Moniciones y Homilía Domingo 22º TO A

Domingo 22 del Tiempo Ordinario / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días… Todo trabajo o proyecto que merezca la pena, tiene un coste y un sacrificio. El proyecto de Jesús, un Reino de justicia, de amor y de verdad, también tiene sus dificultades.

Si miramos a los Apóstoles, la historia de la Iglesia, la vida de muchos creyentes...comprobaremos, incluso hoy día, que la fe implica persecución, cruces y lágrimas. Pero, por Dios, merece la pena intentarlo.

Que esta Eucaristía nos ayude a ser más valientes y más decididos a la hora de ayudar a Cristo a construir su Reino en la tierra.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Hoy, especialmente en el Evangelio, el Señor nos alerta de una realidad: quien quiere algo, algo le cuesta. Y, el dar razón de nuestra fe, a veces nos acarrea disgustos, enojos, distanciamientos. Pensemos, por ejemplo en el mundo, en la sociedad.

Hay algunos que están interesados en manejarlo todo a su antojo. ¿Es bueno el aborto? ¿Es positiva la Eutanasia? El defender lo contrario, como cristianos, nos hará un día presentarnos ante el Señor con la conciencia limpia.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Por el Papa Francisco. Para que a pesar del peso de la cruz, siga adelante en su empeño evangelizador. Roguemos al Señor.

2. Por todos los que en vez de animar echan peso y más peso a las penas de los demás. Para que vuelvan al camino de la solidaridad. Roguemos al Señor.

3. Por todos los que dan su vida por Cristo. Nos acordamos, especialmente, de los cristianos perseguidos. Roguemos al Señor.

4. Por nosotros aquí reunidos. Para que demos gracias a Dios por la posibilidad que nos da, y la confianza que nos da, de ser sus altavoces. Roguemos al Señor.

 

HOMILÍA DOMINGO 22º DEL TO / A

Aquel Pedro que fue inspirado por el mismo Jesús para su profesión de fe “Tú eres el hijo de Dios” hoy es puesto sobre las cuerdas: tú no piensas como Dios, piensas como los hombres.

1.- La fe es gracia y es regalo. Es un privilegio que Dios nos concede. Desde esa luz, que es la fe, podemos alumbrar todo lo que acontece en torno a nosotros e, incluso, nuestras mismas personas.

Como a Pedro, al mundo de hoy, no le seduce demasiado el sufrimiento. Preferimos una fe de bizcocho a una fe probada; una fe de gloria a una fe de calvario; una fe de sentimientos a una fe de conversión, una fe con camino llano más que aquella otra expresada en camino angosto o empedrado duro.

Pensar como Dios, exige optar por lo que el mundo nos oculta. Pensar como los hombres, puede llevarnos a perdernos en unos túneles sin salida, a caer en unos pozos sin fondo.

2.- El camino que Jesús nos propone, no es el de los atajos que el discurso materialista nos vende machaconamente. No es aquel del escaparate del triunfo, sino aquel otro que se fragua en el escenario del servicio. No es el de la apariencia, sino el trabajar sin desmayo allá donde nadie oposita.

Para que brille el sol es necesario que el cielo esté limpio de nubes. Jesús, en el evangelio de este domingo veraniego, nos advierte que para que destelle Dios con toda su magnitud en nosotros, no hemos de ser obstáculo. El sufrimiento y la cruz, o dicho de otra manera, las contrariedades, oposición, zancadillas, sinsabores, incomprensiones, etc., lejos de rehusarlas hemos de aprender a valorarlas y encajarlas desde ese apostar por Jesús de Nazaret en un contexto social donde, a veces, se oyen más las voces de los enemigos de Dios que la labor transformadora de aquellos que creemos en El.

¿A quién le apetece un camino con espinas? Jesús nos lo adelanta. Y los primeros testigos del evangelio (apóstoles y mártires) lo vivieron en propia carne: ser de Cristo implica estar abierto a lo que pueda venir. Incluso dar la vida por El.

Frente al único pensamiento que algunos pretenden imponernos (que puede distar mucho del pensamiento que Dios tiene sobre el mundo) no cabe sino ser fuertes y abrazar la cruz cuando sea necesario.

3.- Los cristianos no podemos hacer como los avestruces; dicen que cuando ven peligro a su alrededor bajan la cabeza y la esconden entre su plumaje. Nuestra fe nos exige opciones y, una de ellas, es precisamente ser fuertes ante nuestras propias realidades. Frente aquello que sabemos que convive con nosotros y que nos acompañará indefinidamente: el sufrimiento o la duda, la ansiedad o el dolor, la contradicción o la cruz.

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No debería ofrecer dificultades aceptar que Dios, el Creador, es más inteligente que el hombre, la criatura. Sin embargo, en cuanto no entendemos algo, pensamos que o Dios no existe, o no se interesa por nosotros, o se ha equivocado. Esto lo pensamos especialmente cuando algo nos hace sufrir, cuando se presenta la Cruz con alguno de sus mil rostros: la enfermedad, la muerte, los problemas afectivos o los del trabajo.

 

Deberíamos intentar tener la inteligencia de Dios, es decir, deberíamos imitar al Señor, que no eligió el camino de lo fácil, del éxito, del milagro, para resolver todos los problemas y redimir a la Humanidad, sino que escogió el camino de la Cruz.

 

Por lo tanto, cada vez que algo no vaya bien en nuestra vida, sea pequeño o grande, no maldigamos nuestra suerte, ni nos consideremos desgraciados; más bien, seamos conscientes de que se nos acaba de otorgar un gran tesoro: el de poder colaborar con Cristo en la redención. Y pensemos que, con mucha frecuencia, después de las crisis vienen las soluciones y éstas no podrían haber llegado si no hubiera sido por aquellas. Tras la Cruz vino la Resurrección.

 

Por último, no olvidemos que en esa misma cruz, nuestra cruz, podemos unirnos al Señor, que está presente allí, en el dolor, de forma misteriosa pero real, como Él mismo dijo.

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Comienza la tercera parte del evangelio de Mateo. Tras la confesión de Pedro, Jesús va a explicar a los discípulos que las consecuencias que va a tener su Mesianismo serán muy distintas a lo que esperaban. La muerte es inevitable. Jesús sabe que tiene que morir. No porque Dios haya dispuesto que muriera. Jesús no amó la cruz, ni Dios ama el sufrimiento, ni lo quiere para sus hijos. Es Dios del Amor, de la Vida, de la Alegría.

 

La muerte de Jesús en la cruz es la consecuencia, debida al fanatismo, al miedo y a la oposición de los líderes religiosos, de su vida defensora y liberadora de toda opresión. Los anuncios de la pasión de Jesús contienen siempre un anuncio de resurrección.  ¿Vivo las circunstancias y acontecimientos de mi vida a la luz de la resurrección?

 

Pedro no está dispuesto a aceptar las palabras de Jesús.  No es capaz de encajar el fracaso. Su teoría no está de acuerdo con su práctica. Tiene que seguir aprendiendo lo que significa ser discípulo. Pedro, como nosotros en alguna ocasión, está entre la confianza y la duda,la confesión y el miedo. ¿Pedro quiere evitar el sufrimiento a Jesús? ¿Trata de evitar su propio sufrimiento?

 

Jesús dice a Pedro –y a nosotros- que no se ponga delante de Él, como un obstáculo,
sino detrás, como un discípulo.  Las palabras de Jesús, de firmeza y acogida, son una nueva invitación al seguimiento. Jesús sabe que ser discípulo implica un proceso.  Se aprende a ser coherente, a no afirmar una cosa y hacer otra. Es una invitación a todos nosotros a caminar por la senda que Él va marcando,  y a no ser un obstáculo, con nuestras palabras y nuestra vida, para quienes quieran conocerle y seguirle. El discípulo está llamado a seguir a Jesús cada día, dejando que Él programe su presente y su futuro.

 

Todos corremos el riesgo de "pensar como los hombres" y no "como Dios". “Pensar como los hombres”, afán de acumular riquezas, honores, privilegios, poder... no es compatible con el compromiso cristiano. Jesús pensó y vivió siempre, no según los criterios y cálculos humanos,  sino conforme a los planes de Dios. A eso invita a quien le quiera seguir. Vivir, como Él, los valores del Reino: austeridad, solidaridad, compasión, valentía, compromiso... produce una gran satisfacción y armonía interior.

 

El seguir a Jesús no significa dejar algo, sino haber encontrado a Alguien. Es una invitación a todos.
No se trata de un seguir exterior, sino de una adhesión interior. Jesús no nos invita a sufrir, nos invita a amar. Repite: “venid detrás de mí”. Quien le siga acabará triunfando. Renunciar a sí mismo, cargar con la cruz, no es renunciar a la vida plena y feliz, sino optar por una felicidad más profunda y para todos.  La felicidad que nace de la práctica del amor compartido. Jesús nos invita a renunciar a lo que esclaviza, agobia, deshumaniza...; a todo lo que nos impida ser felices. Renunciar a sí mismo es vivir de cara a los demás, no ser egoísta. Viviendo de ese modo, toda “renuncia” se convierte en fuente de alegría y de paz.

 

Ganar la vida, la felicidad y la paz, es el servicio callado, desinteresado y sencillo,  la entrega a los demás, estar pendiente de quien nos necesita.  Seremos más libres y felices cuanto más al servicio de los demás nos pongamos. No se trata de buscar cruces y hacer sacrificios. Ya nos los trae la vida.  Se trata de vivir ayudando a llevar su carga a quienes tienen la vida más difícil. Eso aligera la nuestra y alegra la vida de todos. Seguir a Jesús supone una óptica distinta de la vida, en la que la riqueza y el éxito no consisten en atesorar y triunfar, sino en compartir y servir.

 

Mateo no ve el inminente “juicio según la conducta” como una amenaza y motivo de temor. El que vendrá es el que ya está entre nosotros,  el que nos enseña, nos precede en la pasión y resurrección, nos felicita,  y, si fallamos, nos invita a volver a nuestro puesto de discípulos.  Su venida supone consuelo, confianza y paz, porque el Hijo del hombre esperado no es otro que Jesús, quien nos conoce, nos alivia, nos comprende, nos consuela, recorre con nosotros el camino y nos quiere más  de lo que podamos imaginar. Lo importante no es saber "cuándo" y "cómo" sucederán estas cosas del final. Lo que ocurrirá al final del mundo, o en el momento de nuestra muerte, ya nos están sucediendo día a día.

 

 

Tú, Señor, dijiste: “Quien quiera guardar su vida, la perderá; y quien la gaste y dé por mí, la recobrará”.

Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no nos paguen; hacer un favor a quien nada puede darnos a cambio; gastar la vida es arriesgarse incluso al inevitable fracaso, sin falsas prudencias; es quemar las naves en bien del prójimo. Gastar la vida no es algo que se haga con gestos extravagantes y falsa teatralidad.

La vida se entrega sencillamente, sin publicidad, como el agua de la fuente, como la madre que da el pecho a su hijito, como el sudor humilde del sembrador.

Enséñanos, Señor, a lanzarnos a lo imposible,
porque detrás de lo imposible están tu gracia y tu presencia y no podemos caer en el vacío. Amén