Moniciones y Homilía

Domingo 4º Domingo del Tiempo Ordinario / B

 

MONICIÓN DE ENTRADA

En medio de una realidad tan complicada, es bueno que algunas voces nos llamen a la esperanza y a la paz. ¿Os imagináis un mundo sin anuncios que nos inviten a la alegría? … Pues bien, el Señor, con los profetas fue iluminando a su pueblo querido y, también con nosotros, con su Iglesia, lo sigue haciendo a través de su gran profeta Jesucristo.

Nadie como El interpretó, anunció y habló con tanta autoridad: creía lo que hacía y sabía de dónde venía: ¡DE DIOS!  Pidamos al Señor que, también nosotros, pongamos algo de nuestra parte para que seamos luz de Dios en medio del mundo.  Iniciamos esta Eucaristía.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

El Señor, aunque no lo necesitara, quiso contar con gente que fueran ALTAVOCES que hablasen sus palabras y en su nombre. Moisés fue uno de ellos y, después de Moisés, vinieron muchos más hasta la llegada de Jesucristo.

Pero, cuando Jesús comenzó a hablar, todos los que le escuchaban se quedaban con que “su hablar” era distinto, que lo hacía con convencimiento, que Alguien le empujaba desde dentro. Escuchemos con atención estas lecturas.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que a pesar de las dificultades siga hablando en nombre de Dios a un mundo que parece estar sordo para las cosas de Dios. Roguemos al Señor.

2. Por todos nosotros. Para que, allá donde estemos, demostremos que somos amigos del Señor. Roguemos al Señor.

3. Por nuestros padres. Para que nos enseñen la vida de Jesús. Para que sean los primeros que nos hablen con autoridad y con ejemplo. Roguemos al Señor.

4. Para que seamos personas con palabra. Para que hablemos menos y hagamos un poco más por la familia, los amigos y vecinos. Roguemos al Señor.

5. Pidamos por los sacerdotes; por los jóvenes que se preparan para ser curas. Por todos nosotros. Para que nos tomemos más en serio eso de ser cristianos. Roguemos al Señor.

 

Homilía Domingo 4º Domingo del Tiempo Ordinario / B

Seguimos, y muy de cerca, los primeros pasos de Jesús. Del “pasen y vean”, hoy cuarto domingo del Tiempo Ordinario, nos trasladamos a la fascinación por la peculiar enseñanza de Jesús. Añoramos, por mucho que algunos nos intenten convencer de lo contrario, la libertad con la que Jesús se expresaba: lo formulaba humanamente pero con una trascendencia divina.

Hoy, en cambio, todo lo que “huela a divino” es postergado, orillado y cuando no…ridiculizado. ¿Dónde queda la libertad? ¿Sólo es para unos? ¿Sólo para aquellos que dicen a todo que “sí” y a nada que “no”?

1.- Si nos asomamos a los medios de comunicación (visual, auricular o escrito) difícilmente encontramos algo que nos sorprenda. Lejos de instruirnos lo único que intentan es adoctrinarnos. Lejos de hacerlo con autoridad (como Jesús lo concebía en un impresionante triple acorde FE/PALABRA/VIDA) pretenden diseñarnos otro estilo de vida desde la pura superficialidad o en fórmulas mágicas que luego se quedan en puras palabras, en sensacionalismo barato, en ruidos que nada dicen y en líneas maestras que luego resultan ser torcidas.

Por ello mismo, la Iglesia, siempre será un pequeño problema para la sociedad dominante (o para los domadores o anestesistas de la sociedad). Su autoridad (FE/VIDA/PALABRA) siempre será una llamada profética, un anuncio que sacuda conciencias, un aguijón con la única pretensión de que “el hombre inmundo” que se filtra por gobiernos, educación e información, cultura y plataformas mediáticas…..se deje guiar por una doctrina nueva, sabia y santa: el Evangelio. ¿Imposible? ¡No! ¿Exento de dificultades? ¡Tampoco! ¿Con luchas, incomprensiones y reacciones en su contra? ¿Acaso no las tuvo Aquel que hablaba y actuaba con máxima autoridad? ¿No las acogió, incluso con cintura, el mismo Jesús?

2.- Nos toca asistir a una realidad “poseída” por espíritus relativistas; pensamos que la autoridad suprema viene dada por los votos o por unas leyes. Creemos que, lo único válido y digno de ser tenido en cuenta, es lo legal, lo establecido, lo correctamente político. ¡Así nos va! Cuando la cultura tradicional mediterránea u occidental se empeña en apartar todo su entramado social de la relación con Dios (que es de donde viene toda auténtica autoridad) los resultados son o pueden ser catastróficos.

El hombre moderno, aunque nos parezca lo contrario, va buscando enseñanzas consistentes. Personas que, además de hacer bandera de ellas, las sepan transmitir desde dentro. ¿Y dónde está el secreto para trasladar aquellos convencimientos y pensamientos cristianos que sabemos pueden ser sal y luz o determinar un ambiente distinto al que vivimos? ¡Ni más ni menos que en nuestra relación personal con Dios! Empeñarnos en levantar un edificio sin cimientos es como pretender que un avión vuele sin motor. Reafirmar que el hombre puede vivir sin más leyes que las humanas, es tanto como dejar un crucero a la deriva en manos del capitán de turno. ¿Acaso no sería mejor dejarnos guiar por la fuerza de Dios, por las líneas maestras que Jesús pone sobre la mesa de nuestra vida?

3.- Solamente seremos luz ante el mundo cuando, lejos de dejarnos contaminar por tantos alientos que debilitan o atacan nuestra espiritualidad, nuestro ser Iglesia, nuestra identidad cristiana o nuestra militancia en Jesús y con Jesús, seamos escudos que detengan esos dardos envenenados que sólo tienen un fin: confundir, desacreditar, dar lo bueno como malo, lo noble como falso, lo santo como reliquia del pasado o a Dios como un ente inexistente.

¿Qué algunos se retuercen? Entonces es que vamos en la dirección adecuada. ¿Qué algunos permanecen indiferentes ante nuestra presencia? Entonces, seguramente, es que alguna flecha que otra, algún espíritu inmundo, se ha colado por las ventanas de nuestras almas y las ha dejado tibias o hasta congeladas.

¿Dónde está nuestro corazón? ¿En Dios? Entonces, en El, estará la fuente de nuestra inspiración, de nuestras palabras, de nuestra forma de ser…..de nuestra autoridad. ¿Lo reconocerán algunos o, tal vez, hace tiempo que desconectamos de ese arranque de vida y de gracia que es Dios?

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El caso del hombre poseído al que Jesús liberó del espíritu inmundo nos sitúa delante de nuestras propias inmundicias, de nuestros propios pecados. De hecho, muchos de los ataques que sufre la Iglesia tienen como origen –al margen de las excusas que se busquen- la rabia que experimentan contra esta institución aquellos que están inmersos en el mal, en la basura, en el pecado.

No pueden tolerar la existencia de una realidad que defiende el bien, la castidad, la pobreza y aprovechan defectos reales de algunos de sus miembros o defectos imaginados para intentar destruirla. En el fondo de esos ataques está este sentimiento: “Ellos, los que predican que hay que hacer el bien, son como nosotros, tienen tanto pecado como nosotros”.

 

Quizá en parte tengan razón, pero, en cualquier caso, la predicación de la conversión y de la existencia objetiva del bien no debe dejar de hacerse, precisamente para evitar el triunfo definitivo del mal.

 

Pero en otros casos, la conciencia de los propios pecados aleja de Dios. ¿Cómo va Dios a amarme?, piensan algunos. Yo no tengo solución, dicen otros. En estos casos se trata de darle a Dios precisamente la pobreza personal y de dársela junto con la parte buena que sin duda también se tiene. La una, mediante el arrepentimiento, la confesión y la lucha por mejorar.

 

La otra, mediante el ejercicio y desarrollo de aquellas virtudes y cualidades con las que Dios ha dotado a todos, aunque sean diferentes en cada uno.

 

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Asombrados de su enseñanza

El evangelio de hoy presenta a Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaún. La gente se dio cuenta enseguida que Jesús no es un palabrero, ni un charlatán, ni un propagandista, ni siquiera es un predicador más. Todos estaban asombrados de su enseñanza porque enseñaba con autoridad.

 

"...porque no enseñaba como los letrados".

Los letrados y rabinos enseñaban por oficio. Su oficio era comentar la Ley y las tradiciones, leer lo que estaba escrito y repetir lo que ellos habían aprendido antes en las escuelas, administrar las verdades y creencias adquiridas, repetir lo que siempre se había dicho, girando siempre en torno a una casuística complicada y agobiante. Los rabinos conservaban muy bien la letra, pero se olvidaban del espíritu, y la letra sin espíritu mata, mata también de aburrimiento. Por eso no asombraban a nadie.

 

"...sino con autoridad".

Jesús, en cambio,  atraía a las muchedumbres y era un auténtico escándalo, que levantaba el asombro y la polémica, la fe y la contradicción. Los que creían en él decían: "Tú tienes palabras de vida eterna". Y los que no creían le llamaban loco y endemoniado. Porque Jesús no enseñaba como los letrados.

La persona de Jesús no era sólo el vehículo trasmisor unas verdades tradicionales muertas, sino que se presentaba como verdad viva, hecha vida, encarnada en la vida. Lo que él decía, podían verlo en sus obras. Por eso maravillaba, por eso tenía autoridad, por eso era noticia.

Jesús no hablaba autoritariamente, sino con autoridad. No sentaba cátedra sino que daba testimonio. No imponía, proponía. Se mostraba como una luz que se enciende, que sirve a todos los que quieren ver: "El que tenga oídos para oír -decía- que oiga". Y no mandaba caer fuego del cielo para los que no le escuchaban. Porque el que se opone a la verdad ya tiene su castigo.

A continuación asisten a un milagro muy especial  un exorcismo  y, según Marcos, lo que impresiona a la gente no es el milagro de Jesús, sino su enseñanza. Pero, es que también el milagro es enseñanza. En este caso, la curación sólo intenta reforzar la autoridad con que Jesús habla.

 

 

 

Este enseñar con autoridad es nuevo

De este modo quedan ligadas fuertemente entre sí tres palabras: enseñanza, autoridad y novedad. Principalmente enseñanza. La palabra (lo que dice) se confirma con el hecho (lo que hace) y el hecho pone de manifiesto toda la hondura de la palabra.

El milagro de Jesús no era otra cosa que la confirmación más indiscutible de su autoridad. Era su misma palabra expresada de otra forma.

 

¿Cómo enseñamos nosotros el evangelio?

Es una pregunta que debemos hacernos constantemente, pues nuestra misión como cristianos consiste en enseñar el evangelio, en manifestarlo al mundo, en hacerlo ver con palabras y obras. La Iglesia existe para evangelizar y evangelizar es tarea de todos.

¿Cómo es nuestra enseñanza? ¿Somos pregoneros de algo que no vivimos? ¿Van acompañadas nuestras palabras con nuestras obras? ¿Nuestra vida es palabra elocuente de nuestra fe?

No son lo mimo palabras autoritarias que palabras con autoridad. La gente se asombraba porque Jesús enseñaba con autoridad. ¿Tiene nuestras palabras y nuestros hechos autoridad?

Esa autoridad que hace retroceder a los poseídos por los malos espíritus: el mal espíritu del egoísmo, el mal espíritu del consumismo, del odio, del orgullo, y en fin… de tantos malos espíritus que endemonian la vida de la gente.