Moniciones y homilías

 

Solemnidad de San José,

esposo de la Virgen María

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos a esta Eucaristía donde, todas las lecturas, nos hablan de la obediencia, de la disponibilidad que todo hombre de Dios ha de tener.

San José, y es así, fue como Abraham y otros tantos hombres de Dios, una persona que creyó, que se fió y que se dejo llevar por la fuerza poderosa del Padre.

Hoy, con esta eucaristía, queremos dar gracias a Dios por San José: es nuestro padre en la fe, con su testimonio nos invita a seguir con sencillez y sin riquezas el camino de Dios.

Además, agradecemos a Dios la vida de nuestros padres y les felicitamos en este día que, más allá de lo comercial, es sinceridad del corazón: ¡GRACIAS POR SER MI PADRE! ¡GRACIAS, HOY ES TU DIA!

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Vamos a escuchar unas lecturas en las que, si algo tienen en común, es que San José, como Abraham o los grandes hombres de Fe, se dejó guiar por la voz de Dios. Escuchemos atentamente y, le pidamos, que nuestros padres nos enseñen a escuchar y vivir la fe a la sombra de la Palabra de Dios. Escuchemos con atención.

 

PETICIONES

a) Pidamos al Señor por la iglesia. Para que nunca nos falten sacerdotes que nos anuncien lo que, en San José, fue tan grande y tan importante: EL AMOR A DIOS. Roguemos al Señor.

b) Pidamos al Señor por nuestros padres. Para que e sientan nuestro agradecimiento y nuestra oración. Roguemos al Señor.

c) n este día del padre, Pidamos por todos los carpinteros. Para que como San José trabajen por su sustento. Que Dios les bendiga. Roguemos al Señor.

d) No olvidemos al Seminario. A todos los que se preparan para ser sacerdotes. Para que sientan nuestro apoyo, ayuda, estima y oración. Roguemos al Señor.

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Avanzando hacia la Pascua, celebramos en esta jornada, el día de San José. La fiesta de aquel hombre que tuvo como misión y gran labor, la de acompañar a María y, además, acoger y ver crecer a Jesús en medio del hogar. Su figura nos impresiona: nadie como El nos puede enseñar lo qué significa la humildad, el silencio, la fortaleza y la esperanza.

En este día, no puede ser de otra manera, recordamos a nuestros padres. Aquellas personas que nos han visto nacer y que, junto con nuestras madres, se encargan de nuestro crecimiento espiritual, personal y material.

Tengamos, además, un recuerdo y oración por todos los jóvenes que se preparan para ser sacerdotes.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las tres lecturas que vamos a escuchar, nos vienen muy bien –no solamente para este día de San José- sino para empujarnos a vivir la razón de la llegada de Jesús a nuestro mundo. Además, San Pablo, al hablar de Abraham nos recuerda también a San José: El también creyó contra toda esperanza en momentos difíciles. Todo ello, antes y después, acompañados de Dios como el mismo San José lo estuvo en momentos de dificultades. Escuchemos con atención estas lecturas.

 

PETICIONES

1. Por la Iglesia, para que a pesar de sus temores –como los tuvo José- se deje llevar por la mano de Dios. Un Dios que habla de día, cuando estamos despiertos, y habla de noche, cuando dormimos. Roguemos al Señor.

2.. San José no se escondió ante las dificultades. Guiado por la mano de Dios y por su fe, fue fiel hasta el final. Por nuestros padres. Para que no dejen de acompañarnos en nuestra educación. Para que demos gracias a Dios porque, el padre, es seguridad, paz y equilibrio en nuestros hogares. Roguemos al Señor.

3. Para que nuestra vida, como la de San José, sea limpia y honesta. Para que no nos dejemos llevar por la apariencia ni por la riqueza. Roguemos al Señor

4. San José fue educador de Jesús. Pidamos por los que se están preparando para ser sacerdotes. Para que el Espíritu Santo les anime y puedan llegar a ser buenos testigos del amor de Dios en el mundo. Roguemos al Señor.

 

Homilía Solemnidad de San José

 

Celebramos en este 19 de marzo la festividad de San José. Héroe por y en el silencio. Abierto a Dios, resultó ser un hombre sencillo, prudente, obediente teniendo como galardón su firme respuesta: LA FE.

1- .Poco, cuatro líneas escasas, nos refiere el evangelio de esta figura tan invisible como presente en el corazón de los creyentes. El hombre del sigilo que, con su actitud de obediencia, lo expresó todo. El varón de la fe, que con su confianza, creyó y espero en Dios a pesar de que todos los vientos los tenía en contra. El hombre que, con su vida, contribuyó a la construcción del Reino, a la venida de Jesús, a la calidad de vida de Santa María.

No todo lo que ocurrió en los albores de la vida cristiana, está contenido en los evangelios. Y, qué duda cabe, que el testimonio de San José, su ser justo y bondadoso, se mantiene en pie más allá de los evangelios.

Su ejemplo fue caldo de cultivo en los primeros pasos de Jesús de Nazaret. Todo un referente, por qué no decirlo, para Aquel que naciendo en Belén y creciendo en Nazaret, encontró y aprendió en el Patriarca de la Iglesia, el santo temor de Dios y su disposición a colaborar con Él.

Por eso, en este día del Seminario, en esta jornada en la que damos gracias a Dios por el testimonio de nuestros padres, en estas horas en que rezamos –muy intensamente- al Patrón de la Iglesia, no podemos menos que admirar su ejemplar servicio a la causa de Dios.

Poco nos importa que no fuera excesivamente protagonista. Su silencio sirvió de cobertura para que, Dios, se hiciera presente en María y luego en el Nacimiento posterior de Cristo. Su felicidad, muy al contrario que la nuestra, no estuvo marcada ni sostenida en la apariencia: fue feliz permaneciendo en un segundo plano.

2.- ¿Cómo llegó, San José, a comprender y aceptar la voluntad de Dios? ¿No le causaría pesar, contradicción y amargura aquella fijación de Dios en la que estaba llamada a ser su esposa?

En el corazón, San José, aprendió a escuchar y a localizar a Dios. Es el lugar en cual, como si de un desierto se tratara, fue probado, tentado e invitado a desertar de aquella aventura que, tal vez, le pareció una inmensa locura. ¡Pero, no! En la soledad y en el misterio de aquellas noches, San José aprendió a cribar la bondad de Dios de la maldad del maligno. Soñó, y al soñar, supo poner toda su mente y toda su persona al servicio de Dios. La humildad de San José, y a la vez su valentía, le lanzaron –sin preguntas ni objeciones- a cumplir lo mandado por el Señor.

3.- Como María, también San José, se puso en camino para que el Salvador encontrase pobreza en un pesebre pero riqueza espiritual, bondad en su persona y cariño en sus brazos paternales. ¿Pudo dar más aquel anciano que aparentemente se había quedado sin nada? ¡Si! Su fe. Y Dios, que ya sabemos cómo se le conquista, le agradeció y sonrió su gesto de apertura, colaboración y entrega.

No todo, por supuesto, fue un camino de rosas. Pero, tal vez mirando hacia atrás, comprendería que hombres de Dios como Abraham o de David, dejaron que Dios fuese su guía, su meta y su destino. Y si Abraham creyó, San José también lo hizo. Y si aquel fue padre de los creyentes, San José será el padre terrenal del mismo Cristo. ¡Cómo no asombrarnos, en este día de San José, de la fe gigante e inconmovible del Patriarca de la Iglesia!

Que también nosotros, que gustamos tanto de sueños bonitos e ideales inalcanzables, nos dejemos seducir en el corazón y en nuestra vida por esa presencia de Dios que sólo espera una respuesta: nuestra fe.

 

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Hoy es fiesta para la iglesia que recuerda a san José, padre de Jesús, esposo de María. Son incontables los grupos, congregaciones, movimientos, instituciones... que lo tienen por patrón o especial protector. En definitiva, referencia sencilla y clara para vivir nuestra fe y para acercarnos cada vez más a Dios.

Podemos encontrar en las lecturas de hoy dos claves para celebrar el día de hoy:

FE Y ESPERANZA: dos rasgos claramente presentes en él. De hecho se asocia a los grandes creyentes de la historia, a Abraham, a su confianza plena en Dios, esperando contra toda esperanza y convirtiéndose así en “padre de muchos pueblos”.

José es padre de muchos porque supo ser padre de Jesús, porque supo vivir cotidianamente la misión que Dios le encomendó. No buscó otras grandezas ni anheló otros proyectos. Fue fiel en lo que se le pidió, más allá de que entrase en sus planes, le gustase o no le gustase... Se fió y esperó.

CALLA, ESCUCHA Y HACE: el evangelio no nos ha transmitido ni una sola palabra de él. Decide en secreto viendo lo que sucede con María. Calla pero no guarda rencor ni sigue maquinando en su interior. Es un silencio real, por fuera y por dentro.

El silencio de quien sabe callar. El silencio de quien sabe escuchar y por eso, oye, comprende, es capaz de descubrir a Dios en lo que le está pasando: “la criatura que hay en María viene del Espíritu Santo”.

Calla y escucha de tal manera que lo que tiene que hacer viene sólo, con toda naturalidad. Nada hay en él que se resista, que se pregunte, que huya. Simplemente, se despierta y hace lo que el Señor le ha mandado.

No es poco para nosotros en estos días. Podemos quedarnos con una imagen ambigua de José, llena de tonos apastelados, con nardos o azucenas blancas, alejado de la realidad, arrinconado mientras –aparentemente- la historia de salvación sigue su curso con María y Jesús.

O podemos pedir a Dios que nos ayude a parecernos a este hombre santo y fiel. Quizá de su mano, cambie también nuestra Cuaresma.

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Comentaba el Papa Benedicto, siendo cardenal, que en la casa de unos amigos personales se hallaba un relieve en el que se mostraba la noche de la fuga hacia Egipto; una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, durmiendo, pero con indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas y preparado para una caminata difícil. Es un San José en actitud durmiente pero, dispuesto para escuchar la voz del ángel (Mt 2,13ss).

1.- Esta es el alma espiritual de San José. Silenciosamente hizo y dijo mucho. Su corazón vigilante estaba orientado totalmente hacia la voluntad de Dios. En San José, como siempre, salen a relucir sus mejores virtudes: recogimiento y prontitud, obediencia y sencillez.

En esta Santa Cuaresma, el Patriarca de la Iglesia, es una llamada a retirarnos de tantos ruidos que nos impiden escuchar la voz del ángel o sentir la mano de Dios que nos invita a ponernos en camino. ¿Hacia dónde? ¡Hacia el encuentro de Cristo que sube con su cruz camino del calvario!

San José, en este tiempo cuaresmal, nos da un testimonio eficaz y válido para nuestro tiempo moderno: es necesario apartarnos de nuestras preocupaciones (ocupaciones) para dirigirnos con verdad hacia nuestro interior. Para encontrarnos con nuestro “yo”.

2.- San Pedro, por boca del mismo Cristo, fue alertado “día llegará en que te llevarán donde tú no quieras ir” (Jn 21,10). San José con una vida resuelta y dulce al lado de María, jamás imaginó el futuro incierto y lleno de dificultades que le aguardaba a la vuelta de la esquina. Creía en Dios profundamente, le amaba con todas sus fuerzas y –aún en medio de aquella primera incertidumbre- se dejó conducir en la dirección que jamás pensó.

 Supo corresponder (sin nada a cambio) a los designios y exigencia de Dios. María, con sus labios, pronunció el “hágase”. San José, con sus propias obras y con su admirable testimonio lo llevó a la práctica: ¡aquí estoy! Nuevamente, Dios, como en Abraham encontró un siervo bien dispuesto, un hombre que le amaba con todas las consecuencias, un hombre con una fe fuera de serie.

3.- Este es el San José que ensalza y pregona la Iglesia: el fiel custodio de Cristo. Aquel que, aún sin ver manifestarse la misión de Jesús, creyó desde el principio en la tarea a la cual él había sido llamado. Con su silencio, guardó para sí mismo con cuatro llaves sus sufrimientos, padecimientos o esperanzas. No pretendió realizarse a sí mismo, ni compadecerse de su suerte… se dejó llevar incluso donde no quería.

Con razón, en el día del Seminario, muchos ojos se vuelven hacia el Patriarca de nuestra Iglesia. Es todo un modelo de referencia: saber perder para ganar, saber negarse parar encontrarse, saber sembrar para que Dios pueda fructificar en el ciento por uno.

Que San José, con su renuncia, con su abandono nos ayude a imitar a Jesús crucificado siendo fieles en nuestro testimonio y, sobre todo, orando –al protector del primer seminarista que existió en la tierra (Jesús de Nazaret) para que nunca nos falten hombres que anuncien la fidelidad, la resurrección y la vida que nos viene de Cristo.

Por todo ello, demos gracias a Dios en este día porque nos ha dado ese Santo, que nos habla de recogernos en Él; que nos enseña la prontitud, y la obediencia, y la abnegación, y la actitud de los caminantes que se dejan llevar por Dios; y que nos dice por esto mismo la manera de servir igualmente a nuestra tierra.

Demos gracias asimismo por esta fiesta en la que podemos comprobar que sigue habiendo personas con el ánimo abierto a la voluntad de Dios, y preparadas para escuchar sus llamamientos y marchar a su lado hacia donde Él quiera llevarlas.

 

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SAN JOSÉ DA TONO A LA CUARESMA

San José, a tono con la Santa Cuaresma, nos transmite sobriedad y profundidad, sencillez y silencio, oración y austeridad. San José, con el pensamiento en nuestro seminario, nos recuerda que todos estamos llamados a ser promotores de las vocaciones sacerdotales en nuestro hogar. ¿Cómo es posible que, en nuestra mesa, se hable de las grandes figuras del deporte o de la música y, en cambio, silenciemos la vocación sacerdotal?

1.- El Papa Benedicto XVI, un 18 de diciembre de 2005, llegó a decir “dejémonos invadir por el silencio de San José”. Estamos tan acostumbrados a vivir asediados por el ruido que, aunque nos parezca mentira, nos resultaría imposible ya vivir sin él. Pero ¿qué ocurre? El ruido nos impide escuchar o percibir las grandes verdades de la vida; el paso de Dios por las calles en las que caminamos; el soplo del Espíritu que habla suavemente en toda persona que desee vivir como Dios manda.

Al festejar a San José, y junto con Él su silencio, llegamos a la conclusión de que su disponibilidad y obediencia o la ausencia de sus palabras en el Evangelio es, todo ello, un gran tesoro para nuestra Iglesia.

-Nos enseña San José a ser grandes desde la pequeñez (como María).

-Nos invita San José a confiar en el Creador aunque aparentemente las cosas nos vayan en contra.

-Nos induce San José a ponernos en camino apoyados en el cayado de la esperanza.

Sólo desde el silencio, con el silencio y en el silencio podremos llegar a comprender, vivir y sentir la presencia del Señor tal y cómo José la abrigó en propias carnes. Su silencio, el silencio de San José, es para nosotros una joya, un modelo, una respuesta a nuestra fe. ¿Confías en Dios? ¡Guarda silencio! ¡Calla! ¡Olvídate de ti mismo y piensa más en los demás! ¿Quieres, como San José, conocer y amar más a Dios? ¡Abre un poco menos los labios y abre un poco más los oídos!

2.- Una segunda pincelada de este día dedicado al Patriarca de la Iglesia nos viene dada desde las líneas maestras que nos brinda su figura.

Su constancia, aun sin ser agradecida, es modelo para la Iglesia que se enfrenta a una Nueva Evangelización. ¿Cómo llevarla a cabo? Ni más ni menos que con aquella dinámica que San José aportó a los inicios del cristianismo: confiar en la gran Verdad que es Dios. Poner a Dios en el corazón de cada uno de nosotros.

Su obediencia, probada y continua, es un referente para todos los que somos cristianos. ¿Amas a Dios sobre todas las cosas? ¿Le entregas incluso aquello que más quieres? San José, desde su ser obediente, nos empuja a lanzarnos sin ruido pero sin temblor en la aventura de la fe.

3.- Su responsabilidad en la casa de Nazaret nos exige también, como he dicho al principio, rezar, cuidar y potenciar las vocaciones sacerdotales. Él, mejor que nadie, nos puede dar las pistas para ir en la dirección adecuada: acompañamiento, compromiso, convencimiento, oración y abnegación. Paso que, para llevarlos a cabo, exigen sacrificio y esfuerzo por parte de todos (padres, sacerdotes, catequistas o religiosos).

Que el silencio de San José, en este tiempo de la Santa Cuaresma, hable a lo más hondo de nuestras conciencias. Que al festejar su Patronazgo pongamos en sus manos los destinos de nuestra Iglesia, el amor y la oración por nuestros padres y por tantas instituciones que confían en su intercesión.

 

NOS HABLAS, JOSÉ

Con tu silencio como respuesta y con tus pisadas, suaves y humildes, nos muestras el camino de la fe.

Con tu silencio, obediente y puro, hablas, más que con palabras, con tus propias obras.

¡Sí; José!

Acercarse a tu pecho es sentir el rumor de Dios saber que, en la soledad y en la prueba, es donde se demuestra la grandeza que presumimos la verdad o la mentira de lo que somos.

Nadie como Tú, José, habló tanto en imperceptibles palabras:

Tu vida fue un canto a la obediencia

Tu caminar se convirtió en letra impresa

Tu sendero marcó un antes y un después para los que, como Tú, queremos seguir dejando huella.

¡NOS HABLAS, JOSÉ!

Desde la bondad frente a tanto odio

Desde la fe ante las dudas que nos rodean

Desde el silencio cuando el ruido nos atenaza

Desde la responsabilidad cuando caemos bajo el peso de nuestras fragilidades

¡NOS HABLAS, JOSÉ!

En sueños que, mirando al cielo, se convierten  en destellos divinos

En sueños que, mirando a la tierra, nos empujan a ser decididamente rectos

En sueños que, en las noches oscuras, disipan preocupaciones y horas amargas.

¡NOS HABLAS, JOSÉ!

Sin elocuencia pero con la verdad de tu vida

Sin ruido pero con la decisión de tu cayado

Sin, subidas o bajadas de ángeles, pero con los pies en la tierra

Sin riqueza en tu hogar ni monedas en tu túnica pero con el tesoro inmenso de tu fe sin límites.

¡Sí! ¡Así nos hablas, José!

Toda tu vida es páginas por escribir de alguien que ya habló con su propia existencia.

Amén.