Moniciones y Homilía

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos, en este 2º domingo de la Cuaresma, a seguir los pasos de Jesús.

¡Qué importante es que le escuchemos! ¡Qué importante que pongamos nuestros ojos en Él!

La Iglesia, la Eucaristía de cada domingo, la Palabra de Dios, la catequesis y otras tantas cosas, son como montañas desde las cuales contemplamos la Gloria de Dios: “tú eres mi hijo amado, escúchame”.

Demos gracias a Dios por estar aquí. Y, sobre todo, porque en Jesús encontramos un modelo para alcanzar la meta de nuestra alegría y vida cristiana.

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas que vamos a escuchar en este día nos ponen como ejemplo la fe de Abraham y el amor de Dios que se manifiesta en la persona de Jesucristo. Un amor y una fe que, ante las adversidades, nos vendrán bien para hacerles frente. Además, el Evangelio, Jesús en su Transfiguración nos hace pensar en la definitiva Resurrección que nos espera gracias a su muerte. Escuchemos con atención estas lecturas.

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que nos haga descubrir lo mucho que Dios nos ama. Para que nos abra sus puertas y podamos siempre gozar en el silencio de la paz del Señor. Roguemos al Señor.

2. Por todas las personas rotas. Por todos los hombres y mujeres cuya vida está DESCONFIGURADA, es decir, sin orden. Para que la fe sea su fortaleza. Roguemos al Señor.

3. Por los que tienen miedo al dolor. Por aquellos que sólo piensan en vivir y en disfrutar. Para que busquen en el Señor la respuesta a sus vidas. Roguemos al Señor.

4. Por nuestras parroquias y comunidades cristianas. Para que pensemos que, la misa de los domingos, es un monte Tabor en el que Dios nos habla y nos fortalece. Roguemos al Señor.

5. Para que con la Palabra de Dios y sus Sacramentos nos dejemos transformar y mejorar en palabras y en obras. Roguemos al Señor.

 

Homilía 2ºDomingo de Cuaresma / B

¡Qué bien se está aquí! Cuando sentimos dentro de nosotros el amor de Dios y contemplamos su grandeza corremos el peligro de quedarnos ahí, sin salir al encuentro del hermano. La Cuaresma, decíamos el Miércoles de Ceniza, es encuentro con Dios y con el hermano. La tentación de "hacer tres tiendas" está siempre presente. Es curioso que el hombre se preocupe siempre por construirle una casa a Dios, cuando el mismo Dios ha bajado a la tierra para vivir en las casas de los hombres. Dios no tiene tanta necesidad de metros cuadrados para iglesias como de acogida en el corazón humano.

Dios no quiere vivir en un "hotel para dioses" relegado como nuestros ancianos, en una especie de parkings. Dios quiere vivir en familia con los hombres, andar entre sus pucheros. Por ambientados que estén nuestros templos, siempre le resultarán fríos a un Dios que busca el cobijo de los hombres. El Dios-con-nosotros no puede quedar en una especie de producto situado en un mercado al que se acude cuando se necesitan servicios religiosos. Dios no es un objeto de consumo. Él es la vida misma del hombre, pero nosotros nos empeñamos en confinarlo en su casa en lugar de tenerlo como compañero continuo en el camino de la vida.

El Dios de Jesús no se mantiene en alturas celestiales, sino que nos señala en dirección al mundo. Además de nuestra condición de hombres, hay algo que refuerza nuestro interés por el mundo: nuestra fe. "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo", nos recordaba la Gaudium et Spes. Bajemos con Jesús de la montaña, para vivir en la llanura de cada día, acompañando al pobre, al parado, al enfermo, al anciano solo, a la madre desgarrada por el dolor…

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En algunos cristianos, sobre todo los más veteranos, hay un intento de mirar hacia atrás y pensar que –cualquier tiempo pasado- fue mejor que el presente para la fe cristiana. ¿Es así? ¿De verdad creemos que, ir revestidos y aupados de la mano de Dios, ha sido fácil en épocas diferentes a las nuestra?

1.- Seguimos avanzando en la cuaresma y vamos camino de la Pascua. Alcanzar a Jesús nos hace encontrarnos con una realidad: la cruz. En ella, el Señor, nos da la máxima expresión de su amor hacia nosotros. En ella, en la cruz, comprendemos que Dios, además de hablar, escribe, sella, garantiza y consagra con sangre una palabra: AMOR.

Como Pedro también nosotros quisiéramos quedarnos en las nubes. En lo más alto de nuestras cumbres. En lo idílico de nuestra fe. En cuántos momentos, disfrutando de unos ejercicios espirituales, de unas merecidas vacaciones, de una luna de miel o de un viaje a un paraje desconocido, quisiéramos quedarnos definitivamente ahí, para siempre. Pero las obligaciones, entre otras cosas, reclaman nuestra vuelta, nuestro compromiso, nuestro pisar el suelo con realismo.

2.- No nos gustan las despedidas y sobre todo si son adioses de buenos amigos. Y menos todavía si el “hasta pronto” está impregnado de dolor o de enfermedad. A los discípulos que habían escalado al Tabor con Jesús se les hacía inhumano el escuchar aquellas premoniciones de Jesús. Hubieran prefiero permanecer definitivamente en la cumbre de aquel monte, antes que hacer frente al trago amargo de lo que les aguardaba en Jerusalén.

¿A dónde nos lleva el seguimiento a Jesús? En principio a asumir una posibilidad: creer y esperar en Él es sinónimo de incomprensión y de cruz. Cada cinco minutos, en el mundo, hay un mártir cristiano.

¿Por qué la presencia del sufrimiento en Aquel que ya nos los da todo en palabras y obras? Ni más ni menos para que entendamos que, su amor, es entrega de muchos quilates. No es un amor de segunda o de tercera división. Su rescate de la humanidad lo exige todo y, con su ascenso al calvario, lo demuestra todo: detrás de la cruz vendrá la gloria. La gran elocuencia de Jesús fue esa: decirlo todo desde la cruz.

3.- Acostumbrados a nuestros momentos de gloria personal o comunitaria, este segundo domingo de cuaresma nos presenta la dureza de una vida auténticamente evangélica: ser de Cristo implica acompañar e identificarse con Cristo para ganar la vida eterna.

¿Cuál es el anti-Tabor al cual nos enfrentamos todos los días? El mundo que nos rodea nos presenta autopistas para ir al encuentro de la felicidad y, por el contrario, nos esconde o silencia aquellas páginas que nos empujen a pensar en la muerte o en la penitencia. Raro es sentarse delante de un televisor y contemplar un programa que enaltezca el sacrificio como norma de vida, la penitencia como oxigenación del cuerpo o el ayuno como medida terapéutica para alcanzar un equilibrio personal. Lo más fácil, lo políticamente correcto, es huir de todo lo que suene a negación personal, de todo aquello que no nos favorezca personalmente.

--Hoy en esta Eucaristía decimos: ¡Qué bien se está aquí, Señor!

--Hoy, al escuchar la Palabra de Dios, exclamamos: ¡Qué bien nos vienen tus indicaciones, Señor!

--Hoy, al entrar en este recinto sagrado, reafirmamos nuestra fe: ¡Nada ni nadie como Dios!

Sigamos caminando hacia la Pascua. Tengamos fe en Jesús y, Él que es la Vida, nos abrirá el entendimiento y nuestro futuro a la Resurrección.