Moniciones y Homilía Domingo 33º TO A

Domingo 33 del Tiempo Ordinario/ A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Hoy, una vez más, el Señor nos pregunta: Y tú ¿qué haces por y con tu vida? Sí, amigos; porque podemos correr el riesgo de quedarnos con los brazos cruzados. De pensar que, son los demás, los que tienen que hacerlo todo.

Hoy, en la Iglesia, en la familia, en los amigos y en todos los sitios, hacen falta personas, cristianos que inviertan tiempo, ideas, ilusión y ganas para que el Reino de Jesús se haga presente en el mundo. ¿Estamos dispuestos?

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

La simpatía, la alegría, los mil detalles son notas de nuestra vida cristiana. San Pablo nos dirá que tenemos que estar despiertos, que en cualquier momento puede llegar el Señor. ¿Y si llega y nos encuentra sin hacer nada? Escuchemos atentamente las lecturas de este domingo.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Todos pertenecemos a la Iglesia Universal presidida en Roma por el Papa Francisco. Pero, además, de una forma particular pertenecemos a la Diócesis de Málaga con nuestro Obispo Jesús. Recemos en este día por ella. Roguemos al Señor.

2. Para que demos lo mejor de nosotros mismos. Para que no enterremos tantas cosas buenas que pensamos o que podemos hacer por una familia, escuela o parroquia mejor. Roguemos al Señor.

3. Por los que piensan que o sirven para nada. Para que descubran que, Dios, les ha dado muchos dones y muchos regalos que pueden descubrir y hacerlos llegar a los demás. Roguemos al Señor.

4. Por los que son cobardes y tienen miedo; por los que son cristianos pero no lo dicen. Para que el Espíritu Santo les ayude a ser fuertes y a recuperar la alegría de la fe. Roguemos al Señor.

5. Por la paz en el mundo. Por los pobres. Por los que son enterrados en vida por la pobreza, la depresión, la angustia o la tristeza. Roguemos al Señor.

 

Homilía Domingo 33 del Tiempo Ordinario/ A

Una buena manera de organizarnos la vida es tener un plan, un buen plan. Un plan en el que podamos expresar nuestras inquietudes y necesidades y, al mismo tiempo, en el que nos abramos a lo que Dios quiere de nosotros.

En la parábola hay dos tipos de respuestas. Los dos primeros administradores entienden su vida como una vocación, una llamada a la que responder, y con unos talentos que han recibido de Dios para poder hacerlo. Y se ponen manos a la obra. Y multiplican esos talentos, porque se dan cuenta de que trabajar para el amo, que es Dios, es trabajar intensamente a favor de los hermanos y al servicio de la familia universal. Por eso, al mismo tiempo que trabajan, responden a la llamada de Dios, se entregan generosamente a los demás, sed abren a los otros, se arriesgan, sin miedos, confiados en un Dios que es Padre, y ven multiplicados sus talentos, consiguiendo así cumplir en su vida el proyecto de felicidad de ese buen Dios.

Sin embargo, el tercer administrador es conservador y conformista. Piensa que será suficiente si no hace el mal y se deja llevar por el miedo. Esconde el talento, no responde a la llamada, no se entrega a los demás, simplemente guarda y conserva lo que su amo le ha dado. Y el talento que se esconde, no se multiplica, no da fruto. ¡Cuántos talentos escondidos habrá en nuestras comunidades cristianas, entre nosotros! Y todo por el miedo a arriesgar, por el vivir pensando sólo en uno mismo, encerrado en mi pequeño mundo. Yo y los míos, y los demás “que se apañen”. Este tercer administrador ha echado a perder el tesoro más grande que Dios ha puesto en sus manos: su propia vida. Porque quien no se abre a los demás, también permanecerá cerrado para recibir el amor y la gracia de Dios, y descubrir el proyecto de felicidad que Dios tiene para su vida.

Más que invitarnos a hacer muchas cosas, la parábola nos invita a no tener miedo a darnos, a hacer el bien, a comprometernos en cosas nobles y justas, a dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido. En la vida hay que arriesgar. Y en la Iglesia también. La fe no es mantener una seguridad en nosotros mismos, sino una gran confianza en Dios, nuestro Padre. Me vienen a la memoria las palabras de Juan Pablo II el día de su elección como Papa: “¡No tengáis miedo levitra prix en pharmacie!”. El mismo Papa las comentaba en un libro diciendo que aquellas palabras provenían más del Espíritu Santo que del hombre que las pronunciaba, y que le habían llevado muy lejos, tanto a él como a la Iglesia. Son las palabras de Jesús resucitado a los apóstoles. Y quizás son las palabras que nosotros necesitamos escuchar y repetirnos una y otra vez: “¡No tengáis miedo!”.

La vida es una vocación, una llamada. Los talentos son las herramientas para responder. Y el amo, Dios, espera que los administremos bien y que respondamos con la misma generosidad que Él ha tenido con nosotros. En la Eucaristía, el Señor nos alimenta con su pan y su palabra para que no desfallezcamos en la tarea.

Cada uno de nosotros, con nuestros talentos y capacidades, formamos la Iglesia Diocesana. No es algo extraño a nosotros. Es la gran familia que rompe las distancias locales y se abre a la comunión con otras parroquias de la misma provincia. Y cada una de las diócesis se une también en comunión con la Iglesia Universal. La Diócesis es nuestra gran familia, la casa grande donde todos cabemos y tenemos nuestro sitio. Hoy es su día. Hoy pedimos en nuestra Eucaristía por todas las parroquias de nuestra diócesis, por todas sus actividades pastorales, sociales, asistenciales, por nuestros misioneros diocesanos, por los niños, jóvenes y mayores de nuestras parroquias. Todos caben hoy en la Mesa que cada domingo nos convoca para reunirnos con el Señor de la Casa.

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Difícil, pero no imposible” Es una frase que, aun por repetida, no deja de ser iluminadora de una gran verdad: quien la sigue, la consigue. Imposible resulta alcanzar la montaña más alta del mundo (el Everest) si, de antemano, el montañero se esconde y se queda conforme en el collado más pequeño… al lado de la llanura.

1. Y es que, el Señor, nos ha dado gran capacidad para salir de nosotros mismos. Para dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. ¿Por qué nos asustan esos grandes picos donde, la fe, todavía no ha prendido con fuerza? ¿Por qué preferimos quedarnos al lado de los evangelizados y no salir al encuentro de los que aún no conocen la fuerza reveladora de Cristo?

Interrogantes que, junto a otros muchos, sólo esperan una respuesta: ¡Dios me ha dado mucho o poco y, por lo tanto, he de devolverle con creces tantas gracias que puso dentro de mí!

Cobardía y miedo son dos grandes enemigos que intentan paralizar nuestra vida cristiana. Pero, la ausencia física del Señor, reclama nuestra responsabilidad. ¿Qué estamos dispuestos a hacer por El? ¿Qué talentos están produciendo nuestras familias cristianas que han sido regadas con el sacramento del Bautismo y que, constantemente, son beneficiadas con multitud de gracias sacramentales? ¿Respondemos con generosidad a tantos regalos por parte de Dios y de la Iglesia misma?

2.- Debemos y mucho a Dios. Pero, por las circunstancias en las que nos encontramos, creemos que todo se lo debemos al hombre, al progreso, a la sociedad, a los amigos, al golpe de suerte (o incluso al horóscopo que nos predecía nuestro futuro inmediato)…y olvidamos saldar cuentas, o decir “gracias”, a Aquel que ha confiado tanto en nosotros y ha puesto un inmenso capital divino en nuestras entrañas: Dios.

--Seamos agradecidos. Miremos un poco a nuestro foro interno. ¿Cuántas de los proyectos que hemos iniciado no se deben a la mano de Dios? ¿Cuántas cartas hemos tenido en la mano y, a la hora de jugar, lo hemos hecho pensando más en nosotros que en los demás, mirando más al mundo que pensando en Dios?

--Jugar en limpio. He ahí el dilema también de nuestra vida cristiana. En limpio y con las cartas que Dios nos ha dado. Porque no solamente hay que jugarse la vida por Dios (a veces con mínimos y otras con índices de heroicidad), también lo hemos de hacer nítidamente. Sabedores de que, al final, el Señor quiere recoger algo de aquello que nos confió. ¿Le daremos espinas y no frutos? ¿Tal vez sólo intereses y no parte de la fortuna que le corresponde? ¿Sólo justificaciones de nuestra debilidad y no valentía en nuestro actuar?

--No nos crucemos de brazos. No tengamos temor a que, en la bolsa de los valores del mundo, no se evalúen demasiado las acciones del Reino de los Cielos. Entre otras cosas, y por muchas razones, porque al final lo único que permanece y se mantiene en alza son las valías eternas; aquellas que no caducan, que trascienden todo, que lo superan todo y que se convierten en bonos de salvación.

**Posdata. Al celebrar en este día, la Jornada de la Iglesia Diocesana en España, nos ayuda y mucho el slogan del presente año “La Iglesia contigo, con todos”. Es una llamada también a la responsabilidad. No olvidemos que el gran capital de nuestra Iglesia somos todos nosotros. Que el tesoro es la fe que, desde los apóstoles, vamos transmitiendo de generación en generación es don y tarea, inversión de tiempo y confianza en el Señor.

Pero, como todo, la Iglesia necesita también del elemento económico para que, la voz de Dios, lejos de apagarse cuente con los medios necesarios (humanos y económicos). Hoy, nuestra Iglesia, reclama comunión, y conciencia de lo qué somos. Ayuda y corresponsabilidad de lo que tenemos para salir, con gusto y con agrado, al sostenimiento de nuestra Diócesis. La Diócesis; gran tarea de todas las parroquias y comunidades. A ella le debemos multitud de iniciativas. Gracias a ella, la Diócesis, no nos sentimos aislados ni huérfanos. Gracias a ella, la Diócesis, nuestros talentos y esfuerzos vamos orientándolos en la dirección adecuada y al servicio de una misma causa: el Reino de Dios.