Homilías Semana Santa Ciclo B

Domingo de Ramos

Hoy Cristo sigue sufriendo su pasión

 

            Con la lectura de la Pasión del Señor entramos en el tiempo litúrgico de la Semana Santa… Lectura de unas páginas del evangelio, que nos recuerda el hecho histórico de la pasión y muerte del Señor: Hecho histórico, (la pasión y muerte del Señor) que sigue teniendo en nuestros días y en nuestras vidas una palpitante actualidad…. Pues la pasión de Cristo no ha terminado. Cristo sigue hoy sufriendo en el hombre hermano, con el que Jesús se ha querido identificar.

            - Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión, cuando no sabemos acompañar a nuestros hermanos que sufren, que sienten angustia y se sienten solos, como hicieron sus discípulos predilectos en el huerto de Getsemaní.

            - Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión, cuando vendemos nuestra vida por treinta monedas  de plata; cuando nuestro deseo de medrar nos lleva a hacer negocios no tan limpios, cuando, incluso, compramos por dinero un poco de placer.

            - Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión, cuando los hombres buscan en la violencia, - terrorismo, guerras, abortos, odios entre familias, - la solución de los problemas, como aquellos que prendieron a Jesús con palos y espadas….

            - Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión cuando acusamos injustamente a los hombres con críticas y descalificaciones injustas, como lo hicieron con Jesús aquellos líderes religiosos de Jerusalén y los falsos testigos.

            - Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión, cuando le negamos por vergüenza y cobardía como lo hizo Pedro, cuando, por respeto humano, no confesamos con valentía y sinceridad nuestra fe.

            - Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión, cuando nos lavamos las manos como Pilato; cuando no vivimos comprometidos, en una piedad rutinaria, sin mucha incidencia en nuestra vida.

            - Hoy Cristo sigue sufriendo la pasión, cuando nos dejamos arrastrar por las modas en ideas y costumbres, como hicieron las turbas de Jerusalén. Hoy, en una palabra, Cristo sigue sufriendo su pasión, en todo aquel que sufre: enfermos, pobres, ancianos en soledad y de los marginados de la sociedad… y ojala no nos burlemos como lo hicieron los soldados de Jesús clavado en la Cruz.

            La Pasión y Muerte de Cristo no es sólo un hecho histórico, y no fueron sólo los judíos los que torturaron al Señor….De la pasión de Cristo, que aún no ha acabado y sigue en el dolor de cualquier hombre, todos nosotros debemos sentirnos responsables.

            Acompañemos estos días al Señor, no solo con el sentimiento, sino haciendo “completar” en nuestra vida, como dice S. Pablo, lo que faltó a la Pasión de Jesucristo.

            El es la cabeza…Nosotros los miembros… Y no podemos ser, como dice Santa Teresa, miembros “regalados”, perteneciendo a una Cabeza - Cristo - que está coronada de espinas.

 

Jueves Santo

El memorial de la Eucaristía es memoria del amor 

            Comenzamos con esta acción litúrgica, en la tarde del Jueves Santo, la celebración del Triduo Pascual: de la Muerte y Resurrección  de Cristo: Empezamos a andar con Cristo Paciente el camino de la Cruz, para participar con El de la Gloria de su Resurrección…Las lecturas que hemos proclamado nos introducen en el Misterio:

            “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta más no poder“, y como explicación de estas palabras introductoras del Apóstol, hemos recordado el hecho que siguió, en las palabras de S. Pablo a los corintios: la primera redacción, en la primitiva Comunidad Cristiana, de la institución de la Eucaristía: “Que el Señor Jesús…tomó pan…y dijo: “Este es mi cuerpo”, y lo mismo hizo con el Cáliz.  “Por eso, como sigue diciendo el Apóstol Pablo, cada vez que comáis de este pan y bebáis de este cáliz, como en esta tarde del jueves Santo, proclamáis, - proclamamos -, la muerte del Señor, hasta que vuelva”.

            Es un signo de amor de Jesucristo y signo eficaz de su muerte redentora como expresión de su Sacrificio Cultual, que se hizo cruento una vez para siempre en la Cruz, inaugurando la nueva pascua, cuya figura fue la antigua Pascua del Pueblo Judío, recordada en la proclamación de la 1ª lectura,  o nuevo pacto, nueva alianza entre Dios y los hombres, por el “paso”, eso significa Pascua, a la Amistad con Dios desde nuestra antigua condición de pecadores…

            Esto es lo que recordamos y celebramos esta tarde de Jueves Santo, intensificando esta “comunión”  “nuestra común-unión“ entre todos nosotros, como grupo o comunidad de discípulos, que entran a participar del proyecto Salvador de Dios, en y con Jesús de Nazaret. Por eso lo recordamos dentro de la Comunión, -que es la Iglesia-, aglutinada por los que han comido y bebido el Cuerpo y la Sangre del Señor…Y esto, porque seguimos actualizando su mandato: “Haced esto en memoria mía” en la tarde del Jueves Santo, o tarde Sacerdotal.

            Cristo Sacerdote prolonga su sacerdocio en sus ministros, para hacer presente su Amor en medio de la Comunidad de creyentes.

            Es Jesucristo, quien esta tarde instituye el Sacerdocio Ministerial de los Presbíteros al servicio de la comunidad: “Haced esto en menoría mía“, íntimamente unido a la Eucaristía, hecha en la Iglesia y para la Iglesia por el sacerdocio de Jesucristo, prolongado en sus ministros.

            Y todo como eclosión...Tarde de Jueves Santo…Tarde del Amor…Sí todo: Eucaristía, Sacerdocio, como eclosión del amor humano ingenioso de un corazón que, al amar, pone en juego el tesoro de la omnipotencia de su poder.

            “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el fin“,  y por eso Jesús  da explicación de lo que está haciendo, y quiere que se repita, hasta que Él vuelva, con la promulgación, en la misma cena, de su Nuevo Mandamiento, que no puede ser otro que el del amor.

“Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois discípulos míos “

            Es, pues, el amor lo que da perspectiva y profundidad  a los misterios de Pasión y Muerte, Eucaristía y Sacerdocio, Servicio y Amor, que celebramos en esta sacrosanta tarde.

¡Cuanta inflación sufre en la actualidad en su uso y contenido el término y la palabra  “amor”. A cualquier cosa tanto en los medios de expresión  (literatura, arte, cine, etc.), como comunicación de masas (radio, prensa, televisión, etc.)… a cualquier cosa se llama amor.

            Jesús da a su palabra el valor original más autentico y exigente, pues  “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. El amor cristiano no admite falsificaciones…El amor fraterno es tan decisivo en el seguimiento de Jesucristo, que se trata del signo por el que serán conocidos los verdaderos discípulos de Jesús.

            Así, pues, hermanos, es Jueves Santo, si recibimos con gozo el don inmenso de la presencia sacramental de Jesucristo, que se hace alimento en nuestra vida por el ministerio de su Sacerdocio, prolongado en sus ministros.

            Es Jueves Santo siempre y donde quiera que un hombre o una mujer, y en su nombre, en el nombre del Señor, ama a sus hermanos, sobre todo, si es su hermano pobre, enfermo, anciano, sin trabajo, emigrante…Si ama a su hermano, proscrito o discriminado de la sociedad: reclusos, drogadictos, alcohólicos…“Lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis”. “Porque tuve hambre y me disteis de comer, enfermo y me atendisteis, en la cárcel y me visitasteis”.

            La Iglesia tiene instituciones, como Cáritas, que se acerca a todos estos problemas de nuestros hermanos los hombres, imagen de Jesús doliente. Nosotros, si no nos queremos desentender, si queremos acercarnos a ellos, lo tenemos más fácil, contribuyendo, si podemos, con nuestra colaboración personal y siempre con nuestro apoyo y nuestra ayuda.

             Cáritas u otra institución Eclesial serian nuestros brazos largos con los que abrazamos a Jesucristo en sus pobres, poniendo en práctica el precepto del amor, según la capacidad cristiana de nuestro corazón. Nos lo recuerdan nuestros Obispos glosando para nosotros en este día del Amor Fraterno.

            Es Jueves Santo siempre y donde quiera que un discípulo de Cristo viva y se solidariza con afecto con los problemas concretos y actuales de sus hermanos, para poder después sentarse en la mesa de la Eucaristía a comer juntos el pan de la Fraternidad.

 

            Donde hay Caridad y Amor allí esta Dios.

 

            En breve silencio recibamos esta palabra en nuestro corazón.

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Viernes Santo

“Cristo, por nosotros, se sometió a la muerte y una muerte de cruz”

            Nos hemos adentrado, con la lectura, -proclamación de la Pasión y muerte de Cristo-, en el misterio más profundo de Dios…En el misterio del sufrimiento de Jesucristo. ¿Cómo comprender la dolorosísima muerte de Jesucristo en la Cruz?...Sería bueno el silencio en esta tarde de Viernes Santo, eco lejano en el tiempo y actualizado en la vivencia de nuestra fe de aquel  primer Viernes Santo de la historia…el silencio para poder contemplar el amor de Dios hecho “instantánea” en el madero tosco de la Cruz.

            Contemplar en el silencio de nuestro Corazón el amor infinito de Dios a los hombres expresado en Cristo que muere dolorido, abandonado y perdonando en la cruz…

            Contemplar y comprender que ese mismo sufrimiento del Señor se actualiza en nosotros, ocupando un lugar importante en nuestra vida, en la vida de los que participan en la vida de Cristo, de los que participamos del amor de Dios: El máximo amor consiste en tomar sobre uno mismo un mal, un dolor, en beneficio de la persona amada. Esto es lo que Cristo hace esta arde de Viernes- Santo para salvarnos, como nos ha dicho Isaías en la 1ª lectura proclamada:

            Su Pasión, como fin presentido, preconocido, ocupaba un lugar en su alma. El hablaba de su “día” y de su “hora”. La esperaba con “temor” y “ansia”…Dolor continuo de un Corazón de hombre incomprendido, insultado, calumniado, trabajado y al final aparentemente fracasado en el tormento más ignominioso de su muerte en la cruz ¿Por qué, de verdad, quiso el Señor sufrir así? …

            La respuesta es profunda y al mismo tiempo sencilla: Por su Amor al Padre, por su Amor a los hombres,…por su Amor a nosotros…Por su Amor a : cada uno de nosotros puede repetir en silencio…en lo más intimo de su corazón las mismas palabras del Apóstol S. Pablo: “Me amó y se entrego a la muerte por mi”. Jesucristo llevado de su Amor al Padre…se hace obediente hasta la muerte…se deja matar por los mismos que salva: “Perdónalos que no saben lo que hacen”…Y lo hace “para que el mundo conozca que El Ama al Padre”, como nos dice S. Juan.

            ...Y Jesucristo sufrió para manifestarnos su amor: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Para manifestarnos el amor del Padre a través se los sufrimientos del corazón de Cristo, que me ama hasta morir por mi, para mostrarme su amor, que es la gran y Nueva noticia de su Evangelio…

            Meditemos en el silencio de nuestro corazón: Si la redención se hizo por la Caridad, la Obediencia y el dolor de Cristo…nosotros, miembros suyos, debemos conocer el poder redentor de nuestro sufrimiento. Mirando al crucifijo debe aumentar nuestra capacidad de agradecimiento, estupor, y, al mismo tiempo, nuestra generosidad, llena de fe, alegría y confianza, porque en nuestros sufrimientos comprendemos mejor el amor que por los suyos nos mostró Cristo.

            Y, si obedientes a Dios y participando del amor que sostenía a Cristo en sus dolores, aceptamos nuestros sufrimientos, y el vacío de nuestra muerte, por ellos alcanzaremos,  -somos corredentores con Jesucristo, completando lo que falta a la pasión del Señor, como diría S. Pablo, - alcanzaremos, digo, muchas gracias para los hombres, nuestros hermanos. “Miremos a Jesús Crucificado”… meditemos en el silencio de nuestro corazón.

 

Vigilia Pascual

“Ésta es la noche de la que estaba escrito: ``La noche brillará como el día''” 

             Según una antiquísima tradición, esta es la noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia Pascual, que estamos celebrando, conmemora la noche Santa en la que el Señor resucitó,...en espera vigilante del Señor Resucitado, que la Iglesia hace eficaz en la celebración de la palabra y de los Sacramentos de iniciación cristiana: Bautismo - por eso bendeciremos el agua para rehabilitar nuestro carácter y compromiso bautismal y renovación de las promesas -, y la Eucaristía.

            Y es nocturna esta Vigilia Pascual, como eco y memorial de aquella otra  noche durante la cual los hebreos esperaron el tránsito del Señor, que debía liberarlos de la esclavitud del faraón, figura ésta de otra: La auténtica Pascua de Cristo… de la noche de la verdadera liberación, en la cual, “rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”

            Celebra la Iglesia, en esta noche, la Resurrección de Cristo, fundamento de nuestra fe y nuestra esperanza, haciéndonos injertar por medio de nuestro Bautismo y Sacramento de la Confirmación en el ministerio Pascual de Cristo. Morimos con El al pecado…al egoísmo…al hombre viejo…Somos con-sepultados con Él…y con-resucitados con Él,  por el amor y la gracia, a la vida de hombres nuevos, para reinar con Él para siempre…

            Y en esta noche la Iglesia en su liturgia se hace toda ella símbolo, memoria y poesía con la más fina y delicada sensibilidad lírica…Estábamos en tinieblas de oscuridad, de ignorancia y pecado…por eso el Templo a obscuras…para iniciar el nuevo fuego de la vida renovada en Jesucristo y del amor de Dios, que calienta e ilumina el mundo con el Señor resucitado, simbolizado en el cirio elaborado primorosamente con cera de abeja, y adornado con granos de oloroso incienso en recuerdo del glorioso e impasible Cuerpo de Cristo, conservando las señales de las cinco llagas, que le merecieron tanta gloria y tanta claridad…

            De esa luz, que es Cristo, hemos recibido nosotros la luz…Y lo mismo  que los hijos de Israel, durante la noche, eran guiados por una columna de fuego, así nosotros, los cristianos, hemos seguido a Cristo resucitado en la procesión de entrada, -símbolo de nuestra vida de “seguimiento” del Señor-. Y extasiada la Iglesia con tanta belleza de luz y de vida resucitada canta, dando Gracias a Dios, con hondo y lírico sentimiento, el misterio pascual en el conjunto de la economía o “planes de Dios” de la Salvación…

 

 

            Y en silencio, la Iglesia hace memoria recordando, paso a paso, los momentos culminantes, - desde la creación -, pasando por la ley y los profetas,  de la historia de la Salvación.

            “Memoria” antigua que se hace presente en el de júbilo y alegría, anunciando  la Resurrección del Señor de esta Historia, con el Canto de los Angeles y los acordes del solemnísimo “aleluya”. De esta forma la Iglesia, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas” interpreta el misterio pascual de Cristo: Su paso de la Muerte a la Vida y nuestro paso del Pecado y de la Muerte a la Gracia  y a la Vida de con-resucitados con Él.

            Demos gracias a Dios por tanta maravilla…Y para terminar, os diría como el Apóstol Pablo: “Que no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal…. Sino ofreceros a Dios, como quienes, muertos, han vuelto a la vida”.

            Que nuestra vida cristiana tenga sentido alegre y positivo: gozar de la vida de gracia, gozar de la vida como don de Dios, dar vida, dar vida al hombre, especialmente al hombre que más carencias tiene de la vida, dar la vida sobrenatural al hombre que no la tiene en su alma…dar, - compartir -, con los que tienen carencias en su vida del cuerpo.

            Esta noche nace un día nuevo  lleno de gozo y alegría por la Resurrección del Señor; Jesús ha triunfado sobre el pecado, el dolor y la muerte. Jesús ha vencido el dolor sufriéndolo voluntariamente con amor, vence la muerte tomándola sobre sí. Si los cristianos contamos con la fuerza del que venció todo, venceremos el mal no resistiéndolo; al no buscar nuestra propia vida, la encontraremos; transformaremos las instituciones padeciéndolas. Venceremos al modo de Cristo vivo porque, una noche como esta, resucitó; vivo, porque esta noche, por su gracia, resucitó en nosotros.

 

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Domingo de Resurrección

Cristo Glorioso

 

            En el centro de las Fiestas Pascuales celebramos la Resurrección del Señor…Muy de mañana, como María Magdalena, venimos al sepulcro y lo encontramos vacío…Y al verlo, como el discípulo Juan que al asomarse al sepulcro “vio y creyó” se aviva nuestra fe bautismal en Jesús muerto y resucitado por nosotros.

Esta mañana de Pascua es la manifestación espléndida de la victoria de Cristo precisamente por su Resurrección. Toda su vida estaba orientada hacia la cruz, pero hacia una cruz de la que ha de resucitar. Por eso la Cruz y la Resurrección son los misterios centrales del cristianismo y ambos se complementan y se vivencian en la vida de cada hombre, de cada cristiano.

            Antes de la Pasión, el Cuerpo de Cristo manifestaba y al mismo tiempo velaba su divinidad. Pero después de su Pasión, vencido el muro del pecado, cumplida su misión bajo una forma corporal humilde y pasible, el amor de Dios se manifiesta a los hombres en un Cristo Glorioso. Su cuerpo es ya impasible, aunque conserva las señales de los padecimientos que le merecieron esa impasibilidad; su Cuerpo tiene el resplandor y la claridad de la luz eterna y sus heridas brillaban de forma muy especial, pues también en ellas brilló de un modo muy especial en la Pasión el amor de Dios y su misericordia; El Cuerpo de Cristo resucitado es perfectamente ágil, espiritualizado, reflejando así la omnipresencia divina, y es infinitamente sutil: podía y puede penetrar los cuerpos materiales.

            Podemos decir que la Resurrección cumple en Cristo la justicia divina, que exalta a los que se humillan ante Dios. La inmensa humillación de Cristo, su gran amor y obediencia, determinan la inmensa glorificación de Cristo en la Resurrección: “Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz, por lo cual Dios la exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre”… (Fil 2, 8s)

            Jesucristo murió para satisfacer al Padre y así salvar a los hombres. Su Resurrección es la garantía de que su Sacrificio fue aceptado. ¿Cómo hubiéramos conocido que su vida, su sacrificio y su muerte fueron eficaces? Si todo hubiera terminado en la Cruz, sería vana nuestra fe, como enseña S. Pablo (I Cor 15,17) y aún estaríamos en nuestros pecados.

 

 

            Los Apóstoles predicaron la Cruz y la Resurrección, como hemos escuchado en la primera lectura tomada de los “Hechos”, escrito por S. Lucas; no sólo una o sólo otra. Nosotros predicamos a Cristo Crucificado, leemos en 1ª Corintios (L, 23)…”Para que uno de ellos sea testigo con nosotros de su resurrección”, nos dicen los Hechos de los Apóstoles” (1, 22) Y esto es lo que los cristianos creemos, que Jesús murió y resucito, (1 Tes 4,14) somos, “los que creemos en el que resucitó de entre los muertos, nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,14s). El objeto, pues, de nuestra fe es Cristo vivo, porque resucitó, Cristo Glorioso, Cristo resucitado.

            Y nosotros cristianos estamos llamados, por nuestro Bautismo, a participar de la Vida del señor resucitado, en la misma medida que “completamos en nuestros miembros lo que le faltó a la Pasión de Cristo”, según S. Pablo…Y esta integración en el misterio de Cristo llega hasta el final:

 

            Participaremos también de su Resurrección, entrando de lleno en la vida de Dios que ahora tenemos en nosotros combatida y creciente. Vida de Dios, vida cristiana, cuyo centro, junto con la Cruz, ¿veis el profundo sentido cristiano de nuestros trabajos, sufrimientos, limitaciones y hasta la propia muerte…? Cuyo centro es, repito, junto con la Cruz, la Resurrección del Señor. “Con - sepultados con Cristo, con - resucitados con Él”. Son las nuevas expresiones que tiene que inventar S. Pablo para expresar esta “misteriosa” unión de todos los miembros, que somos nosotros, con nuestra Cabeza, que es Cristo, el Señor Resucitado. El es, pues, quien ahora y aquí nos santifica, ya que según El, nuestro modelo, nacemos a la vida de la gracia, y a El han de tender nuestros actos e impulsos espirituales: “Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios…” (Col 3,1).

            Y no sólo nos configuramos con El. Es Cristo mismo, en virtud del Señor resucitado somos movidos, por El se nos aplica la gracia, que es participación en su vida, El tiene poder para resucitar las almas y después nuestros cuerpos, El da la vida a los hombres. Por su muerte morimos al pecado y lo vencimos, por su Resurrección nacemos a una vida nueva de sinceridad y verdad, la vida de Dios en Cristo.

            Los Sacramentos, signos sensibles y eficaces de esta vida que se nos comunica, tienen este doble aspecto, de muerte y vida, pero, quizás en el bautismo quede eficaz y más patentemente significado este misterio.

 

 

            Nuestra vida cristiana, consecuentemente, no podemos centrarla en la sola decisión de “no pecar”. Si orientamos así nuestra vida, de  un modo tan negativo e inexacto, vivimos oprimidos, angustiados, no se vive, nos quedaríamos en lo que el cristiano tiene de muerte al pecado, sin pasar a lo que esencialmente es, su parte positiva, luz, resurrección, alegría, vida. No goza de la vida el hombre aprensivo, que cree que todo está infectado.    Normalmente el que sólo desea “no pecar”, peca. Lo que nosotros los cristianos deseamos es mucho más que eso: queremos vivir la Vida de Dios hecha asequible en Cristo, y si queremos apartar las tentaciones y no pecar, es porque queremos vivir:

La idea central es positiva. “Que no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal…sino ofreceros a Dios, como quienes muertos han vuelto a la vida. Porque el pecado no tendrá ya dominio sobre vosotros, pues no estáis bajo la ley (cosa que muchos todavía ignoran), sino bajo la gracia”, nos dice S. Pablo en su carta a las romanos. (6,12s).

            Y si así debe ser nuestra vida, del mismo modo ha de estar orientado nuestro apostolado. Somos testigos cada uno en su familia, trabajo, como los primeros creyentes, del Cristo Vivo porque resucitó. Orientemos, así, nuestra acción apostólica en anunciar la novedad de vivir la vida de Dios en Cristo y además nuestro cristianismo tiene por fin algo positivo, dar vida, dar vida al hombre, especialmente al hombre que más carencias tiene de la vida, dar vida al hombre que no la tiene en su alma, dar  - compartir - con los que tienen carencias en su vida del cuerpo. Es mostrar al Cristo total, Vivo, porque resucitó, e intentar hacer que le conozcan y le amen, en lo cual consiste la vida eterna.

            Y por fin la resurrección de Cristo es la causa de nuestra resurrección. “Somos ciudadanos del cielo de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo, que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso”, leemos en S. Pablo en su carta a los Filipenses (3,20).

Y en la Eucaristía que estamos celebrando, de manera especial esta mañana de Resurrección del Señor, y al comulgar recibimos el Cuerpo Glorioso de Cristo, recibimos la prenda de nuestra resurrección futura. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne (resucitada), vida del mundo” dice el Señor. (Jn 6,51)

            Esta mañana nace un día nuevo lleno de gozo y alegría por la Resurrección del Señor. Jesús ha triunfado sobre el pecado, el dolor y la muerte. Jesús ha vencido el dolor sufriéndolo voluntariamente con amor, vence la muerte tomándola sobre si.

 

 

Si los cristianos seguimos ahora esta doctrina y contamos con la fuerza del que venció todo, venceremos el mal no resistiéndolo; al no buscar nuestra vida, la encontraremos y además eterna. Transformaremos las instituciones padeciéndolas. Venceremos al modo de Cristo Resucitado.

            Que hoy se aumente nuestra fe. Como S. Juan “vio y creyó”. Glorifiquemos a Dios por esta maravilla. Vivamos de la esperanza de nuestra resurrección absolutamente contraria a toda filosofía angustiada y negativa.

Tengamos un inmenso agradecimiento a Cristo que nos dio la victoria sobre la muerte. La vida cristiana es Cruz y Resurrección, dolor de morir y alegría de vivir. En la eternidad la vida cristiana es pura e infinita alegría.

Y por último, como nos dice el Apóstol, confiemos en el Señor que resucito: “Cristo Jesús, el que murió, aun, más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios es quien intercede por vosotros”. Rm. 8,34

 

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