Moniciones y homilías

Domingo  18  del TO / B

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Buenos días  /  Buenas tardes…

Hoy, con frecuencia, nos encontramos con personas que sólo viven preocupados por el alimento del cuerpo. ¿Es suficiente? ¿No os parece que, el comer, no lo es todo?

Comencemos esta Eucaristía sabiendo que, el Señor, nos proporciona el alimento material y, por supuesto, le demos las gracias por fortalecer nuestra vida espiritual con su Palabra, con la Eucaristía con los sacramentos.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Al igual que los israelitas por el desierto, también hay muchos hombres y mujeres que protestan porque no tienen lo esencial para vivir, porque les falta el pan. Las lecturas de hoy nos invitan a buscar el pan que Dios nos ofrece. No es un pan de harina, aunque también éste es necesario, el pan que el Señor nos ofrece es un alimento de vida eterna, un alimento que sabremos valorar el día de mañana. Escuchemos con atención.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que en su mesa se sienten todos aquellos que buscan con sinceridad respuestas para su vida. Roguemos al Señor.

2. Por los que se sienten vacíos, fracasados. Para que vuelvan al camino de la fe. Para que salga alguien a su encuentro y puedan vivir alegres con Cristo. Roguemos al Señor.

3. Un recuerdo especial por los sacerdotes. Para que cuiden de la Eucaristía y nos hagan partícipes a todos nosotros de ese Misterio. Roguemos al Señor.

4. Por todos los que están de vacaciones. Por aquellos que trabajan. Por todos aquellos que se dedican a procurar el pan y sustento de cada día a los demás. Roguemos al Señor.

 

 

Homilía  Domingo 18 del T.O / B

 

1.- Todavía olía el ambiente a pan recién hecho por la multiplicación de los panes cuando sucede esta escena del evangelio de hoy, en que aparece otro pan con otro aroma, que no satisface los estómagos vacíos sino los corazones hambrientos.

“Me buscáis porque habéis comido hasta saciaros, “es la queja del Señor, que no quiere convertirse en nuestro proveedor de nuestro supermercado, Corte Inglés o Mercadona.

El Señor sabe que no nos atrae el aroma de Dios, que tenemos atrofiado el olfato para el pan que ha bajado del cielo, mientras nos entusiasma el aroma del pan recién hecho como a los judíos.

2.- Nuestra petición no debería ser “Señor, tenemos hambre”, sino “Ayúdanos porque es que no tenemos hambre de Ti”. Tenemos el corazón y los sentido tan llenos de ruidos, de sensualidad, de colores chillones, de ese pasarlo bien, que no tenemos hambre para buscar a Dios.

--Deberíamos buscar con el interés y la fe merecedores de la promesa del Señor “Buscad y hallaréis”.

--Deberíamos buscar al Señor perdido, con el ansia con que José y María lo buscaron y hallaron en el Templo.

Como María Magdalena buscó a su Señor junto al sepulcro y mereció ser llamada por su nombre, “María”, que abrió sus ojos a su Señor.

El Hijo de Dios, ese mismo Jesús que nos dice “me buscáis porque os habéis saciado”, nos enseña a buscar lo que se le había perdido, la oveja, dracma, nuestro corazón. El sí tienes hambre de nosotros y nos busca con ansia y muy a su costa.

No te buscamos, Señor, porque no tenemos hambre, y qué terrible es haber perdido el apetito. ¿Es que buscamos al Señor, con la mera curiosidad con que Herodes buscaba ver al Señor?

3.- Todos tenemos experiencia de esta nuestra falta de apetito, una misa o una ceremonia que se alargue un poco más nos aburre mientras un serial (como “Amar en tiempos revueltos”) se nos pasa en un santiamén y no nos perdemos uno. Si nos gusta leer nos gustan las novelas, la ciencia ficción, la historia y se nos cae de las manos la Escritura.

4.- Nos insultamos de ventanilla a ventanilla yendo en el coche a prisa a no se sabe dónde y nunca tenemos prisa por llegar a misa a tiempo.

Y es que no tenemos hambre, Dios es algo bueno para nosotros, pero superfluo, no es de vida o muerte como el pan para el hambriento. El señor nos dé hambre de El, para que no muramos de indigestión de otras cosas.

______________

 

Después de la multiplicación de los panes, Jesús, nos presenta el discurso eucarístico. Es como aquella madre que, sentando a su pequeño sobre sus rodillas, lo alimenta y a continuación le inicia en las grandes verdades o cuestiones de la vida. Todo, en la intención de la madre, va unido: alimento y palabra, pan y enseñanza.

1.- La multiplicación de los panes no había sido ni mucho menos una puesta en escena de Jesús. El Señor, con esa intervención, sale al paso de una determinada y urgente necesidad: existí hambre física.

-Cuando aprieta el hambre, el resto de los sentidos se resisten a funcionar. Ni el tacto es tan sensible ni, el oído, resulta ser tan atento

-Cuando aprieta el hambre, las muchas palabras, no sirven de nada o de casi poco.

-Cuando aprieta el hambre, la debilidad se adueña y el sinsentido aparece en el horizonte.

-La Iglesia, allá donde está presente, cuida los dos vértices: da pan (movida por la caridad y generosidad de los cristianos) y ofrece el Pan del Cielo (siguiendo el mandamiento de Jesús): haced esto en memoria mía. Las dos acciones manifiestan la grandeza y la esplendidez de un Dios que sale al encuentro del ser humano.

2.- ¿Cómo es nuestra amistad con el Señor? ¿Gratuita o interesada? ¡Cuántas amistades humanas se fundan precisamente en intereses materiales y en cálculos egoístas! Como aquel rey persa que cruzaba el desierto, con sus camellos cargados de joyas y de diamantes ¿En qué acaba la historia? Pues sí; aquel ministro fiel, que prefirió seguir a su rey en vez de quedarse con los tesoros, afirmó: “Me importa más mi rey que todas las perlas de mi rey”. ¡Escasos de encontrar esta tipología de personas! A veces por mirar el humo no deparamos en el fuego. A veces por mirar el contenido, no cuidamos ni agradecemos la mano que nos lo da.

-Seguir a Jesús cuando las cosas nos van bien, cuando el trabajo abunda, cuando el amor ha llamado a la puerta, es fácil

-Seguir a Jesús cuando la salud es fuerte y vigorosa, cuando tenemos medios suficientes para llevar una vida cómoda, es fácil

-Seguir a Jesús cuando el ser cristiano no nos aprieta demasiado, cuando conseguimos de la Iglesia sacramentos, atenciones o una religión a la carta, es fácil.

3.- Pero ¿qué ocurre cuando, el Señor, nos exige ascender a un plano superior? Simplemente que nos escandalizamos o nos retiramos por nuestra incapacidad de estar a la altura evangélica.

Que el Señor nos ayude a no instalarnos en la rutina. Que nuestra fe, además de alabanza, oración y generosidad, sea un conocimiento de lo que Dios quiere para nuestra existencia humana: que creamos en Él. Que nos fiemos de Él. Que le amemos con todo nuestro corazón y toda nuestra alma.

Un sacerdote en un barrio populoso de New York ofrecía a una persona la posibilidad de convertirse al cristianismo. La respuesta (lógica por otra parte) del ciudadano fue la siguiente: ¿Y qué me dan por ser cristiano? El sacerdote, por supuesto, le contestó: “entre otras muchas cosas, lo más importante, la Vida Eterna”.

_______________

Las personas, por lo que sea, nos dejamos seducir rápidamente por los sucesos extraordinarios. ¿Qué tiene el espectáculo que tanto atrae? Pues eso: espectacularidad, morbo. Nos deslumbra todo aquello que, aparentemente, está fuera de lo común.

1. -En el Evangelio de hoy, en la memoria de muchos, sigue viva la multiplicación de los panes. Sus bocas todavía permanecían abiertas ante el milagro: ¡hubo pan para todos! Pero, Jesús, era consciente de que aquella amistad que le brindaban, no era del todo sincera. Era un tanto interesada.

Siempre recuerdo aquel viejo refrán: “el amigo bueno es como la sangre, acude a la herida”. Jesús, como buen amigo, había acudido en socorro de los que tenían hambre material. Pero no quería que se quedasen en el aquel milagro. Para Jesús, el milagro, seguía siendo palabra.

Una buena catequesis, una dinámica para despertar la fe en aquellos corazones cerrados a Dios. ¿Lo entendieron así aquellos estómagos agradecidos? ¿Buscaban a Jesús por la fuente de sus palabras o porque les colmaba de pan? ¿Amaban a Jesús por el Reino que traía entre sus manos o porque les había llenado de alimento sus manos abiertas?

También a nosotros, queridos amigos, el Señor nos interpela en este domingo. ¿Por qué le buscamos? ¿Porque en algunos momentos nos ha confortado en nuestra soledad? ¿Porque, tal vez, ha sido bálsamo en horas amargas o en momentos de pruebas? ¿Por qué buscamos al Señor? ¿Por qué y para qué venimos a la Eucaristía de cada domingo? Sería bueno, amigos, un buen examen de conciencia: ¿qué es Cristo para mí?

2. - La Iglesia, en estos momentos, también tiene el mismo problema que sufrió Jesús en propias carnes. Hay muchos que, lejos de verla como un signo de la presencia de Dios en el mundo, la toleran porque hace el bien. Porque soluciona problemas. Porque llega a los lugares más recónditos del mundo levantando hospitales, construyendo orfanatos o cuidando a los enfermos de Sida.

Pero, la Iglesia, no desea que sea apreciada por su labor social o humana. Su fuerza, su orgullo y su poder no está en esas obras apostólicas (que están bien y son necesarias para calmar tantas situaciones de miseria o injusticias). El alma de nuestra Iglesia, de nuestro ser cristiano es Jesús. Un Jesús que tan sólo nos pide creer en El como fuente de vida eterna. Como salvación de los hombres y de todo el mundo.

3.- Hay un viejo canto que dice “todos queremos más y más y más; el que tiene un euro quiere tener dos; el que tiene cuatro quiere tener seis…..” Y a Jesús, primero, le pedían pan. Luego le exigían más y, al final, solicitaban de Cristo, todo, menos lo esencial: su Palabra, su Reino, la razón de su llegada al mundo.

Que sigamos viviendo nuestra fe con la seguridad de que, Jesús, sigue siendo el pan de la vida. Y, sobre todo, que amemos al Señor no por aquello que nos da, sino por lo que es: Hijo de Dios.

 

 

Buscar en la vida lo que plenifica

Domingo XVIII T. Ordinario. Ciclo B
Ex 16, 2-4.12-15; Sal 77, 3-4.23.25.54; Ef 4, 17.20-24; Jn 6, 24-35

 

El papa Benedicto XVI en su encíclica "Caritas in veritate" nos hace caer en la cuenta de que los humanos buscamos mucho las cosas materiales de la vida, que le damos excesivo valor a la rentabilidad de las cosas, sin darnos cuenta de que la vida humana tiene una dimensión espiritual, que va mucho más allá de lo puramente material, que es algo a lo que no podemos renunciar.

Jesús en el evangelio de hoy también se queja. La gente que lo busca, lo hace porque les ha dado de comer. Los que persiguen a Jesús, buscan lo que de material puede aportarles. Y Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles que en la vida lo más importante no es lo material. Lo más importante de la vida no es lo que uno pueda comer o poseer. Jesús les invita a aspirar a algo más que todo eso. Él quiere que busquen aquello que les plenifica la vida, aquello que hace que la vida tenga una mayor consistencia, un mayor fundamento.

¿Y quién será? Evidentemente Jesucristo, el Hijo de Dios. Él ha sido acreditado para poder darle a la vida humana aquello que necesita. Por eso, podrá decir “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”. Es Jesucristo el alimento que necesita nuestra vida. Necesitamos poner a Jesucristo en el centro de todos nuestros pensamientos, de todas nuestras acciones. Es entonces cuando se produce el encuentro entre Dios y nosotros, y es entonces cuando el hombre queda plenamente satisfecho en sus necesidades y aspiraciones más profundas.

El evangelio de hoy es una llamada a todos nosotros, para que busquemos a Jesucristo. Le necesitamos para construir una humanidad más humana. Lo necesitamos para que el hombre pueda llegar a ser más y mejor hombre. Porque eso es lo que quiere Dios de nosotros.

Por eso, termino como empecé, con palabras de Benedicto XVI en Caritas in veritate, que nos recuerda que “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”.

O como nos dijo nuestro querido Juan Pablo II: Cristo es el futuro del hombre.