Moniciones y homilía

Domingo 29 del Tiempo Ordinario / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días… Nos reunimos un domingo más en la fiesta de los cristianos: la eucaristía. Lo hacemos sabiendo que, el Señor, nos invita a distinguir lo bueno de lo malo, lo mundano de lo divino. Hoy escucharemos aquello de “a Dios lo que es de Dios”. Que ello, por supuesto, no sea excusa para no comprometernos donde haga falta para que el Reino de Dios sea una realidad.

¿Nos comprometemos en este Domingo a hacer algo para que Cristo sea más conocido y más amado en el mundo y allá donde nosotros vivimos, estudiamos o trabajamos?

Nos ponemos de pie y, en este día, recibimos esta pancarta con esta frase: ¡SÍ, QUIERO!

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Como todos los domingos las lecturas nos invitan a seguir a Jesús. Hemos de ser valientes: o con Dios…o sin Dios. ¿Qué es mejor? Sólo la fuerza del Espíritu Santo hará posible que sintamos de verdad la presencia de Jesús y, es entonces, cuando sabremos distinguir entre lo que agrada a Dios y entre lo que pretende el mundo de nosotros. Escuchemos.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que no olvide nunca de anunciar lo más grande de nuestra fe: JESUCRISTO MUERTO Y RESUCITADO. Roguemos al Señor.

2. Por el Papa Francisco. Por nuestro Obispo Jesús. Por nuestros sacerdotes, por los catequistas, por todos los que se preocupan en hacernos vivir y conocer el Evangelio. Roguemos al Señor.

3. Por nuestros gobernantes. Para que no hagan leyes que vayan en contra de la dignidad de las personas. Para que no se sientan los dueños de mundo. Roguemos al Señor..

4. Por todos los que estamos aquí reunidos. Para que siendo respetuosos con los demás no dejemos nunca de ser diferentes y de mostrar el color de nuestra fe y de nuestra esperanza.

5. Por todos los que estamos en esta Eucaristía. Para que defendamos a Jesús allá donde sea necesario o humillado. Roguemos al Señor.

 

 

Homilía Domingo 29 del TO / A

 

Donde no llega la razón, llega el corazón. Donde no llegues tú, llegaré yo. Y, cuando leo estas letras, me preguntó por qué a veces es tan difícil combinar fe e ideas, política y religión, el cielo con la tierra, lo humano con lo divino. ¿Hasta dónde puede llegar la fe? ¿Hasta dónde pretenden llegar aquellos que solamente juzgan y se rigen por la razón o la ideología de la que, siempre, queda alguien al margen?

1.-Cuántas situaciones de injusticia se evitarían si, por ejemplo, la moral iluminase ciertas actuaciones que las damos como insignes conquistas del mundo moderno cuando, a la corta o a la larga, comprobaremos que son decadencia ¿Es intromisión denunciar que la humanidad, en más de una ocasión, se autodestruye cuando legisla en contra de la dignidad del propio ser humano?

-Dar al César, lo que es del César, no siempre implica quedarse al margen de aquello que consideramos negativo para un progreso bien entendido. ¿No sería más bien cobardía o falta de valentía a la hora de defender unos criterios que consideramos válidos, esenciales e irrenunciables para nuestro futuro?

-Dar al César, lo que es del César, no es decir “amén” a todo lo que el poder establecido nos mete hasta los tuétanos y, normalmente, en contra de los más desfavorecidos.

-Dar al César, lo que es el César, es saber que, la Iglesia, no es una institución política –ni mucho menos- pero que no puede ni debe vivir al margen de lo que gime en su interior: su ser profético que le empuja a denunciar cuando se rebasan ciertos límites, y a anunciar que, la última instancia a la que debemos someternos, es precisamente Dios.

2. Ser buen cristiano no significa vivir divorciados de las instancias donde se cuecen los destinos del mundo. Hoy hay diversas corrientes en las que se proclama aquello de “la Iglesia en la sacristía” “la fe es un ámbito privado” “en la calle hay que ser ciudadano, no cristiano”.

Ante estas soflamas no cabe sino, recordar, que la fe es un derecho público y privado, personal y comunitario, social y no marginal. Como personas, hemos de ejercer libremente nuestro ideario cristiano sin miedo a ser tachados de entrometidos. Qué gran perjuicio, para el Evangelio, para la Iglesia y para la sociedad misma, si –nuestro cristianismo- lo redujéramos a ser eso: buenos ciudadanos. No nos hemos bautizados para ser los necios del mundo. Más bien al contrario; nuestro bautismo nos empuja a salar aquellas situaciones que requieren un punto de verdad o de ilusión, de alegría o de justicia, de dignidad o de equidad. Pero ¿qué ocurre cuando la Iglesia hace, dice o evidencia todo esto? Que escuece y se pretende silenciarla. Nunca, un paciente que se acerque a un médico, le criticará por el hecho de que estudie, cure y sane sus heridas. Al contrario, aunque le duela, sabe que en ello se le va la vida.

3.- Aquí está el término medio. La sociedad tiene sus propias normas pero, sus legisladores, no son perfectos y por lo tanto tampoco muchas de las cosas que dicen, hacen o estampan en cuño de ley.

Y, cuando la Iglesia alerta de ciertos excesos no es por intrusión (ni mucho menos) sino porque, en la herida, se puede desangrar el futuro de una sociedad caprichosa, hedonista donde vence el fuerte, sufre el pobre y el “césar” (por sus deliberaciones o actuaciones) se marcha de su palacio ajeno al sufrimiento producido en su pueblo.

¿Difícil papeleta el saber hasta dónde entramos unos y hasta donde han de entrar otros? Tal vez. Lo que nunca debemos hacer como cristianos es eso….conformarnos con ser buenos vecinos. En todo caso intentar por encima de todo ser buenos cristianos. Aunque a más de uno le duela. ¡Qué se va hacer! ¡O somos cristianos o no lo somos!

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La pregunta hecha a Jesús, con intención de ponerle en un compromiso, acerca del pago de impuestos a los conquistadores romanos de su patria, Palestina, le dio al Señor la oportunidad de dar una respuesta que se ha convertido en un verdadero modelo de comportamiento para la actividad del cristiano en la sociedad, en la política, en los negocios, en el mundo en general. “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, dijo Cristo.

 

O, lo que es lo mismo, Dios tiene que estar por encima de todo y por encima de todo deben estar las normas morales, pero Dios no te va a decir cómo se construye una casa, se cura una enfermedad, se cocina una comida o se administra un banco.

 

 Ahora bien, muchos, quizá por el riesgo a equivocarse, optan por retirarse del mundo, por no meterse en problemas, por no complicarse la vida. Siguen así el camino de la indiferencia y ese es, precisamente, el menos cristiano y el más peligroso. Dios por encima de todo y sirviendo de referencia a todo, pero luego somos nosotros los que, con la luz y la fuerza de Dios, debemos meternos en el mundo para transformar el mundo, para mejorar el mundo, para ser la sal y la levadura que lo hacen más habitable, más humano, más divino.

 

No huyas de los problemas: pídele a Dios ayuda y afróntalos. Si empiezas a huir, nunca dejarás de hacerlo. La vida se te convertirá en una permanente huida, que en el fondo será una huida de ti mismo.