Moniciones y homilía

Domingo 28 del Tiempo Ordinario / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días… La Eucaristía de este domingo nos invita a los amigos de Jesús, a ponernos el traje de fiesta. ¿Qué traje? Ni más ni menos que aquel que el Evangelio nos diseña: el amor, la justicia, la verdad, el pensar bien de los demás, el perdón o la oración.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

El Reino de Dios es un banquete. Es una eterna fiesta. Para alcanzarlo, como dice San Pablo en su lectura, será preciso ser valientes y, como nos señala el Evangelio, hay que vivir la vida cristiana con dignidad, sin vergüenza y sobre todo con uno corazón limpio y sentimientos solidarios.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que nos haga descubrir el sentido festivo de la fe. Para que nos enseñe el rostro alegre de Jesús de Nazaret. Roguemos al Señor.

2. Para que no olvidemos sonreír. Para que cultivemos la cualidad del humor. Para que vivamos y expresemos nuestra fe con cantos, música y un buen corazón. Roguemos al Señor.

3. Para que sepamos respetar un poco más la Eucaristía; para que nos arrodillemos en la consagración; para que, al entrar en la iglesia lo hagamos con un corazón arrepentido y unas manos limpias. Roguemos al Señor.

4. Por todos los que sólo invitan a los más poderosos. Para que sea posible un mundo donde los más pobres puedan vivir con el mismo bienestar que nosotros. Roguemos al Señor.

 

 

Homilía Domingo 28 del TO / A

1.- Jesús no nos cuenta cuentos. Esta parábola no es el cuento de la Cenicienta, en que al fin la joven pobre y despreciada se casa con el Príncipe. Jesús alude a una situación real del pueblo escogido, alusión tan clara que si en el versículo siguiente a estos leídos hoy, se dice que los fariseos se reunieron para ver de cogerle en alguna declaración que le comprometiera ante las autoridades y le van a preguntar sobre el tributo al César.

Es historia de un pueblo escogido al que le molestan los profetas, los siervos que invitan a la Boda del Reino y los matan y pierden la invitación al banquete. Es historia para los que oían el evangelio de San Mateo en la Iglesia primitiva, que aún retenían en sus oídos el golpear de lanzas y escudos, el griterío de las legiones romanas tomando Jerusalén. Y ante sus ojos se alzaban las llamaradas de los incendios; “porque el Rey envió sus tropas que prendieron fuego a la ciudad”.

2.- Es la historia a través de la Historia, porque Dios sigue llamando, sigue invitando y siempre lo hace en el momento más inoportuno, lo hace cuando estamos ocupados. Siempre estamos ocupados para Dios. Nuestro teléfono da siempre comunicando cuando Dios llama. Tal vez Dios mismo echará pestes de la Telefónica aunque no tenga la culpa

A Dios no le damos una oportunidad de llegarnos al corazón cuando nos invita a sus bodas y eso que no nos envía la lista de regalos, porque todo lo pone Él. Todo esta preparado. Tal vez sea que lo gratuito nos hace despreciar la llamada de Dios. Estamos acostumbrados a que lo bueno hay que pagarlo caro y hasta llegamos a comprar caro con la suposición de que tiene que ser bueno.

Lo que se da de balde no puede ser bueno, aunque sea Dios quien lo dé. Tal vez esa actitud de tender la mano para recibir, sin echar la mano a la cartera para comprar revuelve nuestro orgullo. Es el tener que dar gracias por el don gratuito no casa con nuestra innata soberbia

3.- Y cuando al fin el Señor consigue hablar por teléfono con nosotros y no tenemos más remedio que ir a la fiesta, vamos de mala gana. En lugar de ir con alegría a la boda vamos con cara de funeral. Y eso al Señor no le gusta. Nos dice la Escritura que a Dios le agrada el que da con alegría. Son las caras alegres de sus hijos las que quiere ver alrededor de su mesa de bodas. De su mesa Eucarística, como quiere verlas un día en la mesa del banquete del Reino.

4.- La invitación de Dios puede hacerse irritante cuando nos habla de exigencias, de injusticias inaceptables, de opresión de unos por otros. Y la muerte de los que son audibles de Dios. Los cristianos siguen siendo asesinados, día a día, hoy mismo en muchas partes del mundo. Son servidores de Dios que irritaban con su mensaje.

5.- Esta parábola es también un apremio y un consuelo. Un apremio a tomar una postura decidida y determinada, porque “todo está preparado”. El Señor del banquete espera y la comida no se puede dejar enfriar. Hay que aceptar o rechazar la invitación. Y dejar paso a otros

Y es un consuelo porque Dios sale a nuestro encuentro en el camino de la vida. Es Él quien nos busca.

--como salió al encuentro en el camino de los discípulos de Emaús. --como en el camino encontró al ciego de Jericó. -como en el camino miró a Zaqueo subido en el árbol. --como se encontró en el camino con Pablo montado a caballo.

El Señor nos busca. Y no nos busca entre los nobles, los ricos, los santos, reúne a “buenos y malos”, porque la comunidad cristiana no es la reunión de los sanos, de los intachables, sino de los tullidos, de los enfermos, con tal que busquen la salud y la salvación. Porque el Señor nos avisa de que no basta estar dentro del banquete, es necesario llevar un traje decente, traer la buena voluntad de participar en la alegría de la fiesta.

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¿Es Dios un aguafiestas? Así rezaba, no hace mucho tiempo, un artículo sobre si merece la pena creer en Dios o si, por el contrario, impide disfrutar al hombre –de la vida- como él quisiera.

Lo cierto es que, cuando nos empeñamos en prescindir de Dios, el gran banquete de la vida, se nos puede indigestar. Entre otras razones porque no sabemos qué alimentos verdaderos podemos comer, a qué mesas acudir o en qué puertas llamar.

1.- El Señor, una vez más, nos sigue llamando. Y no precisamente tres veces como el evangelio de este día nos narra. ¡Cien! ¡Mil! ¡Cien mil veces! Las veces que sean necesarias, como un padre que disfruta viéndose rodeado por sus hijos, Dios nos convoca. Lo hace con nombre y apellidos.  Cada silla, por si lo hemos olvidado, está reservada para cada uno de nosotros en particular. Ninguno somos imprescindibles pero, para Dios, todos somos necesarios.  Participar cada domingo en la eucaristía es comprender que, el Señor, nos da siempre todo lo que más necesitamos. Tal vez, aparentemente, no veamos los frutos de este agasajo. O, incluso, algunas de sus palabras nos puedan resultar un tanto “aguafiestas” de la gran vidorra que llevamos o pretendemos llevar. Pero, como San Pablo, conocedores de lo que somos y de aquello a lo que aspiramos ojala que seamos capaces de afirmar: Cristo lo es todo. Por ello mismo venimos puntuales a estos encuentros. Nos engalanamos de fiesta por fuera y preparamos el alma por dentro. Ante el Señor que nos invita sólo cabe una respuesta: ¡Cuenta conmigo, Señor!

2.- Un gran enemigo que en muchas ocasiones nos impide ser agradecidos con la invitación del Señor es el “factor tiempo” o el “factor ocupación”. Todos tenemos espacio para todo, menos para lo esencial. Y en algunos momentos, tan absorbidos por lo externo, podemos correr el riesgo de acudir a la cita con Dios con un traje inapropiado:

-Cuando llevamos una vida excesivamente cómoda y sin más referencia a Dios que nuestro estar bautizados

-Cuando descuidamos la caridad y pronunciamos aquello de “sálvese quien pueda”

-Cuando nos encerramos en nuestros propios intereses y olvidamos las heridas de los demás

-Cuando utilizamos y tallamos un Dios a nuestra medida y descafeinamos o desvirtuamos el Evangelio

3.- La vida, desde el momento en que el Señor nos la da, es ya una invitación a vivirla intensamente pero no superficialmente. ¡Revistamos nuestros días con el traje de la fidelidad! La fe, como don de Dios al hombre, es también una interpelación a confiar y a mirar más allá de nosotros mismos: ¡Revistamos nuestras dudas e incertidumbres con el vestido de la esperanza! ¡Dios nos aguarda!

4.- Mientras tanto, no seamos aguafiestas. No apaguemos las luces del salón de estar de nuestras almas. Acudamos con prontitud a escuchar la Palabra del Señor en cada Eucaristía. Saboreemos y demos gracias por el manjar tan espléndido y de valor infinito que se hace presente en el altar. No seamos aguafiestas para que, al final de nuestros años, Dios nos abra de par en par aquel otro salón celeste donde estamos llamados a una alegría plena…y como invitados de primera.

5.- ¿A qué te invita el Señor? ¿Tal vez a ser sacerdote o catequista? ¿Consagrado o formar un ejemplar matrimonio cristiano? ¿A comprometerte más y mejor con la Iglesia, con tu parroquia, con tus sacerdotes…con las necesidades del lugar donde vives? (…..) ¿Y vas a decir que no? ¿Otra vez que no?

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A veces alguien nos pregunta a los cristianos el por qué hay personas que no tienen fe, al menos aparentemente sin culpa suya. Responder a esta pregunta no es fácil y, en todo caso, no hay duda de que Dios no va a reprochar a nadie su ausencia de fe si no ha tenido la posibilidad de tenerla. La fe es un don y no tenerla es una carencia que te priva del horizonte de la esperanza y de luz y fuerza en el orden de la caridad. Sin embargo, lo que sí que es cierto es que con muchísima mayor frecuencia que el caso anterior, se produce otro: el de aquellos que no tienen fe porque no quieren tenerla o incluso porque, aun teniéndola o habiéndola tenido, viven como si no la tuviera o la han ido perdiendo a base de no ejercitarla. ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué muchos viven como si no tuvieran fe y llegan incluso a perderla? Sólo hay una explicación: esos consideran que la fe es un inconveniente en la vida, un freno para la realización personal, una incómoda conexión con una conciencia moral que te impide hacer aquello que te gustaría hacer y que podrías hacer porque está al alcance de tu mano y tu bolsillo.

Necesitamos experimentar -o recordar si ya lo hemos experimentado- que la fe es un don, que estar con el Señor es una suerte. Cristo no ha venido a amargarnos la vida, a impedir que disfrutemos, sino a llevarnos a una plenitud de alegría y felicidad que pasa sólo por el camino del amor. Por lo tanto, acudamos a su fiesta cuando nos invite. Participemos en la Eucaristía aunque suponga algún sacrificio, porque si no lo hacemos es muy probable que la fe se entibie e incluso se pierda.