Moniciones y Homilía Domingo 25º TO A

Domingo 25 del TO /A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días…    Bienvenidos a este lugar donde, el Señor, una vez más se nos da, se nos ofrece y nos invita a seguir siendo, junto con El, sembradores de su Evangelio en medio del mundo.

¿Hemos realizado algo, en nombre de Jesús, durante esta semana? ¿Hemos cambiado en algo? ¿Hemos compartido nuestro tiempo con alguien? ¿Cómo vamos con la oración? ¿Hemos perdonado o hemos pedido perdón por algo y a alguien?

Pidamos al Señor, en esta Eucaristía, que vivamos según El. Que cambiemos de tal manera, como dice San Pablo, que podamos llevar una vida digna y aplaudida por el Señor. ¿Lo hacemos?

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las tres lecturas que vamos a escuchar tienen algo en común: para vivir según Dios, hay que conocer sus planes y no juzgarlos. Muchas veces pretendemos que, el Señor, piense como nosotros. ¿Y nosotros? ¿Pensamos y actuamos como Dios quiere? Que las lecturas que vamos a proclamar nos ayuden a entender la bondad y la grandeza del Señor. Escuchemos.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Por el Papa Francisco. Para que intentemos llevar el mensaje del Señor a todos los pueblos de la Tierra. Roguemos al Señor.

2. Por los que no hacen nada por Dios. Por aquellos que se conforman con estar bautizados. Para que vuelvan al camino de la fe y se comprometan más con el Reino de Dios. Roguemos al Señor.

3. Por los parados. Por los que no tienen trabajo. Para que sea posible un bienestar donde todos podamos vivir en paz y en igualdad. Roguemos al Señor.

4. Por nosotros. Para que sintamos la Eucaristía de cada domingo como aquella viña en la que el Señor pone su Palabra, nos alimenta y nos protege. Roguemos al Señor.

5. Para que seamos mejores. Para que nos demos en la medida que podamos a los más necesitados. Roguemos al Señor.

 

Homilía Domingo 25 del TO / A

 

UN DENARIO.- Dios que sale una u otra vez, y otra, a contratar jornaleros para su viña. Afán divino para que todos trabajen en su tarea, para que no haya parados en este Reino suyo que trae la salvación universal. Nadie, al final de los tiempos, podrá decir que no fue llamado por Dios.

Es cierto que esa llamada puede ocurrir en las más diversas circunstancias, en las épocas más dispares de la vida. Pero nadie, repito, se podrá quejar de no haber sido llamado a trabajar en la tarea de extender el Reino. Podemos afirmar, incluso, que esa llamada se repite en más de una ocasión para cada uno. Hay momentos en los que uno parece haber perdido el rumbo y de pronto comprende que su camino se está desviando. Resuena entonces, de forma indefinida quizá, la voz de Dios para indicarnos que hay que recuperar el rumbo perdido.

Vamos a pararnos a considerar nuestra vida en el momento presente, vamos a pensar si realmente estamos trabajando en la viña del Señor, o por el contrario, nos empeñamos en vivir ausentes de la gran tarea de salvar al mundo. Es cierto que el amo de esta viña va a ser comprensivo y bueno, dándonos al final no según el resultado de nuestro trabajo, sino según la medida generosa de su gran corazón. Pero eso mismo nos ha de empujar a trabajar con denuedo y afán renovado. En definitiva, de lo que se trata es que hagamos en cada instante, con sencillez y rectitud de intención, lo que debemos hacer.

Otra lección importante que se desprende de esta página evangélica es la de saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos que protestaron por ser tratados los últimos de la misma forma que los primeros, se entristecían de no recibir ellos más que los de la última hora. Se deberían haber alegrado de la generosidad del dueño de la viña, de haber servido a un amo tan compasivo y dadivoso, aunque a ellos sólo les diese lo acordado.

Saber contentarse con lo recibido, saber vivir con aquello que se tiene. Comportarse así es tener paz y sosiego, ser felices siempre. A veces por mirar y desear lo que otros poseen, dejamos de gozar y disfrutar lo que nosotros tenemos.

En lugar de mirar a los que tienen más, mirar a los que tienen menos, no sólo para darnos cuenta de que tenemos más, sino para ayudar en lo que podamos a esos que tienen menos, que a veces por no tener no tienen ni lo necesario.

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¡Qué bien viene escuchar en estas fechas de inicio de curso escolar y pastoral esa invitación de Jesús: “Id también vosotros a mi viña”! Puede ser un buen lema para llevar a nuestras vidas y empezar a “arrancar motores” en la tarea de la evangelización, que ya sabéis que es tarea de todo cristiano, tenga la edad que tenga.

 

 

Seguramente la parábola de hoy vendría porque Jesús estaba viendo a hombres en las plazas esperando a ser contratados para la vendimia y poder así ganarse el sustento del día. ¿Cómo mostrarles la bondad de Dios a esas gentes? Jesús nos cuenta, a través de la parábola, que Dios es como un propietario que sale al amanecer a buscar jornaleros para su viña. Esta imagen nos ayuda a conocer mejor a Dios, que nos busca, que sale a nuestro encuentro y nos dice: “¿cómo es que estás aquí el día entero sin trabajar?”. Trabajar en su viña, en eso consiste la evangelización.

El Señor nos vuelve a dar una nueva oportunidad de incorporarnos a la tarea. Da igual la hora del día que sea, da igual en qué momento de nuestra vida nos encontremos. Da igual si somos jóvenes o mayores, si es al amanecer, a media mañana o al caer la tarde. En esta viña hay sitio para todos. Lo importante es la conversión de nuestro corazón, que seamos capaces de darnos cuenta de que “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (1ª lectura), y que nos pongamos a la escucha del Señor que nos marca el camino.

 

1. En la primera lectura, el profeta Isaías escribe a un pueblo que vive en el exilio, que lo ha perdido todo (casi hasta la fe), y les anima a poner su confianza en Dios, en sus planes, en sus caminos, y a cambiar el corazón y ser dóciles a su proyecto. El pueblo recupera la esperanza en la medida en que se va dejando moldear por Dios, en la medida en que dejan de hacer sus propios planes y se convierten en colaboradores del proyecto de Dios.

Por eso la invitación de Jesús a trabajar en su viña es una invitación a sentirnos parte activa de nuestras comunidades parroquiales. El ser mismo de esta viña, que es la Iglesia, es la participación, la comunión y la corresponsabilidad. Por eso el propietario sale a todas las horas del día a contratar jornaleros, porque “la mies es mucha y los trabajadores pocos”. No podemos conformarnos con los que ya están, hay que seguir invitando. Y la paga es formar parte de esta gran familia, sentirnos hermanos que comparten la tarea de manera corresponsable y en comunión, construir comunidades más fraternas y solidarias con los que sufren, con los que más lo necesitan, siendo samaritanos de las víctimas de nuestro mundo, haciendo que la Iglesia sea una gran familia donde lo más importante sean las personas, especialmente, los pequeños, los que sufren, los más pobres. Al final, la paga es la misma para todos, un denario (que era lo que una familia necesitaba para poder vivir), porque Dios se mueve por la gratuidad, mientras que nosotros comparamos y rivalizamos.

 

2. Pablo, desde la cárcel, anima a esto mismo a la comunidad cristiana de Filipos. Qué curioso que esta carta, escrita en prisión y con una amenaza seria sobre la vida de Pablo, sea conocida como “la carta de la alegría”. Les dice Pablo: “lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo”.

Es el consejo final que nos da, después de haber escuchado su testimonio de fe: “para mí la vida es Cristo”. Pablo fue un buen jornalero, al que el Señor llamó “a la media tarde”, pero que se puso a trabajar como el que más y recibió la paga acordada desde el amanecer para todos por igual.

 

3. Esta parábola encaja muy bien para los tiempos que estamos viviendo. Dios es como un buen patrono, que quiere trabajo y pan para todos, y que todos tengan lo necesario para vivir dignamente. Nosotros somos colaboradores en su proyecto y tendremos que hacer lo posible para que esto se haga realidad, para que se cumpla lo que Dios quiere. Estos son sus planes, sus caminos. Hagamos que también sean los nuestros.

Vivamos con alegría y con esperanza nuestra fe en un Dios que es bueno con todos y que quiere lo mejor para sus hijos e hijas. Y que cuenta con nosotros para que lo hagamos posible. Así que ¡manos a la obra! “Id también vosotros a trabajar a mi viña”.

 

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Puede que, muchas veces, pensemos que el trabajo que merece le pena es aquel que se ve y se gratifica. Puede incluso, que en algunos momentos, pensemos que lo invisible a los ojos del mundo no tiene sentido llevarlo a cabo. Pero, los planes del Señor, son siempre distintos a nuestros planes y su forma de trabajar, pensar y valorar es muy distinta a la nuestra: nosotros nos quedamos en la apariencia y El… baja al corazón de cada persona.

 

1.- En la viña del Señor, su Iglesia, hay trabajo para todos. Pobres que necesitan atención, catequistas que exigen formación, enfermos que nos reclaman una visita, personas encerradas en la soledad que nos piden un poco de nuestro tiempo. ¡Vete a esa viña! Nos dice Jesús: a ese trozo de tierra en el que, la Iglesia, ofrece lo mejor de sí misma: el Evangelio. A esa persona que necesita un poco de cariño o a esas situaciones en las que, por no ser recompensadas, siempre hay huecos libres que nadie quiere. ¡Vete a esa viña, mi viña, nos dice Jesús!

Querer a Jesús no resulta difícil pero querer lo que Él quiere o cuidar lo que el cuidó…no siempre es gratificante. En cuántos momentos preferimos que, el tren del servicio o de la disponibilidad, pase de largo de nuestra casa. En cuantos instantes en vez presentarnos puntuales ante cualquier necesidad que nos reclama la Iglesia, preferimos no meter excesivo ruido por miedo al “qué dirán” o, simplemente, porque no son puestos de cierta relevancia.

 

 

 

2.- ¿Cómo podemos trabajar en la viña del Señor? ¿Con qué utensilios? La oración que riega lo que se siembra; la constancia en nuestro testimonio cristiano; la limosna al necesitado; la escucha atenta y meditada de la Palabra del Señor…son arados que nos ayudan a cultivar esa inmensa viña del Señor que es su Iglesia y, de paso, esa porción de tierra que es el corazón o el alma de cada uno. ¿Puede hacer algo más por cada uno de nosotros Jesús? ¿Por qué tanta resistencia para ir donde Él nos envíe? ¿Por qué los primeros, cuando ciertos señores de este mundo, nos piden colaboración y, en cambio, los últimos cuando se trata de asuntos divinos?

4.- Cristo, por si no lo sabes, te necesita. Nos necesita. Si en algunos lugares hay carencia de cariño y de justicia, escasez de libertad o de alimentos…no es porque Dios no quiere o no puede llegar: es porque, nuestras manos, se han conformado con estar pendientes exclusivamente de nuestras necesidades (y sus manos no olvidemos, son las nuestras); es porque nuestros pies se han cansado de acompañar al triste, al agobiado, al deprimido o al que ya no cree (y no olvidemos que los pies de Cristo avanzan con los nuestros); es porque, nuestros corazones, se han quedado tan encerrados en nuestro pecho que son incapaces de ser sensibles a otros mundos, a otras personas (y no olvidemos que el corazón de Cristo actúa por el nuestro).

5.- Cristo nos necesita. ¡Vayamos! Sacudámonos la pereza en este inicio del curso. No miremos quién vale más o qué trabajo es considerado como menos. No juzguemos a quién la suerte le acompaña o a quien la desgracia le impide llevar a cabo sus proyectos. Lo importante es que, el Señor, de nuevo nos envía a su Iglesia, a su viña. Decidámonos de una vez por todas.

¿Recompensa? ¿Salario? ¡Lo que ningún empresario ni magnate nos puede ofrecer en la tierra! ¡La vida eterna! ¿Y aún queremos más?

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La parábola del dueño del campo que contrataba jornaleros a diferentes horas y al final les pagaba a todos lo mismo, dándoles a los últimos tanto como había acordado con los primeros, no nos plantea la cuestión de la justicia divina sino la del agradecimiento humano. Primero, porque incluso lo que te dan -la vida eterna- es un regalo, ya que nadie la merece en virtud de sus obras; no nos justificamos ni nos salvamos a nosotros mismos, sino que es la sangre derramada de Cristo la que nos redime de nuestros pecados y nos abre la puerta del Cielo, por más que nuestras buenas obras sigan siendo necesarias, como condición imprescindible para demostrar nuestra aceptación del plan de Dios y como pequeña colaboración en la redención de Cristo, tal y como simboliza el agua que el sacerdote añade al vino en el ofertorio de la Eucaristía.

 

Segundo, porque trabajar por el Señor -hacer el bien, cumplir los mandamientos, ayudar al prójimo, santificar las fiestas- es una gran suerte. Los jornaleros de la primera hora tenían que haber dicho: "Señor, si quieres, páganos a nosotros un poco menos, pues ya hemos sido recompensados lo suficiente con el hecho de haber podido estar todo el día a tu lado, ayudándote, sirviéndote". Amar es una suerte y, si bien Dios va a dar el Cielo al que ama, hay un cielo que se disfruta ya en la tierra y que sólo poseen aquellos que están con Dios, con el Amor. Hay otra recompensa, pero si no la hubiera, con ésta ya habría sido suficiente.