Moniciones y Homilía Domingo 3º TO B

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos, hermanos y amigos, a esta Eucaristía familiar en este recién comenzado mes de enero. Año Nuevo ¿Ya llevamos vida nueva?

Damos gracias a Dios por su Palabra. ¿Pero la escuchamos? ¿No os parece que, a veces, somos sordos a lo que el Señor nos propone o nos señala?

Abramos nuestro corazón, nuestros oídos, nuestra inteligencia. Porque, el Señor, sale a nuestro encuentro y nos da su fuerza y su valor. Hoy se acerca a la orilla de nuestra vida y nos dice: ¡Seguidme! ¿Estamos dispuestos a seguir al Señor dejando aquello que haga falta? Alegrémonos en este Día del Señor.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Dios es Salvación y vida. Su presencia siempre es un cambio para el que cree y espera en El. Por ello mismo, si creemos en El, todos somos iguales, somos hermanos. Que el Evangelio de este día, además, nos ayude a escuchar al Señor y a seguirle con todo su corazón. Su Reino merece la pena ser anunciado, querido y proclamado en el mundo.

4. ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que nos despierte de la sordera espiritual y podamos seguir mejor al Señor. Roguemos al Señor.

2. Por los pescadores. Por los hombres y mujeres que viven del mar. Para que cuenten siempre con el auxilio del gran Pescador que es el Señor. Roguemos al Señor.

3. Por los que intentan ensordecer nuestros oídos para que no escuchemos la voz de Jesús que nos llama a seguirle en su Palabra, en su Iglesia, en su Eucaristía o en sus mandamientos. Que se abran al Evangelio. Roguemos al Señor.

4. Por los sacerdotes. Por los seminaristas. Por las religiosas. Por todas nuestras familias. Por nuestros padres. Para que no dejemos de creer y esperar en Jesús. De anunciarlo y de vivirlo. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 3º del Tiempo Ordinario  /  B

El Señor hoy nos dice: “convertíos y creer en la Buena Nueva”, cambiar de actitud y creed en la única Buena Nueva de que Dios está cerca de cada uno de nosotros como Padre bueno. Y de que todos somos hermanos. Está cerca el Reino de Dios. Triunfará el Reino de Dios que es Reino de amor, de justicia y de paz. Y todo lo demás es pasajero y provisional.

Ninguno de nosotros, ni vosotros ni yo, vivimos en la idea de que todo en esta vida es provisional. Ya sabemos que todo en esta vida tiene un final y que nosotros también lo tenemos, pero actuamos como si lo perpetuo, lo que durará siempre es esto que llevamos entre manos.

Nuestra preocupación no es vivir al día. Es asegurarnos y reasegurarnos. Estabilizarnos en todo. Echar hondas raíces y para eso trabajamos con todas nuestras fuerzas. Toda nuestra sociedad está basada en esta perpetuidad de las cosas provisionales.

Qué incomprensible y ridículo sería que esos soldados que se enfrentan en cualquier guerra pensaran que sus trincheras, sus tiendas de campaña, sus estrechos camarotes de sus barcos no son algo provisional, sino algo definitivo y que será ya así siempre. Sería ridículo y espeluznante que llegaran a pensarlo.

Y no es ridículo que no pensemos en nuestras casas de ladrillo o de cemento no son sino tiendas de campaña que un día --¡Feliz Día!—habrá que plegar y desmantelar para pasar a lo que no pasa nunca.

En la mochila hay que llevar lo estrictamente necesario. Cargarse con cosas superfluas es hasta peligroso, porque impide los movimientos. ¿Y cuántas cosas inútiles llevamos cada uno de nosotros en nuestra mochila?

Ha llegado la hora, nos dice el Señor, cambiad de actitud ante la vida y las cosas porque vais equivocados. Una sola cosa hay no provisional, sino perpetua, y es Dios y su Reino. Y ese Dios y ese Reino ya están aquí. Triunfará como Jonás convirtiendo a Nínive, como los pescadores convirtiendo al Imperio romano. La última palabra la tiene Dios, pero por sus caminos.

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Inicio de una aventura, la de Jesús, latente en las tres lecturas de la liturgia de este domingo ordinario: “Levántate y vete a….” “El momento es apremiante” “Se ha cumplido el plazo”. Tres frases con sabor a llamada y envío, a redención y desprendimiento: es la hora pública de Jesús, y en su reloj, todos tenemos la nuestra. ¿Qué le respondemos?

1.- Tenemos tiempo para todo menos para lo esencial. Y, con nuestras prisas, dejamos de lado precisamente eso: lo substancial. ¿Por qué la crisis que estamos padeciendo? ¿Dónde están sus causas? ¿Exclusivamente en el factor económico? ¡No! Hay que ir más allá. La sociedad, sus dirigentes, se han empeñado en pervertir las disposiciones de muchas cosas, en ensalzar el “todo vale” y las consecuencias no se han hecho esperar: asistimos a una degeneración en diversos aspectos que, con el Evangelio en la mano, no nos queda otra sino recuperar: volver de nuevo al camino verdadero. Sin miedo a dejar aquellos paraísos personales o sociales que han sido causa de sufrimiento y también de decadencia.

2.- Hoy, en medio de las aguas turbulentas, el Señor nos invita a desenmarañarnos de los caminos que sólo nos conducen a premios efímeros, a promesas falsificadas o ficticias. La conversión que nos propone Jesús es precisamente la que el Papa Benedicto, recientemente, nos sugería: hay que volver a Dios porque, a Dios, lo hemos orillado y la secuela más grave ha sido que hemos caído en un humanismo deshumanizador y deshumanizante o en un deshumanizado humanismo. No es juego de palabras, es así. Sólo cuando pongamos a Dios en el centro de nuestra vida, clave y mensaje del Reino anunciado por Jesucristo, llegaremos a esa armonía personal, social y universal que muchos se empeñan frívolamente en conquistar al margen de toda referencia a Dios. ¿Es posible alcanzarla sin Dios?

3.- Estamos en un tiempo privilegiado para la fe. La Nueva Evangelización, de la cual se habla tanto, nos exige precisamente eso: desembarazarnos de aquellas redes que han servido en otro tiempo pero que, ahora, se nos quedan cortas o débiles. No olvidemos que, la exigencia a la conversión, sigue siendo la misma. Que las verdades fundamentales de Jesucristo, y guardadas en el Depósito de la Fe de la Iglesia, son inalterables. ¿Dónde fallamos entonces? La prueba de fuego está en el entusiasmo de nuestra vida cristiana ¿Cómo es? ¿Respondemos con generosidad a las llamadas del Señor? ¿Dejamos algo por El? ¿No respondemos, a veces, con unos minutos semanales para la misa y poco más? El Señor, cuando pasó al lado de los discípulos, no les invitó a romper con un trozo de aquellas redes que eran su forma de vida. Les exigió algo más: si creéis en mí…dejadlo todo. Pero con todas las consecuencias. Lo valoraron y, mirando al horizonte del mar y lo que tenían entre manos, comprobaron que Jesús, sus palabras y sus obras, eran un tesoro. Acertaron de lleno. ¿Es un tesoro para nosotros Cristo?

Dios, porque es bueno y justo, confía en que vayamos cumpliendo con ese programa que se inició en el día de nuestro Bautismo. SI hay plazo para que un artista entregue su obra, para que un profesora acabe una asignatura o para que un pesquero regrese a puerto….también los cristianos tenemos un vencimiento para dar muestras de nuestro buen hacer, de que nuestra fe es sincera (no simbólica) y de que nuestras obras y nuestras palabras son un perfecto acorde. Ha pasado el Señor y, lejos de mirarnos por encima de los hombros, nos mira frente a frente. Nos sienta a su mesa. Nos habla. Nos explica las escrituras y parte para nosotros lo más grande que tiene: su vida.

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El relato de la vocación de los apóstoles es una invitación a valorar la vocación sacerdotal y la vida religiosa. Para muchos se trata de una opción imposible debido al voto de castidad. Ignoran, los que así opinan, la verdadera fuerza del amor. Porque el fondo de la vocación consagrada y sacerdotal es precisamente el amor: se ama tanto a alguien que se está dispuesto a renunciar a algo legítimo y bueno, como tener una familia, para dedicarse por entero al Señor y a las cosas de Dios, a la evangelización. ¿Hay mayor prueba de amor que esa?. La vocación nace del amor y el celibato es una llamada a la plenitud del amor, aunque en realidad esto sólo lo pueden entender los que están o han estado verdaderamente enamorados.

 

Pero detrás de este texto está también una lección para todos, casados incluidos. Porque hay también una vocación a seguir a Jesús en el propio estado y a seguirlo con radicalidad, con seriedad, con plenitud. La vocación a la santidad es común para todos y si no existen las dificultades del celibato o de la obediencia existen las de la convivencia, la educación de los hijos o el testimonio de la propia fe con una vida coherente y honrada en medio de un mundo cada vez más alejado de Dios. A todos Dios nos llama a seguirle, cada uno en su estado. Y espera que respondamos como los apóstoles: inmediatamente. Porque seguir al Señor es lo mejor que nos puede pasar. Un ejemplo concreto es el de San Pablo; por su conversión, miles de personas se hicieron cristianos y muchos millones se han acercado a Dios gracias a sus cartas; ¿qué habría sucedido sin esa conversión? ¿qué habría sido de él?