Homilía 2ª Domingo 25º TO A

LOS ÚLTIMOS Y LOS PRIMEROS

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (Mt 20,1-16)

Si hoy ocurriera lo que cuenta la parábola de los jornaleros, el dueño de la viña se encontraría con no pocos problemas, pues su forma de actuar -pagar el mismo salario por diferente trabajo- parece ir contra la lógica y la justicia. La parábola ya resulta un poco extraña, porque es a primera hora cuando los jornaleros acuden a la plaza demandando empleo y no al atardecer, cuando la jornada laboral está a punto de acabar. También resulta ilógico que se pague a todos lo mismo. Una vez más, en el lenguaje de Jesús, la lógica humana falla cuando se trata de comprender los asuntos de Dios.

 
La verdad es que no está tratando un tema relacionado con la justicia social, sino con la bondad. Frente a los fariseos, que defendían la ley del mérito -la bondad será premiada y la maldad, castigada-, Jesús ofrece la ley de la gracia -la bondad será premiada y la maldad, perdonada-. Un planteamiento semejante tenía que ser necesariamente rechazado. Pero la parábola va a más porque indica de dónde procede el enfado: de la envidia. Que Dios sea justo con los buenos no le impide ser misericordioso con los pecadores. Los rabinos tenían tasada la recompensa y habían establecido para cada obra buena su correspondiente paga divina. Jesús, mediante la parábola, suprime este modo de pensar y establece unas nuevas bases. En definitiva, sustituye la justicia por la gracia y propone un nuevo modo de afrontar los asuntos de los hombres. En la Iglesia y en el Reino de Dios, éstos se han de guiar por reglas muy distintas de las humanas o, de lo contrario, nunca saldremos del atolladero. Y de nuevo surge el escepticismo: ¿Cómo podría sostenerse una sociedad así?

La verdad es que la sociedad entiende este planteamiento como el mejor, aunque lo aplica en muy contadas ocasiones. De hecho los tribunales son tribunales de gracia y justicia porque administran una u otra según las circunstancias aconsejan. Esto nos coloca frente al problema del régimen penitenciario actual. Parece ser que la cárcel no ha de ser medio de castigo, sino de rehabilitación del delincuente. Los últimos informes dicen que la mayor parte de los internados en ellas lo son por delitos relacionados con la droga. Y ahora viene el dislate: cuando un joven -tras un programa largo y exigente- logra rehabilitarse fuera de ella ¿qué sentido tiene la cárcel? Si ya está rehabilitado, ésta sólo tiene un valor punitivo. 

 

A no ser que la sociedad sólo pretenda quitar de enmedio a los que les estorba, es decir, no busca remediar males sino evitarse problemas. El régimen de la gracia defiende el bien final del hombre y es una apuesta por la bondad radical del mismo. Habría que ver la forma de compaginar gracia y justicia y explorar caminos que, mirando el bien del individuo y de la sociedad, resuelvan los problemas en lugar de enquistarlos. El beneficio social sería grande y el personal, aún mayor.

 

Dice Jesús que el reino de los cielos, ese que pedimos que venga cada vez que rezamos el Padrenuestro y que estamos llamados a construir ya aquí, en la tierra, ese se parece a un propietario un tanto singular. Cuida bien de su viña y de sus trabajadores, pues sale a buscarlos y contratarlos al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y al caer la tarde. Sale, pues, una y otra vez, desde que empieza el día hasta que termina; y cada vez contrata a los obreros que están parados, sin importar la hora y el trabajo que queda en la viña por hacer. Y todos van a trabajar, a muy distintas horas del día, hasta que oscurece.

Cualquier otro propietario, llegado el momento oportuno, llamaría a los obreros para pagarles el jornal empezando por los primeros que fueron a la viña. Este no. Y si tenía intención de pagar a los últimos el jornal que apalabró con los primeros aumentaría el de estos que han pasado el día y sus calores trabajando. Este no. Este no actúa según nuestra lógica. Es justo, como demuestra a los que protestan, y es generoso y bueno con los que no habían tenido las mismas oportunidades que ellos.

La moraleja es que entre los que trabajan por el reino no existen méritos propios y personales. Todos son llamados, cada uno a su hora, y en el momento de recibir el jornal nadie puede alegar ser más que los demás. Todo depende de la generosidad y bondad del propietario de la viña. No de nosotros, ni de nuestro esfuerzo, ni del tiempo que llevemos trabajando. La decisión no es nuestra. Ni la bondad y la justicia. Son del propietario que es solícito y generoso.

Un día el propietario de la viña salió a buscarme y me llamó. Era mi hora. Y he encontrado trabajando a quienes llevan más tiempo que yo, y que trabajan mejor. Y llevan soportando el peso del trabajo que aún no he soportado yo. Otros vienen detrás y aún no han realizado la tarea que he hecho yo. Ni a unos ni a otros tengo que mirar. El propietario sabe lo que a cada cual, al final de la jornada, tiene que dar.