Moniciones y Homilía

Epifanía del Señor / B

 

MONICIÓN DE ENTRADA

(Buenos días – Buenas Tardes)…  Hoy, y después de haber recibido tantos regalos, en el silencio de la noche, acompañamos a los Reyes Magos en lo que fue grande y valiente en ellos: ¡DEMOS VOZ A ESTA GRAN NOTICIA! ¡DIOS HA NACIDO!

Que nuestras personas, además del incienso, oro y mirra, sean las mejores ofrendas para que el Niño Dios, que no puede caminar; el Niño Dios que no puede hablar o el Niño Dios que todavía no puede expresarse, cuente con colaboradores para que su Reino, su mensaje y su luz llegue a todos los rincones de la tierra.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

La Palabra de Dios, en este día, es el mejor regalo de Dios y de los Magos. Tres lecturas que nos van a dar luz para no perder el ánimo, para aprovechar la gracia que Jesús nos trae en un humilde pesebre y, sobre todo, la llamada a adorar con todas las consecuencias al que es Dios y como consecuencia a dar razón y testimonio de su presencia en medio del mundo. Que nuestra atención sea nuestra mejor acogida al gran regalo de la Palabra de Dios.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1 Como los Magos también nosotros, en este día, nos hemos presentado aquí preguntando por Jesús. Para que nunca, con toda la Iglesia, dejemos de interpelarnos por la presencia de Jesús en nuestras vidas. Roguemos al Señor.

2. Como los Magos, en diversos momentos de la vida, hemos visto la estrella de la fe. Para que esta Navidad y este Año Nuevo, nos ayuden a no perder nuestra amistad con Dios y a crecer en su conocimiento. Roguemos al Señor.

3. Como los Magos, nos hemos puesto en camino. Para que avancemos como cristianos por las sendas que conducen a Belén. Es decir: al perdón, al amor, la paz, la alegría o la fraternidad. Roguemos al Señor.

4. Como las Magos, también nosotros hemos abierto el cofre del corazón para Jesús. Para que le demos en este día: el oro de nuestro reconocimiento como Rey, el incienso de nuestro homenaje como Dios y la mirra por la humanidad con la que viene hasta nosotros y el sufrimiento que le espera. Roguemos al Señor.

 

Homilía Epifanía del Señor /  B

Ponerse en camino. La descripción que hace el Evangelio de la llegada de los magos a Jerusalén y luego a Belén, la reacción de Herodes y la actuación de los doctores de la ley, encierra una carga impresionante de enseñanza. Unos hombres extranjeros siguen el camino indicado por la estrella, para adorar al recién nacido Rey de los judíos. El rey Herodes ante el temor de que surja un rey "mayor" que él se deja llevar por la envidia y reacciona cruelmente. Los conocedores de las Escrituras en Jerusalén quedan indiferentes ante aquella luz del cielo, que anuncia el acontecimiento esperado por siglos. Ante este relato tan cargado de significado, nos queda reflexionar seriamente: ¿Somos como aquella Jerusalén, "conocedora de las Escrituras", pero incapaces de reconocer, y menos de seguir, el camino de la Luz de Cristo? O ¿somos como los magos de oriente, en búsqueda siempre de la verdad y dispuestos a ponerse en camino hacia Jesús, Rey y Señor de la historia.

Hemos visto salir su estrella y salimos a dorarlo. Para nosotros, los cristianos, Jesús es la estrella que nos guía por los caminos de este mundo hasta el encuentro con el Padre. Esto lo sabemos y ya lo hemos dicho aquí muchas veces. Pero ahora no voy a referirme a la Estrella, sino a las muchas estrellas que, en nuestras vidas diarias, desde que nacemos hasta que morimos, nos guían y nos orientan. No me refiero, claro, a las estrellas del cielo, sino a las más cercanas estrellas de la tierra. En circunstancias normales, para los niños las primeras estrellas que les alumbran y les guían son, sin duda, sus padres. Los niños nacen teniendo ya unos padres determinados, no al revés. No son los niños los que elijen a sus padres, sino que son los padres los que deciden tener, o no, a los hijos. De ahí la inmensa responsabilidad de ser padre. Los niños nacen dejándose manejar y guiar por sus padres. Es una ley de la naturaleza y nadie podrá sustituir a los padres en la tarea de educar a los hijos en los primeros años de la vida. Otras personas podrán ayudarles, pero nunca sustituirles. Esto, claro, en circunstancias normales, porque excepciones siempre las habrá. Cuando los niños se hacen ya mayorcitos empiezan a buscarse, más o menos libremente, otras estrellas que les guíen, al lado o al margen de sus padres. Suelen ser los amigos y amigas, los educadores, los medios de comunicación, la calle.

La  responsabilidad de los educadores y padres de familia es grande, porque, queramos o no, podemos ser luz o estrella para algunas personas. Una luz muy pequeñita, pero, al fin y al cabo, luz. La estrella que guio a los Magos les condujo hacia Jesús; nosotros, ¿hacia dónde guiamos a las personas que buscan en nosotros orientación y guía? La responsabilidad de las estrellas es siempre grande, aún en lo pequeño. Debemos aceptar nuestro papel, y nuestra responsabilidad, de estrellas, sabiendo, eso sí, que como estrellas sólo podemos orientar, no forzar. La estrella aparece para orientar, no para arrastrar. Como la estrella de Belén.

¿Qué estrella seguimos? ¿La del despilfarro?, cuyo resplandor puede producir la ceguera de la vista, del corazón y de la cartera ¿La estrella de la suerte de la lotería?, que crea una vana ilusión ¿La estrella del ansia de vacaciones?, que pasan enseguida ¿La estrella del regalo fácil?, con el cual derrochamos la paga extraordinaria, ¿La estrella del reposo?, para recuperar las fuerzas físicas, que enseguida se vuelven a perder ¿Por qué no seguir la estrella de Belén?, se encuentra muy cerca de ti, en tu corazón. Esta estrella te guiará a Jesús, ya no necesitarás más estrellas, porque a partir de entonces el iluminará tu vida y la de tu gente.

Abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos. Hoy es también el día de los regalos. Es una tradición bonita y muy cristiana: regalar a alguien amor y amistad. Que el regalo sea, por encima de cualquier otra consideración, sólo, o preferentemente, eso: regalar amistad y amor. Podremos necesitar algunas otras cosas, pero lo que todos necesitamos es amar y ser amados. Convirtamos la fiesta del regalo en la fiesta de la amistad y del amor.

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Muchos hombres de nuestro tiempo seguimos preguntando a una con los Magos “¿Donde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo.» Pero, a pesar de los muchos Herodes que reinan desde sus castillos de poder, de frialdad o de incredulidad, optamos por seguir a esa estrella que se convierte en portavoz del que siempre nos aguarda: EL SEÑOR.

1.- Más allá de Belén, la Buena Noticia, se expande y se dilata. ¿Seremos nosotros estrellas de la presencia del Amor de Dios en medio del mundo? No olvidemos que, los Magos, se fijaron en la Estrella del Señor, se fiaron de la ruta que les marcaba (de los guiños que les hacía) y a continuación le siguieron hasta postrarse ante el Señor. Atrás habían quedado riquezas superficiales y, al encontrarse con un Niño, se volvieron radiantes y felices. Regresaron a sus reinos con el fulgor de la Estrella en lo más hondo de sus corazones. La vida de los Magos, y sus respectivos reinos, iba a estar traspasada por esa Luz que descubrieron y ante la que desnudaron su realeza imperial en la gruta de la Sagrada Familia. Lejos de esconder en el corazón todas aquellas sensaciones, fueron testigos de la Estrella y, además de reyes, se convirtieron en los primeros pregoneros universales de lo que aconteció aquel día. Nunca, unos Magos, fueron tan privilegiados: llegaron llenos de riquezas y se volvieron enriquecidos por dentro al contemplar la inmensa pobreza del que era Dios.

2.- Más allá de Belén, y aún en medio de dificultades, estamos llamados a proclamar el Misterio de Dios que, por hacerse Hombre, baja a la tierra. Cuando los Magos, en su peregrinaje iban contando la razón de su largo viaje, unos y otros les creyeron.

Unos porque se sentían incómodos con tal noticia. Otros porque lo esperaban emergiendo entre carruajes de oro y oropeles y otros más porque, por su misma vida, aguardaban una palabra de vida y de salvación. Lo cierto es que, la Buena Noticia, no fue igualmente acogida por todos. A nosotros “los nuevos magos de la fe del siglo XXI” nos exige seguir preguntando e indagando por el paradero de Jesús.

Todos los días tendríamos que hacernos interpelantes preguntas: ¿Dónde está el Señor? ¿Dónde ha nacido? ¿En qué portal podemos encontrarlo? ¿Hacia dónde tenemos que ir para adorarlo? ¿De qué reinos hemos de desinstalarnos para seguir a la estrella de la fe?

3.- Nunca, las traiciones o los rechazos a Dios, han de ser excusas para permanecer cómodamente sentados en los tronos de nuestros pequeños reinos. Ante la Nueva Evangelización, a la que tanto nos incita el Papa Benedicto XVI, es necesario seguir caminando sobre los camellos del asombro y de la fe; a lomos de nuestra valentía que nos anima a profesar, con convencimiento y sin echarnos atrás, para dar a conocer el mensaje de esta Santa Navidad: ¡Dios ha nacido!

Dejemos a los pies de María nuestros humildes tesoros (la humanidad, la oración, nuestro reconocimiento al Señor) para que cuando despierte el Niño, se dé cuenta de que puede contar con nosotros para trasladar, más allá de Belén, este prodigio que estamos observando, viviendo, celebrando y disfrutando en estos primeros días del año 2012: la manifestación de Dios a todos los pueblos de la tierra.

Llevemos, esta noticia, más allá de nosotros mismos. No la dejemos encerrada en nuestros belenes. Dios, porque es grande y bueno, porque muchos no lo conocen, necesita de estrellas y de “magos divinos” que con la luz interior de sus vidas sean, seamos, capaces de publicar todo lo vivido.