Moniciones y Homilía Domingo 23º TO A

Domingo 23 del Tiempo Ordinario / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días… ¿Qué es lo que el Señor pretende y quiere de nosotros? Ni más ni menos que seamos felices. Que, un día, gocemos de la presencia eterna con Dios en el cielo.

Mientras tanto, y al vivir aquí en la tierra, todos tenemos un reto: vivir como Dios manda. ¿Es así? ¿Lo intentamos? ¿Cuánto hace que no nos confesamos para corregir aquello que no anda bien en nuestra vida?

Demos gracias hoy a Jesús porque nos va hablar y a alimentar con su Cuerpo y con su Sangre.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy nos hablan de cómo los cristianos nos hemos de preocupar por los demás. Un cristiano que diga “yo tengo mis problemas y allá los de los demás” no puede decir que es auténtico amigo de Jesús. El amor a Dios pasa por el amor al prójimo. ¿Quién es mi prójimo? Es aquel que puedo llevar a Dios o aquel que vive lejos de Jesús. Escuchemos

 

PETICIONES

1. Por el Papa Francisco. Por toda la Iglesia. Para que nos eduque en el amor a Dios. Para que no se deje vencer por las hostilidades y las incomprensiones que padece. Roguemos al Señor.

2. Por todos nosotros que somos Iglesia. Para que nos dejemos corregir en aquello que nos perjudica material o espiritualmente. Roguemos al Señor.

3. Para que no seamos duros en nuestros juicios con los demás. Para que no pretendamos que, los demás, sean como nosotros somos sino como Dios quiere. Roguemos al Señor.

4. Para que no nos despreocupamos de las dolencias y fracasos de los hombres. Para que no nos encerremos en nuestros propios problemas o egoísmos. Roguemos al Señor.

5. Para que seamos mejores cristianos. Para que quitemos del camino de nuestra vida cristiana las piedras de la envidia, las diferencias o el desamor. Roguemos al Señor.

Homilía Domingo 23 del TO / A

Todos, en muchos aspectos, tenemos un ideal. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos anhelado llegar a metas altas. Todos, en algún instante, hemos intentado buscar la perfección y escapar de la mediocridad o de las cosas dejadas a medias.

1.- Y, en todo ello; en los ideales, metas y búsqueda de la perfección, nos hemos dado cuenta que no siempre hemos estado a la altura y que, para llegar hasta el final, hemos tenido que corregir aquello que no era bueno para lograr nuestros propósitos. ¿O no?

-¿Sirve de algo iniciar un viaje sabiendo que, en el bolsillo, no tenemos lo suficiente para hacer frente a los gastos?

- ¿Es bueno, para nosotros y para los que nos rodean, encerrarnos en nuestros defectos y presumir de lo que sabemos son en el fondo errores?

- ¿Por qué, con frecuencia, pensamos que la conversión o el cambio lo tienen que realizar los demás y no en nuestra vida?

2.- Jesús, en el evangelio de este domingo, nos ofrece unas pistas que son muy dignas de ser tenidas en cuenta:

Primero: la corrección fraterna no significa el modelar las personas a nuestro antojo. Cuántas veces nos creemos con derecho a apuntar las debilidades de los demás y a ocultar las nuestras. El Señor nos indica el camino y el sentido auténtico de la corrección fraterna: buscar que nuestros hermanos estén en comunión con Dios.

Segundo: nuestro objetivo, como cristianos, no es juzgar ni pregonar desde la azotea de nuestras palabras, posición o privilegios, las actitudes o vida de los demás. Nuestra oración, nuestra misión o nuestro reto debe ser precisamente el que los demás encuentren la verdad de Dios.

Tercero: aquello de “a mí plin” no es bueno ni característico de una vida cristiana. Los problemas de los demás, aunque nos parezca una intromisión, deben de ser también los nuestros. No podemos vivir indiferentes al sufrimiento de los que nos rodean www.truba.gov.tr. Ser cristiano es compartir la alegría y la tristeza, el gozo y el llanto, el éxito y el fracaso con todos.

3.- Cuesta, y mucho, corregir y ser corregido. Corregir; porque siempre hay riesgo de perder amigos y de ser subjetivo o dejarnos seducir o condicionar por nuestras ideas, ideologías o preferencias. Cuesta, y mucho, ser corregido; entre otras cosas porque el nivel de nuestra fe no siempre está suficiente cultivado como para afrontar o acoger una dinámica de este tipo.

Sólo, desde la lectura de la Palabra de Dios, desde el amor a Cristo, desde el deseo de encontrarnos con El es cuando, la corrección fraterna, es entendida como un camino que nos abre las puertas hacia el encuentro personal y auténtico con Jesús y a una mejora en nuestra relación con los demás.

Vivimos en una sociedad donde, los defectos y los fallos de la Iglesia, son aireados no como llamada al cambio o la reflexión sino como destrucción. También, a nuestro alrededor, con nuestra forma de enjuiciar situaciones y personas, podemos caer en la misma tentación: querer someter todo aquello que no nos agrada. Y eso, amigos, no es corrección amigable, fraterna o cristiana, sino todo lo contrario: aniquilación del adversario.

4.- Pidamos, desde la fuerza que nos da la oración, que seamos capaces de discernir nuestra propia vida, de fomentar comunidades cristianas más auténticas y de que, nuestra maduración en la fe vaya creciendo de tal manera, que gustemos y acojamos la corrección como un camino hacia la perfección humana, comunitaria y personal.

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Cristo está presente en medio de los discípulos, lo mismo que está presente en la Eucaristía, aunque sea con un tipo de presencia diferente. Pero, al igual que en la Eucaristía, es preciso que se cumplan algunos requisitos. El primero es el de la unidad y el segundo el de que esa unidad sea en el nombre del Señor.

 

Cuando se tiene en cuenta el don que se va a conseguir -la presencia del Señor- se comprende que todo esfuerzo merece la pena con tal de lograr lo prometido. El sacrificio que supone la humildad y el aceptar los defectos del prójimo, por ejemplo, se ven recompensados con la alegría que da la convivencia con Cristo.

 

Cuando se está con Él, se vive en el Cielo; cuando se ha roto la unidad, cuando hemos echado a Cristo de nuestro lado, lo que se experimenta es el Infierno. No en vano, el Cielo es estar con Dios y el Infierno es estar sin Él. Con cuánta frecuencia se experimenta esto en el hogar, por ejemplo.

 

Cuando no hay amor, es frecuente oír: “Esta casa es un infierno”. Tienen razón, pero no saben por qué eso es así. Es la ausencia de Jesús, ausencia ligada a la falta de amor, lo que hace imposible la vida en común.

 

Pero, además, esa unidad ha de hacerse en el nombre del Señor y, por lo tanto, unidos a Él y unidos a quien le representa, la Iglesia. Eso también tiene un precio: el de la aceptación de las enseñanzas de la Iglesia; de todas, incluidas aquellas que puedan resultar más difíciles de entender o de practicar.

 

El precio puede parecer caro, pero merece la pena. Por otro lado, no hay que engañarse: si no se paga el precio de la unidad se pagará el precio de la división. Si no se hace un esfuerzo por mantener unida la familia, se tendrá que sufrir las consecuencias de la desunión. Y puestos a pagar, mejor hacerlo por aquello que nos une a Dios y que nos da la felicidad en la tierra.

 

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El perdón supone una mirada limpia y profunda, un encuentro fraterno, y una opción por el prójimo.

Jesús nos anima a ayudarnos mutuamente a ser mejores. Es una invitación a reflexionar sobre cómo son nuestras relaciones con los demás. El Evangelio nos llama constantemente a aprender y a practicar el perdón desde el amor. ¿Estamos más habituados al lenguaje de la responsabilidad y la culpa que al del amor y la gratuidad?

El perdón adquiere un nuevo significado cuando aprendemos a perdonarnos y cuando nos sentimos perdonados gratuita e incondicionalmente.  Jesús habla a la comunidad. No remite a ningún otro responsable.

En la situación actual, ¿a qué comunidad? ¿Habría que decirlo en las concentraciones multitudinarias? ¿En las celebraciones de grupos reducidos alrededor de la Mesa?  ¿La estructura de las parroquias y de la Iglesia se corresponde con la comunidad que Jesús pensaba y quería?  ¿Se tiene en cuenta lo que quiere y piensa la comunidad?

La comunidad de Jesús no está formada por “buenos y malos”, “perdonados y perdonadores”, “jueces y reos”, sino por hermanos que se quieren y se ayudan.

Jesús habla en plural, sus palabras siempre se dirigen a toda la comunidad.

“Atar o desatar”. De nosotros depende.  Jesús apostó por “atar” su vida a las personas empobrecidas, enfermas, víctimas de la corrupción y de la injusticia, “desatándolas” de todo tipo de exclusión y opresión.  Su vida es signo de acogida, liberación y perdón. Modelo y ejemplo para la nuestra.

El encuentro fraterno, siendo plenamente humano (“ponerse de acuerdo”), es signo eficaz de la presencia liberadora de Jesús.

En la oración y por la oración aprendemos a vivir en confianza incondicional. Nos convertimos en cauce de la presencia, acogida, solidaridad, ternura... de Jesús, los unos para los otros.

Nuestra tarea es ayudarnos mutuamente a ser personas más humanas, más libres  y más felices, caminando juntos hacia la fraternidad universal.