Moniciones y Homilía

5º Domingo del Tiempo Ordinario / B

MONICIÓN DE ENTRADA

Queridos amigos:

¡Seguimos acompañando a Jesús que, en este domingo, nos libra del mal! Se pone de parte de aquellos hombres que quieren ser salvados. De parte de aquellos que, sufriendo, recurren a Él para calmar y curar sus dolores.

También nosotros, en muchos momentos, sentimos que algo dentro de nuestros corazones, pensamientos o deseos no funciona bien. No dejemos que, nada ni nadie, el mal, el bienestar, el poder o el ruido del mundo, apaguen la voz del Señor. Dejemos que, en esta Eucaristía, el Señor nos toque y cure la fiebre de nuestra apatía, tristeza, falta de oración o de caridad.

Pidamos a Jesús, en esta Eucaristía, que salga de nosotros aquello que no nos deja ser felices.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

El sufrimiento es una realidad en el mundo: no todo es felicidad ni bonito en la vida. Pero, como JOB, es bueno saber esperar en Dios. Comprender que, al final, las pruebas, las guerras, la sangre ha de terminar. La paciencia es importante en la vida de los cristianos.

Por ello mismo, también Jesús, se compromete con los enfermos. Hoy, en el Evangelio, veremos como cura a la suegra de Pedro. No olvidemos en este día a los enfermos.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que esté siempre cerca de los enfermos. Para que les anime en medio de las lágrimas y de los sufrimientos. Roguemos al Señor.

2. Por los médicos. Por los que se dedican al cuidado de los enfermos. Para que lo hagan con vocación, con entrega y con amor. Roguemos al Señor.

3. Por los religiosos y religiosas que se dedican especialmente a la enfermería. Para que sepan que, en los que sufren, es Cristo quien sufre. Roguemos al Señor.

4. Por todos nosotros. Para que seamos pacientes. Para que pensemos que, Dios, siempre da respuesta a lo que se le pide con fe. Roguemos al Señor.

5. Por todas las familias. Para que se tomen más en serio su misión de evangelizar a sus hijos. Para que sientan la llamada de Dios a hacerlo presente en sus hogares. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 5º del Tiempo Ordinario / B

Si uno de adentra en la vida de Jesús se puede preguntar: ¿Qué hacía Jesús de forma cotidiana?:

  • cura a la suegra, cura a posesos, y enfermos… no a todos y se va a otra parte.

¿Es decir hace lo que puede y que consigue?:

a) deja una estela de bondad…”pasó haciendo el bien, dicen San Pedro. Bondad que es luz.

b) despierta en muchos la esperanza de vivir

c) deja seguidores, la suegra de Pedro, se pone a servirles, cae en la cuenta que el mejor agradecimiento es entrar en la línea de servicios a los demás. Los curados sabemos que iban predicando lo que el Señor hacía.

Todo o nada, es la postura del soberbio o del perezoso, que en realidad no quiere molestarse. San Pablo trata de ganarse a algunos…hacer algo y lavarse las manos tampoco vale.

Hacer en cada sitio y momento lo que se pueda, confiando en que no trabajamos solos. Si nosotros queremos el bien de los demás, mucho más lo quiere el Señor y, por tanto, Él está trabajando en el corazón de las personas con las que nosotros tratamos.

Y es impensable el poder de una palabra de bondad cuando al mismo tiempo la gracia actúa por dentro. A veces le recuerdan a uno palabras que ya ni uno se acuerda, pero que quedaron allí dentro.

Hacer lo que se pueda y dejar lo demás a la divina providencia… Dejar a Dios ser Dios. La Madre Teresa, ¿creéis que resolvió el problema de la India? ¿ni siquiera de los moribundos de la India? Ni mucho menos, pero hizo lo que pudo con todas sus fuerzas y así fue foco de luz y de esperanza para el mundo entero.

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Deber, orgullo y consecuencia de la fe. Así es la evangelización. Cuando uno descubre a Jesús, esa experiencia, le empuja a hacerlo presente en medio del mundo. ¿Has encontrado a Cristo? ¡Pregónalo! ¿Has dado con Cristo? ¡Llévalo allá donde vayas!

1.- Un tren en tanto que no llega a su destino final, va deteniéndose en cada estación sin hacerlo definitivamente. Su conductor sabe que en un andén recogerá a unos viajeros y se bajarán otros y que, en el siguiente, alguien se apeará y algunos más subirán para emprender el viaje.

Jesús, además de detenerse con sus discípulos, de convertirse para ellos en la gran noticia, quiso que continuasen y avanzasen con ella hacia adelante.

¡Ay de mí si no evangelizare! San Pablo, en su encuentro personal con Cristo, supo que aquello no podía silenciarse. Que en aquella estación en la cual se apeó de su orgullo y trepó al tren del evangelio, también él estaba llamado a transmitir aquel mensaje de amor y de conversión, de fidelidad y de entrega, de justicia y de verdad.

2. - Cuando uno evangeliza crece espiritualmente: su fe es contrastada, purificada, probada y hasta perseguida. Es en la evangelización donde aprendemos a tomar la temperatura del mundo y también a ponerla en el lugar que le corresponde. Sin imposiciones, como sugería no hace mucho el Papa Benedicto XVI, pero sabiendo que al presentar el camino del Evangelio ofrecemos al mundo ópticas y secretos escondidos al ojo humano pero que pueden ser soluciones para esta época tan difícil que nos toca vivir. ¿Amas al mundo? Ofrécele lo mejor de ti mismo y, si dentro de ti sientes que Dios está, Él puede ser lo máximo que puedes regalar a los demás.

3.- Jesús además nos enseña un camino privilegiado para la evangelización: el servicio. Se acercó hasta casa de Pedro y, donde existía la enfermedad, con su cercanía y con su mano lo convirtió en salud. No hay verdadera evangelización sin servicio hacia los demás. ¿Cómo es tu servicio? ¿Grande o pequeño? ¿Por minutos o sin horario? Dime cuánto sirves, como sirves y desde dónde sirves y te diré si tu evangelización es auténtica o tal vez demasiado acomodada.

4.- Preocupados por nuestro bienestar (tal vez hemos vivido por encima de nuestras posibilidades), colapsados por la crisis tan aguda que estamos padeciendo (fruto también de la falta de ética y de moral cristianas) podemos caer en el riesgo de despreocuparnos por los demás. De decir aquello de “sálvese quien pueda”. Como cristianos, cuando nuestra sociedad está haciendo aguas en tantos aspectos, estamos llamados a pregonar que, la salvación, está en Dios, a salir al encuentro de aquel que se halla en horas bajas, al paso de aquellas personas a las que hemos de servir con una simple sonrisa, un rostro afable y unas manos abiertas símbolo de nuestra unión con Dios, de la grandeza que llevamos dentro y de nuestro gran amor al Evangelio.

No lo tenemos fácil. El intento de silenciar a Dios arrinconándolo en la sacristía, la bravura del laicismo, la moda del ateísmo, la blasfemia del hombre en pensar que es dueño absoluto de todo, lo racional contrapuesto a la fe o a quiebra de nuestra arquitectura moral occidental…..se convierten, entre otros muchas, en dificultades añadidas a nuestro apostolado. Que nuestro coraje, tenacidad, entusiasmo, esperanza, alegría, valentía y libertad sean el antídoto mejor para situarnos frente a ellas.

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La fama, los halagos, los aplausos, pueden convertirse en una cadena, en una esclavitud. De hecho, por conseguirlos o por retenerlos, muchos –también en la Iglesia- dejan de hacer lo que deben y de decir lo que es necesario. Se huye de la impopularidad, aun a costa de traicionar la propia conciencia y de incumplir los deberes profesionales.

 

Jesús nos demuestra, con su comportamiento, que Él no era un hombre que buscaba, por encima de todo, ser bien visto, ni que ansiaba que todos hablaran bien de él. Ante la popularidad responde: “Vámonos a otra parte”. Nosotros, en cambio, decimos eso ante las críticas. Muy pocas veces huimos de los elogios, mientras que nos acobardamos ante los problemas y tendemos a pensar que lo mejor es no tener ninguno, aunque para eso debamos dejar de hacer aquello que Cristo quiere que hagamos.

 

Se trata, pues, de no tener miedo. Se trata de hacer las cosas en conciencia y en fidelidad a la Iglesia. Naturalmente, también en caridad, pero sin que el riesgo de no ser comprendidos, de no ser aplaudidos, nos atenace y nos silencie. Al único que debemos temer es al juicio de Dios y no al juicio de los hombres. Digamos, pues, la verdad siempre con caridad.

 

Démosle al prójimo la caridad de la verdad, a la par que le damos la verdad con caridad. Y si llega el caso de que nos tengamos que ir a otra parte, porque no podemos seguir anunciando la verdad o porque allí no hace ya falta que lo hagamos, no nos hagamos ningún problema por ello. Cristo ya pasó por ese trance, lo mismo que pasó por el de la cruz y el de la resurrección.