Moniciones y homilías

Domingo  21  del TO / B

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Cada vez que nos reunimos en este lugar, recordamos y anunciamos con la Eucaristía, la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo, hasta el día en que Él vuelva.

Esto, amigos, nos debe de llevar a celebrar este Sacramento con fe, con delicadeza y, sobre todo, sin perdernos nada: ni la Palabra, ni los silencios y, por supuesto, la consagración.

Nos hemos fiado de Jesús y, por ello mismo, hacemos lo que Él nos dijo: si le queremos, celebraremos este memorial hasta el final de nuestros días. Hasta que Él venga.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

¿Por qué creemos? ¿Simplemente porque estamos bautizados? En la primera lectura Josué nos dice que hay que aceptar a Dios con todas consecuencias, no por obligación.

Además, en el Evangelio, Jesús nos recuerda hay que seguirle libremente. Sin imposiciones. Sin obligación pero sabedores de que Él tiene palabras de vida eterna.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Por la Iglesia. Para que sea signo vivo de la presencia de Jesús en el mundo. Roguemos al Señor.

2. Por todas las parroquias. Por todos los sacerdotes. Por todas las personas comprometidas en la causa del Evangelio. Para que no tengan miedo. Roguemos al Señor.

4. Por los pobres. Por los que no tienen nada que llevarse a la boca. Por los que dicen tener mucho y, en el fondo, les falta lo más importante: la felicidad. Roguemos al Señor.

4. Para que nos acerquemos al altar de Dios con mucha alegría, con paz, sabiendo que Dios nos conforta y nos ayuda siempre. Roguemos al Señor

 

Homilía  Domingo 21 del T.O / B

 

¿TAMBIÉN VOSOTROS ME VAIS A DEJAR?

1.- Hay momentos en la vida en que hay que cambiar de dirección y conducir el coche en dirección totalmente opuesta a la que se llevaba o dar un golpe de timón y regresar a puerto, o no queda más remedio que saltar del avión y confiarse a un frágil paracaídas.

Lo que no se puede es hacer las cosas a medias, poner la mano al arado y seguir mirando atrás, o tratar de servir a Dios y el dinero o pretender ser cristiano viviendo más paganamente que los vecinos. Hay que tomar una decisión drástica.

Josué se lo dice al pueblo de Israel con toda serenidad, pensadlo bien vuestros padres tuvieron dioses patrios y los habitantes de esta tierra en que vivís tienen los suyos, tenéis tres caminos que elegir, volver a los dioses patrios, vivir con los dioses de vuestros vecino o seguir al único y verdadero Dios. Así de sencillo, Dios, el verdadero, no quiere que le sigan a la fuerza.

Tampoco el Señor Jesús quiere que le sigan a la fuerza, cuando su doctrina se hace difícil y se queda sin discípulos, les pregunta a los doce apóstoles ¿También vosotros me vais a dejar?

2.- Y esta es una tremenda pregunta a cada uno de nosotros “también tú me vas a dejar” debe ser en muchas ocasiones como una llamada de aviso, como un grito de guerra.

--Cuando dos novios quieren llevar una relación limpia y se sienten ridiculizados por aquello de las relaciones prematrimoniales “¿también vosotros me vais a dejar”?

--Cuando se duda en emplear un veraneo o como todos en playas o discotecas o en campamentos con niños necesitados o levantando casa en tierra asoladas por la guerra, ante la duda oigamos a Cristo “¿también tú me vas a dejar?

--Cuando una mordida, un soborno, apetecible es rechazada con honradez ante la mirada de lástima de los que están de vuelta no nos olvidemos “También tú me vas a dejar”.

3.- En este ambiente inmoral, corrompido, antirreligioso en que vivimos, cada uno debe preguntarse si estamos aquí, si me siento luz y sal de la tierra o no nos distinguimos en nada de los peces muertos que se dejan llevar por la corriente.

--Si no ha llegado el momento de girar en redondo y tomar un camino a contra corriente o serviremos a dioses tan democráticos como antiguos en la humanidad del sexo, de la corrupción, del dinero fácil.

--Si no ha llegado el momento de confiarnos a ojos cerrados al frágil paracaídas de la fe en Dios que nos llevará a buen término.

“¿También tú me vas a dejar?” es un reto y al tiempo un grito de guerra.

Cuando una joven casada o un joven casado empiezan a sentir las redes de un compañero de trabajo trotacatres o una secretaria facilota y sin moral sirva de revulsivo el grito de Cristo… “¿También tu me vas a dejar?”

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1.- Es verdad y lo sabemos por experiencia que en este mundo todo tiene un límite. Ni los bosques son eternamente verdes, ni los glaciares son ya perpetuos. El hombre se desmorona y, hasta el aire, se hace muchas veces irrespirable.

¡Cuánto cambia el mundo! No muda en una cosa: no es inmutable. Cada día que pasa somos conscientes de que, el ser humano por mucho que se empeñe, podrá alargar su vida, hacerla más cálida y vivirla con más calidad pero ¿la puede convertir en eterna? ¡Bien lo sabemos que no! Hasta nos asolaría el aburrimiento y la falta de gusto por vivir.

Jesús es el único que permanece. El Dios inalterable y el Dios vivo. El Dios que, cuando entra en el corazón de las personas, las hace tan inmensamente felices, que las ganas de vivir son garantizadas por ese encuentro.

¿Cómo dar a entender esa confesión de Pedro; “Tú, Señor, tienes palabra de vida eterna” a las nuevas generaciones? ¿Cómo hacerles descubrir que, la eternidad es posible; que nos espera un mañana mejor; una ciudad donde la felicidad es posible al cien por cien?

En un entorno tan relativista como el nuestro, ya no es que creamos o no creamos por lo que vemos o dejamos de ver, es que nos cerramos a cal y canto, ante lo que no entendemos.

Jesús, nos aprieta un poco más (pero no nos ahoga) y nos dice que le dejemos un margen de confianza; que –aun sin entender- nos fiemos de su Palabra, de su promesa de eternidad.

2.- Aquel que nació, pobre y humilde en Belén, ha logrado revolcar y entusiasmar millones de corazones, millones de hombres y mujeres que se fueron a la otra orilla fiándose de su Palabra y viviéndola con coherencia en la tierra.

Tenemos un futuro por delante. Un futuro que está cimentado en la firmeza de nuestra fe, en la confianza que tenemos en Dios.

Qué bien lo expresó García Márquez:

“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera”.

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.

En lo bueno y en lo malo, en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad, en las pruebas y los éxitos es donde hemos de ser sinceros y radicalmente honestos con el Señor y decirle: ¿A dónde vamos a ir, Señor? ¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna!

-Ante el intento de silenciar a Dios, nosotros elevaremos nuestra voz (sin gritar) para que su Palabra sea proclamada.

-Ante la crítica, sistemática y orquestada por ciertos medios de comunicación social, reafirmaremos nuestra fe y saldremos en su defensa

-Ante la deserción de muchos cristianos, nos agarraremos con más solidez a la Palabra, la meditaremos y nos daremos cuenta que Dios no nos abandona en las horas amargas.

¿A dónde ir? ¿Con quién? ¿Cuándo? Tal y como está el mundo y tal como se desarrollan los acontecimientos, “mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres”. (Sal 117)

 

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El Papa Benedicto XVI nos sorprendíó hace unos años con su encíclica "Caritas in veritate", llamándonos la atención sobre las distorsiones en la gestión del sistema financiero y manifestando su preocupación por los problemas sociales. Algunos sectores la tildaron como excesivamente dura. Otros, por el contrario, llegaron a afirmar que es realista, muy comprometida y comprometedora.

1. - Jesús tampoco dejó indiferente a nadie. Cuando tuvo que hablar, alto y claro, lo hizo. Sin componendas ni miramientos. Aún a riesgo de perder, por exigir demasiado, a gran parte de los suyos. Pero es que, Jesús, quería eso: autenticidad y sinceridad en sus seguidores.

La predicación de Jesús, lejos de ser una imposición, era y sigue siendo una propuesta. A nadie se nos obliga a llevar la cruz en el pecho y, mucho menos, a decir que somos cristianos si –por lo que sea- no lo tenemos claro.

Hoy, con más severidad que nunca, estamos viviendo una deserción de la práctica de fe. Parece que lo que se lleva, es decir “no soy practicante” “a mi la Iglesia no me va” “paso de rollos religiosos”. En el fondo, hay un tema más grave: nadie queremos complicaciones. Los compromisos, de por vida, nos asustan; como en el evangelio de este domingo: encrespó el modo de expresarse y las directrices que marcaba Jesús de Nazaret.

2. - El Señor, porque sabe y conoce muy bien nuestra debilidad, siempre tiene sus puertas abiertas: unas veces para entrar y gozar con su presencia y, otras, igual de abiertas para marcharnos cuando –por lo que sea- nos resulta imposible cumplir con sus mandatos. Ahora bien; permanecer con El, nos lo garantiza el Espíritu, es tener la firme convicción de que nunca nos dejará solos. De que compartirá nuestros pesares y sufrimientos, ideales y sueños, fracasos y triunfos. Porque, fiarse del Señor, es comprender que no existen los grandes inconvenientes sino el combate, el buen combate desde la fe. Y, Jesús, nos adiestra y nos anima en esa lucha contra el mal y a favor del bien.

--¿Cuándo hemos dejado al Señor solo?

--¿Sabemos estar en su presencia sin más compañía que el silencio?

--¿Nos planteamos, con frecuencia, lo que significa y conlleva el ser cristianos?

--¿Nos duele, en algún momento, la proclamación de la Palabra de Dios?

Estos interrogantes, al final de esta breve reflexión dominical, pretenden incentivar nuestra fe dormida. Si creemos y servimos al Señor, que lo hagamos con valentía, con transparencia y sabedores de que, seguirle, aunque no sea un camino de rosas, merece la pena.

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1.- Esta contestación de Pedro siempre me trae a la memoria a un buen amigo asturiano que marcaba el énfasis de las palabras con sonoros tacos y en el “a quién vamos a acudir” entre el “quien” y “el vamos a acudir” intercalaba un taco redondo que explicaba la decisión de Pedro, al tiempo que expresaba su propia adhesión al Señor Jesús que él de otra manera no sabía explicar.

2.- La pregunta del Señor a sus apóstoles: “¿También vosotros queréis marcharos?” implica otra pregunta que cada uno deberíamos hacernos “¿Por qué nosotros nos quedamos?”

A nuestro alrededor son muchos los amigos, familiares y aun hijos, que no se han quedado, al menos en la Iglesia. ¿Por qué nosotros nos quedamos? En medio de la tempestad que azota a toda la Iglesia y a toda la sociedad, que ha arrancado tantas ramas en su tronco, ¿por qué nosotros nos quedamos?

Es muy fácil decir que las ramas caídas eran las secas y podridas, lo cual no es verdad, porque la tempestad también arranca ramas llenas de follaje y de buenos frutos y con más facilidad cuando el peso de los frutos es mayor.

¿Por qué nos quedamos? ¿Por pura inercia de una educación recibida, de unas larga costumbre adquirida? Yo creo que la primera respuesta es porque el Señor no permitió que la tempestad nos azotara con demasiada furia. ¿Quién se nosotros puede afirmar que nos hubiéramos quedado si nos hubiéramos visto en las circunstancias de los que no se han quedado?

3.- Supuesta esa primera respuesta, hay otra creo tiene que ver con aquel: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Es el peso de la palabra del Señor, el ancla que nos sujeta junto a Jesús. Esa palabra que, sin ruido, sin sonido, sin ser pronunciada habla al corazón.

--Palabra sincera que no nos engaña, no nos oculta la dificultad, nos habla de seguirle con la cruz, pero fortalece, alienta y consuela.

--Palabra que no habla a los oídos sino que va derecha al corazón y allí da peso y se hace lastre de la barquilla en medio de la tormenta.

--Nos quedamos como hijos en la Casa del Padre, en nuestra casa, en nuestro hogar.

--Nos quedamos simplemente porque sí. Felipe, el más sencillo de los apóstoles no supo contestar a Jesús como lo hizo Pedro, pero su adhesión al Señor era tan firme como la suya y tenía la fuerza del sonoro taco de mi amigo asturiano. Pedro negó al Señor; Felipe, no:

Vamos a decirle al Señor con Pedro o, mejor, con Felipe: ¿Señor a quien vamos a ir? Nos quedamos junto a Ti, aunque no sepamos explicar, en nuestra ignorancia, las razones… no necesitamos palabras para estar a gusto junto a las personas que queremos. Aquí nos quedamos porque sí.

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Jesús, viendo cómo muchos se echaron atrás y le dieron la espalda, retó a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”
 

Hay momentos en la vida en los que es preciso tomar decisiones definitivas.
Y decisiones frente a lo difícil, lo riesgoso. Decisiones que definan la vida. Y decisiones frente a ideales capaces de cambiarnos la vida. Ideales por los que bien merece la pena arriesgarnos enteros. Personalmente no me gustan esos árboles mochados de los jardines. Son muy bonitos. Pero no se les deja crecer. Es una belleza achatada.
Una belleza recortada por la podadera de los jardineros.
Prefiero la belleza de esos árboles gigantes de nuestra selva peruana que apuntan siempre hacia arriba buscando la luz del sol. Pedro tomó la palabra y le contestó: “Señor, ¿a quien vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos en Ti...”

No tengamos miedo a ofrecer a nuestros jóvenes de hoy ideales elevados.
Recuerdo el consejo de aquel educador que decía a sus alumnos:
“Pensad siempre alto y mirad siempre lejos”.
“Jóvenes, en las cumbres siempre encontraréis sitio”.
Presentarles la vida “a medio precio” es no creer en ellos. Y esto es una ofensa y una estafa que les hacemos a los jóvenes.