Moniciones y homilías

Domingo  14 del TO / B

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Venimos, delante del altar, para dar gracias a Dios por tantas cosas que nos da. Pero, muy especialmente, porque con su Palabra y con la Eucaristía, el Señor nos alimenta para que no nos debilitemos en los caminos de nuestra vida.

No siempre, aceptar al Señor, es fácil. No todas las personas tienen la suerte y el don que tenemos nosotros de ver y sentir a Jesús como salvación y esperanza del mundo.

Que este encuentro nos ayude a reconocer en Cristo, el deseo de Dios de llevarnos hasta su amor.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Hoy, las tres lecturas que vamos a escuchar, nos hablan del rechazo de Dios por parte del hombre. No siempre, la humanidad, está a la misma altura de Dios. El Señor propone su gracia, su misericordia y –en cambio- se encuentra con corazones cerrados o tercos a sus planes.

Escuchemos con atención.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por el Papa Francisco. Por toda la Iglesia. Para que sea profeta en un mundo que se duerme frecuentemente con el ruido del mundo y sin las cosas de Dios. Roguemos al Señor.

2. Un recuerdo especial por todos los que dejan la piel por el camino llevando el anuncio del Evangelio: sacerdotes, misioneros, religiosas, catequistas. Roguemos al Señor.

3. Por todos los que no respetan la fe cristiana. Por todos los que no reconocen tantos trabajos buenos y sociales que la Iglesia realiza en tantos lugares del mundo. Roguemos al Señor.

4. Por los que viven engañados. Por los que se dejan seducir por la mentira o la vida fácil. Roguemos al Señor.

5. Por todos los que se encuentran de vacaciones. Para que vivan este verano disfrutando de la naturaleza, de la familia, del descanso, del mar o de la montaña. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 14 del T.O / B

 

1.- A pesar de los aprietos (qué tiempo pasado, en aras a la evangelización ha estado exento de zancadillas para las cuestiones de la fe) necesitamos voceros que anuncien que Dios está aquí, en medio de nosotros. Entre otras cosas porque si faltasen profetas del amor de Dios, de su Palabra o de su presencia, el mundo no sería ni marcharía mejor.

Hoy, lo excepcional y extraordinario, es acoger la Buena Noticia. Dejarse llevar por ella. Modelar la sociedad con los colores que nos brinda el Evangelio. Por ello mismo, al leer las lecturas de este domingo, vemos que –también Ezequiel, Pablo o el mismo Cristo- pasaron lo suyo cuando intentaron despertar los corazones de los hombres. Sufrieron, fueron acosados o incomprendidos por esa insistencia o deseo profético de que los hombres volvieran los ojos a Dios.

¿Qué es un profeta? Un profeta es alguien que no se fija en los frutos de su misión; no se acobarda o se echa atrás aunque aparentemente sus esfuerzos no se vean recompensados. Un profeta es aquella persona que, además de vivir lo que predica, es terco en su propuesta: ¡Jesús vive! ¡Somos hermanos! ¡El cielo nos espera!

2. - Como siempre, también existen los anti-profetas. Aquellos que intentan por todos los medios desautorizar o ridiculizar la figura del profetismo. La Iglesia, actualmente, desarrolla una labor ingente a todos los niveles: está con los más desfavorecidos, acoge a los enfermos del SIDA, levanta hospitales y orfanatos en miles de rincones del mundo. ¿Qué premio recibe? Nunca como hoy, es contestada por variados intereses y a veces muy orquestados. ¿Es bueno? ¿Es malo? Ni bueno ni malo. Lo letal sería que, ante el rechazo o la crítica, la Iglesia dejase de ser Iglesia, renunciase a lo que es genuino en ella, a su forma de ver y de entender la vida, la justicia, la fraternidad, la familia o el derecho a la vida.

En ese sentido, hoy más que nunca, tenemos que pedir al Señor que su Iglesia siga siendo profeta en un mundo donde tantas falsas verdades quieren diseñar e imponer un mundo, una sociedad o unos poderes a su medida. ¿Qué lo tenemos difícil? ¡Más lo tuvo el Señor! Lejos de amilanarnos ante el rechazo que pueda generar en algunos extremos de la sociedad, en la Iglesia hemos de procurar ser testigos de ese Cristo que supo dar vida allá donde existía la muerte; sosiego, donde abundaba la desesperanza; alegría, donde imperaba la tristeza.

3.- Puede que, en algunos de sus miembros, la Iglesia no esté a la altura del Evangelio. Ello no quita para que la Iglesia, hoy y siempre, siga apostando por lo que ella y sólo ella, está llamada a ser: altavoz de Cristo en medio de un mundo adormecido o con muchos analgésicos que entumecen la fe.

Y es que, por muchos escollos y zancadillas que salgan a nuestro encuentro, nada ni nadie nos debe de alejar de aquello que es primordial en nuestra vida cristiana: ser testimonio, con palabras y con obras, de nuestra experiencia de fe. La constancia, la persistencia y la perseverancia serán tres buenas fórmulas para hacer frente a todo intento de silenciar o desprestigiar el trabajo de todo profeta.

Ser profeta es ir contracorriente. Es hablar alto y claro pero, sobre todo, es volver a colocar a Dios en aquellos lugares desde los que ha sido apartado por variados intereses ideológicos o socioculturales. Hay muchas excusas para no seguir a Cristo: la razón que intenta supeditarlo todo a su campo, la debilidad en la formación de muchos católicos , el deseo de no ser señalado por ser cristiano, etc.

1.- La fe es signo de contrariedad. En los primeros siglos, los cristianos, llamaban la atención (como el mismo Jesús también la llamó) por su estilo de vida: ponían todo en común, se perdonaban y se ayudaban mutuamente. Hoy, por el contrario, asistimos a un entorno agotado, religiosamente individual o demasiado acostumbrado a ser cristiano sin vivirlo con total autenticidad. ¿Resultado?

Que, desde las mismas entrañas de los que nos llamamos católicos o decimos cristianos, encontramos rechazos u objeciones a nuestra forma de vivir y de entender el Evangelio. Asistimos con mucho dolor a una realidad un tanto rocambolesca: ya no es que la Iglesia sea incomprendida o perseguida desde fuera, es que –en muchísimos momentos- es puesta en tela de juicio por algunos teólogos, movimientos cristianos o laicos que quieren vivir la fe a su modo y manera. Duele la pedrada cuando, desde fuera, rompe los cristales de una casa. Mucho más doloroso e incomprensible cuando, la incomprensión y lanzamiento de dardos, viene desde dentro: desde aquellos que nos decimos (se dicen) cristianos.

2.- El Evangelio, hecho carne en Cristo, es un camino de prueba y de sufrimiento. A nadie se nos ha dicho que el Reino de Dios sea un camino de rosa. Mucho menos que fuera causa de innumerables aplausos, reconocimientos públicos u homenajes oficiales. Seguir a Cristo, en algunos instantes, nos puede llevar a la soledad y a la traición, a la incomprensión o a la marginación. En cuántos países (especialmente islamistas) los cristianos son considerados de segunda clase por eso mismo: porque no se amoldan al sistema imperante. Pero también es verdad que en otros países, aún sin ser de segunda, son los propios cristianos los que con su inactividad, sordina o timidez apostólica contribuimos a que Cristo sea de facto olvidado, no conocido y marginado.

Ante una descristianización progresiva tendríamos que preguntarnos si, tal vez nosotros, no estamos también colaborando con un “rechazo pasivo” a que el mensaje del Evangelio sea poco a poco silenciado. ¿Sirve de algo ser cristiano y no manifestarlo? ¿Es lógico familias enteras bautizadas en las que nunca se reza, no se bendice la mesa o no se asiste en familia a misa?

3.- Estamos demasiado acostumbrados a decir que “Jesús es Hijo de Dios” a que “Jesús es amor”. Y es verdad. Lo malo es que, eso, no nos escandaliza. Nos deja igual… por no decir indiferentes. Pero el proclamar que Cristo es Hijo de Dios nos incita a vivir como hermanos (y no siempre lo hacemos), a instalar a Dios en el centro de nuestro pensamiento y acciones (y en cuántos momentos lo desterramos). Confesar que Jesús es amor implica el alejarnos de nuestros egoísmos (y preferimos vivir con ellos, perdonarnos mutuamente (nos resulta un agravio el hacerlo primero nosotros), etc., etc. ¿No estaremos rechazando también nosotros, con nuestras actitudes, a ese Jesucristo que nos habla con su propia vida de lo que significa ser cristianos?

No hay que tener miedo a ser rechazados por el hecho de ser cristianos (a tanto no hemos llegado todavía aquí y ahora). Si que tenemos que tener un cierto temor e interpelarnos sobre el modo de vida que llevamos. Si nuestras palabras callan ¿quién las pronunciará? Si nuestras obras son mínimas ¿quién descubrirá el rostro amoroso del Padre? Si nuestras manos están cruzadas ¿quién llevará la cruz del Señor por el mundo?

_______________

Una espina.- En la segunda lectura de hoy, San Pablo narra a los cristianos de Corinto la grandeza de que ha sido testigo en las revelaciones extraordinarias que Dios le ha hecho. Y a renglón seguido, explica que todo eso es algo que no le pertenece, algo que Dios le ha concedido gratuitamente, sin mérito alguno por su parte. Y así explica que él no puede gloriarse de eso que no es suyo. Y añade que sólo de una cosa puede gloriarse: de su flaqueza.

Y para que no olvide su propia miseria, esa miseria está siempre patente ante sus ojos. Dice que tiene metida una espina en la carne, algo que le molesta al menor roce, algo que le duele continuamente. Un emisario de Satanás que le abofetea sin cesar. No se puede saber a ciencia cierta de qué se trata. Lo que está bien claro es que no le era fácil la vida, que tenía dificultades serias y tentaciones, tropiezos, obstáculos que había de superar con tenacidad y paciencia a lo largo de toda la vida. Gracias, Señor, por esa confidencia de Pablo. Es un gran consuelo a los que también tenemos una espina, de la clase que sea, metida muy dentro de nuestra carne.

Era algo que le humillaba, algo de lo que quisiera verse libre. Quién me librará de este cuerpo de muerte, exclamaba el Apóstol en otra ocasión. En este pasaje nos cuenta que tres veces, es decir, con insistencia, ha pedido al Señor que le libre de aquellas cadenas que pesan sobre su alma, de ese peso muerto que parece frenar continuamente su marcha ascensional hacia Dios.

Y Dios atiende a su ruego de una manera peculiar: Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad. Esto es, que no te libraré de esa losa que te aplasta, pero haré posible que, a pesar de eso, sigas caminando hacia lo alto. Conseguiré el prodigio de que lo mísero y lo mezquino llegue a ser algo grande y admirable, haré que tu opaca oscuridad se convierta en rutilante luz...

Estas palabras de San Pablo bien podemos hacerlas nuestras, porque todos sentimos, cada uno a su manera, esta debilidad que tantas veces nos atormenta. Y esas palabras de Dios también son válidas para nuestro caso. Por todo lo cual, sólo nos queda seguir pidiendo la ayuda divina y estar seguros, a pesar de todo, de que si luchamos llegaremos al final, gozosos al lograr la victoria definitiva.

________________

 

Es verdad que Ezequiel ha recibido del Señor la orden de hablar a gente testaruda: “te hagan caso o no te hagan caso...”

Yo tengo la impresión, la misma impresión del profeta, de que los curas hablamos a los que no nos escuchan...

Pero el Señor, hoy, lo mismo que al profeta nos dice... “te hagan caso o no, tu sigue diciendo... “así dice el Señor...”

Hay gente que no tiene ganas de escuchar...Hay muy pocos escuchadores, no sólo en las iglesias, sino en las familias, en los matrimonios, entre amigos, vecinos...

- Hay quienes simulan que están escuchando, ponen cara de escucha, ¿pero dónde estarán sus pensamientos?...

- Hay quienes dicen que no tienen necesidad de escuchar a los curas, porque siempre estamos diciendo las mismas cosas...

Hay quienes escuchan, pero entienden las cosas a su manera...

Hay quienes están dispuestos a oír solamente lo que está de acuerdo con sus ideas, y rechazan cualquier palabra que ponga en cuestión su pensamientos, sus seguridades o su conducta...

Hay quienes escuchan, y piensan en los demás... Esto que está diciendo qué bien le viene a fulano o mengano...

Hay quienes escuchan, nunca se cansan de escuchar, pero su vida sigue igual que siempre, nada les interpela, nada les cuestiona, nada les invita a cambiar... y de hecho nada cambia.

Hay quienes dicen: ¡Qué bonito sermón!, y todo acaba ahí.

 

A pesar de la impresión de que hablamos y nadie nos escucha, hoy el Señor, como al profeta Ezequiel nos dice... “te hagan caso o no te hagan tú sigue hablando en mi nombre”...

Por suerte hay gente que escucha. Hay gente que toma en serio la Palabra, la guarda en su corazón, y se dejan interpelar por ella...

A lo mejor los predicadores no nos enteramos... Y quizás nos lamentamos diciendo, que nadie tiene ganas de oír sermones, que no tienen ningún interés... que si la TV, los periódicos, las diversiones... Tienen mucha mejor acogida...

A veces podemos ser injustos con los oyentes... Teniendo la impresión de que todo es inútil, de que no vale la pena...

Pero sí vale la pena. Aunque sea para pocos. Aunque solo fuera para uno solo.

La Palabra siempre encuentra un nido de acogida. Quizá sin que nos enteremos... Porque la Palabra no nos pertenece y no podemos medir sus frutos y sus efectos...

La Palabra realiza recorridos secretos, busca la complicidad de algún corazón, donde va a despertar las esperanzas cubiertas de ceniza, o donde enciende la chispa en medio de la oscuridad, o ilumina el caminar a tientas de algún hombre o mujer...

La Palabra trabaja silenciosamente, en lugares e individuos insospechados...

¡Qué importante es que entre nosotros, en medio de tantas voces, de tantos reclamos, de tantas solicitudes... Alguien nos siga diciendo: “Esto dice el Señor”...

El Profeta Ezequiel tendrá que seguir anunciando al Palabra ante la misión que Dios le encomienda: “Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas... Un pueblo testarudo...” Y tendrá que hacerlo a través de su propia debilidad... Ezequiel lo mismo que San Pablo podrá decir: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte, mi fuerza es el Señor”...

Santa Teresa solía decir: “Teresa, ella sola, no es nada. Teresa y 30 ducados, es un poco. Teresa y el Señor, es todo”....

Que hagamos nuestra, la súplica del salmo: “Nuestro ojos están en el Señor, esperando su misericordia”... Poner nuestros ojos en el Señor, es seguir confiando en su Palabra y en su amor hacia nosotros…

Ni Dios se salva de nuestras críticas, de nuestras murmuraciones, de nuestras quejas e insatisfacciones.
Si Dios se nos manifiesta en su grandeza, le criticamos porque “nos aplasta”.
Si Dios se rebaja, se encarna, le criticamos “por hacerse tan poca cosa”.
Si Dios no nos regala el trigo para que comamos pan, decimos que no escucha nuestras oraciones. Si Dios se hace él mismo pan para que comamos todos, no le creemos.
Si nos sentimos pecadores, tenemos miedo a que Dios nos condene.
Si Dios nos ofrece la posibilidad de ser santos, pensamos que eso no es para nosotros.
Si Dios nos pide que nos convirtamos del pecado y seamos libres de verdad, lo vemos como un Dios enemigo de las satisfacciones humanas.
Si Dios nos ofrece el don de su gracia que nos hace santos, decimos que eso es un excesivo espiritualismo, que la vida tiene que ser más realista.

 

Primero, nos sentimos sorprendidos de su sabiduría.
Estábamos hartos de la palabrería de nuestros maestros espirituales que no decían nada, sino que se repetían cada vez que abrían la boca.
Estábamos hartos que nos citasen la ley y sus prohibiciones.
Estábamos hasta la coronilla de las prohibiciones legales.
Todo era “no hacer”.  Se parecía a esas carreteras donde abundan los letreros: “dirección prohibida”.
No había horizonte por delante.
Todo era un mirar hacia atrás.
Un quedarnos recordando las maravillas del pasado, pero en un presente poco maravilloso.

Y viene El y nos damos cuenta de que es otra cosa.  Jesús no habla por hablar sino porque tenía algo nuevo que decirnos. “¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?”
Era una sabiduría nueva. Era anuncio de algo nuevo. Distinto.
Escucharle a El era como contemplar un nuevo amanecer en nuestras vidas.
Escuchar su palabra era como sentir que una nueva savia corre por las venas de nuestro espíritu.
“¿Y esos milagros de sus manos?”
Una nueva primavera comenzaba a florecer en Nazaret. Pero nunca faltan de esos que dedican a buscar genealogías. Se enteran de tu apellido y el de tus antepasados.
Y todas las ilusiones se vienen al suelo como las flores del almendro en una tormenta de pedrisco. Nunca faltan quienes quieren esconder el sol detrás del dedo que lo señala.
Nunca faltan quienes salen al paso de lo nuevo, para que todo sigue igual.
Nunca faltan quienes prefieren la esclavitud de la ley a la libertad del Evangelio.

Y a Jesús, comenzaron a serrucharle el piso. Todo lo que decía no pasaba de ser una fácil ilusión para confundir a los sencillos. Nosotros conocemos quién es y quiénes son sus padres y sus hermanos. Conocemos su parentela.  Al fin y al cabo es uno de tantos hijos del pueblo. Habla bonito. Pero nosotros le conocemos. Aquí no hay ninguna manifestación de Dios. Es un charlatán que habla bonito. Es el eterno problema de siempre. Vales mientras no conocen tu apellido. Vales mientras no conocen a tu familia. Vales mientras no saben de tu pasado. Es que, quienes no creen en el futuro, todo lo ven desde el pasado. Nadie cree que tú has podido cambiar. Nadie cree que tú ahora no eres lo que siempre fuiste y lo que dices ser ahora.
Por más que la gracia haya hecho el milagro de cambiar tu corazón y tu vida, tú seguirás siendo mirado por lo que fuiste, o lo que fue tu familia, lo que fue tu padre.