Moniciones y homilías

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Vamos acercándonos a los días santos de la Pascua. El Señor desea que, todos los que nos decimos sus amigos, cumplamos de verdad sus mandamientos.

Dios, en el camino de la fe, nos marca unas indicaciones para que sepamos cómo amarle más y mejor. Pero, claro está, luego hemos de darle un amor auténtico, sin excusas y –sobre todo- sin olvidar algo esencial: ÉL NOS QUIERE A NOSOTROS. Que esta Eucaristía y la Palabra que vamos a escuchar nos anime a darle un SÍ sincero y leal.

MONICIÓN A LAS LECTURAS

El camino que hemos de seguir para crecer como hijos de Dios nos va a ser narrado en la primera lectura de este día. Además, San Pablo, nos recordará que no siempre lo grande para el mundo es lo más importante para Dios. Finalmente, el Evangelio, con el relato de la expulsión de los mercaderes del atrio del templo nos viene a recordar cómo tenemos que dar auténtico y profundo culto y gloria a Dios. Escuchemos con atención.

PETICIONES

1. Por la Iglesia. Para que procure siempre purificar aquello que nos impide llegar al conocimiento de Dios. Roguemos al Señor.

2. Por todos los que no respetan el cuerpo de los demás. Por aquellos que maltratan a las personas y a su dignidad. Roguemos al Señor.

3. Por nuestra parroquia. Para que la cuidemos exterior e interiormente: exteriormente con la limpieza y la belleza; interiormente con una vida cristiana sólida y verdadera. Roguemos al Señor.

4. Para que cuidemos el “sagrario” del templo vivo que somos cada una de las personas: el alma. Para que lo cuidemos con la oración, la caridad y la confianza en Dios. Roguemos al Señor.

 

Homilía Domingo 3º de Cuaresma / B

 

Un lienzo valioso, con el paso de los años y otros condicionantes nos impide contemplar con nitidez sus colores primitivos.

Un río poco a poco se ve reducido en su cauce porque, las aguas que lleva, van depositando en sus orillas diversos sedimentos o lodo.

Y, las personas, con el transcurso del tiempo vamos observando que aquello que nos afectaba ahora nos deja indiferentes y, por el contrario, lo que nos era insensible ahora nos altera.

1.- El episodio de los mercaderes en el templo nos sitúa ante la verdad o la falsedad de nuestra fe. ¿Qué nos impide ver Dios? ¿Qué muros hemos levantado, visibles e invisibles, que nos imposibilitan un encuentro personal, reflexivo, auténtico y radical con el Señor?

Cierto día, el Cardenal Weisman discutía con un inglés utilitarista sobre la existencia de Dios. A los argumentos del gran sabio, respondía el inglés con mucha flema: “No lo veo, no lo veo”.

Entonces, el Cardenal tuvo un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra “Dios”, y colocó sobre ella una moneda:

-“¿Qué ves?” –le preguntó.

-“Una moneda” –respondió.

-“¿Nada más?” – insistió el Cardenal.

Muy tranquilo, el Cardenal quitó la moneda, y preguntó:

-“Y ahora, ¿qué ves? ”

-“Veo a Dios” –respondió el inglés.

- ¿Y qué es lo que te impide ver a Dios? ” –le preguntó de nuevo el Cardenal.

Y el inglés se calló como un muerto.

El dinero, el negocio, el afán lucrativo o ciertas acciones que desarrollamos, a veces nos pueden ensombrecer la persona de Jesús.

2.- Hoy, además del espacio físico que pueden ser nuestras iglesias (desde la más pequeña hasta la más impresionante catedral) hay otro lugar en el que constantemente mercantilizamos con las cosas de la fe: el corazón.

El corazón es ese atrio sagrado en el que, queriendo o sin querer, vamos expandiendo muchas mesas que se interponen entre Dios y nosotros. En ellas, lejos de servir al Señor, pretendemos que sea Él quien se amolde a nuestras situaciones personales o al tren de vida que llevamos.

3.- ¿Quién de nosotros no ha utilizado en algún momento la frase de “si Dios ya sabe cómo soy”? Detrás de esta afirmación o exclamación se esconde nuestra propia forma de ver y de negociar con lo relativo a Dios, nuestro interesado modo y argucia de hacer un Dios a nuestra medida.

-Con la moneda de nuestro tiempo somos capaces de comprar todo menos aquello que, materialmente no nos cuesta nada, y tanto nos cuesta adquirir: tiempo para Dios

-Con la moneda de la comodidad preferimos elegir el camino fácil antes que otro que nos exige una conversión personal.

-Con la moneda del “todo vale” hemos rebajado o reducido tanto, algunas verdades o mandamientos de nuestra fe, que lo hemos olvidado o arrastrado por el camino.

-Con la moneda del demoledor materialismo hemos sido capaces de levantar ficticiamente una sociedad (basada en la apariencia, en el dinero o en el bienestar) pero hemos sido incapaces de mantener en pie miles o millones de templos espirituales donde habita o habitaba Dios: el alma de cada persona, el alma de nuestra Europa, de nuestra España, de nuestra tierra o de nuestra parroquia.

4.- Si hoy regresara de nuevo el Señor ¿qué mesas volcaría de nuestra vida para que pudiéramos ver más y mejor a Dios? ¿Dónde nos pegaría y con fuerza para que nada se interpusiera entre el atrio sagrado (el mundo) y Dios?

Interrogantes que necesitan respuestas. Pidamos al Señor que seamos capaces de mantener con diligencia el sentido trascendente de nuestro día a día: de Dios venimos y a Dios marchamos.

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Acompañado de sus discípulos, Jesús sube por primera vez a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua. Al asomarse al recinto que rodea el Templo, se encuentra con un espectáculo inesperado.

Vendedores de bueyes, ovejas y palomas ofreciendo a los peregrinos los animales que necesitan para sacrificarlos en honor a Dios. Cambistas instalados en sus mesas traficando con el cambio de monedas paganas por la única moneda oficial aceptada por los sacerdotes.

Jesús se llena de indignación. El narrador describe su reacción de manera muy gráfica: con un látigo saca del recinto sagrado a los animales, vuelca las mesas de los cambistas echando por tierra sus monedas, grita: «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Jesús se siente como un extraño en aquel lugar. Lo que ven sus ojos nada tiene que ver con el verdadero culto a su Padre.

La religión del Templo se ha convertido en un negocio donde los sacerdotes buscan buenos ingresos, y donde los peregrinos tratan de "comprar" a Dios con sus ofrendas. Jesús recuerda seguramente unas palabras del profeta Oseas que repetirá más de una vez a lo largo de su vida: «Así dice Dios: Yo quiero amor y no sacrificios».

Aquel Templo no es la casa de un Dios Padre en la que todos se acogen mutuamente como hermanos y hermanas. Jesús no puede ver allí esa "familia de Dios" que quiere ir formando con sus seguidores. Aquello no es sino un mercado donde cada uno busca su negocio.

No pensemos que Jesús está condenando una religión primitiva, poco evolucionada. Su crítica es más profunda. Dios no puede ser el protector y encubridor de una religión tejida de intereses y egoísmos. Dios es un Padre al que solo se puede dar culto trabajando por una comunidad humana más solidaria y fraterna.

Casi sin darnos cuenta, todos nos podemos convertir hoy en "vendedores y cambistas" que no saben vivir sino buscando solo su propio interés. Estamos convirtiendo el mundo en un gran mercado donde todo se compra y se vende, y corremos el riesgo de vivir incluso la relación con el Misterio de Dios de manera mercantil.

Hemos de hacer de nuestras comunidades cristianas un espacio donde todos nos podamos sentir en la «casa del Padre».

Una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas, donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los hijos más desvalidos de Dios y no solo nuestro propio interés. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos SIN SITIO PARA DIOS

El celo de tu casa me devora

Cada vez son más los que toman nota de ese dato que ponía de relieve hace unos años P. Richard: Dios está presente en los pueblos pobres y marginados de la Tierra, y se está ocultando lentamente en los pueblos ricos y poderosos. Los países del Tercer Mundo son pobres en poder, dinero y tecnología, pero son más ricos en humanidad y espiritualidad que las sociedades que los marginan.

Tal vez, el viejo relato de Jesús expulsando del Templo a los mercaderes nos pone sobre la pista (no la única) que puede explicar el porqué de este ocultamiento de Dios precisamente en la sociedad del progreso y del bienestar. El contenido esencial de la escena evangélica se puede resumir así: allí donde se busca el propio beneficio no hay sitio para un Dios que es Padre de todos los hombres.

Cuando Jesús llega a Jerusalén no encuentra gente que busca a Dios, sino comercio. El mismo Templo se ha convertido en un gran mercado. Todo se compra y se vende. La religión sigue funcionando, pero nadie escucha a Dios. Su voz queda silenciada por el culto al dinero. Lo único que interesa es el propio beneficio.

Según el evangelista, Jesús actúa movido por «el celo de la casa de Dios». El término griego significa ardor, pasión. Jesús es un «apasionado» por la causa del verdadero Dios y, cuando ve que está siendo desfigurado por intereses económicos, reacciona con pasión denunciando esa religión equivocada e hipócrita.

La actuación de Jesús recuerda las terribles condenas pronunciadas en el pasado por los profetas de Israel. Sólo citaré las palabras que Isaías pone en boca de Dios: «Estoy harto de holocaustos... No me traigáis más dones vacíos ni incienso execrable... Yo detesto vuestras solemnidades y fiestas; se me han vuelto una carga que no soporto. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien. Buscad la justicia, levantad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid» (Isaías 1, 11-18).

No es extraño que en la «Europa de los mercaderes» se hable hoy de «crisis de Dios». Allí donde se busca la propia ventaja o ganancia sin tener en cuenta el sufrimiento de los necesitados, no hay sitio para el verdadero Dios.

Allí el anhelo de la trascendencia se apaga y las exigencias del amor se olvidan. Esta Europa del bienestar donde la crisis de Dios está ya generando una profunda crisis del hombre, necesita escuchar un mensaje claro y apasionado: «Quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de Dios»

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

En la década de los años 60, los llamados «teólogos de la muerte de Dios» profetizaron la rápida desaparición de la fe en Dios y el espectacular derrumbe de lo religioso en la sociedad moderna.

Apenas han pasado unos años, y ya ha perdido toda actualidad aquella moda teológica. Dios no ha muerto. Lo religioso sigue persistiendo, y la fe no parece abocada a una rápida desaparición.

Sin duda, la crisis religiosa es profunda y se plantea en las raíces mismas de nuestra civilización. Pero no se puede afirmar ligeramente que lo religioso esté desapareciendo para siempre. Si se escucha el parecer de sociólogos y teólogos, se diría casi lo contrario. «Desde el punto de vista de los datos reales, no hay razones para pensar que la religiosidad en general, y la práctica religiosa en concreto, estén en vías de desaparición, sino más bien de todo lo contrario».

El interés por el misterio, la atracción por ciertas prácticas de piedad, el acercamiento a los sacramentos en los momentos más decisivos de la vida (Bautismo, Matrimonio, funeral) no han descendido como se esperaba.

Pero, uno no puede menos de hacerse la pregunta: ¿qué hay tras esa religiosidad? ¿qué se esconde en esa liturgia? ¿qué se busca a través de ese culto? ¿con qué Dios se encuentran estos hombres y mujeres en el templo?

La actuación de Jesús en el templo de Jerusalén nos pone en guardia frente a posibles ambigüedades, ambivalencias y manipulaciones de lo cultual.

También nosotros hemos de preguntarnos en qué hemos convertido «la casa del Padre». ¿Son nuestras iglesias lugar donde nos encontramos con el Padre de todos, que nos urge a preocuparnos de los hermanos, o el lugar en que tratamos de poner a Dios al servicio de nuestros intereses egoístas?
 

¿Qué son nuestras celebraciones? ¿Un encuentro con el Dios vivo de Jesucristo que nos impulsa a construir su reino y buscar su justicia, o la puesta en práctica de unos mecanismos de los que esperamos obtener efectos tranquilizadores?

¿Qué son nuestros encuentros dominicales? ¿Una escucha sin-cera de las exigencias y las promesas del evangelio y una celebración de nuestro compromiso de fraternidad, o el cumplimiento de una obligación rutinaria y aburrida que nos permite una «cierta seguridad» ante Dios?

Sólo hay una manera de que nuestras iglesias sean «casa del Padre»: celebrar un culto que nos comprometa a vivir como hermanos.