Domingo 13 del Tiempo Ordinario -B-

 

Saludo del sacerdote

 

Que el Dios del amor generoso y gratuito esté con vosotros ...

 

Pedimos perdón

 

En un breve silencio, reconozcamos ante Dios nuestra falta de amor, y de generosidad, porque no estamos dispuestos a compartir nuestras cosas con los que pasan necesidad.

 

* Tú, que nos das todo sin poner condiciones. Señor, ten piedad,

* Tu, que nos has entregado tu vida entera, Cristo, ten piedad.

* Tu, que nos invitas siempre a tu mesa. Señor, ten piedad

 

Gloria

 

Glorificamos a Dios por su bondad y su grandeza diciendo:

Gloria a Dios en el cielo

 

Oración colecta

 

Sabemos, Señor, que nada merecemos de Ti.  Pero Tú das a todos, gratis, tu amor.  Has regalado el mundo a tus hijos  a todos sin distinción alguna.  Tú quieres que los bienes de la tierra  se repartan a todos por igual. Eso nos parece imposible, Señor.  Pero queremos trabajar y luchar,  para que en este mundo nuestro,  haya cada vez más paz y colaboración.   Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

Oración de los fieles

Con la confianza que nos da el sentirnos hijos de Dios, acudimos hoy a exponerle nuestros sinceros deseos de mejorar el mundo.

 

1.- Para que la Iglesia sea cada día más fiel reflejo del amor de Dios a todos y cada uno de sus hijos, en especial a los más necesitados. Roguemos al Señor.

 

2.- Para que no nos cansemos en nuestro esfuerzo por construir un mundo más justo y solidario. Roguemos al Señor.

 

3.- Para que seamos capaces de compartir, tratando de nivelar las diferencias entre nosotros. Roguemos al Señor

 

4.- Por la paz, que sea fruto de la justicia y la fraternidad entre

todos los pueblos de la tierra. Roguemos al Señor.

 

5.- Para que los que hemos escuchado hoy tu Palabra tengamos fuerza y valor para hacerla realidad. Roguemos al Señor.

 

Padre, anima nuestro espíritu para que hagamos entre todos  un mundo más nivelado y unido en el amor. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

Homilía Domingo 13 del Tiempo Ordinario B

 

 

La narración del texto evangélico de hoy, en su versión larga, lo podíamos titular «dos en uno» o «dos por uno». En el relato evangélico de un milagro se inserta otro para aumentar el dramatismo del primero. Cuando Jairo, el jefe de la sinagoga, llega a los pies de Jesús pidiendo la curación de su hija, ésta está gravísima, pero viva.

 

Y Jesús se va con él para curarla. En el camino «se entretiene» porque la gente le rodea y no le deja avanzar. Es el momento para situar el evangelista el milagro de la curación de la mujer con flujos de sangre. Mientras tanto, la hija de Jairo muere: «¡Es inútil ya que el Maestro venga! ¡Ha muerto!», anuncian los amigos al padre de la niña.

 

Los dos milagros tienen un denominador común: una situación desesperada. No hay nada que hacer. La mujer está desahuciada por los médicos y la niña, muerta. Es el límite. Cuando ya nada pueden hacer los hombres, Jairo y la mujer enferma acuden a Jesús.

 

Jairo es jefe de la sinagoga, persona relevante, y se acerca a Jesús abiertamente. La mujer es una «doña nadie», sin nombre, sin títulos, una de tantas que llegan atraídas por lo que la gente cuenta de Jesús; la enferma se aproxima a Jesús con una secreta confianza, sin que nadie, ni el mismo Jesús, se dé cuenta.

 

Hay contraste en la forma de acercarse a Jesús de los protagonistas de los milagros narrados, pero el fondo es el mismo. Una confesión de fe, un acto de confianza, un poner el caso límite en las manos de Jesús. La mujer «arranca» en callado silencio el milagro y Jesús lo hace público: «¿Quién me ha tocado el manto?». Muchos son los que tocan a Jesús; pero pocos los que le tocan con esa fe de la mujer. No todas las aproximaciones al Señor son iguales.

 

Hay realidades físicas que van acompañadas de una carga de fe capaces de hacer actuar a Dios. Esta mujer ha movilizado el poder de Dios y Dios actúa.

 

Jairo está junto a Jesús. Vienen a darle la noticia del final previsto. Jesús lo oye: «No temas, basta que tengas fe», le dice.

 

Marcos nos sitúa, en estos dos episodios, ante realidades crudas: la enfermedad y la muerte. La manifestación del poder de Jesús la alcanzan quienes sabían que por ellos solos no podían sanarse y se confían por entero a Jesús.

 

Quizá a veces la última carta de aproximación a Jesús sea sentirnos necesitados. Jesús no pregunta qué clase de mal o de necesidad tenemos. Lo único que mira es que vamos a Él. Mientras tenemos una tabla de salvación a disposición nuestra, a ella nos agarramos más que a Dios. Ponernos en manos de Dios no es tan sencillo. Y Dios sólo «actúa como Dios» cuando no le estorbamos, cuando nos confiamos a Él totalmente.

 

Hoy salimos de esta celebración impulsados por un hombre y una mujer que en el límite de la enfermedad y de la muerte ponen toda su confianza en Dios, y sus vidas recobran sentido. No está perdida la vida cuando nosotros ya no podemos avivarla.

 

Ponernos en las manos de Dios es siempre elegir la vida sobre la muerte. Dios no defrauda jamás a quienes se confían totalmente a él. Dios hace que todo comience donde parece que todo acaba para siempre. Dios es inicio cuando nosotros no vemos nada más que final.

 

 

Oración sobre las Ofrendas

Oh Dios que obras con poder en tus sacramentos; concédenos que nuestro servicio sea digno de estos dones sagrados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

 

Plegaria Eucarística

 

Queremos ensalzarte, Señor,

alabarte y bendecir tu nombre.

Tu te mereces toda nuestra alabanza y agradecimiento,

porque nos has entregado a tu propio Hijo.

El nos ha enseñado el camino que nos lleva hacia Ti.

Nos ha presentado el Reino de Dios,

como un Reino de amor, de justicia, de solidaridad.

Gracias a El sabemos que Tu eres nuestro Padre

y que todos somos hermanos e iguales.

A través de la fe que hemos recibido de tus manos,

sabemos que el camino a la felicidad

pasa por la ayuda y servicio a los necesitados.

Por todo ello queremos cantar

este canto de alabanza y agradecimiento:

 

Santo, Santo, Santo...

 

 Santo eres en verdad, Señor,

y generoso con nosotros hasta el extremo.

Nos has dado a tu Hijo.

y éste, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos a todos;

para que nosotros, pobres y débiles por el pecado,

podamos recibir todos tus dones y tu gracia,

que nos hacen ricos y valientes.

Envía tu Espíritu, el mismo que animó toda la vida de Jesús,

sobre este pan y vino,

para que los convierta en el Cuerpo y Sangre de Jesús.

Poco antes de su muerte,

se reunió con sus amigos, los Apóstoles,

en una Cena muy especial.

Tomó pan en sus manos,

te dio gracias, Padre,

 

 

 

 

lo bendijo, y se lo entregó diciendo:

 

Tomad y Comed todos de él...

 

Al terminar la Cena,

tomó un cáliz con vino,

te dio gracias de nuevo

y se lo pasó a sus amigos, diciendo:

 

Tomad y bebed todos de él...

 

Este es el sacramento de nuestra fe...

 

Así, al recordar la Pasión,

Muerte y Resurrección de tu Hijo,

te ofrecemos, Padre, nuestra plegaria.

Derrama tu bendición sobre el Papa,

los Obispos y sacerdotes,

y sobre todos los creyentes de la Iglesia.

No podemos olvidarnos de tu mandato

de amarnos como Tú nos has amado.

Te pedimos por los pobres,

los enfermos, los presos y oprimidos,

por los que mueren de hambre,

por los ancianos, los niños que viven sin cariño.

Que nuestra parroquia sea un modelo de solidaridad,

donde nadie pase hambre o se encuentre sólo y olvidado.

No queremos olvidar a nuestros difuntos_______

Que su recuerdo nos dé ánimos para luchar

por la paz, la justicia, la libertad,

tratando de nivelar nuestras grandes diferencias.

Unidos a María, tu Madre y también nuestra,

unidos a los Santos

y a todas las personas de buen corazón,

queremos brindar

por el triunfo del amor en el mundo, diciendo:

 

 

Por Cristo con El y en El ...

 

 

 

 

Oración de Acción de Gracias

 

(A)

 

Creo, Señor, pero aumenta mi fe

 

Sabes, Señor, que soy uno de los tuyos,

que creo en ti y formas parte de mi vida,

pero muchas veces vivo como si no existieras,

porque no termino de fiarme en ti del todo.

 

Quiero tener la fe de la mujer que tocó tu manto,

convencida de que Tú podías sanarle.

Me invitas a levantarme, a no sestear en la mediocridad,

a vivir una vida apasionante,

a trabajar con la misma hermandad que Tú

y a confiar en ti mientras transcurre mi historia.

 

Tú me impulsas a levantar todo lo que está en mí dormido.

Tú me enseñas que puedo llegar a mucho más.

Tú me haces creer en el ser humano,

con todo lo que tiene de grandeza y fragilidad.

 

La fe en ti, Señor, me aparta de fatalismos y desesperanzas, porque me haces confiar en las personas.

Hay mucho dolor en nuestro mundo,

a algunos les ha tocado una vida muy dura...

Hoy te pido que susurres al oído de cada hermano: «Tu fe te ha salvado, vete en paz»...

 

 

(B)

 

No me creas si me viste rezando

 

No me creas si me viste rezando,

no me creas si de unión yo te hablé,

no me creas si me ves dar limosnas,

que todo esto se puede hacer sin fe.

 

No me creas si el domingo voy a Misa,

no me creas si en mi pecho una cruz ves,

cuando veas que mi vida es para todos,

entonces créeme.

 

Porque es muy fácil rezar,

porque es muy fácil hablar,

pero querer de verdad a veces hace llorar.

 

No me creas si la libertad defiendo,

no me creas si presumo de hacer bien,

no me creas si pregono la justicia,

que todo eso se puede hacer sin fe. 

 

No me creas si visito las chabolas,

no me creas si al hablar me expreso bien,

cuando veas que mi vida es para todos,

entonces créeme.

 

Reflexión

 

LEVÁNTATE

 

¡Levántate!, ¿me dices?, Señor, me siento inerte: como aquella chiquilla, allá en su oscuridad. Mis padres me adoraban: me dieron lo mejor. Con la Ley me fajaron el día en que nací y todos sus mandatos me hacían repetir. Con Moisés me criaron, como en una crisálida. Y ahora me siento ahogada, sin poder respirar: me muero, pulso a pulso, en esta habitación.

Allá fuera, parece, está una multitud, y una mujer impura, de ropa tinta en sangre... Parece que la veo: con la cara velada, alargando su mano para rozar tu manto. Parece que se atreve a saltarse la Ley: y se lo juega todo a fiarse de Ti. Parece que te vuelves, parece que la miras, le sonríes y dices: mi amada, ¡vete en paz!.

Yo aquí dentro la envidio: arropada en mi lecho, atada por mis sábanas, Mi madre me ve yerta y llorando se sale y te dice: no sigas, que mi hija ya murió. Pero Tú ¡no te rindes! Pasas con tus amigos (que tampoco creen mucho) a donde yazgo yo. Y me dices ¡levántate!, mi chiquilla querida, no te dejes morir, que arriba luce el sol. Y mira que tu padre -Jefe de Sinagoga- por tu amor se atrevió a enfrentarse a su Ley.

Si tu padre en la tierra hizo eso por ti, mi Padre ¡qué no haría! para verte vivir...