Moniciones y homilías

6º Domingo del Tiempo Ordinario / B

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Hoy nuevamente tenemos que agradecer a Dios lo mucho que hace por nosotros:

-Salió a nuestro encuentro en Belén

-Se hizo hombre por salvarnos

-Y ahora, camina junto a nosotros devolviéndonos la alegría de vivir, la salud, la fuerza.

Demos gracias al Señor de todo corazón y vivamos con gozo esta Eucaristía...

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

¿Cómo nos portamos ante los demás? ¿Qué actitud tenemos frente a Dios? ¿Somos serviciales, amables, buenos, entregados? San Pablo nos va a recordar que todos somos iguales ante Dios.

Además, en el Evangelio de este día, veremos a Jesús haciendo lo que mejor sabe hacer: EL BIEN A LOS DEMAS. Es todo un ejemplo para todos nosotros.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que sepa acercarse sin miedo alguno a las personas más necesitadas y más humildes. Roguemos al Señor.

2. En el mundo hay muchas clases de lepra: la depresión, el egoísmo, el materialismo, la falta de fe. Pidamos al Señor que nos ayude a luchar contra todo ello. Roguemos al Señor

3. Pidamos al Señor que seamos agradecidos con aquellas personas que procuran una educación buena y unos alimentos seguros para nuestra vida. Roguemos al Señor.

4. Demos gracias a Dios por el Domingo. Que nunca nos falte la Eucaristía. Que creamos y esperemos siempre en el Señor. Roguemos al Señor.

 

Homilía  6º Domingo del TO – B

 

Uno cuando se asoma al Evangelio de este 6º domingo del tiempo ordinario, llega a pensar que la lepra representa a toda esa humanidad tocada por la debilidad o por la enfermedad.

¡Cuántos rechazados por su forma de entender la vida!

¡Cuántos cristianos apartados de sus profesiones por sus convicciones!

¡Cuántas personas que, son señaladas con el dedo modernista, porque no comulgan con ruedas de molino, porque se revelan ante una técnica que legitima todo pero que degrada en algunos casos, u olvida en otros, la dignidad del hombre!

1.- Sí; la lepra, personifica en los tiempos que vivimos a toda persona que se duele y llora por las situaciones de contradicción que se dan en el mundo. Por tanta exclusión e injusticia fruto de la intolerancia o de los intereses que convierten automáticamente, a unos en buenos y a otros en malos: unos son colocados en el escaparate, como referencia y encarnación de los valores que emergen en una sociedad caprichosa, y otros son desterrados porque –sus exigencias o su modo de vida- pueden resultar chocantes o calificadas incluso de “peligrosas”.

Hay muchos descartes en nuestra sociedad y muchos intentos de silenciar a los que no hacen orfeón o secundan iniciativas amparadas por leyes de turno.

Existen muchos intentos de apartar a los “nuevos leprosos” porque no dicen lo que la sociedad quiere oír ni actúan como la sociedad dicta.

2.- Una vez más, como en tiempos de Jesús, la perseverancia y la mano de Dios salen al paso de aquellos que saben que, sólo Dios, es capaz de responder con generosidad cuando el mundo rechaza o abandona.

Miremos un poco a nuestro alrededor. ¿Qué se enaltece? ¿Qué se valora? ¿Qué se desprecia? ¿Qué se margina? ¿Qué se recompensa?

La eucaristía de cada domingo, el encuentro con la Palabra y con el Resucitado, nos inyecta a los cristianos la fuerza necesaria para insertarnos de nuevo, con impulso renovado y claro, en una sociedad donde no siempre predomina el bien común.

La oración, personal o comunitaria, nos brinda esa oportunidad para recuperarnos de otros tantos rechazos cuando presentamos, con respeto pero con valentía, nuestra forma de entender el mundo, la sociedad, el hombre, etc., desde la fe.

3.- El testimonio, de lo que llevamos dentro, de nuestra experiencia de Dios, nos exige pregonar que con Jesús nos sentimos bien. Que haber encontrado a Dios, lejos de ser una preocupación, nos ayuda a llenar huecos peligrosos en nuestra vida. Nos invita a quemarnos, no hacia dentro, y sí hacia fuera, para que otros hermanos nuestros –con abundancia de lepra materialista, hedonista, individualista, pobreza, malos tratos, etc.- puedan salir de ese estadio y reincorporarse de nuevo a la vida o dejar que otros compartan su misma buena suerte. ¿Acaso no merece la pena? Pongamos algo de nuestra parte.

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Cuántas veces nuestra ley, no la de Dios, nos hace transgredir la única ley del Señor Jesús: “amaos los unos a los otros”. Con la ley de Dios en la mano repudiamos a los divorciados, a los casados por lo civil, a las madres solteras, a los homosexuales, a los drogadictos, a los enfermos de sida (los leprosos de hoy.

Y de un plumazo repudiamos la ley del amor, y al mismo Dios, que se hace uno con los divorciados, con los casados por lo civil, con las madres solteras, con los homosexuales, con los drogadictos, con los enfermos de sida. En ellos se esconde el Señor y desde ellos cuántas veces nos dirán a nosotros “si quieres”

--Si quieres puedes darme tu comprensión

--Si quieres me harás sentirme persona no objeto marginado

--Si quieres en mi soledad encontraré compañía

--Si quieres puedes encender una luz de esperanza en medio de la desesperación de la

vida.

 Pero esos son los que nosotros hacemos leprosos, los que nosotros marginamos. Pero hay otros que somos leprosos. Os imagináis lo que sería si aquí mismo a cada uno de nosotros nos saliera, a la vista de todos, eso que ocultamos en el corazón. Eso que realmente mancha al hombre, que lo deforma, lo convierte en leproso: nuestras iras llevando el volante, nuestro desprecio por los ineptos, nuestras inconfesables envidias, las malas inclinaciones carnales, rencores nunca apagados, soberbia de raza y clase.

Pero creo que cada uno de nosotros si somos sinceros tendríamos que correr a los pies del Señor y decirle, pedirle, con el ansia de un muerto en vida: “Señor si quieres puedes limpiarme”.

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La Lepra: “el primogénito de la muerte” (Jb 18,13)

 

La gravedad de la lepra la muestra el libro de Job llamándola “el primogénito de la muerte” (Jb 18,13). Pero  el interés de la Biblia no se centra en el punto de vista médico, se centra en el aspecto religioso de la misma: era causa de impureza legal. Las rigurosas medidas tomadas contra la enfermedad pretendían alejar a la comunidad del contagio y convertía a los leprosos en auténticos marginados, gente totalmente excluida social y religiosamente.

 

 

Se acercó a Jesús un leproso

 

Según el relato de Marcos un leproso se acerca a Jesús “suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme”; es una actitud de gran respeto en la que se expresa, además, la convicción de que Jesús podía curarle.

 

Quedar limpio, para aquel hombre, no era sólo quedar sin enfermedad, sino tener la posibilidad de reinsertarse en la vida social de la que estaba totalmente excluido.

 

 

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero: queda limpio.

 

La forma en que Jesús cura al leproso se des­cribe en estos pasos:

 

Primero, Jesús sintió lástima; tiene compasión del enfermo; le permite acercarse, cosa que tenía prohibida por la ley. Jesús pone su misericordia por encima de la ley y, además, no trata al enfermo desde afuera, sino que lo deja entrar en su interior. Siente con él, padece con él (Com-padece).

 

En segundo lugar, Jesús extendió a mano su­perando las distancias, la  barrera, que hay entre Él y el leproso. No agarra inmediatamente la mano del enfermo, sino que le ofrece la suya. Crea así un puente por el cual el enfermo puede ir confiado hacia a Él. Jesús mismo alarga la mano da el primer paso.

 

En un tercer paso, Jesús toca al leproso, Jesús no tiene miedo al contacto. No respeta la ley que lo prohíbe. Tocó el cuerpo llagado, tocó aquel corazón excluido, y, aquel contacto físico es el signo del encuentro afectivo y espiritual.

 

 

Y después le dijo: Quiero: queda limpio. Y la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Toda la misericordia de Dios se volcó sobre su miseria humana.

 

Otros Leprosos.

 

Casi siempre que leemos este evangelio pensamos en los leprosos, los apestados, los marginados, los excluidos del mundo que hemos de limpiar. Bien, pero quizás antes hay que mirar en casa.

 

¿Cuáles son mis lepras, mis manchas, mis vergüenzas, mis miedos? ¿Me están recluyendo, aislando, automarginando? ¿Me hacen sentir excluido, insoportable, causa perdida?

 

El leproso del Evangelio ve su propia necesidad, se atreve a salir de su aislamiento. Va donde está Jesús, se arrodilla ante Él y le dice:”Si quieres puedes limpiarme”.

 

Como el leproso también nosotros tenemos que admitir nuestra impotencia. Necesitamos la experiencia de que alguien nos acepta incondicionalmente. El leproso cree que Jesús es capaz de limpiarlo, de librarlo de todos sus autorreproches, de su autodesprecio, del miedo a ser rechazado, a no ser admitido, de… ¡tantos miedos!

 

Nuestra curación sólo podrá comenzar cuando nos acerquemos a Dios, cuando nos arrodillemos, como el leproso, para gritar desde la más profunda confianza y pedir ayuda al único que puede curarnos de verdad: Jesucristo, el Salvador.

 

Sólo cuando hayamos asumido nuestras lepras, y hayamos sentido la misericordia compasiva del Señor con nuestra debilidad, podremos sentirnos solidarios con los leprosos de nuestro alrededor, y podremos, con la ayuda del Señor, escuchar, compadecer, tender la mano, tocar y ser mediadores del único Salvador que a nosotros nos ha salvado.

 

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Es conocida la anécdota de aquel que tenía ganas de conocer por dentro del Palacio del Rey. Y un día le pidió permiso para poder verlo y disfrutarlo. El rey, muy atento, accedió a su petición. Pero antes le entregó una cucharilla de café con dos gotas de aceite dentro. Puedes recorrer todo el palacio y disfrutar de sus bellezas, pero eso sí, estate atento. Debes llevar la cucharilla en la mano y cuidar de que no se te caiga ninguna de las gotas de aceite.

A las dos horas regresó el buen hombre y el rey le preguntó: “¿Ya has visto todo el palacio?

 

 

¿Has visto la belleza de mis tapices? ¿Has visto la preciosidad de mis cuadros únicos en el mundo? El hombre replicó: “No, Majestad, tenía mucho miedo de que se me cayese el aceite y me pasé el tiempo mirando a la cucharita”. ¡Entonces no has visto nada!

 

A muchos nos pasa lo que a este hombre. Vamos por el mundo mirando tanto a la cucharita de nuestros intereses y egoísmos que no vemos nada de lo que acontece a nuestro alrededor. Y por eso caminamos por la vida encerrados sobre nosotros mismos y no nos enteramos ni de la belleza de las cosas, ni del dolor de los que sufren a nuestro lado.

 

Jesús es el hombre de los caminos. Pero siempre atento a lo que acontece en la vida. Nada le pasa desapercibido, sobre todo nada le pasa de dolor de los que están a la vera del camino. Hoy se encuentra con un leproso que le suplica que lo limpie de su lepra. Y Jesús “sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Queda limpio”.

 

 

Hay quienes no miran fuera de sí mismos.

Hay quienes tienen ojos pero no ven lo que acontece a su lado.

Hay quienes tienen ojos en el corazón y son capaces de ver el sufrimiento de los demás.

Hay quienes ven pero su corazón no siente. Saben que el hermano que sufre está ahí, pero su corazón no les duele. Y pasan de largo. Es como si no viesen.

Y hay quienes como Jesús sienten lástima, pero no hacen nada. Todo queda en buenos sentimientos. Tienen miedo a mojarse.

 

No. La lástima sirve de poco si no nos lleva al compromiso.

La lástima sin compromiso puede ser más un consuelo para mí que de utilidad para los demás.

Por eso Jesús “sintiendo lástima, extendió la mano y lo toco diciendo: ¡quiero: queda limpio!”.

Lo tocó, por más que la ley lo prohibía y lo declaraba también a él impuro.

Hasta el punto que, desde entonces “Jesús no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, al descampado, haciendo la experiencia de sentirse también El legalmente marginado.

Pero la gente tiene otra sensibilidad distinta a la de la Ley. Y por eso “aún así acudían a él de todas partes”. El amor y la caridad y el compromiso con los demás está por encima de la Ley, porque la ley es para el hombre y no el hombre para la Ley.

 

 

El evangelio nos cuenta el encuentro de Jesús con un leproso.  Aún hoy que sabemos que la lepra tiene cura, todavía despierta en nosotros el horror hacia esa enfermedad que hace que el cuerpo se caiga a trozos.   En la antigüedad era desde luego la peor enfermedad, la mayor desgracia que podía acaecer a un ser humano. Al sufrimiento de la enfermedad se unía la maldición de Dios y la marginación de los hombres.  

Se pensaba que era una enfermedad producida como castigo de Dios, se prohibía al leproso residir en los pueblos y las ciudades, se le echaba al campo y se le dejaba malvivir a su suerte,  si alguien sano se cruzaba en su camino tenía que avisar de su presencia con un grito. No podemos ni imaginarnos el espanto que producía el encuentro con uno de estos enfermos.   Ser leproso era como estar muerto en vida. 

Sufrimiento insoportable, malditos de Dios y malditos de los hombres.  Y desde esta situación, el evangelio nos cuenta un hecho inaudito: Un leproso que se atreve a acercarse a Jesús y al grupo de sus discípulos.  La ley judía mandaba denunciar al leproso y matarlo.   Pero fijémonos en la valentía de este enfermo, en su desesperación, en esa fe que muestra por el Señor: "Si quieres, puedes limpiarme".  Imaginemos el asombro, el espanto de la gente que acompañaba a Jesús, es muy posible que más de uno cogiese piedras en las manos con intención de tirárselas para espantarle.   Y ahora fijémonos en el gesto de Jesús.

Nos dice el evangelio que sintiendo lástima, extendió la mano y le tocó.  Jesús se compadece, se deja afectar por aquel hombre y su miseria, Jesús extiende la mano y hace algo increíble: tocarle.  Con ello él mismo se vuelve impuro, él mismo se vuelve maldito de Dios y marginado de los hombres.  Pero para Jesús todo eso es secundario, porque para el Hijo de Dios lo importante, lo fundamental es que el ser humano viva, y recupere su dignidad.   Imaginemos la alegría del leproso, y el asombro de la gente. 

            ¿Cómo no ver en toda esta historia del leproso?  La historia de los enfermos de sida de nuestro tiempo, a los que también se ha marginado y considerado víctimas del castigo de Dios.  O las historias de marginación de tantos homosexuales, transexuales...

Y ¿cómo no escuchar en el grito de ese leproso, el grito que nos llega desde el tercer mundo dirigido a cada uno de nosotros?: "si queréis podéis ayudarnos", "si tú quieres hombre y mujer del primer mundo, tú puedes ayudarme a vivir, a saciar mi hambre, a curar mis heridas".

            Jesús nos invita a hacer como él, primero dejarnos conmover y afectar por tanta miseria humana, y después alargar nuestra mano, y tocar todas esas heridas. Quizás entonces nosotros también podamos vernos curados de la enfermedad de nuestro egoísmo que como la lepra nos va consumiendo poco a poco.

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En la vida de fe necesitamos puntos de referencia, modelos a seguir. Quizá a veces vemos a Jesús como excesivamente lejano, fuera de nuestro alcance, y nos viene bien tener ejemplos de seguimiento en personas a quienes vemos a nuestro nivel. Por eso en la 2ª lectura Pablo se pone a sí mismo como ejemplo: «Seguid mi ejemplo».

 

Podría parecer un acto de soberbia y engreimiento por su parte, pero no es así, ya que a continuación añade: «como yo sigo el de Cristo». Pablo es consciente de que Jesús lo ha elegido para ser mediación suya frente a los gentiles, y por eso se ofrece a ellos como referencia para que, por su testimonio, por lo que dice y hace, puedan llegar a Jesús.

 

Ser cristiano es seguir a Cristo: y es seguidor de Cristo quien, como Pablo y muchas personas a lo largo de los siglos, se ha sentido primero seducido por su Persona, y como consecuencia hace suyo el proyecto de Jesús: construir el Reino de Dios. Y la construcción del Reino requiere hacer propias las actitudes de Jesús y seguir su ejemplo.

 

Un ejemplo como el que hoy nos muestra en el Evangelio cuando, al acercarse «a Jesús un leproso suplicándole de rodillas: ‘Si quieres, puedes limpiarme’ », Jesús, «sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Quiero: queda limpio’».

 

Ser cristianos, seguir el ejemplo de Jesús, es estar dispuestos a “extender nuestra mano” y querer “tocar” principalmente a los “leprosos” de hoy, a quienes por distintos motivos son rechazados o excluidos, a quienes interior o exteriormente se sienten «impuros», y querer trabajar para que “queden limpios”.

 

Un trabajo que no busca primordialmente el reconocimiento social, los titulares: «No se lo digas a nadie»... Un trabajo que se hace desde una actitud de servicio y humildad, como también indicaba san Pablo: «hacedlo todo para gloria de Dios».

 

Pero si nuestro trabajo por el Reino sigue el ejemplo de Cristo, no quedará oculto: «cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones ». Y más personas podrán acercarse al Señor: «acudían a él de todas partes».

 

Hoy podemos recordar y agradecer al Señor a esas personas que han sido o son para nosotros ejemplos a seguir en el camino de la fe; recordar cómo, desde sus circunstancias y posibilidades, han sabido caminar con coherencia tras Jesús Resucitado.

 

Personas que seguramente son desconocidas más allá de su ámbito de actuación, pero que han dejado un recuerdo imborrable en quienes las han conocido, personas cuyo ejemplo merece la pena divulgar y dar a conocer. «Si quieres, puedes limpiarme», dijo el leproso a Jesús. Y hoy Jesús nos lanza el mismo reto: “Si quieres, puedes”.

 

El Señor nos llama a seguir su ejemplo: ¿queremos?