Moniciones y Homilía Domingo 27º TO A

XXVII  Domingo del Tiempo Ordinario
 

MONICIÓN DE ENTRADA

La Eucaristía, un domingo más, nos invita a vivir como auténticos hijos de Dios. A veces, los cristianos, podemos decepcionar a Dios. Es decir; no agradarle y hacer lo contrario a lo que Él espera y quiere para nosotros.

Hoy, es bueno pensarlo, la viña del Señor, somos nosotros. Venimos aquí para que Él nos cuide y corte aquello que estorba nuestro crecimiento espiritual y nuestra amistad con Él.

Pidamos a Jesús que lo acojamos, que no lo dejemos fuera de nuestra vida y, sobre todo, que lo que decimos y hacemos vaya de acuerdo con nuestra fe.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Dios, a pesar de nuestros desaciertos, confía en nosotros y no nos paga con nuestra misma moneda y, además, nos llama a distinguir entre el bien y el mal y, sobre todo, a que florezcan en nuestras palabras y obras, los frutos del evangelio. No podemos decir que “amamos a Dios” y a continuación vivir en contra de su voluntad. Escuchemos atentamente las tres lecturas de este domingo.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia, viña del Señor. Para que con valentía trabaje siempre por hacer visible el amor que Dios nos tiene. Roguemos al Señor.

2. Por nuestra parroquia, colegios, familia, amigos, auténticas viñas del Señor; para que no dejemos de lado a Jesucristo. Para que lo defendamos frente aquellos que quieren silenciarlo. Roguemos al Señor.

3. Por nuestros corazones, viñas del Señor; para que los llenemos de silencio, para que los cuidemos con la Eucaristía y con la paz que Dios nos trae. Roguemos al Señor.

4. Por nuestros padres, educadores, catequistas, sacerdotes que son siervos del Señor. Para que nos enseñen a distinguir entre lo bueno y lo malo, el pecado y la perfección. Roguemos al Señor.

 

Homilía Domingo XXVII del TO / A

 

Nuevo curso y, por lo tanto, en muchas parroquias, colegios e instituciones eclesiales, motivos para la esperanza y para seguir ahondando en nuestras raíces y vida cristiana.

1.- Enviaremos, una y otra vez sin descanso, mensajes que inciten a la vida, a la conversión, al respeto y a la alegría. No lo haremos movidos por simple altruismo o valores efímeros: lo realizaremos en nombre de Aquel que tanto nos quiere y tanto nos ama: Dios. Lo celebraremos entonando cánticos de alabanza, domingo tras domingo o, lo meditaremos, desde esa Palabra que nos invita, en este Año Jubilar Paulino, a poner en danza, en movimiento, en práctica lo que hemos aprendido, recibido y oído.

¿Que algunos intentarán matar esta esperanza? ¡No importa! Dios seguirá, desde su opción por el hombre, empeñado en enviarnos a su Hijo que, en el altar, se ofrece por nuestra salvación. Nunca nos faltará la iniciativa de Dios. Nunca, aunque nos pueda parecer lo contrario, dejará de llover desde el cielo gotas de Gracia que nos hagan producir, no los frutos corruptos que el mundo impone, gesta, ambiciona o desea, sino aquellos que Dios espera de una vida cristiana viva y no arrasada.

2.- El Señor, en su nombre, nos envía a su viña, no para recoger frutos pero sí, entre otras cosas, para sembrar; para intentarlo de nuevo. Unos, como catequistas –y a pesar de muchas dificultades- daremos, desde la palabra y con el testimonio, razón de nuestra fe. La viña del Señor serán esos niños y jóvenes que queremos den frutos con el color y el gusto del cristianismo

Otros, como sacerdotes, animaremos a nuestras comunidades. Rezaremos y celebraremos con ellas la presencia real y misteriosa de Cristo en la Eucaristía. En su nombre, una y otra vez, llamaremos a la conversión personal y comunitaria por el Sacramento de la Penitencia, etc.

Otros más, como religiosos/as, seguiréis echando las redes en lo aparentemente vacío y duro. Vuestra vida consagrada, una vez más, será exponente de vuestra misión y de vuestra confianza en Dios.

Sí, amigos; ¡hay que intentarlo de nuevo! Nadie puede matar el tesoro de la fe que llevamos en vasijas de barro. Nada puede detenernos en el afán de manifestar, por activa y por pasiva, que Jesucristo sigue siendo la mejor herencia, el gran amigo, la piedra sobra la cual podemos construir un mundo, una familia, unas relaciones basadas en el amor, en el perdón o en la fraternidad. ¿Que es utopía? ¿Que son bonitas frases sin final feliz? Hemos de intentarlo.

3.- Como criados del Señor nos queda el consuelo de que El nos dará la fuerza para enfrentarnos a los sinsabores y dinamitar los corazones gélidos. Como criados, intrépidos y constantes, seguiremos esperando y luchando contra toda desesperanza. No veremos los frutos pero, el Señor, nos dice que hay que seguir trabajando, rezando, creando, imaginando para que su viña, lejos de morir, reverdezca por sus cuatro costados.

Como hijos suyos, preferidos, amados e injertados por el Bautismo a la suerte de Cristo, daremos lo mejor de nosotros mismos.

No nos importan las resistencias, las incomprensiones, las zancadillas. Entre otras cosas porque, cuando uno mira a la cruz, sabe que Aquel que está colgado en ella, lo pasó muchísimo peor que nosotros en su desvelo por anunciar ese Reino de Dios.

Amigos; intentémoslo de nuevo. Vayamos a la viña del Señor. No nos perdamos la Eucaristía dominical. Acerquémonos a una buena confesión. Ejercitemos el bien. Cojamos gusto por la oración personal y busquemos una iglesia abierta en la cual estar a solas con el que tanto nos ama.

Dios espera mucho de nosotros ¿Nos damos cuenta de ello? ¡Cuánto y bueno debe de existir en nuestro interior cuando, Dios, sale una y otra vez, a nuestro encuentro!

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Estamos en tiempo de vendimia.  En los pueblos vivimos este acontecimiento con alegría y con esperanza, alegría al recoger el fruto por el que se ha  trabajado tanto durante el año, esperanza de que el precio de la uva sea justo.   Y la liturgia de hoy nos habla precisamente de eso, de viña y vendimia, de trabajo y de frutos, de alegría y esperanza.  El profeta Isaías nos describía hoy la historia de una viña. Dios plantó una viña en un fértil collado, la entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas pero cuando con alegría fue a recoger los frutos, se dio cuenta que  la viña en vez de dar uva había dado agrazones. La historia de esta viña es la historia de un amor no correspondido.  La historia de amor entre Dios que planta la viña y la viña que es Israel.   

Esta misma historia la retoma Jesús añadiéndole significaciones más profundas y universales.   Porque ahora la viña es no sólo Israel sino todo el mundo.  Y nosotros, los hombres y mujeres de este mundo, somos los arrendatarios de esa viña.  Y a esta viña del mundo, Dios ha enviado a lo largo de los siglos a sus servidores para recoger los frutos, frutos de justicia y humanidad, y esos servidores acabaron siendo expulsados por nosotros los arrendatarios.   En el colmo de la paciencia de Dios, envió también a su único Hijo, y a éste lo matamos.  Y nosotros nos preguntamos: ¿Hasta cuándo tendrá paciencia Dios con los arrendatarios?  ¿Hasta cuando tendrá paciencia Dios con nosotros y no nos expulsará de su viña?.

         Dios nos llama hoy a la responsabilidad personal y colectiva.  Dios nos ha hecho los administradores de este mundo.   Y nosotros con nuestra rapiña y voracidad nos lo estamos cargando.  Destruimos la naturaleza y destruimos las relaciones entre los pueblos y las gentes, y todo por nuestra ambición y egoísmo insaciables.  Y no vale decir que la culpa la tienen los gobiernos, los políticos o el sistema.  Porque todos somos responsables de nuestra parcela y a cada uno de nosotros se nos pedirá cuentas.  

En esta viña del mundo hay bienes suficientes para que todos llevemos una vida digna, para que todos tengamos lo suficiente para vivir.   Y Dios espera de nosotros los frutos de la justicia y la misericordia.  Hacer justicia con los arrendatarios que han sido esquilmados injustamente de su derecho a la viña.  Los pueblos del 3er mundo, los marginados de nuestra sociedad, los parados.  Practicar la misericordia, dando generosamente nuestro dinero a los que lo necesitan, luchando por la paz, siendo tolerantes y perdonando siempre.   Sólo así podemos esperar que el dueño de la viña, tenga también misericordia con nosotros.  Sólo así podemos esperar que el dueño de la viña nos pague con el mejor sueldo, haciéndonos sus hijos.  

         Es tiempo pues de vendimiar y el dueño de la viña está cerca. Ojalá podamos presentarnos ante Él con una cosecha abundante en frutos de justicia y misericordia.