Moniciones y Homilía Cristo Rey

Solemnidad de Cristo Rey del Universo / A

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenas tardes   /   Buenos días… ¡Bienvenidos en este Domingo en el que celebramos la Fiesta de Cristo Rey! Sí, amigos: ¡CRISTO REY! ¡Ha hecho tanto por nosotros! Ha curado enfermos, resucitado muertos. Se ha preocupado de los tristes, de los abandonados, de aquellos que necesitaban una mirada de amor. ¿No os parece que –todos nosotros- estamos necesitados de un poco más de alegría, de paz y de que alguien nos quiera? Jesús es Rey porque, para nosotros, ha querido y quiere lo mejor. ¡Nadie hay como El! ¡Sólo Él es Rey de la humanidad! ¡Gracias, Señor!

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

La figura del pastor, en la primera lectura, nos habla de un Dios que se preocupa de su pueblo. Así mismo, la resurrección de Cristo, nos hace pensar que un día también nosotros seremos llamados a la vida eterna. Pero si no tenemos amor no podemos decir que formamos parte del pueblo del Señor y, sobre todo, nos alejamos del mandamiento que Jesús nos dejó: amar como El amó. Escuchemos con atención.

 

PETICIONES

1 Tengamos en este día un recuerdo por el Papa. Para que no deje de trabajar para que Cristo sea conocido y amado en tantos lugares de la tierra. Roguemos al Señor.

2. Pidamos, en este domingo, por los reyes del mundo. Para que sirvan y sean ejemplo para las naciones. Para que vivan con austeridad y con sencillez. Roguemos al Señor.

3. Por los que se sienten dueños y amos del mundo. Para que piensen que un día, el Señor, también les pedirá cuentas de sus decisiones o falta de respeto a la dignidad humana. Roguemos al Señor.

4. Recemos, además, por todos nosotros. Para que nuestra forma de amar y de dar gusto a Jesús, sea el amar a los demás como El amó: sin mirar a quién y sin mirar cuánto. Roguemos al Señor.

5. Pronto comenzará el Adviento. Para que nos preparemos a la llegada de Jesús en Navidad. Para que nada ni nadie nos distraiga de preparar nuestros corazones ante el nacimiento de Cristo en Belén. Roguemos al Señor.

 

Homilía Cristo Rey del Universo / A

1.- En este último domingo del tiempo ordinario se resume todo el mensaje de Jesús proclamándolo REY. Y todo rey ha de tener un reino, lógicamente. Y eso me hace pensar en los momentos en los que Jesús habló de su reino, que son muchos, pero me quedo con algunos que nos pueden ayudar en la reflexión de hoy. Podemos recordar, siguiendo al evangelista Mateo (que ha sido al que hemos leído durante todo este año), que al principio de la predicación de Jesús aparecía Juan Bautista anunciando la conversión, porque “está cerca el reino”.

Y el mismo Jesús lo repitió al comenzar su vida pública, y nos lo fue explicando en cada una de sus parábolas (“el reino de los cielos se parece a…”). También nos enseñó a rezar diciendo: “venga a nosotros tu reino”. Todos los momentos de su vida los dedicó a enseñarnos, con sus palabras y con sus obras, que el reino de Dios ya está aquí, que Dios ya reina en el corazón de las personas y de las comunidades que viven (o por lo menos lo procuran) según el estilo de Jesús. Tampoco conviene olvidar que esta manera de vivir de Jesús, según los valores del reino de Dios, le costó la vida. Por lo tanto, el mensaje del reino es central para nuestra fe, y no está exento de dificultades.

2.- En el evangelio de hoy también aparece el reino, en concreto el momento final, justo cuando el Señor repartirá la herencia entre sus herederos. Dice el texto: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. La cuestión será saber quiénes serán esos herederos y si estaremos nosotros entre ellos. De entrada, no tenemos por qué dudar de que esto sea así, ya que hoy afirmamos que Jesucristo es nuestro rey y que nosotros formamos parte de su reino, que se va construyendo cada día en nuestro mundo con nuestro trabajo y con la fuerza del Espíritu Santo. Pero también es verdad que para formar parte de este reino lo importante es la actitud, es decir, si hemos amado a esos que Jesús llama “mis humildes hermanos”, o más bien hemos sido indiferentes a sus necesidades materiales (hambre, sed, ropa), a su condición de extranjeros, a sus sufrimientos (enfermedad, cárcel), etc. Esto son lo que toda la vida hemos llamado las obras de misericordia, y que muestran el rostro misericordioso de Dios y su amor preferencial por los más pobres. San Juan de la Cruz decía que, al final de nuestra vida, Dios sólo nos hará una pregunta: ¿has amado? El reino de Jesús es el reino del amor.

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La expresión "todos los caminos conducen a Roma", proviene de la época del Imperio donde se construyeron más de 400 vías -unos 70.000 kilómetros- para comunicar la capital, Roma, considerada el centro donde convergía el poder del imperio, con las provincias más alejadas. En muchas ocasiones estos caminos fueron creados de forma espontánea por las propias legiones.

1. La fiesta de Cristo Rey, es el lugar donde converge todo aquello que hemos vivido, celebrado, escuchado y sentido como creyentes durante el año.

-¿Ha conducido nuestra oración al conocimiento de Cristo?

-¿Nos ha llevado la eucaristía a un mayor arraigo en Jesús?

-¿Hemos sentido, en propias carnes, la llamada del Señor a ser colaboradores de su Reino?

Si así ha sido, podemos decir que todo ha sido por Cristo, en Cristo y con Cristo. ¡Toda la misión de la Iglesia arranca y nos lleva a Cristo!

Desgraciadamente, no todos los caminos, conducen ni a Roma ni a Cristo.

A nuestro paso se abren muchos atajos por los que, queriendo o sin querer, buscamos nuestros peculiares reinos (sin demasiadas exigencias) y lo efímero (porque nos cuesta o dudamos en buscar y luchar por lo eterno).

2. “Dime de qué presumes, que yo te diré de qué careces” ¿Cuáles son los valores por los que nos empleamos a fondo? ¿Llevan el color del cielo o tan sólo el de la tierra? ¿Están impregnados de santidad o de mediocridad? ¿Proclaman la verdad y la vida o, tal vez, se dejan eclipsar por el engaño y la muerte?

Sigamos al gran Rey. Un Rey que nos presenta un Reino donde, la cruz, se convierte en trono de prueba para aquellos que le siguen. Un Reino, donde la corona de espinas, nos recuerda que el amor y el servicio son tarjetas de presentación imprescindibles para entrar a formar parte del grupo de los vasallos de Jesús. Un Reino en el que, la alegría de corazón, tiene prioridad sobre otras sonrisas fingidas, forzadas o compradas por los poderosos del mundo.

¿Qué puestos añoramos? ¿Los del servicio o los del ser servidos?

¿Cómo llevamos las espinas que salen a nuestro encuentro por defender la causa de Cristo? ¿Estamos alegres e ilusionados por ese Reino que fue la obsesión, la locura y el vivir en un sin vivir de Jesús?

3. Lo dijo ya un escritor: “Cuando el amor es rey, no necesita palacio” (José Narosky). Y, qué bien refleja esta sentencia la solemnidad que hoy celebramos: el reinado de Jesús. El palacio de Jesús fue el amor y, sus habitaciones, los corazones de la humanidad.

¿Cómo descubrir a un rey debajo de un rostro humillado? ¿Dónde su grandeza en un cuerpo abatido? ¿Es en la cruz donde hemos de encontrar acaso su trono? ¡Así es! ¡El amor es el rey y el secreto del gran Rey que es Cristo!

Santa Teresa, contemplando al Señor, llegó a dejarnos esta bonita perla: “Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa, sino en el portal de Belén donde nació y la cruz donde murió”.

4.- Al celebrar esta festividad meditamos todo lo que hemos descubierto respecto a Jesús con su Palabra, desde la caridad, la eucaristía o caminando como peregrinos ayudados y animados por la gran familia que somos toda la Iglesia que, en medio de vicisitudes pero con claridad, proclama: ¡TU, SEÑOR, ERES NUESTRO REY! Por Ti y para Ti nuestro esfuerzo, nuestra alabanza, nuestro seguimiento y nuestra vida, nuestra fe y nuestra entrega.

Sí, Señor, hoy más que nunca… ¡VENGA TU REINO! ¡VEN, SEÑOR, Y NO TARDES MÁS!

 

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Título: Al menor de éstos

Tema: Compartiendo con los que tienen hambre

Objeto:  Reloj de arena que marque un minuto.

Escritura:  Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber... Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?...De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Mateo 25: 35, 37, 40

Has oído a alguien decir, "Espera un minuto". Es verdad que a veces un minuto puede parecer mucho tiempo. Otras veces un minuto parece pasar muy rápido. En esta mañana he traído un reloj de arena. Posiblemente hayan visto uno de estos relojes. Cuando viras el reloj, la arena tarda un minuto en pasar de la parte de arriba a la de abajo. Voy a virar el reloj y deseo que en ese minuto piensen en las cosas que les gustaría comer. ¿Están listos? Bien... ¡en sus marcas, listos, fuera!

¿Pensaron en muchas alimentos deliciosos para comer? Yo sí. Pensé en pollo frito, papas majadas con una salsita por encima, hamburguesa, "hot dogs", pizza, bizcocho, galletas, mantecados, dulces; y mucho más. ¿En qué pensaron ustedes? (Dele tiempo para que digan algunos de los alimentos en que pensaron, si el tiempo lo permite.)

¿Saben que en ese minuto que estuvimos pensando en las cosas que nos gustaría comer, diecisiete personas en el mundo mueren de hambre? De esos diecisiete personas que murieron trece eran niños y niñas como tú.

Jesús estaba hablándole a un grupo de personas un día y les dijo: "Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber... "

"¿Cuándo hicimos eso?", preguntaron.

Jesús les dijo, "Si lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis".

Tenemos mucho por qué ser agradecidos, ¿no es cierto? La pregunta que debemos hacernos es, ¿Estamos dispuestos a compartir con aquellos que no son tan afortunados? ¿Compartirás de lo que tienes con otros que están en necesidad? Recuerda, cuando compartes es como si estuvieras compartiendo de lo que tienes con Jesús.

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A todos nos gustaría saber cuál es el sentido de la vida, el porqué de la pobreza, del sufrimiento y de la muerte.  ¿Cómo comenzó el universo?, ¿cómo acabará?.  ¿A dónde vamos y de donde venimos?... Son las preguntas que siempre se ha hecho el hombre desde que apareció en la tierra.   Todas las filosofías y las religiones han intentado dar respuesta a estas preguntas porque la realidad por sí sóla no nos da esas respuestas, la realidad se muestra ambigua.  Por una parte se nos da la vida y por otra se nos arrebata. 

Por una parte intuimos que el sentido de la vida consiste en darla como hace la madre con su hijo, o el sol que con su calor y desgastándose poco a poco da vida a los seres vivos, pero por otra parte vemos que en la naturaleza impera la ley del más fuerte, y que la vida se gana muchas veces a base de la muerte del más débil.   Sí, la realidad es ambigua.  Y en la realidad no encontramos las respuestas que todos buscamos.  Parece como si el universo estuviese atravesado del principio al fin por fuerzas contrarias, creación y destrucción, vida y muerte, felicidad y desgracia.

         En esta situación, la fe que profesamos nos dice que Dios apiadándose del despiste y errores de los seres humanos, decidió venir a este mundo a revelarnos el misterio de su voluntad, el sentido de la realidad, de la vida y de la muerte.  Para ello envió a su único Hijo, Jesucristo.  Y es en la vida, en la muerte y en la resurrección de este Hijo en donde Dios nos ha revelado su voluntad.   Como ya intuíamos, la vida consiste en darla, en entregarla, en continuar con la entrega y donación que Dios comenzó con la Creación del Universo y en la entrega y donación que Dios nos ha hecho de su propia vida en Cristo Jesús.   El misterio escondido, la respuesta a las preguntas, está en ese hombre crucificado.  El es el Dios que respeta tanto la libertad del hombre que se deja matar.  El es el Dios que ama tanto al ser humano que compartió su vida con los más pobres y humildes, con lo más bajo y rastrero de nuestra humanidad.    

 

 El es el Dios paciente, misericordioso, empeñado en hacer con el hombre una comunidad de vida y amor. El es el Dios que tiene en tanta estima la dignidad del hombre que se ha quedado presente en los pobres, como llamada siempre presente y acuciante a que nos encontremos con El aliviando la pobreza y el sufrimiento.   El es el Hijo del Hombre, porque siendo hombre como nosotros, viviendo en absoluta confianza en el Padre Dios, nos enseñó a todos a vivir confiando, esperando y ejerciendo la misericordia.

         Con Jesús y desde Jesús, la historia está ya henchida de sentido.  Con Jesús y desde Jesús, nadie puede permanecer indiferente, nadie se puede ya excusar de su responsabilidad.   El sentido de la historia se dará en el Juicio Final. 

Un juicio que ya se está haciendo aquí y ahora.   Nuestra actitud con los pobres, con los hambrientos, con los desnudos, con los marginados, está juzgándonos ya. Con Jesús y desde Jesús, los pobres se convierten en el verdadero motor de humanidad de la historia.   Porque ellos serán siempre para nosotros llamada a la conversión y a la solidaridad, llamada a ser más humanos.  Lo que hagamos con los pobres será el criterio de juicio por el que escucharemos la bendita sentencia: VENID VOSOTROS, BENDITOS DE MI PADRE.

         Y hoy al finalizar el año litúrgico, damos gracias a Dios por su Hijo Jesucristo.  Por él y con él, porque nos ha abierto las puertas de la vida eterna, porque nos ha enseñado a vivir, nos atrevemos a afirmar nuestra fe en el futuro de la humanidad. 

Nos atrevemos a creer que un día todos los habitantes de la tierra podrán comer y alimentarse suficientemente, podrán recibir educación y participar en la cultura, gozarán de buena salud y conocerán la igualdad y la libertad.  Creemos que un día la humanidad reconocerá en Dios la fuente del amor.  Creemos que este amor salvador y pacífico será un día la única ley, y que todos los hombres, todos, sin distinción, podrán vivir en paz y en armonía, sin temor, en el amor fraterno.

         A Jesucristo, Rey del Universo, gloria y alabanza por los siglos de los siglos. Amén.

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En el pobre está nuestro Señor y Rey. De esta manera habría interpretado probablemente San Francisco de Asís el texto evangélico en el que Jesús habla del servicio hecho a los que sufren como realizado a Él mismo, y que la Iglesia ha querido escoger para la solemnidad de Cristo Rey.

Cristo era, para San Francisco, su rey. Por Él renunció a las glorias humanas que esperaba encontrar en las guerras cuando comprendió que las batallas que debía librar a favor de su Señor eran las de la lucha contra la pobreza, contra el sufrimiento, contra la soledad, contra la ingratitud.

 

El ejemplo de San Francisco, como el de todos los santos, nos pone ante una doble realidad: la necesidad de proclamar claramente que sólo Cristo es nuestro Señor, el único que tiene derecho a ocupar el primer lugar en nuestra vida; que debemos acudir rápidamente a servir al Rey allí donde Él más nos necesita, donde desea ser servido: en los pobres. Cristo es lo primero en nuestra vida y, por Él, lo son los pobres, pues allí donde hay dolor, allí nos está esperando nuestro Dios necesitado de nuestra ayuda.

 

Pero también la lectura de este domingo nos dice algo más, en línea con lo que nos han enseñado las lecturas de los domingos anteriores: Dios nos va a juzgar y lo va a hacer teniendo en cuenta no sólo el mal que hemos hecho sino también el bien que hemos dejado de hacer.

 

En el ejemplo que pone el Evangelio, los castigados no lo son por haber hecho el mal -no son acusados de robar-, sino por no haber hecho el bien, por no haber dado la limosna que podían dar.