lo bueno que hace en nosotros.

 

C. La electricidad mueve aparatos, instrumentos. El Espíritu Santo nos mueve a nosotros.

¿Qué os parece si ahora nos imaginamos que cada uno de nosotros es un ventilador?

 

S. Vamos a imaginar que somos un ventilador. Aquí está.

(Descubre el ventilador).

 

C. Para que este ventilador haga lo que tiene que hacer, lo tenemos que enchufar. (No lo enchufará hasta que lo diga el sacerdote).

 

S. Igual que nosotros. Si queremos hacer lo que debemos, ser buenos cristianos y amar, tenemos que estar unidos a

Jesús para poder recibir su Espíritu, su fuerza, su corriente.

¡Enchufa el ventilador! (La catequista lo hace, pero el interruptor estará cerrado) Oye, esto no funciona.

 

C. Claro. El interruptor está cerrado. No es suficiente que esté enchufado el ventilador.

Hay que abrir el interruptor. No hay que poner obstáculos ni dificultades para que llegue la corriente.

 

S. Es verdad. También nosotros ponemos a veces dificultades a Jesús. Pensamos más en nosotros que en los demás, no queremos reconocer nuestros fallos, no somos sinceros... y tantas cosas más. Entonces su Espíritu no llega a nosotros. No funcionamos.

 

C. Quitamos el obstáculo al ventilador. Abrimos el interruptor y funciona. Pero con esto no está todo arreglado. El ventilador tiene que dar aire a las personas. Si lo llevamos a una habitación de la casa donde no hay nadie, no dará aire a nadie.

Será como si estuviera apagado. Un ventilador hay que ponerlo donde están las personas. Tiene que hacer un servicio.

S. Nosotros tenemos que hacer lo mismo. Tenemos muchas cualidades y cosas buenas. Pero si no las ponemos al servicio de los demás es como si no las tuviéramos. No podemos encerrarnos en nuestra habitación, en nuestra casa, en nuestra iglesia, en nuestras cosas. Nuestro aire, nuestro cristianismo, hemos de lanzarlo hacia los demás.

 

C. Y una última cosa. ¿Sabéis que hay dos clases de ventiladores? Unos están fijos, como ahora este, y sólo dan aire a unas pocas personas.

Pero hay ventiladores que giran. Mirad, este también gira.

(Da al interruptor correspondiente).

 

Los ventiladores que giran son mejores, porque dan aire a mayor número de personas.

 

S. También hay dos clases de cristianos. Los que se quedan fijos y sólo se preocupan de algunas cosas y de algunas personas, y los que se preocupan de todas las personas y de todos los problemas del mundo, no sólo de los suyos.

 

C. Volvamos a recordar una cosa importante. Si un ventilador no está unido a la corriente, no sirve para nada. Es un trasto más.

 

S. Y si el cristiano no está unido a Jesús, no recibirá su Espíritu. No será un cristiano de verdad.

 

Vosotros, niños, vais a estar desde hoy más unidos a Jesús. Mantened siempre esta unión con Jesús y su Espíritu Santo. 

 

 

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Pentecostés: Vivir siempre en primavera

 

Pentecostés es la fiesta de la alegría, del fuego, el domingo en el que los creyentes nos sentimos orgullosos de Dios.

 

Hay una frase del escritor, Jean Rostand: "Con frecuencia me pregunto si los que creen en Dios le buscan tan apasionadamente como nosotros, que no creemos pensamos en su ausencia".

 

La frase es tremenda. Porque efectivamente, hay ateos que buscan a Dios con angustia, con pasión, porque le necesitan y no consiguen encontrarle. Y uno se pregunta por qué los creyentes no parece que vivamos nuestra fe tan apasionadamente. Por qué hemos compaginado fe con aburrimiento en una especie de "anemia espiritual".

 

La fe es un terremoto, no una siesta. Un fuego, no una rutina. Viento no estancamiento. ¿Cómo se puede creer de verdad que Dios nos ama y no ser felices?

Con frecuencia uno escucha sermones y se asombra de que sean aburridos. Y lo malo no es que sean malos sermones, sino que sean aburridos, porque cuando uno aburre es que no siente lo que está diciendo.

 

Si observas las caras de la gente en misa, no puedes dejar de preguntarte: ¿Estas personas creen de verdad que Cristo se está haciendo presente en medio de ellas?

¡Qué difícil es encontrarte con creyentes de fe rebosante!

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Pentecostés, es la fiesta del fuego: los discípulos de Jesús estaban aquel día tan tristes y aburridos como nosotros estamos. Creían, sí, pero creían entre vacilaciones. Y entonces descendió sobre ellos el Espíritu Santo en forma de fuego. Y ardieron. Y salieron todos a predicar, dispuestos a dar sus vidas por aquella fe que creían.

 

¿Y nosotros? También hemos recibido el Espíritu el día de nuestro Bautismo y nuestra Confirmación. No se nos ha dado menos fuego, menos Espíritu, que a los apóstoles el día de Pentecostés. San Juan lo dice: "Dios no da el Espíritu con tacañería".

 

¿Qué hemos hecho con Él? Sí, amigos: es hora de decir al mundo que nos sentimos felices y orgullosos de ser cristianos. Que nos avergüenza serio tan mediocremente. Pero que sabemos que la fuerza de Dios es aún más grande que nuestra mediocridad.

 

Y que, a pesar de todas nuestras estupideces, la Iglesia es magnífica, porque todos nuestros pecados manchan tan poco a la Iglesia como las manchas al sol. Y que, a pesar de todo, Cristo está en medio de nosotros como el sol, brillante, luminoso, feliz. Sí, ser cristiano es vivir siempre en primavera.

 

 

 

Palabras de Babel.

Palabras de Pentecostés

 

Hoy, todos estamos comprometidos en la Iglesia en el mismo empeño: el empeño de llevar a cabo una nueva evangelización. Este empeño pide hombres nuevos, evangelizadores nuevos y palabras nuevas; es decir, pide hombres que lleven palabras de vida y no de muerte, palabras de «pentecostés» y no de «babel»

 

El mundo, nuestro mundo, reclama y necesita hombres que lleven palabras y mensajes de vida: palabras de «pentecostés». Sobran, pues, las palabras de destrucción y de muerte: las palabras de «babel».

 

La mentira es palabra de Babel. La verdad es palabra de Pentecostés.

 

La mentira distorsiona la realidad. La mentira provoca el engaño y el caos; provoca la destrucción. La mentira engendra, por tanto, la muerte. Así sucede en cualquier grupo o comunidad; así sucede en las instituciones todas y en la Iglesia misma. La mentira es una permanente «babel».

La verdad crea orden y armonía; manifiesta la realidad tal cual es. La verdad procura el entendimiento entre los hombres. Por eso, la verdad es palabra de «pentecostés».

 

La duda sobre las personas y los juicios mal fundados o malintencionados son palabras de Babel. Los juicios verdaderos son palabras de Pentecostés.

 

Con la duda o los juicios mal fundados o, mucho peor, malintencionados, sobre alguna persona o grupo de personas, se puede hacer el mayor mal que

uno se pueda imaginar. De esa forma se puede hundir a una persona, o a un grupo de personas, para mucho tiempo, incluso para toda la vida. ¡Qué fácil y en qué poco tiempo se consigue el descalificar a alguien...! ¡Qué fácil descalificar una obra, una institución...! ¡Qué fácil.! Pero todo eso es la confusión, el desorden, la muerte.

Lo cristiano, lo que construye vida, es lo contrario. Lo cristiano son los juicios verídicos sobre las personas y las cosas; lo cristiano son los juicios bien fundados y con buena intención. Lo cristiano es confiar y no dudar; promover y no hundir; alentar y no destruir. Esas, las palabras de aliento y confianza, de juicios rectos y verdaderos, son las palabras de «pentecostés».

 

El pesimismo es palabra de Babel. El optimismo y la alegría son palabras de Pentecostés.

 

Vivir la vida en clave de pesimismo permanente, de tintes negros y desesperanzadores, es tanto como vivirla en clave de «babel». Ese espíritu de negrura existencial permanente, de ver sólo el lado negativo de todo y de todos, favorece la incomunicación, el mal ambiente y la muerte.

 

Al contrario, el espíritu alegre y optimista es espíritu que ensancha el corazón y recrea la vida; es espíritu que acoge y promociona, que levanta siempre.

 

Ese espíritu es palabra permanente de «pentecostés».

 

La mirada estrecha y egoísta es palabra de Babel. La mirada universal y de caridad es palabra de Pentecostés.

 

Los hombres de miradas pequeñas, de intereses exclusivamente personales, son hombres para el no entendimiento. El egoísmo, no se olvide, es siempre signo y primicia inequívocos de muerte. Los hombres de corazón grande, de preocupaciones universales, son hombres para el entendimiento y la comprensión. Sus palabras de amor universal, de amor al hombre necesitado, son palabras de «pentecostés».

 

El mundo está necesitado de la fuerza y la revolución del Espíritu de Pentecostés. El mundo está necesitado de nuevos apóstoles que hagan posible el milagro del entendimiento entre los hombres. Se necesitan hombres nuevos, hombres que hablen las palabras de «pentecostés», que son las palabras del amor de Dios, para llevar a cabo la nueva evangelización.

 

Es hora de preguntarnos por nuestras propias palabras. Nuestras palabras y comportamientos, ¿son de «babel» o de «pentecostés»?, ¿crean confusión o armonía?, ¿generan la muerte o generan la vida? Es hora de preguntarnos y actuar, como cristianos, en consecuencia.

 

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Nosotros distinguimos con rapidez si una familia, una persona, un equipo, una organización vibra o no. Notamos quién irradia entusiasmo, emoción, fervor, calor y quién se muestra vacilante, apagado, apático. Según nos sintamos animados o no ofrecemos una imagen u otra.

 

Hoy, la comunidad cristiana celebra la fiesta de Pentecostés o venida del Espíritu Santo en forma de viento huracanado y de lenguas de fuego que se posaron sobre la cabeza de los discípulos de Jesús. Nosotros, al menos yo, sabemos poco del Espíritu Santo.  Es difícil describirle, definirle. Por ello, para acercarnos a Él nada mejor que servirnos de algunas metáforas, como las del agua, del viento, del fuego y del aliento. En el libro del Génesis se nos relata que en el paraíso Dios sopló sobre el cuerpo de arcilla y aquella figura de barro se convirtió en el primer hombre.

De modo similar, después de la resurrección, Jesús exhaló su aliento sobre los apóstoles y les encomendó la tarea de continuar su misión. Fue un soplo creador, pues los apóstoles no daban la talla, ya que se mostraban cobardes y vacilantes, sin embargo el Espíritu les transformó. Espíritu, que como añadió Jesús, “sopla donde quiere”. No es patrimonio de nadie. No pertenece a un grupo de privilegiados: ni de religiosos, ni de obispos, ni de cristianos de base. Nadie le posee en exclusividad, ya que “sopla donde quiere”.

 

Muchas veces, con gran sorpresa nuestra, desciende sobre quienes nosotros no nos hubiéramos imaginado. Que el Espíritu Santo es algo excepcional se deduce de que Jesús confesó a los suyos “os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros”. Algo excepcional, porque para los apóstoles Jesús representaba lo más deseado y querido. Sin embargo, les dice “os conviene que yo me vaya”. ¿Quién es este Espíritu?. Para responder podemos recurrir al principio “por sus frutos los conoceréis”.

 

Es San Pablo quien  los enumera: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Ramillete que destaca más si los comparamos con los de la carne y que el mismo San Pablo se encarga de citarlos: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, enemistades, contiendas, envidias, rencores, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras. Se ve que los seres humanos, después de veinte siglos, no hemos cambiado tanto. El Espíritu se manifiesta en la búsqueda y el esfuerzo de los hombres y de los pueblos a favor de la justicia, de la libertad y del perdón. Si el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas al comienzo de los tiempos, hoy sigue actuando en el mundo y en los corazones.

 

San  Hipólito nos sorprende con una imagen afortunada sobre quién es el Espíritu Santo: así como, cuando se quiebra un frasco de perfume, -explica Hipólito- su olor se extiende por todas partes, al romperse el cuerpo de Cristo en la cruz, su Espíritu, que mientras estuvo vivo, había poseído en exclusiva, se derramó en los corazones de todos. Así se entiende la expresión que Jesús es “el sustituto” de Jesús ausente y así se comprende que el Espíritu no es otro que “Dios mismo, en cuanto está próximo a los hombres y al mundo como fuerza y potencia". Lo importante de la Iglesia no reside en su estructura, en sus edificios, en el número de grupos, sino en el Espíritu que se mueve dentro de ese organigrama. La Iglesia se asemeja a un barco de vela y si no sopla el viento, es decir el Espíritu, la nave no avanza. Sólo los veleros, que se quedan en el puerto, no necesitan de la brisa.

 

Con razón Pablo VI declaró en una ocasión que la Iglesia precisaba de un Pentecostés perpetuo. A nosotros nos urge el  soplo creador para que “riegue la tierra en sequía,/ sane el corazón enfermo,/ infunda vida en el hielo”.

 

El poeta Miguel Hernández canta “vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran”. Sería una buena señal poder afirmar de nosotros: “vientos del Espíritu me llevan,/ vientos del Espíritu me arrastran”.