Moniciones y homilías

MONICIÓN DE ENTRADA

Las personas, cuando damos algo, solemos esperar algo a cambio. Jesús, que nos regala muchísimo, sólo nos pide FE. Confianza en Él, seguridad en Él. Que nos fiemos de su Palabra y de su presencia.

Iniciemos esta celebración poniendo nuestros ojos en Cristo. Él nos da vida, en nos protege y nos acompaña en el duro caminar. Pongamos nuestra FE en Él y, nos dará lo que nos hace falta.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas de hoy nos hablan, sobre todo, de la vida. En la primera escucharemos como Dios goza con la vida de sus hijos. Otra cosa es que, el hombre, se empeñe en ir por otros caminos. Por otro lado, la segunda lectura, San Pablo nos habla de la FE como un buen elemento moral para luchar en contra del mal o en contra de cualquier tipo de crisis. Finalmente, el evangelio, nuevamente nos habla de la vida que nos trae Jesús. Tan sólo, con la fe, podemos ganar el corazón de Cristo.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

 

1. Para que vivamos unidos al cimiento de los apóstoles. Es decir: para que no olvidemos la autenticidad de la fe que se ha ido transmitiendo a través de los siglos en la Iglesia. Roguemos al Señor.

2. Por todos los sacerdotes del mundo. Para que vivan con entusiasmo, dedicación y entrega su vocación al servicio de Cristo y de su Iglesia. Roguemos al Señor.

3. Para que en este mes de julio el Señor haga que nuestros corazones sean como el suyo: amantes, tolerantes, abiertos, caritativos, alegres y llenos de amor a Dios. Roguemos al Señor.

4. Por los que han perdido la fe. Por los marginados. Por los pobres. Por aquellos que no sienten el aprecio ni el cariño de nadie. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 13 del T.O / B

 

Las tres lecturas de este domingo nos dicen, de distintas maneras, que Dios es amante de la vida. Los cristianos debemos ser siempre defensores de la vida de las personas, desde el primer momento de su existencia hasta el último. Amar la vida es defenderla, es valorarla, es construirla; es estar siempre en contra de la muerte, de la destrucción, de la violencia, de la guerra. En el evangelio de hoy vemos a Cristo defender la vida de dos mujeres que estaban a punto de morir. La primera era una niña que tenía doce años.

Su padre, Jairo, un jefe de la sinagoga judía, tenía una fe ciega en el poder de Cristo y no le importaron las críticas y las burlas que podrían venirle de los judíos piadosos que acudían cada semana a escucharle a él en la sinagoga. Ante esta fe sincera y valiente del jefe judío, Cristo se apresuró a curar a la niña: <Contigo hablo, niña, levántate>, y la niña se puso de pie y se puso a andar. Cuando la fe es sincera y valiente no se detiene ante las críticas de los increyentes o las burlas de los amigos. El “qué dirán” nunca debe ser un impedimento para que los cristianos cumplamos nuestras obligaciones religiosas y proclamemos y defendamos nuestra fe. El otro caso del que nos habla el evangelio de hoy es el de la hemorroísa, la mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años.

También aquí la fe sincera y valiente de esta arriesgada mujer fue lo que “obligó” a Jesús a despedirla en paz y con salud. La hemorroísa sabía muy bien que ella era una mujer legalmente impura y que no podía tocar a ninguna persona sin contagiarle su impureza. Así estaba escrito en el libro del Levítico. Pero su fe fue más fuerte que su miedo a una ley que, en su caso, ella sabía muy bien que era una ley injusta. Y Cristo, para quien “el hombre es siempre superior al sábado”, no lo dudó ni un momento: <tu fe te ha curado>. Cuando nos encontramos ante una persona en grave necesidad lo primero que tenemos que hacer es ayudarla a resolver su problema, antes de preguntarle de dónde es, o que por qué está como está. La misericordia y el amor son anteriores a cualquier otro juicio.

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Creencia y confianza son dos pilares que, desgraciadamente, han dinamitado la sociedad del consumo y del bienestar a la que nos encontramos agarrados. ¿En qué tenemos confianza? ¿En quién y en qué creemos? Inseguridad en nuestros dirigentes y en muchas instituciones o la ausencia de confianza, de fe en alguien o en algo, aumenta nuestra vulnerabilidad. Nos hace más débiles.

1.-En el evangelio de este domingo, Jesús, se encuentra ante dos situaciones distintas pero con un mismo común denominador: existía fe allá donde se requería su presencia. Tanto el jefe de la sinagoga como la mujer que se iba en sangre confiaban plenamente su persona. Él, y con creces, premió esa fe con la salud.

La ciencia ayuda pero, bien lo sabemos, no lo es todo: llega hasta donde llega. ¿Quién puede sino Cristo arrancarnos de la muerte? ¿Quién puede sino Cristo ir más allá de esa frontera donde la técnica más moderna es incapaz de alcanzar? La técnica prolonga la vida (o la acorta). Cristo la mima, la recupera, la eterniza. La técnica necesita y mira al cuerpo. Cristo va más al fondo: a la persona, a la fe, al alma.

Ante una realidad donde parece sólo creíble lo que se demuestra o se ve, la fe, juega un papel fundamental: quien cree se salva. Quien cree vive la dimensión del dolor desde otra perspectiva. Quien pone en Jesús sus debilidades o sus hemorragias (internas o externas) está llamado a recuperarse, a sanarse.

-Flujos de desesperanza. Más allá de las promesas de nuestros gobernantes, hemos de poner nuestros ojos en aquel Dios que siempre pone aliento en nuestro camino.

-Flujos de sin sentido. Ante el pesimismo que nos invade (con la crisis cabalgando sobre nuestros hombros), el Señor nos invita a permaneced firmes en Él.

-Flujos de incredulidad. El consumismo nos ha acostumbrado a vivir bajo los dioses de lo placentero y en el camino fácil. ¿Qué consecuencias se derivarán de todo ello? El Señor nos señala un sendero: ser sus discípulos.

-Flujos de inquietud. Nos abruman muchos acontecimientos. Nos agobian las situaciones que nos rodean. Al tocar el manto de Jesús (la Eucaristía, la oración personal, los sacramentos) podemos revitalizar nuestro cuerpo físico y espiritual.

2.- La experiencia que tuvo Jesús (murió para ser resucitado por el Padre) la podemos tener cada uno de nosotros si somos capaces de dormir en la cruz con las mismas palabras de fe y de confianza con las que Él lo hizo: “En tus manos Padre encomiendo mi espíritu”. Al tercer día, Cristo saltó de la oscuridad a la luz, del absurdo a la vida, de la muerte a la resurrección. Confió, creyó y tuvo fe ciega en su Padre. Ello le valió, a Él y a nosotros, la redención de toda la humanidad.

A veces exigimos pruebas a Dios de su existencia y, en cambio, reclamamos poco a nuestra fe. A veces podemos considerar que ya son suficientes unas prácticas sacramentales, el estar bautizado o incluso el practicar de cuando en vez la caridad. ¿No hizo muchísimo más Cristo por nosotros?

-Además de caridad, con su cuerpo en la cruz, dio muestras de la grandeza de su amor

-Además de orar, defendió públicamente el Reino de Dios ante los poderosos de su tiempo

-Además de dejarse bautizar en el Jordán, no hizo ascos a ese otro bautismo de sangre: su muerte en cruz

¿Y aún nos resistimos a creer? ¿No habrá llegado el momento de publicitar, con todos los medios a nuestro alcance (especialmente desde la experiencia personal) que el manto de Cristo se sigue dilatando a lo largo y ancho del mundo? ¿No será que la humanidad, desangrándose en miles de flujos, desconoce que hay un Cristo que puede y desea taponar todas esas heridas sin más respuesta que la fe?

 

 

 

1.- Cualquier religión puede convertirse en una Sociedad Limitada de Pompas Fúnebres. Cuantos de nuestros funerales tienen muy poco de culto de fe en un Dios vivificante y para muchos de los asistentes no es más que un mero acto social.

--Jesús nos dice en el Evangelio de hoy una vez más que Dios es Dios de vivos, que su religión esta muy lejana de plañideras y catafalcos. Que Él ha venido a vencer la enfermedad como camino de muerte y a la muerte misma como término de la vida.

--Jesús se presenta como Verbo de vida, como Verdad y Vida, como Resurrección y Vida.

--Jesús ha venido a darnos vida y vida abundante. Vida que es movimiento, que es alegría, que es luz en los ojos y sonrisa en los labios. Esa vida nace de un contacto vital del hombre con Dios, de mirada a mirada, de corazón a corazón.

2.- La muchedumbre apretuja a Jesús. Son decenas los que le tocan en ellos “no pasó nada”. Solo en aquella pobre mujer.

--Jesús se vuelve y busca con su mirada un rostro en la multitud, entre tantos rostros anodinos, sin expresión, parados, como foto amarillenta de principios del siglo pasado.

--Jesús busca una mirada iluminada, ardiente, busca el rostro de una persona que busca a otra persona.

Esa mirada de Jesús que busca un rostro tiene la misma fuerza individualizada y concreta que el grito de Jesús a la niña de Jairo: “A ti digo, niña, levántate”.A ti… No a otra. Te llamo de tu a tu. Cuando esa mirada ilumina nuestro corazón, cuando ese grito, “A ti digo”, lo oímos en el fondo de nosotros, allí pasa algo, allí nace una nueva vida, acompañada, nace una religión vivificada y vivificante. Allí comienza la verdadera religión, que es el contacto personal con Dios.

3.- Mucha gente se apiña en nuestras iglesias, en las misas dominicales de “más postín”, en las misas masivas en horas punta. Estrujan materialmente a Jesús… ¿Y en cuántos pasa algo…?

--puedo permanecer cerca de Jesús y estar muy lejos

--puedo tocar a Jesús, y no sentirlo

--puedo tratar a Jesús, y no conocerlo.

--puedo hablar a Jesús y no oírlo.

--puedo comer a Jesús y permanecer tristemente “inmune” de contagio personal.

¿No pasa nada en mi vida? ¿Domingo a domingo, no pasa nada?

4.- ¿No es el milagro lo que tiene que pasar? ¿Muchas curaciones hizo Jesús y en cuántos pasó algo?

--pasó en el ciego de nacimiento, que quiere creer en Jesús

--pasó en el endemoniado de Gerasa, que quiso seguirle

--pasó en uno de los diez leprosos, que volvió a agradecer y adorar.

¿Pero qué pasó en los otros nueve leprosos curados? ¿Qué pasó en tantos que traían en camillas para que Jesús los curara? Hubo cercanía con Jesús, hubo curación, hubo diálogo, pero permanecieron lejos… No les pasó nada.

Pues que miremos a Jesús a los ojos y nos mire, que abramos nuestros oídos y le oigamos decir. “A ti te digo, levántate”.

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El Papa Benedicto XVI, no hace mucho tiempo, nos sorprendió con la siguiente frase “Nos hemos de liberar de la falsa idea de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy”. Al acercarnos al evangelio de este domingo, nos encontramos con dos situaciones diferentes pero con una misma respuesta: la fe.

1. - Donde hay fe, siempre nace un intento de superación. No caben los imposibles. Con la fe, es posible hacer frente a los escenarios más embarazosos o arriesgados de nuestra vida.

¡Una cosa te pido, que tengas en fe en mí! Y, qué malo nos sabe, cuando las personas dudan de nuestras capacidades. Es en ese momento cuando se rompe todo, cuando se nos quitan las ganas de hacer algo o de salir al encuentro de alguien.

Jesús, a la hija de Jairo o a la mujer que padecía flujos de sangre, no les pide su carnet de identidad. Ni, tan siquiera mira su procedencia, estatus o religión. Jesús, como siempre, va al fondo: les pide fe. Fe en El. Y, lo demás, vendrá por añadidura.

2.- Muchas veces nos quejamos que, en antaño, parece que los milagros estaban más presentes o que se daban con más abundancia que ahora. No es verdad; todos los días –sin percatarnos de ello- en miles, en millones de lugares y en ambientes dispares, el Señor va haciendo de las suyas. Entre otras cosas porque, hoy como ayer, se va encontrando con gente que sufre, que llora, que muere, que se desangra….pero que no deja de tener fe en Jesucristo.

Este día, por lo tanto, es un momento muy apropiado para interpelarnos sobre la hondura y la radicalidad de nuestra fe. Incluso, sería bueno, que pensáramos cuánto hace que, el Señor, no ha obrado algún prodigio extraordinario en nuestro entorno, en nuestra familia, en nosotros mismos. ¿Tal vez porque no encuentra fe? La fe es la condición imprescindible para la actuación de Dios. Y, hay que reconocerlo, preferimos abandonaros en manos de lo inmediato, echarnos en los brazos de la simple y pura ciencia antes que confiarnos exclusivamente al Señor.

3.- Pidamos al Señor que nuestra fe sea inconmovible y confiada. Que nada ni nadie nos aleje de El.

Sólo El puede sacarnos de situaciones que dificultan nuestra felicidad. ¿Tienes fe? nos pregunta el Señor; sanarás, te recuperarás, brillará de nuevo en ti la alegría de vivir.

¿Tienes fe? Entonces no te faltará auxilio en los momentos en los que, por debilidad o enfermedad, veas que la vida se te escapa irremediablemente

¿Tienes fe? Cuídala. Con una oración sincera. Con la escucha de la Palabra de Dios. Con la contemplación. Con el agradecimiento a Dios por haberte hecho hijo suyo por el Bautismo.

¿Tienes fe? No te des por vencido en las causas nobles. Lucha con toda tu alma para que, el mundo que te rodea, deje de ser un flujo de injusticias, de sangre o de desencanto.

¿Tienes fe? ¡Entonces, el Señor, te necesita! Eres de los suyos. Ofrécele, tu fe, como respuesta.

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En cambio, aquellos que han apostado por Cristo y que han hecho de Él la fuente de su felicidad la han encontrado y lo han hecho al margen de las situaciones cambiantes de la vida e incluso de los sufrimientos que nunca faltan. Demos gracias a Dios por haberle encontrado y aferrémonos a su manto, sin separarnos de Él, porque sólo Él nos puede curar, consolar, fortalecer y llenar de esperanza.

El problema está precisamente en que la gente busca la felicidad donde no puede encontrarla. Muchos hacen como la mujer enferma de que habla el Evangelio, que en la búsqueda de la salud, de la felicidad, ha gastado todo su dinero, toda su energía, toda su vida, y en lugar de mejorar ha empeorado. Durante un tiempo, quizá a esa mujer, lo mismo a que a tantos otros, le fue bien.

Pero luego volvieron los problemas, incluso aumentados, y de nuevo se ilusionaron con otra cosa material en la que soñaron que podían encontrar la felicidad que buscaban. Y así una y otra vez, mientras va pasando la vida, que es el tesoro que se va gastando y que no tiene forma de ser renovado.