Moniciones y homilía

 

MONICIÓN DE ENTRADA

En pleno mes de mayo, mes dedicado a la Virgen María, ella nos anima a permanecer unidos a Jesús: Él es la vid, nosotros los sarmientos y Dios el labrador.

¿Se nota allá donde estamos –por lo que hacemos y decimos- que en verdad somos amigos de Cristo?…

Nos ponemos de pie y recibimos al sacerdote.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

En este tiempo de la Santa Pascua, las lecturas nos siguen iluminando en un sentido: Jesús es la fuente de la vida, la fuente del amor. Sin Él, por si lo hemos olvidado, corremos el peligro de no dar frutos. O, por lo menos, de no dar aquello que debiéramos de ofrecer como cristianos. Escuchemos atentamente.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. – Por el Papa Francisco, para que siga alentando a los corazones de su Iglesia y así todos vivamos unidos a Cristo y a su vicario en la tierra.  Roguemos al Señor

2. – Por los que dirigen las naciones para que descubran que en la unidad el fruto es más abundante. Roguemos al Señor

3. – Pidamos por aquellos que se han alejado de la Iglesia, para que descubran que sólo a través de Ella nos llega la salvación ganada por Cristo.  Roguemos al Señor

4. – Por los enfermos, impedidos y necesitados para que la Vida y Salvación de Aquel que celebramos resucitado les alcance en plenitud.  Roguemos al Señor

 

 

 

Homilía 5º  Domingo de Pascua

 

1.- Es lástima que no haya entre nosotros algún místico. Digo, a lo mejor lo hay y no lo sabemos. Y desde luego yo no lo soy y es que todo esto de permanecer en el Señor y el Señor en nosotros, los místicos lo ven claro como la luz del día, y nosotros, bueno, yo no, y quisiera aclarármelo a mí mismo. Vamos a bucear en ello y ojalá no nos ahoguemos:

--Estamos unidos a un jefe por una idea política, por admiración, por interés.

--Vamos hombro con hombro con compañeros a los que nos une la amistad, un mismo ideal, una ilusión común.

--Al hombre y a la mujer les une el amor, el cariño, el sexo, que todo tiende a hacerles uno.

Pero cuando el Señor nos habla de la vida y de los sarmientos unidos por una misma vida, de que tenemos que renacer, de que permanezcamos en Él, como Él permanece en el Padre, esto ya no es lo mismo.

Vienen los teólogos y lo quieren explicar y lo estropean. Y va San Pablo y suelta aquello en que dijo más que supo. “Vivo yo digo, no vivo sino Cristo vive en mí.” O “que Cristo es la cabeza y nosotros los miembros”.

2.- Esto no es ir junto a una persona, es estar en una persona, no es estar cerca, es estar dentro. El Padre permanece en el Hijo y el Hijo en el Padre. Esto es mucho más que estar juntos. Las tres divinas personas no es que se pasean juntos por universo de estrella en estrella, es que viven una misma vida.

--Lo más cercano sería el niño unido a la madre por el cordón umbilical y viviendo de ella.

--El sarmiento vive de la misma savia que vive la cepa y la cepa es Jesús, Dios…

Tan vivimos de la misma vida de Jesús Dios, que por eso somos en realidad de verdad, como dicen San Juan, verdaderos hijos de Dios, sin dejar de ser hombres y mujeres.

**es el disolverse de la sal en el agua

**es la fusión de dos rayos de luz en uno

**es el juntarse del río y su afluente

**es la llama perdida en el fuego de otra llama

Total que no sabemos lo que es esto, sino que por nuestras venas espirituales corre sangre de Dios. Y esa sangre y vida son actuantes y energéticas. No pueden estar quietas.

3.- A Dios se le escapó la vida hacia fuera y creó el universo, y un universo que Él mismo admiró “porque era muy bueno”.

Y si nosotros, como sarmientos, permanecemos en el Señor, tenemos que dar fruto, una vida como la de Dios que corre por nuestras venas tiene que dar fruto.

Y esos frutos maravillosos, esa vitalidad tiene que verse como se ve la vitalidad de los árboles en esas hojas tiernas y nuevas que ahora empiezan a dar. Parecían troncos arrugados y secos, pero ese verdor fresco y nuevo con que se cubren son señas evidentes de que había vida en ellos.

Esa vitalidad divina se ve en esas personas que no viven más que para los demás, cuidando enfermos, acompañando al anciano, derramando cariño en niños deficientes… Amando no de palabra, ni de boquilla, sino con obras y de verdad…

--Dar fruto no es un lujo del sarmiento. Es una misma razón de ser.

--Pero el fruto no tiene por qué ser espectacular: grandes concentraciones, conversiones

 en masa, bautismos con manga de riego

4.- Ante todo será bondad de corazón a todos, si por nuestras venas corre la vida de Dios, que es Amor, nuestro corazón no puede destilar amargura, rencor, frialdad, sino bondad, comprensión, acogida, cariño hacia todos y este fruto lo puede dar el más débil y enfermo.

Colgado en la cruz, sin poder moverse, ni hacer nada, el Señor Jesús dio sus mejores frutos de bondad, dando a su Madre la protección de hijo, perdonando al buen ladrón, disculpándonos a todos de su muerte.

Si no damos ningún fruto hay que preguntarse cuál es el trombo que estará impidiendo que corra por nuestras venas la vida de Dios.

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1.- En estos días asistimos al final de temporada de la liga de fútbol. Y, entre otras cosas, vivimos con gozo o con preocupación, si logran permanecer o no en primera división aquellos equipos estelares. Por comparación, y teniendo como fondo el evangelio de este quinto domingo de la Pascua, nos viene muy bien para entender y comprender la verdad de nuestra fe: sin Jesús nada. Si nos soltamos de Él, nuestros frutos, serán risorios, diminutos o incluso invisibles. Es imposible PERMANECER como testigos de su amor si no nos dejamos entrenar, aconsejar y movilizar por Él.

Quien persevera junto a Jesús sabe que, el amor, es algo que brota espontáneamente y sin recompensa alguna. En definitiva, como sarmientos fundidos a la vid que es Jesús, estamos llamados a colocarnos en esa primera división cristiana: dar frutos que sean reflejo de nuestra comunión íntima con Cristo.

Como cristianos no estamos llamados a deslumbrar por los grandes dones y carismas que el Señor nos ha regalado. Y, por el contrario, si que somos urgidos a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza poniéndolos en práctica.

--¿De qué sirve un cántaro si nunca entra en contacto con el agua?

--¿De qué sirve una lámpara si nunca se enciende?

--¿De qué nos sirve la vida cristiana si, tal vez, la dejamos mediatizada por muchos preceptos y desvinculada de la persona de Jesús?

2.- El Papa Benedicto XVI, en un viaje al continente africano nos alertó del peligro de algunos sucedáneos que, lejos de asegurarnos una vida digna, no hacía sino desdibujarla. Sus declaraciones levantaron algunas ampollas en aquellos que escucharon lo que querían (a medias) y veían lo que deseaban (sesgadamente).

Lo cierto es que, el Papa, nos venía a decir que sin Dios es difícil construir ese mundo en el que todos (pobres y ricos, blancos y negros) podamos vivir en igualdad de derechos y dignidad. Por ello mismo, al releer el evangelio de este domingo de Pascua, caemos en la cuenta que –tal vez- muchas de las alteraciones que se dan en nuestro mundo son consecuencia de querer ser sarmientos sin vid; agua sin fuente; vida sin más límites que los que uno se marca. ¿Es bueno? Por supuesto que no.

Toda casa necesita de unos cimientos y, toda persona, también requiere de unos principios o de unos valores que sean modelo, guía irrenunciable para entender la vida y para defender la de los demás.

Jesús, en ese sentido, nos advierte que una existencia sin Dios, una vida con excesivos atajos está abocada al fracaso, a la sequedad, a la esterilidad. A la falta de ilusión o apatía. Y ¡cuánta escasez de optimismo en nuestro mundo! ¡Cuánto déficit de esperanza en nuestro vivir! ¿No será por qué nos hemos aislado de esa vid que es la fe en Jesús? ¿Podremos aguantar mucho más tiempo en esa orfandad?

3.- Que nuestra alianza con Jesús nos aporte esa fuerza que anhelamos para seguir compartiendo, viviendo y proclamando los ideales cristianos. No será, desde luego, por falta de voluntad del labrador (Dios) que espera pacientemente a que demos fruto: nos hizo sus hijos por el Bautismo, nos da frecuentemente el pan de la Eucaristía, nos perdona en la Penitencia, nos anima por la Unción de Enfermos, nos guía con su Palabra… ¿y todavía queremos más de Dios para ofrecerle algún que otro buen fruto de nuestra vida? Si la unión hace la fuerza, nuestra fuerza – la de los cristianos – será nuestra unión con Jesús. Sin fisuras y con todas las consecuencias.

 

 

--¿Estamos unidos a Cristo? Que se note en nuestras obras (buenas y abundantes) y en nuestras palabras (escasas pero certeras)

--¿Estamos soldados a Dios? Que se aprecie en nuestros caminos (con los colores de la esperanza y del amor) y por nuestro testimonio (nadie tan grande como Él)

--¿Estamos adheridos al Espíritu? Que se advierta en el ardor de nuestra existencia cristiana (lejos de la timidez apostólica) y en nuestros dones bien empleados (sabiendo de quién vienen y hacia dónde van)

1.- Somos un pueblo tocado por Dios. Desde el día de nuestro bautismo, la cepa de todo lo que somos, tenemos y hacemos, pertenece a Él. Muchas de las calamidades que nos rodean, de los acontecimientos lúgubres que se dan a nuestro alrededor (incluso dentro de la misma Iglesia) es porque, a Dios, lo hemos dejado fuera. Porque, en definitiva, lejos de ser Él –motor, fuerza y sangre de nuestras venas- lo hemos convertido en un invitado de tercera o, incluso, en un gran desconocido.

Después de un vendaval nos sorprende, y nos entristece, los daños ocurridos en un árbol: sus ramas resquebrajadas, caídas y por lo tanto sin posibilidad de dar fruto. ¿Cómo es nuestra pertenencia a Dios? ¿Y a su Iglesia? ¿Estamos ensamblados con todas las consecuencias? Muchas de nuestras caídas (o tropiezos) vienen dadas por huracanes laicistas que intentan convencernos de que, el hombre sin Dios, es más libre y con más capacidad para ser feliz. Luego, los hechos, nos demuestran lo contrario: los dictados de una sociedad sin Dios nos llevan a un sin sentido, a una falta de horizontes, a una angustia vital.

2.- Desde el día de nuestro Bautismo, y lo recordamos intensamente en la Vigilia Pascual, pasamos de la tiniebla a la luz, del pecado a la gracia. Por la fe estamos articulados de una forma espiritual a Cristo: reconocemos que Él es nuestro Señor, el Hijo de Dios. Al creer en Él, sentimos que por nuestras venas corre el mismo Dios. No somos entes aislados. No estamos huérfanos ni vamos por la vida como dioses o como reyes. Dios, al que pertenecemos como pueblo, nos irradia algo que necesitamos no olvidar y si cuidar o cultivar: la vida eterna. ¿Seremos capaces de permanecer unidos a Él hasta el último día en nuestra tierra?

Hoy, por diferentes causas, el hombre del siglo XXI pretende una emancipación de todo lo habido y por haber: no sirve ni interesa una moral determinada, se ensalza la conciencia individual en detrimento de la colectiva, se potencia el personalismo frente a lo comunitario, la independencia frente a la comunidad. ¿Y Dios? ¿Dónde queda Dios?

Dios sigue hablando y manifestándose de muchas formas y de otros tantos modos. Hay personas que, sintiéndose tocadas por Él, siguen dando los frutos que el Evangelio reclama: responder con prontitud y con generosidad a su inmenso amor.

3.- A veces podemos pensar que, dar frutos, es hacer muchas cosas, construir, reunirnos cien veces y no llegar a ningún acuerdo, desplegar mil y una iniciativas en pro de un mundo mejor (que por supuesto está bien)….y tal vez podemos llegar a olvidar que, la consecuencia más esencial e importante de nuestra unión con Dios, es precisamente responderle con nuestra adhesión, confianza, fe y seguridad de que Él camina a nuestro lado.

4.- ¿Cuántos frutos tengo que dar como cristiano? –preguntaba un discípulo a su maestro espiritual- Y, éste, le respondía: ¿Ya estás unido al Señor? Déjate llevar por Él y, toda tu persona y toda tu vida, será un constante fruto. Y es que el riesgo que tenemos es mirar tanto a lo qué hacemos que dejamos de lado a Aquel que es fuente y origen de todo nuestro quehacer apostólico.

 

Una de las cosas más admirables de Jesús es su facilidad para sacar de la vida diaria imágenes con las que expresar lo que nos quiere decir y enseñar.  Jesús mira a las personas y a la naturaleza con la profundidad con que la miran los poetas o los enamorados. 

De una trivialidad como que un pastor pierda a una oveja o que una mujer pierda una moneda es capaz de elevar nuestro corazón y entendimiento a contemplar como Dios nos busca a cada uno de nosotros.  El trigo y la cizaña, la higuera, las semillas, los segadores, todo sirve a Jesús para darnos una enseñanza sobre quién y cómo es Dios con nosotros. 

Y todo esto, esta manera de mirar a las personas y a las cosas,  nos sorprende aún más a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, que tenemos tan embotados los sentidos por las mil imágenes de la publicidad, por la prisa y el ruido,  que no vemos más allá de la superficie de las cosas, que vemos sin mirar, que oímos sin escuchar y tocamos sin sentir.  Este es uno de los grandes problemas de los seres humanos de nuestra época, la falta de vida interior.   Vida interior para encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra verdad. Vida interior para descubrir nuestros sentimientos, para apreciar lo que somos y tenemos.  Vida interior para descubrir en los demás lo que realmente son más allá de su apariencia.  Vida interior para sentir cómo vibra a nuestro alrededor la vida en la naturaleza.  Vida interior para poder mirar al mundo y a las personas, no con mirada posesiva sino maravillada y respetuosa.  Vida interior finalmente para descubrir que en el fondo de nosotros mismos, en lo más íntimo de nuestra intimidad hay una presencia que nos llama, que nos invita a vivir en relación amorosa.

           Hoy Jesús emplea la estupenda imagen de la vid para explicarnos cómo es la relación que mantenemos con El.  Una imagen que se explica por sí misma. El es la vid y nosotros los sarmientos, si permanecemos unidos a la vid podremos dar frutos abundantes.   Dejar que la savia de Cristo circule por nuestras venas, que su sangre sea nuestra sangre, su vida nuestra vida.  Para que podamos dar frutos de amor, alegría, paz, generosidad, tolerancia, lealtad, los frutos que da el Espíritu y que nos hacen ser verdaderamente humanos y vivir con plenitud

           Por eso es tan importante para nosotros los cristianos que hagamos lo posible para permanecer unidos a la vid.  Participar en la eucaristía es ya la mejor ocasión para ello.  Pero también, ser capaces de coger de vez en cuando el evangelio y reflexionar con él. 

También buscar momentos de silencio para encontrarnos con Dios y con nosotros mismos en la soledad de nuestro interior.

Rezar e invocar a menudo a Jesús para que nos ayude en nuestro empeño de vivir unidos a El.  Y siempre dar gracias a Dios Padre por todo, alabarle de corazón por habernos hecho sus hijos.

       Que esta eucaristía aumente nuestro amor por el Señor.  Que siempre permanezcamos unidos a la vid.