Oración en torno a la Anunciación

HÁGASE

¿Quién podría imaginar el poder de una mujer sencilla, humilde, pequeña? ¿Quién iba a pensar que en sus manos, en su entraña, en su aceptación, estaba el germen de la Vida, así con mayúsculas? ¿Quién hubiera intuido lo que se ponía en marcha con aquel “hágase” de María?

Dios lo quiso. Y se la jugó al proponerle, con libertad, un proyecto inconcebible. Alumbrar la esperanza. Engendrar al mesías niño.

Mostrar, en su sencillez, la grandeza de Dios.

 

 

1. Habla la libertad

 

 

«María respondió: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”» (Lc 1, 38)

 

¡Vaya responsabilidad! ¿Sería María consciente de lo que estaba en juego en su “sí”? Desde luego, para ella estaba en juego mucho. Se arriesgaba a ser repudiada, juzgada e incomprendida. Y Dios, en su petición, ni forzaba ni exigía, solo invitaba.

Fue su libertad valiente la que dijo que sí. Y ese compromiso es para nosotros ejemplo y provocación. Porque con nuestra libertad estamos llamados a construir edificios eternos, a escribir páginas imborrables en nuestra pequeña porción de historia. Somos libres para amar, para creer y para construir.

 

¿A qué puedo decir yo hoy “Hágase”?

 

¿Qué me pide Dios en este momento de la vida?

 

 

 

 

 

2. Habla la verdad

 

 

«Alégrate, llena de gracia. El Señor está contigo» (Lc 1, 28)

 

 Y cuando María se zambulle en la verdad y la lógica de Dios, entonces lo ve todo de una forma diferente. Entonces, con una lucidez nueva, percibe la manera sorprendente de Dios para darle la vuelta a la historia. Ella canta, con su vida, un magnificat.

Y también nosotros, yo, hoy, aquí y ahora, estamos invitados a proclamar un magnificat. A hacer de nuestros gestos un reflejo de la manera en que Dios acaricia el mundo. A contar, con nuestro verbo, que el Verbo, entre nosotros, da respuesta a nuestros miedos y preguntas.

 

 

 

¿En qué sentido Dios ilumina mi vida, mis circunstancias, y pone su verdad para iluminar tu historia?

 

 

MAGNIFICAT

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

Su nombre es santo,
y Su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a su pueblo
acordándose de la misericordia
―como lo había prometido a nuestros padres―
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.