Moniciones y Homilía (2)

2º  Domingo de Pascua

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Amigos. ¡Sed bienvenidos a esta celebración! ¡Seguimos en Pascua! ¡Siguen sonando las campanas con sonido de Resurrección!

Todo lo que hemos vivido en Semana Santa, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, no nos puede dejar indiferentes. Ahora, a nosotros, nos toca reconocer y vivir en la presencia de Jesús Resucitado. ¿Seremos capaces? ¿No estaremos exigiendo demasiado al Señor?

Hoy, en este 2º domingo de pascua, el Señor se nos presenta y nos dice: “PAZ A VOSOTROS” Agarrémonos fuertemente a esa paz. La paz que nos ofrece Jesús. La paz que es fruto de nuestro encuentro con Él.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Hoy, las lecturas, nos ponen el listón muy alto. ¡Qué fe tenían para compartir todo! ¡Para pensar lo mismo! ¡Para respetarse los unos a los otros!

La fe, además, está llamada a expresarse. La 2ª lectura nos recuerda que hemos de anunciar al Dios vivo en Jesucristo.

Finalmente, el Evangelio, nos habla del encuentro con el Resucitado. Encontrarse con El es alcanzar la paz y vivir en la paz que el Señor nos ofrece.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que sea un lugar en el que los hombres y mujeres de nuestro tiempo puedan buscar y encontrarse con Jesús. Roguemos al Señor.

2. Por los países que se encuentran en guerra. Para que miren más lo que les une que aquello que les separa. Para que sea posible la paz en el mundo. Roguemos al Señor.

3. Por los que se encuentran tristes. Por las víctimas del terremoto de Italia. Para que la solidaridad de las naciones haga posible un bienestar general. Roguemos al Señor.

4. Por nosotros. Para que creamos con alegría y esperanza. Para que no nos alejemos de Cristo y vivamos según su Palabra. Roguemos al Señor.

 

Homilía 2º  Domingo de Pascua

 

1.- Las apariciones a los apóstoles ocurren el primer día de la semana. Es el día del Señor, el domingo, en el cual se produce una nueva creación. Si en la primera creación Dios da forma al hombre, en esta segunda Jesucristo, al exhalar su aliento sobre los discípulos, da origen a la comunidad. Es en ella donde podemos encontrar a Jesús resucitado. Su regalo es el perdón y la paz.

2.- Tomás “no estaba con ellos cuando vino Jesús”. ¿Dónde se encontraba? ¿Por qué se fue? ¿Cómo se sentiría? No lo sabemos, pero lo posemos imaginar. Se fue porque se sintió decepcionado por el “fracaso” de Jesús. Y tomó las de Villadiego, pues para qué seguir esperando si ya todo se había acabado con la muerte de Jesús. Le faltó paciencia al pobre Tomás…Pensaría que la vida sigue, que no queda más remedio que volver a lo cotidiano ¿No es ésta la misma situación de tantos “cristianos” bautizados, pero que han abandonado la nave de la Iglesia? Total, piensan, da igual, pues no siento nada. No es que hayan perdido totalmente la fe, pero ya no la viven como antes. Lo más fácil es escapar, refugiarse en lo inmediato, en lo que este mundo te brinda. Su fe queda reducida a la mínima expresión. Son cristianos de la BBC (bodas, bautizos y comuniones). Puede que sigan siendo buenas personas, de las que se comprometen en proyectos en el Tercer Mundo, de las que están siempre dispuestas a echar una mano a quien lo necesite, pero no han experimentado el gozo de la vivencia de la fe. Hay una cosa que está clara: es muy difícil encontrarse con Dios fuera de la comunidad.

3.- Emociona contemplar la forma en que los demás apóstoles acogen a Tomás, con dulzura, cariño y paciencia… Pusieron en práctica el “evangelio de la misericordia”. No sé si hoy día sabemos tener la misma paciencia con los no creyentes o los agnósticos. Cada uno tiene su tiempo y su momento…. Nunca debemos practicar el rechazo o la condena, siempre debemos poner en juego la acogida y el perdón, como hacía Jesús.

4.- Comunión de vida y comunión de bienes. El milagro que produce la resurrección, el signo visible de experimentar que Cristo vive, es que amamos a Dios y cumplimos los mandamientos, nos lo recuerda la Primera Carta del Apóstol San Juan. Más abajo nos dirá que se nota que amamos a Dios “si amamos a los hermanos”. San Agustín, cuya conversión celebraremos el día 24 de abril, escribe en el primer capítulo de su Regla: “lo primero por lo que os habéis reunido en comunidad es para tener un solo corazón y una sola alma hacia Dios”.

El santo obispo de Hipona puso en práctica con sus amigos el ideal de vida de la primera comunidad cristiana. La comunidad de vida lleva a la comunidad de bienes, a compartir los dones que tenemos. Es una tarea urgente en estos días en que la crisis económica deja desolados a muchos hogares. ¿Sabremos los cristianos responder al reto que se nos presenta practicando la virtud del compartir? Entre los primeros cristianos ninguno pasaba necesidad porque todos se ayudaban, y lo hacían porque se querían. ¿Nos queremos de verdad? ¿Lo notan los que no son cristianos?

 

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Sigue sonando, en lo más hondo de nuestras entrañas, el triple aleluya de la Pascua. No es para menos, la presencia del Señor resucitado, hace que creamos que nuestra vida está llamada a un fin totalmente distinto: ya no conoce ocaso. Lo último, en todo caso, es Dios y, Dios, nos da una continuidad eterna.

1.- Llamea alumbrando el cirio pascual. El Señor estará para siempre en medio de nosotros. No existirá la oscuridad. La luz, ante tanta sombra que nos acecha, tiene un nombre: Jesucristo resucitado.

Llueve, con el frescor del Espíritu, sobre nuestras cabezas el agua purificadora de la Pascua. Al igual que aquel pueblo israelita, también nosotros hemos pasado del dominio de muchos faraones (dinero, poder, frialdad, arrogancia, esclavitud…) al encuentro con el Señor que nos lava en su Espíritu y nos hace acreedores de una nueva patria. Dignos de una liberación total.

Pero ¿merece la pena vivir si no hay paz? ¿Sirven de algo tantas luces artificiales en el mundo si, luego, falla la fraternidad? ¿No estamos, a veces, supeditados a movernos en una constante violencia y acostumbrándonos a convivir con ella?

2.- Viene el Señor, con la misma fuerza con que lo hizo en el día de la Pascua, y nos pregona lo que en el mundo hace falta: ¡Paz a vosotros! Pero la paz no es aquella que proclamamos con lazos y pancartas. No es la paz del fruto de acuerdos internacionales o personales. La paz que nos trae Jesús, es El mismo. Es la vida interior. Es el convencimiento, firme y sólido, de que la paz es resultado de la verdad, del buen comportamiento, de la sed de justicia. El camino, para llegar a la paz, no son las armas, las grandes potencias ni las rúbricas que, en muchos momentos, son simples y eventuales escenas políticas.

La paz irrumpirá cuando, lejos de poner a Cristo en la tangente de todo lo habido y por haber, lo coloquemos en el lugar que le corresponde: en nuestro día a día. En nuestro pensamiento y en nuestro quehacer o en nuestras decisiones.

3.- La presencia del Señor cambia todo de color. Y, el tono de la Pascua, es precisamente LA VIDA. Una vida que está por encima de intereses partidistas o personales. Una vida, la de Cristo, que se nos da y se alimenta en la Eucaristía dominical. Una vida que, cuando está sustentada en Cristo, hace que compartamos bienes, sentimientos y hasta las mismas ideas sin temor a la contienda.

Segundo domingo de la Pascua. Es el momento de retratarnos ante la cámara fotográfica de Jesús de Nazaret: ¿Pensamos y sentimos lo mismo? ¿Ponemos algo de lo nuestro en común? ¿Estamos apegados al “dios tener”? ¿Damos testimonio de nuestra fe? ¿Se nota la alegría de ser cristianos? ¿Somos valientes a la hora de defender la paz y la vida de los demás? ¿Amamos a Dios sobre todo? ¿Somos creyentes o simplemente religiosos? ¿Exigimos demasiado a Dios sobre su presencia en el mundo?

4.- Si, hermanos, estos interrogantes y muchos más que podríamos hacernos en nuestra comunidad cristiana, son distintos perfiles de ese retrato que –como cristianos- todos hemos de tener encima de la mesa de nuestra vida cristiana.

Que Jesús, resucitado y siempre presente en nuestras reuniones, sea el motor de nuestra felicidad, de nuestra ofrenda personal y de todo lo que somos.

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Desde el fondo de los siglos, desde aquellos lejanos días de la Pascua del Señor, nos llegan las últimas palabras de Cristo resucitado, y con ellas su última bendición para todos nosotros: “Dichosos vosotros que creéis sin haber visto”.  Es la última y definitiva bienaventuranza.  Como aquellas bienaventuranzas que proclamó en la montaña, ésta última nos invita a descubrir y a experimentar una nueva forma de ser y de vivir en este mundo.  Allí se nos invitaba a abrazar la pobreza y la humildad frente a las ansias de poder y riqueza que nos esclavizan y crean injusticia, allí se nos invitaba a luchar por la paz en contra de toda violencia, y hoy se nos invita por último a creer frente a la incredulidad, el miedo y la desesperanza.    Detrás de todas estas invitaciones de Dios en el fondo hay una sóla, invitación a confiar en El.  Una confianza que tiene que comenzar por dejar que nuestro corazón se abra a algo más que nosotros mismos, a algo más allá de nuestro horizonte existencial.   Pero ¿qué hay detrás de la fe en la resurrección?  ¿porqué nos llama dichosos Jesús a los que creemos en ella?  ¿qué consecuencias tiene para nosotros creer en la resurrección? 

De entrada tenemos que dejar la pretensión de imaginarnos lo que es la resurrección, o de cómo pudo ser posible.  Ya San Pablo tuvo que salir al paso de estas preguntas que también se hacían los primeros cristianos diciéndoles que se trata de algo “que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre puede imaginar lo que Dios ha preparado para los que le aman”. 

Estamos pues ante un Misterio más allá de las posibilidades de entendimiento del ser humano. Pero  sí entra dentro de nuestras posibilidades descubrir lo que la resurrección produce y las consecuencias que conlleva. En primer lugar, la resurrección de Jesús significa que la muerte ya no tiene dominio sobre El.  Jesús ha traspasado el umbral de la muerte a una nueva vida en la que la muerte ya no está en el horizonte de la existencia. 

Pero también es verdad que muchas personas creen que tiene que haber otra vida, también los judíos que mataron a Jesús, los sacerdotes, los fariseos y hasta los romanos creían en la otra vida. 

Lo que tiene de verdadera originalidad la resurrección de Jesús es que precisamente resucita aquél que es asesinado por el poder, la violencia, la riqueza y una forma especial de considerar la religión.   Quien resucita es el que eligió ser pobre entre los pobres, el que resucita es el que eligió ser pacífico frente a los violentos, el que ayudó y sanó, el que dijo siempre la verdad, el que compartió y se solidarizó con los pecadores. 

Por eso cuando nosotros proclamamos la resurrección de Jesús no estamos proclamando solamente que hay una vida después de la muerte, sino que a esa vida se accede, se entra practicando las bienaventuranzas, tal como las enseñó y practicó Jesús.  Y esto realmente sí que tiene incidencia para nuestra vida.  

         En una palabra, de lo que nos habla la resurrección de Jesús es de cómo es Dios.  Y este Dios es el que se muestra como Dios de vivos y no de muertos. Un Dios que no se deja manipular por el hombre, que está más allá de todas nuestras expectativas, el Dios creador, el Dios de la vida, el Dios que no nos abandona nunca, el Dios Padre que nos ama aquí, en la muerte, y después de la muerte. 

         Y es a este Dios al que hoy se nos pide que demos nuestra confianza, es a este Dios al que hoy se nos pide que abramos nuestro corazón, que empecemos por conocerle más, por apreciarle más.  Y es aquí en la comunidad de sus seguidores, en esta comunidad real de sus discípulos, con sus luces y sus sombras, con sus buenas y malas obras, donde se nos invita a descubrirle y a seguirle.  Juntos, soportándonos unos a otros, con un mismo pensamiento y sentimiento de agradecimiento, con un mismo afán por compartir nuestros bienes y  solidarizarnos con los que no tienen nada.

         Dichosos nosotros si dejamos a Dios ser Dios, dichosos nosotros si abrimos nuestro corazón, dichosos nosotros si confiamos en Dios y en todos los que nos han testimoniado su fe en El a lo largo de los siglos.   Que la alegría y la paz del Señor resucitado nos colme ahora y siempre.

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Las puertas están cerradas. El miedo encoge los corazones. Señor, si vienes toca a la puerta. Está cerrada. Señor, si vienes toca suave. Que tenemos mucho miedo.

¿Y por qué tenéis miedo?  A mi no me gustan las puertas cerradas. Yo las quiero abiertas. Yo mismo que soy la puerta por donde tendréis que pasar todos. Soy puerta abierta. Mi puerta no tiene llave. Mi puerta no tiene cerrojos. Que entre el que quiera.

No se cierra a nadie.

No me gustan las puertas cerradas.  No me gustan las puertas que impiden el paso. No me gustan las puertas que ponen límites a los que quieren entrar. No me gustan las puertas que ponen condiciones de ingreso.

 

Me gustan las puertas abiertas. Me gustan las puertas bien abiertas. No impidáis a los demás entrar.

Que tengáis suficiente calor dentro para que entren a calentarse todos. Que tengáis suficiente vida dentro para que entren todos los que quieren vivir. Que tengáis suficiente amor dentro para que entren todos los que buscan ser amados.

 

Yo fundé una Iglesia sin puertas.  Porque toda ella es puerta. Yo quise una Iglesia siempre abierta. Porque es la Iglesia de todos. Yo pensé en una Iglesia siempre abierta.  Que nadie encuentre la puerta cerrada al llegar. Que entren todos.  Que entren los buenos.  Y también los malos. De mi Iglesia no excluyo a nadie.  “Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a éstas tengo que traer”.  A todos quiero darles la oportunidad. Que  nadie cierre lo que yo he abierto.

 

    Ahora que sabéis que estoy vivo, que he resucitado, dejad las puertas abiertas, aunque sea de noche.  No todos querrán entrar de día. Puede que algunos lleguen de noche.  Lo que importa es que todos amanezcan en mi casa. Que nadie diga que no entró porque mi Iglesia estaba cerrada.

 

Que nadie siga fuera, porque encontró las puertas cerradas.

 

  Abrid las puertas a lo nuevo, al cambio. Porque mi Pascua es eso: cambio, novedad, nueva creación, mundo nuevo y hombre nuevo.¡ Abrid las puertas al hoy de Dios en la historia, porque Dios siempre es novedad y Dios siempre es Pascua. Abrid las puertas al hoy de Dios en vuestras vidas, porque Dios os quiere nuevos cada día.

 

Abrid las puertas al hoy de Dios en mi Iglesia, porque Dios quiere una Iglesia nueva y renovada cada día.  ¿No os dijo aquel amigo mío, el Papa bueno, Juan XXIII que era preciso abrir las puertas para que entrase aire fresco?

 

Abrid las puertas.  No pongáis portero.  Que todo quede abierto, de día y de noche.

 

Quiero una Iglesia sin puertas. No quiero una Iglesia que, por miedo al error o a equivocarse, impida el avance de la verdad. Es preferible correr el riesgo de equivocarse a renunciar a ver salir el sol cada mañana. Es preferible equivocarse, porque el que se equivoca puede retroceder y corregirse.

 

Pero nadie puede beber el agua que ya pasó por el río. Quiero una Iglesia sin puertas, porque yo soy la puerta. Para que todos pueden entrar.

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Pascua es la constante presencia de Cristo resucitado en medio de su comunidad. De ahí que, tanto en este domingo como en los siguientes, se suceden los textos pascuales mostrándonos una y otra vez la misma realidad proclamada en la noche de Pascua: «El Señor ha resucitado.»

 

El Evangelio de hoy insiste en que Jesús, a pesar de la incredulidad de los apóstoles, ejerce una presencia real en la comunidad reunida, particularmente en la celebración eucarística del domingo, el primer día de la semana.

 

“Al anochecer… estaban los discípulos con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. El miedo los tiene paralizados. Se han reunido para encerrarse y aislarse. Rumiando el fracaso de sus ilusiones y esperanzas. Quieren pasar desapercibidos, no llamar la atención. El miedo es fruto de su inseguridad, de su falta de fe en Jesús resucitado. A veces nosotros tenemos esa misma actitud. Vivimos como los discípulos del evangelio, «al anochecer», «con las puertas cerradas», llenos de «miedo», replegados, ocultos, sin dar testimonio. Encerrados. Sólo la presencia del Resucitado nos dará la firmeza y la alegría necesaria en medio de la hostilidad del mundo.

 

“Y en esto entró Jesús, se puso en medio”. Es la experiencia de la resurrección. Entró Jesús y la noche se hizo día. Las puertas se abrieron. El miedo salió temblando. Entró Jesús y la alegría les sonrió. Se renovaron. Este fue el gran milagro de la Pascua. Los acobardados se llenan de audacia, los tristes se encienden de gozo, los desencantados se entusiasman, los desunidos logran una profunda comunión. Resucitan.

 

Les dijo: Paz a vosotros. La paz es el don del Resucitado. La paz del Resucitado es una realización del Crucificado; Es la paz que brota del sacrificio de Jesús que nos reconcilia con Dios con los demás y con nosotros mismos.

 

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. El resucitado es el mismo que murió en la cruz. Por eso les muestra las manos y el costado. Las heridas de Jesús se convierten en su tarjeta de identidad. El Resucitado es el mismo Jesús que fue crucificado.

 

"Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor". La tristeza se convierte en alegría. La alegría es el sentimiento fundamental de la fe pascual.

 

"Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". Nace una comunidad de enviados, de misioneros que debe anunciar a todos los hombres esta buena noticia del amor de Dios. Un amor que no puede fracasar, como lo ha demostrado resucitando a Jesús de entre los muertos. El Señor nos invita a ser testigos de ese amor.

 

"Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo". El don del Espíritu Santo, que Jesús concede a sus discípulos, es descrito de la misma forma que el don de la vida que Dios comunicó al hombre en sus orígenes (Gn 2,7 "Sopló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente") La Pascua es una nueva creación. Los discípulos estaban muertos: por el miedo, por la tristeza, por la duda. Pero Jesús era la vida resucitada y con el Espíritu nos comunica la vida.

 

 A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. El fruto de la obra redentora de Jesús es, en primer lugar, el perdón de los pecados.

 

Tomás… no estaba con ellos cuando vino. Y los otros le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo … no lo creo. Jesús no puede ser visto ni reconocido fuera de la comunidad reunida en su nombre (Mt 18,20).

 

“A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos, y Tomás con ellos". Es la reunión de comunitaria del Domingo,"día del Señor", en la que, desde hace dos mil años, la comunidad cristiana reúne para celebrar la Eucaristía, el día en que experimentamos de una manera más intensa la presencia del Resucitado. Cada domingo podemos decir que se nos "aparece" Jesús, también a nosotros, en nuestra reunión eucarística. Nosotros celebramos cada ocho días la Pascua del Señor. No sólo recordamos que resucitó en este día, sino celebramos su presencia, aunque no le veamos. Está presente en la comunidad reunida, en la Palabra proclamada, y de un modo especial en ese Pan y Vino en los que él mismo ha querido dársenos como alimento para el camino.

 

Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente…Señor mío y Dios mío! es un espléndido acto de fe de Tomás que unido a la comunidad  reconoce al Señor.

 

Dichosos los que crean sin haber visto. Porque lo definitivo, no es ver, sino amar. Sólo el amor puede hacer que  veamos y creamos. ". Necesitamos que el Señor se haga presente y debemos reconocerlo por tres signos: la donación de la paz (hay que desterrar los conflictos), el soplo creador (hay que infundir aliento de vida) y los estigmas de Jesús (el sufrimiento por los otros es huella redentora). Jesús es el centro de la comunidad de creyentes testigos.