Moniciones y Homilía Domingo 26º TO A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos en este último domingo del mes de Septiembre a la Eucaristía. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez por qué pedimos perdón antes de sentarnos frente a la mesa del Señor? Pues hoy, el Evangelio, nos lo dice: no siempre estamos a la altura, no siempre actuamos bien: decimos querer ser buenos, y optamos por caminos malos; prometemos no olvidar a Jesús y, a la vuelta de la esquina, lo dejamos de lado.

Que este Día del Señor nos ayude a ser más serios en nuestra fe y con nuestra Iglesia. Es decir; que antes de hablar pensemos si, lo que decimos, lo podemos y estamos dispuestos a cumplirlo.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy nos invitan a cambiar. A superarnos. Dios, siempre, espera en nosotros. Además, si estamos unidos, nuestra unión será nuestra fuerza para conseguir todo aquello que el Señor ha pensado y quiere para nosotros y para los demás. Sólo desde la humildad y convirtiéndonos a Dios podremos agradar al Señor y convencernos que, el mundo, necesita más que nunca de la presencia de Jesucristo.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que siga trabajando, a pesar de la escasez de personas y de medios, por cultivar la viña del Señor que son las parroquias, las misiones, los grupos, los sacerdotes y la fe. Roguemos al Señor.

2. Para que vayamos siempre por delante con la verdad. Para que pensemos siempre aquello que prometemos. Para que no digamos “sí” y luego sea un “no”. Roguemos al Señor.

3. Por los que piensan que ya están salvados y prescinden de Dios. Por aquellos que les importa poco o nada el vivir en la verdad o en la mentira. Roguemos al Señor.

4. Por todos los que nos encontramos en esta Misa. Para que después de salir de la iglesia no olvidemos todo lo que aquí el Señor nos dice y nos invita a vivir. Roguemos al Señor.

5. Por todos los profesores; por los que se encuentran todavía de vacaciones; por las actividades de nuestra parroquia. Para que las empecemos con mucha ilusión y nos comprometamos en alguna de ellas. Roguemos al Señor.

 

 

Homilía Domingo XXVI del TO / A

 

En un contexto de polémica.

 

El Evangelio de hoy se sitúa en un contexto de polémica en torno a la autoridad de Jesús. Los dirigentes religiosos de Israel le han pedido a Jesús que les explique con qué autoridad expone su mensaje y realiza sus acciones y quién se la ha dado. En lugar de responderles directamente, les cuenta tres parábolas con las que  Jesús denuncia su actitud ante él. Una de esas parábolas es la que acabamos de escuchar.

 

La parábola de la desobediencia OBEDIENTE y la obediencia DESOBEDIENTE.

 

Jesús cuenta la parábola del padre que envía a sus dos hijos a trabajar a su viña. El primero le dijo que no iba, pero se arrepintió y fue. Un desobediente que obedeció. El segundo le dijo a su padre que iba, pero no fue. Un obediente que desobedeció. Jesús implica a sus oyentes. Les invita a dialogar y pregunta: “¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?”. Sin darse cuenta llegaron a la conclusión a la que Jesús les quería llevar: “Contestaron: El primero”.  

 

Siguiendo la lógica de su respuesta Jesús concluyó: “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”. Esta conclusión debió causar un desasosiego irritante en el auditorio. Era algo inaudito: atreverse a comparar a los observantes piadosos de la ley con los publicanos y prostitutas. Y encima dar la precedencia en el Reino de Dios a los segundos.

 

La razón última, de este hecho paradójico, la da el mismo Jesús: “Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y aun después de ver, esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis” los primeros aceptaron la llamada a la conversión; los segundos, por creerse ya justificados, rechazaron a Juan (y a Jesús) y quedan por lo mismo excluidos del Reino.

 

El Hijo primero: Es el desobediente que obedeció: los publicanos, y prostitutas, los pecadores, los despreciados como “malditos de Dios”; Los alejados. Rechazaron de momento sus preceptos, pero para ellos llegó el momento de recapacitar. Se arrepintieron. Hicieron penitencia. Cumplieron la voluntad del Padre, que los invitaba a trabajar en la viña. Jesús no adula a los pecadores, ni invitar a decir "no": el ideal es "decir" el sí, y también "cumplir" (a los pecadores Jesús les dirá: "no peques más").

 

El hijo segundo. Es obediente que desobedeció: Los “cumplidores” de Israel, los que creían tener la exclusiva en la familia de Dios. Y, precisamente por este exclusivismo, no podían entender que Jesús se juntase con los considerados pecadores. La gente de buenas palabras y modales, pero de pocos hechos que garanticen la veracidad de las palabras. Los que recitan la ley sin desviaciones. Fieles guardianes de la verdad y celosos defensores de ella; especialistas del “Si padre”, pero ausentes de la cita comprometida con la historia. Los que responden a Dios con muy buenas palabras. Pero eso no basta. Para entrar en el reino de los cielos se requiere algo más porque como decía Jesús: “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos,  sino el que hace la voluntad  de mi Padre  que está  en los cielos” (Mt 7,21).

 

La enseñanza: la conversión

 

Jesús pone hoy como ejemplo al primer hijo. Entonces, ¿hay que hacerse publicano o prostituta? ¿Le agradaría yo más a Jesús si fuera un canalla y un sinvergüenza que si fuera una persona decente? No, sino descubrir que somos pecadores, de una forma o de otra. Y que, como los publicanos y prostitutas, necesitamos estar dispuestos a recapacitar y convertirnos. Cuando uno toma conciencia de ello, tiene  oportunidad de ser el segundo hijo, el del verdadero sí, y entrar en el Reino. No es fácil. Hay un peligro que acecha a los mejores, a los que se esfuerzan: Estar seguros de si mismos, creerse tan al lado de Dios que no se piensa ya en convertirse, en cambiar. Para las prostitutas y publicanos su conciencia de alejamiento de Dios era tan grande que no dudaron al ver que podían convertirse. Nosotros, el primer hijo, vamos acumulando los "amén" las “buenas razones”, creemos que con eso basta y no nos movemos para convertirnos. Y… “Obras son amores, y no buenas razones”.

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Estamos en tiempo de vendimia, nuestros campos van a darnos el preciado fruto de la vid.  La palabra de Dios se une a este acontecimiento anual y nos habla de viñas y de vendimia, el domingo pasado nos hablaba de un amo que contrata a obreros para trabajar en su viña y paga a todos igual, a los de la primera hora y a los de la última.  Hoy nos habla también de un padre que manda a sus dos hijos a trabajar a la viña, los dos responden de distinta manera, uno le dice que sí pero luego no va, el otro le dice que no pero luego va. 

Una primera interpretación de la parábola nos dice algo sobre la falta de coherencia del ser humano,  esa contradicción entre lo que decimos y hacemos.  Pero volvamos a la parábola. Recordamos que Jesús está hablando a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, esto es, a las autoridades religiosas y civiles.   Y es a ellos a los que dirige la tremenda conclusión de la parábola: “os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”.

Es como si Jesús nos dijera hoy, “atención, mirad bien a vuestro alrededor, no os dejéis engañar por las apariencias, porque los que más están trabajando por un mundo mejor son quizás los marginados, la escoria de la sociedad, aquellos que reconociendo sus errores, son capaces de reconstruir su dignidad y entregarse a los demás silenciosamente, humildemente, en la familia, en el trabajo. Nadie sabe de sus vidas, no son famosos, nadie les va a felicitar por lo que hacen, pero han encontrado en su corazón el tesoro de un Dios que les sostiene y anima.  Y por otro lado, quizás, los dirigentes políticos y religiosos, esos que se alzan sobre grandes discursos, esos que prometen y prometen, acaben trabajando sólo para sí mismos, enredados en su egoísmo y orgullo.

La última invitación de la parábola es a que miremos, a mirar la realidad  con la mirada de Dios.  No nos dejemos embaucar por la publicidad que eleva a los altares el consumismo y la codicia, no nos dejemos engañar por los medios de comunicación que ensalzan a personas vacías y huecas.  Miremos a nuestro alrededor y encontraremos en aquellas personas sin brillo ni importancia, en personas muchas veces maltratadas por la vida, los verdaderos trabajadores del Reino de Dios que día a día dan lo mejor de sí mismos. 

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SER SINCEROS…NO PARLANCHINES

Cuando uno escucha el evangelio de este domingo, no puede menos que recordar aquella famosa frase de San Ignacio “el amor se muestra más en obras que en palabras” o, incluso, aquello de Diógenes “el movimiento se demuestra andando”.

1.- Frente al inmovilismo (vivo bien y no necesito más); frente a la hipocresía (digo una cosa y, a continuación, hago lo contrario); frente a una fe sin más trascendencia que el cumplimiento (celebro pero no vivo), el Señor sale a nuestro encuentro con una clara intención: ¡hay que moverse!  Los brazos cruzados son pancarta de los que no hacen y pretenden que los demás hagan. Los brazos cruzados son sinónimo de aquellos que tienen pocas intenciones de que el mundo avance, de que la Iglesia cumpla con su misión o, que el Reino de Dios, sea trabajado y labrado con ilusión en medio del secarral en el que se encuentran tantas almas y tantas personas.

¿Cómo es nuestra respuesta al Señor? ¿Sincera o disfrazada? ¿Convencida o tímida? ¿Optimista o derrotista? ¿Charlatana o con manos a la obra? En la parábola de este domingo, los dos hijos, pueden representar la respuesta que, en más de una ocasión, ofrecemos y damos a Dios o a la misma Iglesia:

• Yo seré catequista; y, a continuación, digo no servir para ello

• Me ofreceré como lector de la liturgia; y, luego, alego que los nervios me lo impiden

• Prometeré un donativo mensual para los pobres o para la autofinanciación de la parroquia, y luego, me justifico diciendo “otra vez será”

• Me comprometeré en la Cáritas parroquial, en el grupo de Biblia, haré una visita al Santísimo, procuraré no faltar a la Eucaristía dominical o incluso diaria; luego –la seducción de otras cosas- deja a Dios en el último lugar. En definitiva, palabrería: un “SI” pero un “NO”.

2. - Aquello del “dicho al hecho hay un trecho” sigue dándose entre nosotros los creyentes. El Papa Benedicto XVI afirmaba en París, en su viaje reciente a Francia, que “las ciudades se están quedando sin altares y que para muchos Dios es el gran desconocido”. ¿Qué hacer ante esta cruda realidad? No podemos dejar que, la gran viña del Señor, sea cuidada, podada y abonada exclusivamente por Dios. ¿Dónde están sus braceros? ¿Dónde nos encontramos nosotros?