Moniciones y Homilía Domingo 19º TO A

Domingo 19º del Tiempo Ordinario / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días…  ¡Es el Día del Señor! Hoy…, suenan las campanas, elevamos oraciones, nos reunimos, nos vemos y cantamos la alegría de ser cristianos.

Pero, a Jesús, no lo vamos a encontrar en los FUEGOS ARTIFICIALES. Es decir; Jesús, nuestro amigo, viene en las pequeñas cosas de cada día.

La Eucaristía, aunque nos parezca repetición, es siempre nueva, es brisa para nuestros corazones, para nuestros problemas y para nuestra fe.

Que el Señor nos ayude a confiar y esperar en El…

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Creer en Dios es pedirle, con todas nuestras fuerzas, que salga a nuestro encuentro en toda situación, límite, dificultades, alegrías y penas.

Las lecturas de hoy tienen algo en común: el que cree ha de fiarse y dejarse llevar por la mano del Señor.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que en medio de las aguas que pretenden apartarla de la realidad del mundo, sepa mirar con decisión hacia el futuro. Roguemos al Señor.

2. Por todos aquellos que prometen mucho y luego dejan abandonada a la gente. Para que sean conscientes de sus limitaciones. Roguemos al Señor.

3. Por todos los que estamos en esta Eucaristía. Para que, a pesar de nuestras dudas, nos agarremos con fuerza a la mano de Cristo. Roguemos al Señor.

4. Para que no nos hundamos en nuestros problemas, para que aprovechemos la fe y la esperanza en Dios para caminar sobre todo lo que salga a nuestro encuentro. Roguemos al Señor.

 

HOMILÍA DOMINGO 19º TO / A

El mismo Jesús en el Evangelio nos propone dos elementos para reforzar nuestra fe. En primer lugar, la fe se afianza en la debilidad, sintiéndonos humanos y con miedos, porque es entonces cuando ponemos nuestra confianza en Dios. Esta fue también la experiencia de Pablo: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

Una palabra de Jesús suscita la fe de los discípulos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Frente a las dudas, el miedo y los vientos contrarios, está la Palabra de Jesús y su mano extendida. En la primera lectura también aparece como, ante una situación difícil del pueblo de Israel, en la que está en juego la propia Alianza que Dios hizo con Moisés, el profeta Elías, sostenido por Dios, anuncia de nuevo paz, bienestar, esperanza… Dios está en la brisa. Jesús calma los vientos y pone paz en la barca, en la Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestros corazones, en nuestras vidas.

En segundo lugar, es curioso el juego de miradas entre Jesús y Pedro. Pedro se mira a sí mismo y se hunde, pero cuando levanta la mirada y ve a Jesús con la mano extendida, recupera las fuerzas y sale a flote. En el fondo, todo depende de la mirada.

Cuanto más nos miramos a nosotros mismos, más nos hundimos. Será importante dejar de mirarnos a nosotros, a nuestros pies que se hunden, a nuestros fallos, a nuestras debilidades, a nuestra falta de fe, y poner nuestra mirada en Él. Sólo así Pedro y los discípulos consiguen salir a flote y confiesan su fe en Jesús: “Realmente eres Hijo de Dios”.

La Palabra de Dios de hoy nos llama a releer constantemente nuestras vidas a la luz de estas experiencias: ¿Cuáles son nuestros vientos contrarios? ¿Cuáles son nuestras dudas, nuestros miedos? ¿Qué pedimos a Dios en esos momentos? ¿Cómo le descubrimos? ¿Cómo se nos manifiesta? ¿Cómo le buscamos? ¿Qué hacemos para crecer en confianza y en fidelidad a su proyecto de amor para con nosotros?

La única experiencia que nos puede sostener siempre, pero de manera especial “en la tempestad”, es la de descubrir a Dios en nuestra vida, siempre cercano, ayudándonos a caminar y sosteniéndonos con la fe en Él y en su Palabra. Abramos nuestros ojos y descubramos a Cristo con su mano siempre tendida, que sostiene nuestra fe y nos anima a fortalecerla, a pesar de nuestras debilidades, que el Señor ya sabe cuáles son y cuenta con ellas homepage.westmont.edu.

Caminemos por la vida sin miedo, sostenidos por Jesús y su Palabra.

Creer es, en muchas ocasiones, caminar sobre el agua, como Pedro, apoyar nuestra fe y nuestra existencia en Dios, que nos sostiene, y no en nuestras propias fuerzas o argumentos, vivir sostenidos por nuestra confianza en Él. Recordémoslo ahora al proclamar juntos nuestra fe.

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1.- Había quedado atrás aquel milagro espectacular de la multiplicación de los panes y de los peces. Los discípulos, sin pensárselo dos veces, subieron a la barca invitados por Jesús.

Con aquel Señor que cumplía lo que decía, que multiplicaba a miles, panes y peces, merecía la pena ser seguido y obedecido. ¡Qué mejor seguridad que caminar con tan buen cayado!

Pero, como en las películas, en el seguimiento a Jesús hay escenas de miedo. Momentos donde parece detenerse la felicidad. Instantes que uno quisiera pasar rápidamente para llegar al final cuanto antes.

Los discípulos se embarcaron en aquella aventura que Jesús les sugirió. Pronto comenzaron las dificultades. Las aguas turbulentas, el mar embravecido les hizo comer su propia realidad: seguir a Jesús no implica vivir al margen de las pruebas, de los sufrimientos o de los temores. Eso sí, vivir con Jesús, aporta la fortaleza y serenidad necesarias para seguir adelante y para que nunca, las zancadillas, sean mayores que nuestra capacidad para sortearlas.

2. - Uno, cuando es creyente convencido (no solo bautizado) pone sus afanes no solamente en la exclusividad de sus fuerzas y carismas. Jesús, aún siendo Hijo de Dios, necesitaba de ese “tú a tú” de la oración. Escogía espacio y tiempo, lugares y silencio para un coloquio con Dios.

A Jesús, en su experiencia de Getsemaní, se le diluyeron los miedos y las ganas de renunciar a su misión, por el contacto íntimo con Dios. ¿No será que nuestras fragilidades y cobardías son fruto de nuestra deficitaria comunión o comunicación con el Señor?

3.- ¡No tengáis miedo! Nos dice el Señor en este domingo. En pleno verano y con un sol de justicia, buscamos sombrillas y lociones que nos hagan más llevadero el tórrido calor. Tenemos miedo a quemarnos y miedo al dolor. La fe, cuando está sólidamente fundamentada y enganchada en Jesús, es la mejor sombrilla y la mejor loción que podemos utilizar para evitar quemaduras en el alma y sonrojo en el rostro.

Estamos en unos tiempos donde hemos de saber contemplar la presencia de un Dios que nos está tensando un poco. Que está purificando nuestro discipulado. Nuestra pertenencia a su pueblo.

4.- Hoy, como Pedro, gritamos aquello de ¡Señor, sálvame! Dejemos un margen de confianza al Señor. Lancémonos a las aguas de nuestro mundo sin miedo a ser engullidos por ellas. Si, el Señor va por delante, tenemos las de ganar. El es el dueño de la barca.

El sentido de nuestra historia. El fin de nuestra oración y de nuestra entrega. En el silencio aparente, en la ausencia dolorosa es donde hemos de aprender a buscar y a ver el rostro del Señor que, un domingo más y en pleno verano, nos grita: ¡Animo soy yo, no tengáis miedo!

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Lo normal en la vida es atravesar momentos de duda, momentos en los cuales nos parece que Dios está muy lejos de nosotros, si es que existe. Son los momentos decisivos, los momentos en que se pone a prueba nuestra fe. Quisiéramos que el Señor nos respondiera siempre rápidamente, que nunca tuviéramos la sensación de soledad, que Dios nos solucionara los problemas cuando nos agobian.

En cambio, la enfermedad, la decepción, el fracaso, nos hacen sentir con toda su crudeza el peso de aquella cruz que llevó Cristo sobre sus hombros y que también a él le llevó a preguntarle al Padre por qué le había abandonado.

Para salir de esta situación no hay nada como recordar los dones recibidos en el pasado, las pruebas que en tantas ocasiones Dios nos ha dado de su existencia y de su amor solícito por nosotros. Desde ahí, no nos queda más remedio que ponernos en sus manos y, pidiéndole que nos ayude, hacer como Pedro: arrojarnos al lago para hacer lo imposible: andar sobre las aguas con la ayuda de Dios. Y si sentimos que nos hundimos, que nos falta la fe, no dudemos en pedir ayuda como hizo San Pedro, aunque el Señor nos regañe por nuestra poca fe. Andar sobre el agua, símbolo de entender los planes de Dios, no nos es posible.

Del mismo modo que nuestra naturaleza impide lo que permite a los peces, nuestra inteligencia se encuentra limitada para comprender los planes de Dios. Pero tener fe sí es posible. Creer sin entender, aceptar el misterio, asumir que Dios es más grande que nosotros, está a nuestro alcance, con su gracia.