Moniciones y homilías

Domingo  19  del TO / B

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Nuevamente, en este domingo, el mensaje de Jesús nos sigue hablando de la Eucaristía con el evangelio de San Juan.

Que la presencia del Señor, que viene a este altar, nos dé las fuerzas necesarias para seguir peregrinando por este mundo.

Pongamos nuestra ilusión, nuestra atención y también nuestras voces, en esta Santa Misa.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Como Elías, cuya primera lectura nos habla de él, también andamos necesitados del pan del cielo. San Pablo, además, nos recordará que, en la fraternidad, en el amor, hemos de encontrar razones para convivir con los demás.

Finalmente, el evangelio, San Juan nos presenta a la Eucaristía como el nuevo Maná que otorga fuerza y vida abundante.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

 

1. Por la Iglesia. Por el Papa y los Obispos. Tengamos un recuerdo especial por los sacerdotes. Que nos ayuden a descubrir el valor y el secreto de la Eucaristía. Roguemos al Señor.

2. Por los que pasan hambre. Por los que tienen mucho y no comparten. Roguemos al Señor.

3. Para que a nadie le falte el alimento de la eucaristía, de la cultura, de la enseñanza, del amor. Roguemos al Señor.

4. Por los padres. Para que den ejemplo a sus hijos y no olviden, los domingos, de acudir a la Eucaristía. Roguemos al Señor.

 

 

Homilía  Domingo 19 del T.O / B

 

Un servidor de combustible al acercarse un cliente para repostar le preguntó: ¿por qué viene usted a esta estación de servicio... por obligación o por necesidad? El automovilista contestó: ciertamente por necesidad. Sin el carburante... no podría seguir mi viaje ni llegar a la meta que me he marcado.

1.- Sigue adelante este verano 2015. Son días tórridos donde, en muchos lugares de España, se han superado incluso los 40º. Esta sensación térmica produce cansancio y muerte, ansiedad y sed, desgaste, incendios, sequía y....necesidad de beber líquido en abundancia. Y, en medio de estas calurosas semanas, parece como si el evangelio –que siempre se las sabe todas- nos pusiera el remedio: “YO SOY EL PAN QUE BAJA DEL CIELO”.

Entrar durante el verano a una iglesia es encontrarse con un remanso privilegiado de paz y de frescura: el silencio produce serenidad y la Palabra de DIOS es mejor que una buena tónica o más efectiva que una coca/cola light.

Adentrarnos en la Eucaristía dominical y participar de ese PAN que en el cielo se cuece y en la tierra se vende produce un gran milagro si se saborea con el paladar de la FIDELIDAD.

--Miramos al cielo en estos días queriendo encontrar alguna providencial nube que haga de sombrilla entre los rayos del sol y nuestros cuerpos agotados.

--Miremos también hacia el cielo para saber si somos capaces de valorar e intuir ese PAN que en la mesa del altar se convierte en vitamina para seguir caminando como hijos del Padre.

--Miremos a nuestro corazón y preguntémonos si comemos por obligación o por necesidad. Sólo cuando se tiene hambre, se aprecia el pan con gusto y placer y además, quedan ganas de repetir.

Cuando se tiene hambre por obligación, somos capaces de tirar lo que sobra, de sonreír por lo que nos ponen en la mesa, de no dar el valor que representa un alimento.

Con la eucaristía, pasa tres cuartos de lo mismo: DESDE LA NECESIDAD DE DIOS, LA EUCARISTIA, PRODUCE FRUTOS QUE NUNCA HUBIERAMOS IMAGINADO. DESDE LA RUTINA Y DESDE LA PURA MECANICIDAD SE CONVIERTE EN ABURRIMIENTO Y EN ALGO SIN SENTIDO.

2.- Probemos en asistir a un banquete donde, ya de antemano, lleguemos tarde, pongamos cara larga, no escuchemos al anfitrión o sentémonos como si la comida no fuera con nosotros. Acabará la fiesta y, además de marcharnos sin comer, nos habremos dado cuenta que la responsabilidad no la tenía ni el ambiente ni el anfitrión, ni la audición o los interlocutores...sino la actitud que mantuvimos como comensales.

Nuestra cerrazón a la verdad, a la Palabra, a la Vida y al Camino que nos propone Jesús nos puede llevar a eso mismo. Y, por si lo hemos olvidado, recordemos que el pan de la Eucaristía es pan de vida eterna.

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Resulta verdaderamente difícil no criticar. De una forma o de otra, la mayoría lo hacemos, aunque la mayor parte de las veces las críticas sean leves y estén basadas en argumentos veraces. Cierto es que habría que distinguir las críticas verdaderamente dañinas de esas otras que son simples comentarios hechos con un poco de ligereza pero sin malicia. Pero incluso este tipo “ligth” de comentarios, cuando nos enteramos de que otros los han hecho de nosotros, nos hacen daño, con lo cual deberíamos suponer que también nosotros herimos a los demás cuando los hacemos.

 

Criticar es, además, atribuirse funciones de juez, considerarse superiores a las personas criticadas y usurpar un poder que sólo Dios, que lo conoce todo, es capaz de detentar y ejecutar. Sólo el Señor es juez de las conciencias y nadie puede pretender usurpar ese puesto.

 

Por eso Jesús nos enseña a no criticar, a darle al otro nuevas oportunidades, a poner excusas que justifiquen de algún modo –siempre dentro de lo posible- el comportamiento del otro. Sólo así podremos pedirle al Padre que sea comprensivo con nosotros mismos, pues le podremos decir a nuestro favor que nosotros hemos intentado ser comprensivos con nuestro prójimo.

 

Por último, sería bueno aplicar aquel consejo de San Francisco, en el que pedía que no se dijera nada de nadie ausente que no se pudiera decir con caridad delante de él.

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1.- El pobre Elías lo que tenía era la depre… Se sentía cansado de todo. No tenía ganas más que de dormir. Quería morirse. Huía de la compañía de los hombres. Incapaz de ver lo bueno de las cosas, perseguido por lo malo que le acontecía, porque Dios había salido en su favor con aquella profecía de la sequía y había hecho llover cuando Elías dijo. Y tuvo al Señor a su lado en su lucha contra los profetas de Baal a los que dejó en ridículo. Bueno, en realidad mandó degollarlos, se pasó un poquito ¿no? Elías no ve más que la reina Jezabel le persigue y ya no se acuerda de las veces que ha tenido a Dios junto a él.

Dios viene en su auxilio con un medio muy casero, que coma bien y duerma bien y la depre –la depresión—quedará vencida. No se que dirán los psiquiatras de este medicamento, pero el caso es que Elías cobra fuerzas para un camino de cuarenta días.

2.- Cuántas veces tenemos nosotros la depre, al menos espiritualmente, se nos debilita la fe. Estamos metidos en un túnel sin salida. Nos encontramos a Dios en la vida ordinaria… ¡Si Dios hiciese un milagrito!

Como los discípulos aquellos, su fe se debilita ante un Jesús vecino de su pueblo. Hijo de José el carpintero y de María aquella tan mujer buena que todos recuerdan con cariño. ¡Qué nos dice este aprendiz de carpintero! ¿Qué ha bajado del cielo? Y en realidad eso es lo que, en medio de la debilidad, ellos quisieran, que Jesús, que ha dicho que ha bajado del cielo, se mostrase ante ellos de manera esplendorosa, rodeado de, rodeado de ángeles y en medio de relámpagos y truenos. Todo muy lejos de la vida ordinaria de una familia vulgar de Nazaret.

Cuando se debilita la fe, entonces empiezan a proliferar las apariciones y las promesas de grandes acontecimientos cósmicos para confirmar esas promesas. La historia está plagada de apariciones y promesas, y de prodigios… Esos prodigios que Jesús se negó a realizar cuando se los pidieron, como confirmación de la fe. Porque al cristiano le basta creer en el gran prodigio de la resurrección de Jesucristo. Y ese prodigio y señal de Jonás si se les dará a los hombres faltos de fe. A otros, no.

3.- Y Jesús que ve a sus discípulos débiles, dubitativos, con depre y que sabe que todos nosotros, a lo largo del camino, vamos a sentarnos muchas veces en la cuneta de la vida, cansados, hartos, tristes, sin saber qué hacer con nuestra vida, les propone una medicación como la de Elías, que comamos su pan, que Él es pan lleno de vitalidad y fuerzas, que es el pan del camino y el camino mismo, que no nos deja morir de hambre y de avitaminosis espiritual.

Cuando nos entra la depre, lo primero que dejamos es la oración, la misa, la lectura espiritual, porque todo nos sabe a paja, a puré de patatas sin sal, a potitos de alimento infantil, incomibles.

Y es lo peor que podemos hacer y nos lo dice el Señor: “este es el pan para que el hombre coma de él y no muera”, “el que coma de este pan tiene vitalidad para siempre. No nos dejemos de morir de hambre cuando nos entra la depre, comamos aun a disgusto, en la seguridad de que ese alimento de Dios al fin será nuestra fuerza en el camino.

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1. Nunca como hoy, la humanidad o gran parte de ella, ha dispuesto de tantos adelantos: comunicación por aire, tierra y mar. Recursos de alimentación o bienes materiales en abundancia y, por contraste, en algunos lugares con tanta escasez y desigualdades.

Nunca como hoy, la humanidad, ha tenido tanto y, por lo que sea, nunca ha tenido tanta sensación de insatisfacción, de infelicidad. Algo ocurre en nuestro globo cuando, tanto personal, dice tener poco apego a la vida. Cuando, la droga, el suicidio u otras prácticas de riesgo se convierten en una llamada de atención que nos debiera de hacer reflexionar: la vida, no sólo es tener, acaparar, aparentar, conquistar, consumir o comer. Es mucho más. Tenemos que descubrir o llegar a algo más que le dé sentido.

No es de extrañar, precisamente por eso, que mucha gente encuentre en el sano altruismo, en la entrega generosa hacia los demás, muchas razones para vivir o sentirse realizado. Y, al contrario, no es de extrañar tampoco que otros –teniéndolo todo- no sepan por donde tirar para alcanzar un equilibrio razonable en su vida.

¿Dónde está la respuesta? Para nosotros, los cristianos, en Cristo. Y desde ahí hemos de trabajar. De poco sirve ser los más adelantados; que la ciencia vaya conquistando campos hasta unos años impensables; que los grandes descubrimientos dejen a parte de la humanidad con los ojos asombrados o que, por ejemplo, el bienestar del hombre –en algunos rincones del mundo- haya alcanzado cotas impresionantes. ¿Es positivo si luego, a continuación, fallamos y faltamos en lo esencial: el hombre?

2.- La apariencia, lo material y lo puramente superficial, se pueden convertir en un cruel muro que nos impida dar el salto a Dios. A los judíos les aconteció lo mismo: estaban tan aferrados a la ley (y a sus propios privilegios) que el paso del código de normas a Jesús les resultaba escandaloso, imposible, inadmisible. Entre otras cosas porque, aquello, suponía desmontar muchas ideas y muchos intereses; apearse de muchos caballos domesticados a su propia medida.

Hoy, como entonces, también nos encontramos con escenas muy parecidas: ¡creo en Dios pero no en la Iglesia! ¡Yo me confieso directamente con Dios! ¡A mí con creer en Dios me basta, me sobran los curas! ¿No será en el fondo que seguimos sin creer en el Dios encarnado? ¿No será que, muchos, seguimos o siguen pensando que Dios es un Dios a nuestro antojo, capricho y sometido a nuestra propia ley?

3.- Ojalá, amigos, sigamos avanzando en el conocimiento de Dios. Pero, no lo olvidemos; para llegar hasta El, el único camino es Jesucristo. Que no reduzcamos nuestra vida a “un ir tirando comiendo.” Que nos preocupemos de buscar siempre razones, momentos, profetas, ayudas para “un ir viviendo creyendo en Jesús”.

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La incredulidad no es, como ingenuamente pueden pensar algunos creyentes, una «deformación perversa del espíritu». Algo propio de hombres malvados y retorcidos que pretenden enfrentarse con Dios.

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios.

Vivimos en una sociedad donde Dios no se lleva. Se ha quedado pequeño. Como algo poco importante que es fácil arrinconar en algún lugar muy secundario de nuestra vida.

Lo más fácil es hoy vivir «pasando de Dios». ¿Qué puede significar hoy para muchos hombres y mujeres la invitación de Jesús a vivir como «discípulos de Dios», escuchando lo que dice el Padre?

Incluso, los que nos decimos «creyentes» estamos perdiendo capacidad para escuchar a Dios. No es que Dios no hable ya en el fondo de las conciencias. Es que, llenos de ruido, avidez, posesiones y autosuficiencia, no sabemos ya percibir la presencia del «más callado de todos» a quien damos el nombre de Dios.

Quizá sea ésta una de las mayores tragedias del hombre contemporáneo. Estamos arrojando a Dios de nuestra conciencia. Rehusamos escuchar su llamada que nos busca. Intentamos ocultarnos a su mirada amistosa e inquietante. Preferimos «otros dioses» con quienes vivir con más tranquilidad.

El Vaticano II nos recordaba que «la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella» (Gaudium et Spes, 16).

Cuando los hombres perdemos esta capacidad de escuchar la invitación de Dios en el fondo de nuestra conciencia individual, corremos el riesgo de gritar colectivamente afirmaciones muy solemnes sobre el amor, la justicia, la solidaridad y honestidad, pero sin darles luego cada uno un contenido práctico en nuestras propias vidas.

Cuando no se escucha la llamada personal de Dios es fácil escuchar los intereses egoístas de cada uno, las razones de la eficacia inmediata, el miedo a correr riesgos excesivos, la satisfacción de nuestros deseos por encima de todo.

No hemos de olvidar que los hombres vamos construyendo nuestra vida no tanto en los acontecimientos ruidosos sino, sobre todo, en esas horas calladas en que somos capaces de ser «dóciles» al Dios que habla desde nuestra conciencia.

 

 

Ya tenemos experiencia de la vida que nos ha tocado vivir. Ya tenemos unos años y sabemos lo que puede dar de sí. A algunos se les han caído los ideales que tuvieron de jóvenes. Otros ni siquiera llegaron a tener esos ideales y se quedaron con la mirada a ras de tierra. Lo suyo fue un sobrevivir más que un vivir. Y es una pena.

       Porque la vocación a la que hemos sido llamados es a ser hijos e hijas de Dios. Nada menos. Traducido en otro lenguaje no menos verdadero: estamos llamados a ser personas en plenitud, libres y responsables, capaces de tomar decisiones y de comprometernos para construir un mundo más humano, donde todos sean respetados por su dignidad.

       Hay personas que por los condicionamientos sociales, por su pobreza de miras, etc. han bajado los ojos y el nivel de sus aspiraciones. Se conforman con tener el plato lleno, con llenar la andorga todos los días. Y nada más. Jesús les dio de comer y ellos se quedaron conformes y satisfechos. Siguieron a Jesús pensando que aquel banquete gratuito se podía repetir y repetir. ¡Todas sus aspiraciones estaban cumplidas! ¡Todos sus sueños satisfechos!

Buscaban pan y encontraron a Jesús

       Pero Jesús no dejaba a nadie en su sitio. Su mensaje invitaba a salir de uno mismo, a levantar la cabeza y mirar al horizonte, a descubrir el camino que tenemos por delante, lleno de desafíos y peligros pero también de oportunidades. Por eso, a los que se le acercan en busca de más pan –aunque sea duro– los provoca con sus palabras: “No trabajéis por la comida que se acaba sino por la comida que permanece y os da vida eterna”. Dicho con otras palabras del mismo Jesús: “No sólo de pan vive el hombre”. O traducido a términos más laicos  pero llenos de sentido religioso: la persona humana necesita el pan material pero también el pan de la justicia, el pan del amor, el pan de la fraternidad, el pan de la libertad. La vida de la persona no es sólo comer, es mucho más.

       Jesús llama a los que le escuchan a romper el ciclo repetitivo en el que pueden caer las personas: comer, saciarse, descansar, trabajar, comer, saciarse, descansar, trabajar. ¡Vivir para comer y comer para vivir! Eso no es todo hay algo más. Hay que levantar los ojos y descubrirlo. El secreto está ahí, a la vista.

       El secreto es que el milagro que experimentaron unos días antes aquella gente –la lectura del Evangelio que escuchamos el domingo pasado– no consistió sólo en la multiplicación de los panes y los peces. El milagro fue también la fraternidad creada, la capacidad de Jesús de sentar a todos en paz y hacerlos compartir los mismos alimentos. Por un momento nadie pensó si el vecino era puro o impuro, si era digno de comer con él o si había que excluirlo de la comunión y echarlo de la comunidad.

Soñar el sueño de Dios

       Aquello fue un sueño. El más antiguo sueño de la humanidad hecho realidad por un momento. También fue el sueño de Dios para nosotros, su anhelo más profundo: que seamos una familia, que compartamos lo que tenemos en justicia y fraternidad. Eso es la eucaristía: vivir y experimentar el sueño de Dios para nosotros.

        ¿Y dónde está ese pan? Ahí viene la respuesta de Jesús. Clara y contundente. “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca más tendrá hambre.” El pan material es alimento para el camino pero la vida está en el camino. El maná de los israelitas no era la Tierra Prometida. Era sólo el signo de Dios que les acompañaba y alimentaba en el camino hacia ella. Pero ese alimento no les dispensó de hacer ellos mismos el camino, día a día, paso a paso. Y allí en la Tierra Prometida encontrarían la vida.

       Tenemos que renovarnos en la mente y en el espíritu –segunda lectura–. Para crecer como personas, como hijos e hijas de Dios, libres y responsables. Para asumir el camino, con sus dificultades y desafíos. Para seguir a Jesús en pos de la verdadera vida. Para hacer realidad en este mundo el sueño de Dios, que es el mismo sueño de Jesús: el Reino.

 

En el camino encontraremos el pan que nos irá dando la vida, iremos haciendo fraternidad, justicia, libertad, amor. Iremos haciendo el Reino. Y viviremos la Vida que Jesús nos regala.

El evangelista quiere dejar firmemente asentada la humanidad de Jesús frente a estos grupos que no la admitían.
 

Es más fácil y cómodo creer en un Dios lejano, de otro mundo, que en alguien encarnado en la humanidad que nos cuestiona y nos compromete.
 

Que nuestros ojos sean capaces de descubrir en el carpintero, hijo de José y María, el  único “pan” que puede alimentar nuestro espíritu.

 

Que la fe que profesamos no nos impida conocer a Jesús.

 

¿Tenemos facilidad para murmurar? Jesús sigue recomendándonos:

“No sigáis murmurando”.
 

 Es la fe la que nos anima, la que da sentido a nuestra vida cristiana. La fe no consiste en conocer conceptos o verdades abstractas, sino en conocer a Jesús, tratar de ser y actuar como él.

No es cuestión de ideas, sino de relación personal.

 

En esta autopresentación, Jesús se manifiesta como la respuesta a las esperanzas y  necesidades del ser humano.
 

Seguir a Jesús es tener "vida eterna“, desde ahora.
 

De esa vida Jesús es el pan, el que la alimenta y la fortalece.
 

La expresión “vida eterna” no significa sólo una vida de duración ilimitada.
 

Se trata de una vida vivida en profundidad y calidad nueva. Una vida plena, que va más allá de nosotros mismos. Una vida que no puede truncar ningún mal acontecimiento. Ni la muerte.

 

Creo que Jesús es vida.
 

Creo que la humanidad de Jesús me lleva a tener presente el hambre y la sed
de las personas que las padecen y a repartir el “pan del cielo”:   alimento, alegría, utopía, solidaridad, paz, vida...

 

La invitación a comer no se refiere aquí al acto físico de llevarse un alimento a la boca para tragarlo y digerirlo.
 

Jesús va más allá y pide a quienes le escuchan que se nutran interiormente de él, que asimilen su palabra y  su persona.
 

Para poder ser, como él, alimento y vida para el mundo.

 

Yo soy el Pan  de cada una de vuestras estaciones.

 

Yo soy el pan de vuestras primaveras,

la realidad de vuestros sueños;

yo soy el pan de vuestros veranos,

el camino de vuestra humanidad;

yo soy el pan de vuestros otoños,

la vida de cada hora que pasa;

yo soy el pan de vuestros inviernos,

la resurrección de vuestra tierra;

yo hago de cada estación de vuestra vida una inmensa mesa compartida,

una Pascua de libertad,

una ruta de eternidad.