Moniciones y homilías

Domingo  22  del TO / B

 

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Agosto lo dejamos atrás... ¡Cómo pasa el tiempo! Pero, el Señor nos acompaña en ese caminar.

Y es que, como cristianos, estamos llamados a seguirle y a sentirle cerca. ¿Es así? ¿Lo sentimos?

Escuchemos entonces hoy su Palabra y le demos gracias porque, algo bueno tiene el pan, cuando el Señor quiso hacer de él algo sagrado cuando lo convierte en su Cuerpo.

Comencemos esta celebración.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Es bueno que, siempre, tengamos personas, medios de comunicación, sacerdotes, profetas que nos recuerden cómo y de qué manera amar al Señor. Y es que, a veces, olvidamos todo lo referente a Dios.

Estas lecturas que vamos a escuchar nos hablan de eso: hay que amar al Señor con sinceridad, con verdad pero, ojo, no olvidemos que sus Leyes son camino para llegar hasta Él.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

1. Pidamos por la Iglesia. Para que anuncie siempre la verdad del Evangelio. Roguemos al Señor.

2. Pidamos también  por los sacerdotes. Para que no se cansen a pesar de las dificultades, de anunciar el Reino de Jesús. Roguemos al Señor.

3. Pidamos por aquellos que han olvidado los mandamientos del Señor. Para que vuelvan al buen camino. Roguemos al Señor.

4. Por los enfermos. Para que descubran la solidaridad de aquellos que más cerca viven con ellos. Roguemos al Señor.

 

Homilía  Domingo 22 del T.O / B

 

1.- En la vida las cosas no se hacen “porque sí” ni se dejan de hacer “porque no”. El evangelio de hoy nos trae a la memoria, aquellos hombres que realizaban ciertos gestos cultuales o que practicaban cientos de preceptos “porque sí” pero, en el fondo, habían olvidado el sentido que los generó: EL AMOR A DIOS…O EL AMOR AL PRÓJIMO.

Siempre que leo este evangelio me acuerdo de aquella anécdota donde la abuela de un hogar, por disimular un agujero que existía en medio de la casa, ingenió un gran arcón donde todo el mundo tropezaba. Lo cierto es que servía para que nadie cayera por el inmenso orificio situado en el centro del pasillo. Con los años la vivienda se derribó y se levantó de nuevo. Y los familiares -otra vez y sin pensarlo- decidieron instalar en mitad del pasillo la famosa arca donde, visitantes y allegados, tropezaban una y otra vez.

Un día llegó un familiar más joven y preguntó: ¿Por qué habéis puesto el arca en mitad del pasillo si ya no existe el agujero? Ellos siguieron en sus trece: ¡Siempre había sido así! No hay porqué cambiar las costumbres.

Nosotros somos esa gran familia y, el joven, es Jesús. Un Jesús que –más allá de los preceptos y de las normas- quiere que nuestro seguimiento hacia Él sea consciente (no mecánico), ilusionado (no mortecino), renovado (no entelarañado).

Por eso debiéramos de hacernos un examen de conciencia:

-Cuando cantamos en nuestras celebraciones ¿Lo hacemos sabedores que, también el canto, es alabanza y no simple entretenimiento?  -Cuando respondemos al celebrante, nos levantamos, arrodillamos o sentamos, ¿somos conscientes de lo qué decimos y por qué lo hacemos?  -¿Nos esforzarnos por entender y vivir a tope cada signo, símbolo y gesto –por ejemplo- de la Eucaristía?

2.- Dios no quiere que “pongamos el piloto automático” a la hora de optar por el camino de la fe. Si somos creyentes, nuestras palabras deberán de ser sinceras; nuestras obras indicativas de que estamos en comunión con El; nuestros gestos y celebraciones culmen de lo que vivimos y sentimos por dentro. Nosotros no creemos porque nuestros antepasados han creído (aunque nos han dado testimonio de su fe); creemos porque hemos descubierto a Jesús. Un Jesús que lo sentimos vivo en cada sacramento; presente en el prójimo y operativo a través de nuestra vida cristiana. No somos animales de costumbres. No hagamos como aquel católico que, tan escrupulosamente cumplidor y devoto, pasó por delante de un escaparate y al observar que había un cáliz en su interior, se arrodilló.

3.- La fe, como decía al principio, debe de ser consciente, tributando a Dios un culto lleno de vida y de verdad. En definitiva, poniendo en los labios que rezan, el corazón que ama y que siente que, de verdad, Dios vive en nosotros. No seamos como aquel constructor que, por poner tanto afán en el montaje de andamios, se olvidó de levantar el edificio y de dar vida, con personas, a su interior.

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Siguiendo con el tema de la semana anterior, aunque se trate de otro evangelista, el Evangelio de este domingo nos muestra la decepción de Jesús ante la respuesta de su pueblo, el pueblo amado, el pueblo elegido que Él había venido a salvar. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”, llegó a decir el Maestro haciéndose eco de una antigua profecía.

 

¿Y de nosotros? ¿Podría decir también eso?  Ciertamente que le honramos con los labios, lo cual no sólo no es malo sino que es cada vez más necesario hacerlo para dar testimonio público de nuestra fe. Pero debería ser verdad que, a la vez que hacemos eso, intentemos hacerlo con el corazón.

 

De eso se tratará esta semana, de profundizar en una relación “cordial”, afectiva, amorosa, con Cristo. Se tratará de decirle, en la oración y con las obras, que le queremos, que Él es lo primero en nuestra vida, que por Él y con Él estamos dispuestos a hacer lo que Él nos pida.  Es una semana para ejercitar el “por ti” en cada cosa que hagamos, a fin de que el Señor se convenza de que, aunque somos pecadores y a veces fallamos, Él puede contar de verdad con nuestro corazón.  Transformando un poco aquella poesía de Quevedo, deberíamos decirle, con las obras y las palabras: “Polvo soy, mas polvo enamorado”, o lo que es lo mismo: “Pecador soy, pero te amo”.

 

Te amo, Señor, porque tú te lo mereces, porque con tu misericordia has conquistado mi corazón. Y mi principal dolor es no amarte más, no amarte lo suficiente, no serte siempre fiel para que puedas estar orgulloso de mí en todos los momentos de mi vida.

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Las críticas de los fariseos a los discípulos de Jesús se centran en esta ocasión en la cuestión de la pureza ritual, que se había convertido para ellos en algo obsesivo, pero entendido en su sentido más externo y superficial. Poco que ver con lo nos recuerda Santiago en relación con la acogida y el cumplimiento de la Palabra: aquí “no mancharse las manos con este mundo” no significa contravenir elementales medidas de higiene, sino evitar que los criterios de este mundo impidan los frutos de misericordia de la semilla de la Palabra plantada en nuestro interior. Jesús aprovecha la ocasión para recordar el origen y la fuente de la impureza religiosa: no las cosas de este mundo, creadas por Dios y en sí buenas, no el polvo de la tierra ni determinados alimentos, sino las intenciones torcidas del corazón humano. El origen del mal y la impureza hay que buscarlo en la propia voluntad, en las motivaciones egoístas y desordenadas. Y Jesús ha venido para sanarnos por dentro, de manera que podamos actuar hacia fuera de un modo acorde a la voluntad de Dios, que es una voluntad de vida, de amor, de perdón y misericordia. 

Los cristianos tenemos conciencia de que nuestra fe conlleva ciertas obligaciones y de que “tenemos que cumplir con ellas”. A veces, algunos ven en esto una actitud farisaica que se queda en el mero cumplimiento externo, y reaccionan diciendo, por ejemplo, que “lo importante no es ir a misa sino ser buena persona y ayudar a los demás”. Aunque podemos entender estas reacciones, tenemos que tener cuidado con su unilateralidad. En primer lugar, porque ir a misa y actuar con bondad no son cosas incompatibles: no sólo porque, cosa obvia, se puede “ir a misa y ser buena persona”, sino porque participamos de la Eucaristía precisamente para, en unión con Cristo, hacernos mejores personas. Y, en segundo lugar, porque en esta crítica se cae en el fondo en lo mismo que se critica: se reduce el “ir a misa” (u otras prácticas cristianas) a una mera formalidad externa, descuidando su verdadero sentido. Para actuar de acuerdo al espíritu cristiano hay que estar en comunión con Cristo; y esa comunión se realiza de manera privilegiada en el memorial de su Pasión que él mismo nos mandó realizar; es posible vivir como Cristo vivió si escuchamos su Palabra y comemos el pan y el vino que son su cuerpo y su sangre. Es decir, si “ir a misa” se reduce a una formalidad que “cumplimos”, sin dejar que su significado penetre en nosotros, que nos hace sentirnos justificados y que, además, nos lleva a juzgar y condenar a los demás, a los que no cumplen, entonces sí, entonces estamos reduciendo el gran don de la Eucaristía a una “tradición de nuestros mayores”. Pero si, por el contrario, a pesar del aburrimiento o la pereza que a veces nos embarga, tratamos de hacer de la Eucaristía un encuentro vivo con la Palabra y la persona de Cristo, entonces estaremos purificando nuestro interior de las maldades que hacen impuro al hombre, y abriendo nuestro corazón a las buenas obras del amor en las que consiste la religión pura e intachable.

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1.- El pan nuestro de cada día, la multiplicación de los panes. Yo soy el pan de vida, el pan bajado del cielo, desde hace cinco domingos el ambiente evangélico tiene el olor sano, limpio y honrado del pan. Huele a tahona, a boutique de pan.

Sólo cuando aparecen en escena los fariseos entra una bocanada asfixiante de tubo de escape, o como Jesús va a decir el final del párrafo que acabamos de leer y que la liturgia respetuosamente ha omitido de olor a cloaca.

Los fariseos saben no solo que los discípulos comen sin lavarse las manos, sino que cinco mil hombres comieron pan sin lavarse los manos y les preocupa más la ligera falta legal contra una minuciosa orden eclesiástica, que el hambre de cinco mil hombres.

2.- En todos los tiempos ha habido fariseos que con manos limpias han condenado al hambre a una viuda con hijos.

--Fariseos o Pilatos que con manos limpias han firmado una sentencia injusta.

Fariseos que levantan sus manos limpias a Dios para darle gracias por cumplir todos los ayunos, abstinencias y preceptos dominicales, por no ser como el pobre que pide en la puerta de la iglesia.

--Caras largas de reproche que andan buscando el defecto del hermano a aun en la iglesia en qué se pasa o en qué no llega el sacerdote.

Dios es aire puro que nos deja respirar a pleno pulmón, es oxigeno, es olor a pino de montaña, olor a jara, no enrarezcamos el ambiente con un corazón mezquino capaz de hacer encogerse al mismo corazón de Dios.

En realidad esos fariseos de todos los tiempos buscando el cumplimiento de toda tradición humana, poniendo en ello la perfección, lo que buscan es defenderse de Dios, que está sobre toda ley, por que ser amor no puede encerrarse en una ley, que por ser amor exige mucho más que toda ley, porque lo que exige ahora y siempre es el corazón, y el corazón no tiene límites, el que ama nunca puede decir con esto ya he cumplido.

3.- Dios no mira las cosas, mira el corazón, donde se cocina lo bueno y lo malo del hombre. Es notable que Jesús mientras menciona doce productos malos que salen del corazón, no menciona ni uno solo bueno, y es que lo malo es repetitivo, rutinario, no es creativo, sólo aumenta un número, pero estas manzanas de hoy son la misma manzana de los primeros tiempos.

Para el que ama no hay límites en el campo de la bondad, siempre hay cosas nuevas que hacer, siempre nuevos detalles, porque el amor y la bondad vienen de Dios y Dios es infinito en su variedad.

Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.

No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que tenemos que limpiar y Dios dirá de nosotros lo que Jesús dejó dicho “Benditos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

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Va finalizando, poco a poco, el verano y después de estos últimos domingos en los que hemos escuchado el discurso del “pan de la vida”, nos encaramos de nuevo con la Palabra de Dios. Hoy, esa misma Palabra, tiene un denominador común en todas las lecturas que hemos proclamado: coherencia de vida y sentido contenido en nuestra fe.

1. - Las formas, aun siendo importantes, no son esenciales. O, por lo menos, no nos hemos de quedar en las formas. En cuántas ocasiones, la apariencia de una fina arena, resultan ser arenas movedizas. O, en cuantos momentos, una botella que en su etiqueta dice ser buen licor, se convierte en un amargo veneno. ¿Las formas? Sí, por supuesto, siempre y cuando lejos de engañar, sean y tengan por dentro lo que dicen.

Algo así le ocurrió a Jesús Maestro. Se encontró a su paso, con personas que –perdidas y ancladas en puros formalismos- olvidaban lo importante: el amor, el perdón, la caridad. Pendientes del adorno y de las filacterias, de las normas y de las directrices, olvidaban el final de todo ello: Dios. A los fariseos les ocurría lo de aquellos turistas que, de tanto mirar a las señales de tráfico, arrinconaban el disfrute del paisaje y la visión de las poblaciones por las que cruzaban con sus coches.

Jesús quiere poner en el centro de todo a Dios. Todo aquello que distorsiona esa voluntad, que impide llegar hasta el amor de Dios, no tiene vigencia o deja de tener sentido. La ley de Dios, la suprema, es el amor. ¿Qué ocurría entonces? Ni más ni menos que, el conjunto de normas que indicaban cómo llegar hasta el amor de Dios se habían convertido en objeto de adoración, en el centro de toda reverencia. Hasta tal punto que, ellas y sólo ellas, eran causa de salvación o de condenación.

 

2 - ¿Cuál es el gozo de Dios? Que le amemos desde la libertad y no por obligación. A un padre no se le aprecia porque un papel me dice que soy su hijo, sino porque previamente he sentido su cuidado, su palabra, su protección o su corrección fraterna. Con el amor de Dios pasa tres cuartos de lo mismo: es un amor gratuito, un don que se nos da. ¿Qué ofrecer nosotros a cambio? ¿Un te quiero porque me das? ¡Por supuesto que no! ¡Un te quiero, Dios, porque eres mi Padre y sé que me amas!

Eso, en definitiva, es lo que nos adelantó Jesús con su Palabra y su misma vida. Amar a Dios es cumplir sus mandamientos. Pero, cumplimos sus mandamientos porque sabemos que no solamente agradamos a Dios al hacerlo, sino porque al cumplirlos con libertad y sin excesivas fijaciones o distorsiones, damos con la fuente de la felicidad, de la paz y del amor que Dios nos tiene.

 

3.- Cumplir por cumplir, no es bueno. Tampoco irnos al polo opuesto. Pidamos al Señor, a Jesús, que nos ayude a poner en el centro de todo lo que somos y pensamos a un Dios que camina junto a nosotros. Un Dios que, en sus justas leyes, nos anima a no olvidarle y a marcarnos un sendero por el cual podamos llegar hasta El. ¿Lo intentamos?